|
|
{upcenter} |
{upright}
|
LA NAVE
Por Tarik Carson
I
Trabajaba en el
campo, cuando llegaron y taparon el sol, sin ruido, de inmediato, como si no
estuvieran y de repente en una fracción de segundo cubrieran la tierra.
Naturalmente, hubo una huida general, despavorida. Yo corrí hacia los
matorrales, a la vera del plantío. De repente, en un instante vi a los
gigantes. Me escabullí algunas veces, casi arrastrándome, lacerándome con las
ramas. Me golpearon en el cráneo, la sangre me quitó la visión y me desmayé.
Siempre he
ignorado cómo se vincula un lugar como éste al reino donde vivía. Me pregunto, además, si esta
monstruosa estructura y aquél mundo están dentro de lo mismo. Sé que detrás de
las reforzadas ventanas y compuertas herméticas está lo no mensurable, lo
desconocido, perverso o extraordinario, o simplemente la infinitud de la nada.
Sin embargo, no
he vivido mucho peor que antes, y no puedo imaginar un indicio de que luego de
salir de acá algo cambie y me consuele con una considerable satisfacción. Para
ello tendría que imaginar formas distintas de relación. Aunque no sería
imposible que el pensamiento perdurara, digitado solapadamente por alguna forma
de cerebro distinto al mío. Así, tal vez, yo podría dejar mi cuerpo y llevarme
el pensamiento. Las posibilidades son infinitas, como las que descubro
diariamente en la nave, aunque ellas siempre van adelante de la comprensión,
como si la una fuera un caballo que se oculta muy bien y la otra el carro que
no ve casi nada.
Dentro de mí, a
veces he intentado revertir la situación y hacer que el carro se adelante al
caballo. Conjeturo el camino que luego seguirán. A veces el carro parece un
caballo que está extraviado y no puede juntarse y volver al carro. El carro,
que tiene sólo la calidad de seguir y percibir poco, es la finalidad del
caballo. Sin el caballo, el carro sería un ciego paralizado; y el caballo sin
el carro sería alguien que camina sin que nadie lo sepa, lo que casi
equivaldría a que no existiera. Algo así me parecen todas las idas y venidas de
mi existencia. Lo raro es que recuerdo el pueblo en el que trabajaba al sol,
donde la nave llegó. Pero no recuerdo el mundo anterior a ese, ni el otro o el
otro. A veces tengo la triste impresión
de ser un barco que va por un río con escalones, y que cada escalón superado
trae el olvido del anterior.
El primer día, al
recobrar la conciencia, estaba en el Hospital. Durante días oriné sangre y
tuve las costillas vendadas. Ignoraba dónde estaba. Las cosas y los materiales
de las cosas eran nuevos y desconocidos para mí. Había más limpieza, había
guardias uniformados que se movían sin hablar, sin mirar, rígidos e
inexpresivos. No había risitas bondadosas antes y después del castigo, ni el
ansia de matar por una necesidad inexplicable. ¡Eso era tan sorprendente!
Cuando mejoré,
dos guardias me prepararon para ver al Comandante, y me cubrieron el cuerpo con
una aceite muy ligero fuertemente perfumado. Me habían curado muchas veces la
nuca y aún tenía el vendaje. No sabía si vería o no hacia atrás. Sentía que ya
no tenía el ojo, pero también estaba lastimado para siempre en otras partes, y
no pensaba demasiado en mi situación, en mi futuro. Esta fue la defensa que me
antecedió en la estructura, como una barrera magnética delante de mi para que
mi alma sobreviviera dentro de mi cuerpo.
El Comandante
caminaba inclinado hacia un costado. Observé sus piernas, sus tacones
extremadamente altos, parejos. Me observó y me olió durante un largo rato, con
la cabeza calva inclinada, de abajo hacia arriba, con los párpados entornados.
(Su cabeza tenía forma de bala.) Cuando
un cautivo era muy bajo, como yo, que mido un metro cuarenta, él parecía retorcerce
más para disminuir su estatura y seguir mirando al hombre desde abajo y de
perfil. Era una enigmática forma de ver
los rostros. Además, tenía unos inmensos ojos celestes saltones que
parecían estar por reventar pegándose al rostro del examinado. Su boca parecía
algo torcida con relación a la vertical de la bala, y sus gruesos labios
siempre estaban húmedos y entreabiertos. Usaba un uniforme verde con muchas
medallas en el pecho. Constantemente tenía un pañuelo verde en la fina mano
amarillenta de uñas largas y cuidadas. El pañuelo verde le servía para secarse
a cada momento el lado caído de la boca. La saliva que segregaba era abundante
y buscaba salida por la comisura más baja, que hacía de drenaje natural de
tono oscuro.
El Comandante no
observaba a nadie rostro a rostro, pero sabía dónde estábamos todos cuando
quería decir algo. Aquella vez no me miró de frente, ni miró a los guardias
cuando entramos.
—Usted está
repuesto y deberá comportarse bien. Debe cumplir con las reglas de higiene...
No le voy a explicar nada sobre la Cámara de Correcciones; nada que usted no
pueda imaginar por sí mismo... Trabajará como mecánico, pues tengo información
que fue un hombre hábil en su lugar del Sistema —al decir esto, se dio unos
golpecitos en la nuca.
Se secó la boca y
se colocó detrás de mí con un sorpresivo
y rápido movimiento. Sentí que levantaba las vendas y despegaba las
telas adhesivas tratando de ver el agujero sanguinolento. Un profundo dolor
hizo que yo levantara la cabeza. Los gigantescos guardias me agarraron de los
brazos y me ataron rápidamente las muñecas con un hilo parecido al alambre. El
Comandante volvió a hurgar en mi nuca, pero ya no sentí mucho dolor. Sentí frío
en la herida y un tremendo vacío en el pecho. Me ahogué varias veces. No pensé
mucho allí, pero no me importaron ya los alambres cortándome la piel, o las
manos frías y pegajosas del Comandante quitándome la ropa... o la nueva
situación de mi cuerpo y lo horriblemente peor que podría ser todo aún, si no
fuera lo necesariamente obsecuente.
Me volvieron a
llevar al hospital y al otro día me sacaron las vendas de la nuca y el torso.
Un médico examinó mi cuerpo. Un guardia
me trajo el uniforme y el gorro con visera y un pañuelo cosido en la parte
posterior para que me ocultara la nuca. Debía usar el gorro permanentemente y
nadie debía verme descubierto jamás. Sólo el Comandante podría mirar y tocar la
cuenca vacía, cuando quisiera.
Me sentía como si
me desplazara en un sueño sólido, a veces agradable o simplemente neutro, casi
siempre maligno y absurdo. Pero no me sorprendía y todo parecía justo,
natural, porque no había nada que fuera mejor. Me apenaba ya no ser el de
antes, pero veía que algo era distinto sin serlo, como si aquel barco en
declive dijera: "Estoy en otro estanco pero sigo sobre el agua, y lo que
perdí ayer tal vez me espere mañana, en el siguiente estanco."
En aquella época
las celdas aún eran iguales. Chicas, con una cama de hierro y un colchón de
algo parecido a la paja. Un balde con dos solapas a los costados sobre su
borde, una pileta con una canilla, un vaso y un jabón. Había horarios para todo
y la luz se apagaba como si afuera hubiera un sol que saliera y se ocultara sin
cesar.
Gracias al
trabajo de mecánico, desde el principio tuve cierta libertad. Durante diez
horas podía andar de un lado a otro arreglando cualquier cerradura, luz, cañería. Al comienzo me acompañaba un
guardia. Muy cerca de mi celda estaba el taller, donde guardaba las
herramientas y hacía los arreglos mayores. En la inconmensurable nave, tuve
siempre apenas una zona, indefinida, pero de la cual, según pronto supe, no
saldría jamás en el mismo estado físico.
Un día le
pregunté al guardia si alguien arreglaba las descomposturas antes que yo. Me
contestó que sí, pero era alguien que había decidido irse. Me llevó frente a
una ventana en un pasadizo y me dijo que mirara. Vi algo oscuro, nebuloso, en
movimiento. El guardia me agarró del pelo y me golpeó la frente contra los
vidrios opacos y rugosos. Me golpeó varias veces y me dijo:
—Por tu elección,
puedes irte cuando quieras —me soltó con un tirón, rasgando mi camisa y
agregó—: Yo o los otros oficiales te podemos ayudar con mucho gusto. Eso, si no
hay nada de valor dentro de ti y no puedes hacerlo solo.
Luego me empujó
hacia el taller. Mi frente sangró durante horas.
Muy pronto vi
cómo un hombre se lanzó de cabeza contra los cristales. El hombre aulló horriblemente
al desaparecer como tragado, y me estremecí observando la espesa niebla que
huía por el hueco. Velozmente, los guardias trajeron una ventana y en unos
minutos todo estaba limpio y tranquilo.
Después de esto,
sólo pude pensar en las posibilidades de escapar, o encontrarle un propósito a
la nave. Yendo de acá para allá con la caja de herramientas, tenía en qué
pensar y construir así una sucesión de cosas que parecieran, por lo menos, una
vida nueva, o tan distinta que me distrajera todo el tiempo que fuera posible.
Desde el principio, creí que este mundo sólo era diferente al otro en la
apariencia, en la respuesta al tacto que me daba mi propia piel. Pero otros
infinitos cautivos que me acompañaban no eran como los que conocí antes.
Siempre estaban tranquilos en sus celdas, o haciendo el pan, o limpiando en los
intrincados corredores, o mirando absortos la nebulosa móvil detrás de los
sólidos cristales en los pasadizos.
Salvo los
guardias, nadie andaba con gorra, y, sin embargo, casi nadie se fijaba en la
mía. No había amistad, ni enemistad, ni interés o desinterés por nada. Los
guardias no tenían trabajo, salvo cuando limpiaban los vidrios y la sangre con
la mayor eficiencia; a veces, se entretenían agarrando a alguno por la nuca
para aplastarle la nariz contra los enigmáticos cristales. Eso era todo; no
había reacción en los seres y entonces no había demasiado incentivo para la
reacción de los guardias. Esto no significaba que los seres fueran realmente
distintos, como después lo entendí, sino que estaba atrasados como un reloj al
que no se le dio cuerda jamás y que ha cristalizado el tiempo y la vida.
Pero, como si me
hubieran estado esperando, empezaron algunos cambios. Me hicieron imaginar una
flor que se abre de repente mientras un ojo de abeja la mira desde cincuenta
ángulos ávidos de asimilarla. Como si yo estuviera detrás del ojo, en silencio
para que no me aplastaran con facilidad. Así que cuando me olvidaba de lo que
me habían hecho, pensaba mucho, buscándole un motivo a todo el viaje y al motor
que justificara tanto movimiento.
Durante el
descanso, me sentaba en la cama de la celda, antes de que apagaran las luces
para simular la noche, e imitaba a los seres para que no percibieran nada
extraño o peligrosamente distinto en mí, salvo el gorro con el pañuelo detrás.
Me muestra con los brazos flácidos, la mandíbula floja y la boca algo torcida
dejando que alguna gota de saliva resbalara por mi mentón. Casi igual al
Comandante. Si veía que venían los guardias, podía sacar la punta de la lengua
y mordérmela suavemente, con abstraída lentitud. No quitaba mi mirada del
suelo o de la pared a veinte centímetros de mi nariz. Me reía inocuamente y me
iba acostando despacio, retardando el tiempo, hasta quedarme de costado y encogido, manso y obediente
como todos los demás. Al alejarse las botas, en la oscuridad podía quitarme el
gorro y ponerlo bajo la almohada, a mano para cuando encendieran las luces
nuevamente. Era una gran felicidad poder dormir sin sentir un dolor, o la
vergüenza por haber sido golpeado en el rostro, sintiéndome seguro de que al
día siguiente no habría un castigo esperando en la compuerta, como un maestro
implacable y perverso, desesperado por actuar antes de que el alumno se
muriera.
II
Al principio
creía que la monotonía del viaje era la que producía demasiadas partidas. En
algunos períodos había celdas vacías porque faltaban sustitutos que cubrieran
de inmediato a los que se iban. El Comandante ponía gran cuidado sobre el
detalle de las sustituciones. Este desvelo supondría el propósito de que un
fluido nocturno no se desperdiciara, por ejemplo, o que dejara de purificarse
intensamente a través de nosotros. Pensé mucho sobre esto y esbocé
teorías; probablemente absurdas. Pero, podría haber otros motivos que
hasta el Comandante desconociera, ya que él también debería de recibir órdenes
de alguien superior. Supongamos, por la necesidad de la purificación constante
de un fluido, sería necesario que los prisioneros quisieran vivir aferrados a
lo que hay. Esto, sin embargo, sería una expresión de la voluntad del
Comandante (o de sus superiores). Había y hay por ello una intensa necesidad de
motivaciones variadas que acicateen a los seres a permanecer, a crear juego y
actividades que den la sensación de movimiento vital.
Se me ocurrieron
nuevas ideas, justamente el día del primer sorteo. Me había sentado en los
últimos bancos, cerca de la salida del teatro y observaba con atención el
espectáculo en el proscenio. Se habían encendido las luces y había aparecido el
Comandante con su impecable uniforme verde lleno de medallas en el pecho. Dijo
algunas palabras y hubo un silencio como si el palco estuviera vacío. Se oyó
una marcha de redoblantes, y entraron dos guardias que se pusieron a mirar
hacia arriba. Primero cayó una caja tirando de un paracaídas pequeño. En la
caja había un número grande y el ayudante llamó al correspondiente. El ser estaba asustado,
pero tuvo que subir al escenario a recibir la aprobación del Comandante. Luego
bajaron dos cajas más, también lentamente, y así pasaron otros dos individuos.
Las cajas eran de plástico, y los seres no se animaban a abrirlas. El
Comandante ordenó, sonriendo, que abrieran las cajas porque además había allí
unos uniformes iguales a los de los guardias, simplemente para que se divirtieran.
Hubo unos minutos de silencio. El Comandante golpeó los altos tacones, hizo
una veña y se retiró. Sonó la sirena y los seres empezaron a salir en silencio,
arrastrando los pies, sin darle la mínima importancia a las cajas.
Al día siguiente,
cuando llegué al comedor, los seres estaban amontonados y los guardias alejados
y tranquilos. Para ver mejor, muchos se paraban encima de los bancos y de las
mesas. Observaban a los premiados,
vestidos con ropas extrañas, coloridas y floreadas, tomando vino en
copas traslúcidas y talladas. Fumaban gruesos cigarros. Los demás los observaban,
como si fueran cuerpos nuevos. Eran los de antes, pero con algo distinto en sus
voces, y ninguna otra desemejanza en el
momento.
Después de esa comida, me quedé para llevar los
platos a las máquinas lavadoras y luego me permitieron sentarme un rato en el
gran comedor solitario. Había imaginado cosas así en el pasado, pero no pude
descubrir qué era aquello, o que podría llegar a ser.
En las semanas
siguientes se estableció la orden de sortear cajas en el teatro. A veces
favorecían a seres sin nada y a veces a los que ya habían recibido antes otros
premios. Este desequilibrio producía gran alborozo y admiración. Observé que
una fuerza misteriosa y arbitraria favorecía constantemente a ciertos seres,
que se iban tornando más desagradables. La mayoría eran rodeados y palmeados
amistosamente no bien aparecían en el comedor, como si algo nuevo los uniera al
hecho de recibir regalos maravillosos. Al observar esta servil compulsión,
sentí una extrañeza adentro y me dediqué a ver qué me sucedía ante aquella
novedosa percepción. Hoy aún no lo he discernido, y tengo dudas sobre mis
turbios sentimientos. A veces sentía que debería aventurarme y lanzarme hacia
afuera para cambiar definitivamente la situación, pero razonaba y creía al fin
que debería tratar de vencerme a mí mismo y comprender la razón de lo que no
entendía y me abatía intolerablemente. Apenas me consolaba, el observar que tampoco
nadie lo entendía, ni el Comandante, lo sé, ni los guardias, ni nadie.
Con el paso del
tiempo y los sucesivos sorteos semanales se manifestó otro fenómeno. Los
regalos cambiaron de poseedores. También cambió la conducta de los seres, y
algunos empezaron a rechazar el mecanismo del sorteo. Empezaron a presentir,
tal vez, que a muchos jamás les llegaría
nada. Pero, por otro lado, podía haberse creado, para la mayoría que no era
afecta a pensar o a sentir, la
posibilidad definitiva de las ganas de aferrarse a la "casa",
rechazando como lo peor lo que está más allá de los difusos cristales y de las
inaccesibles compuertas.
De repente, la
amenaza de los lanzamientos por los cristales a manos de los guardias, que era
un hecho casi anodino, pasó a ser algo
insoportable, horroroso. Un verdadero castigo ejemplar, mucho peor que la
entrada a la Cámara de Correcciones. Naturalmente, ignoro también cómo o por
qué todo cambió tan rápido.
Al principio creí
que en los sorteos había una recompensa. Pero los cautivos estaban sorprendidos
porque no habían hecho nada especial. Pensé, reiteradamente, que era una
especie de creación o de elementos para crear algo, pero luego percibí que
solamente habían cambiado las relaciones entre los seres. Tuve la visión de
seres que habían saltado a otra dimensión modificadora del estado de cosas.
Supuse que los superiores del Comandante le habrían dado a los prisioneros una
motivación definitiva para que soportaran mucho en la nave hasta cumplir. Cumplir sin deseos de irse por
propia voluntad estropeando planes que deberían ser absolutamente necesarios.
No pude imaginar
de qué manera la fuerza que nos atravesaba se beneficiaba del tire y afloje
emocional de los seres, de sus voluntades para seguir resistiendo o no, y, a
veces, hasta de mí, que siempre fui casi un extraño, el único con un ojo más...
Pero estoy seguro de que estos movimientos son creados afuera, y allí, en la
oscuridad y niebla aparentes, donde dicen que existe la brillantez máxima y la
calma de todos los desvelos, está viva y actuando inexorablemente una llama
incomprensible. Si hubiera una manera de huir sin romper las salidas, y uno
pudiera volver para contarlo...
III
Los seres ahora
han cambiado definitivamente. Tampoco la nave es ahora apacible, pareja y
plana. Hay mil ángulos para observar y los observo paseándome con unas pinzas o
la aceitera en la mano. Ellos al principio me tratan bien y se muestran
bondadosos y cordiales, incapaces de hacer daño. A veces me dan la mano para saludarme
porque dicen que me conocen de vista, por el birrete... Después, cuando me
descuido, tratan de tocarme la nuca levantando el pañuelo. Algunos se quedan
abstraídos con lo que ven, otros me dan un tirón en la gorra, y ya no me miran
ni me saludan cuando los dejo.
Me acecha la
impresión de que muy pronto la nave podría metamorfosearse. Muchas celdas son
más chicas y otras son casi como salones donde podrían caber cien camas
cómodamente. Hay seres que reciben los lugares grandes para contener todos los
objetos que han obtenido. Otros, al revés, se han ido reduciendo y lo poco que
poseían se les escapó.
He tenido la suerte de no perder nada y mantengo mi
silla, el balde, la cama, el colchón y el mismo tamaño de celda. Aún no he recibido
ningún premio, y son tantos los números que no tengo esperanza. A veces temo
que me roce la suerte; y luego opino que no estoy preparado para acumular y
mantener cosas. Me dañaría ser incapaz de retener conmigo los obsequios. Pero
aparte de las ilusiones, sé que no vendrán, y cuando tengo algo estoy casi
deseando que se vaya y se libere de mi pegajosa atención. No sabría qué hacer
con las posesiones. Lo mismo le ocurre a algunos, quiénes al fin huyen de los
premios que son atraídos irresistiblemente por otros. Por lo demás, las nuevas
piezas son inmensas, parecen cómodas e independientes, con muchos baldes para
los desechos, y aun varias camas. Los beneficiados no saben qué explicar y se
quedan callados convencidos por aquella lógica y sencilla razón. (Realmente, no
se trata de un asunto de justicia como la entendíamos en mi pueblo; pero acá
todos están muy conformes.)
Son más raros los
seres que acumularon muchos baldes (todos son seres que no sobrepasan los
dos traseros), con regalos encima de las
camas, cigarros gruesos para fumar lentamente, tomando bebidas finas en copas
de cristal tallado, vestidos con ropas de piel, mirándose en los espejos de las
paredes, peinándose sin cesar. Unos no tienen más que gruesos cordones por
pelo, y otros ni siquiera esto. Los espejos no son solo para mirarse, además,
amplían el lugar. En cambio, los privilegiados siempre van al comedor a
sentarse antes de que sirvan la comida. Hablan paternalmente a los demás,
luego los palmean condescendiendo y se retiran a comer a sus celdas. Han
engordado, han fortalecido sus cuerpos,
tienen siempre un aspecto saludable y feliz.
No son muchas aún
las grandes piezas, pero tal vez en un futuro próximo vayan abarcando la nave.
Todos nos pasaremos a ellas porque nuestras celdas ya no podrán contenernos.
Estoy deseando que esto se acelere. Pero puede ocurrir que los repuestos
corporales no lleguen jamás y los seres se vayan por los cristales poco a poco
y todo termine en un gran bólido de una sola celda con un par de viajeros que
tengan todos los regalos.
Ultimamente,
estoy al absoluto servicio de los que han acumulado objetos que se rompen o
descomponen de continuo y necesitan quien los haga funcionar. Por el respeto
que me tienen —soy casi mudo, no tengo ambiciones y jamás miro a los ojos— no
me hacen retirar con los guardias cuando me siento en una cama a descansar y
huelo alguna copa vacía que han dejado por allí. Algunos a veces quieren oirme
y les cuento de donde vengo, o que distintos somos allá. Se ríen de mi birrete
con el pañuelo atrás. A veces me pagan con algún trago de vino fino y una
colilla que guardan en cajas para los sobornos a los guardias. Yo no fumo y los
conservo para alguno al que quiera agradar, o para alguno que me odia por mi
gorra, o porque tengo solo un ano, y tuve tres ojos, o porque simplemente
existo. Temo y respeto los odios repentinos que despiden los ojos. Estoy
naturalmente protegido por la necesidad de mis servicios: en un momento u
otro, siempre alguien me necesita aunque sea para destapar el caño de la pileta
o desabollar la solapa del balde letrina.
Me gusta
regalarle puchos y pequeñas regalías a un vecino. Es un tipo que no aferra
nada, ni tiene la menor avidez por nada. Una vez recibió la caja de regalos, lo
perdió todo y ahora está mal. Se le fueron varios metros de celda. El techo
está tan bajo que entra allí como si fuera una rata por un túnel angosto. Las
paredes le rompieron la cama y no tiene ni balde letrina; sólo le queda la
pileta para lavarse, pero le ocupa mucho lugar. Yo podría desprenderla fácilmente
destrozando parte de la pared, pero las órdenes del Comandante son claras: la
higiene jamás deberá retroceder.
A este hombre le
he regalado una frazada que hice en el taller con los embalajes en que vienen
las muñecas. Entonces duerme como si fuera un perro, sin taparse, protegiéndose
solamente del frío del piso. Le he aconsejado que se tape, pero está empecinado
en esta actitud perruna. Todas las noches oigo que llora y escarba el suelo
con las uñas, como si fuera a huir por el cemento. A la mañana siempre está
vivo, aunque trata de esconder bajo las axilas las manos y las uñas que le han
sangrado mucho. Ya está bien dispuesto
para recordar el camino hasta el comedor y cambiar dos palabras con cualquiera.
Durante el día, cuando no estoy en la celda, se la ofrezco, como si fuera algo
público; pero él la rechaza, y me dice que no quiere pasarme su yeta y que las
cosas comiencen a huir de mi atrayendo más reducciones a nuestro entorno. A él
le he preguntado sobre el fluido que nos recorre por las noches, o qué hay
detrás de los turbios y móviles cristales.
O de qué planeta o sistema era la nave. Un día me dijo en broma:
—Detrás de los
cristales hay lo mismo que detrás de estos barrotes, pero de otra manera, que
podría parecerle mejor a unos y peor a otros.
No le contesté,
pero él vio la duda en mi rostro.
—No es una
especulación absurda —agregó—, son pensamientos inspirados en las negativos de
las fotografías.
—¿Qué es una
fotografía? —pregunté sorprendido.
Pero él se puso
nervioso y no quiso hablar más. Luego me sentí culpable al observar cómo se
metía en su cueva. Sentí como si le hubiera quitado pedazos de felicidad, y una
inmensa balanza lo aplastara con el plato, y a mí me elevara y me hamacara
cómodamente en un parque hermoso. Empujado por este sentimiento, un día le
propuse que, si quería, le mostraría mi nuca y el misterio que parecía existir
detrás del pañuelo. Al decirlo, me sentí humillado, indigno, pero quería
demostrarme amigable y pagarle tal vez la satisfacción de dormir en una cama,
mientras él parecía estar vejado en la oscuridad, sobre el cemento helado por
donde buscaba huir con las uñas.
Las cosas de esta
estructura, antes tan racional, ahora parecen el laberinto de un arquitecto
insano. Piezas inmensas, abarrotadas de objetos, y celdas como baules con una
pileta para la higiene. Y aún hay seres que tienen que excretar donde se lavan
la nariz y arreglárselas para que todo quede limpio. Pero, seguramente, la
disposición que debemos seguir está firmemente escrita. Los guardias no cejan
nunca en sus deberes (salvo cuando tienen los globos en la falda y los
acarician y aprietan jadeando). Existe la certidumbre, a veces, de que
pertenecen, junto al Comandante, a algo muy superior, algo respetable y
superlativo. Si no fuera por la perversidad de nuestras ataduras al dolor,
todo se olvidaría y se podía admirar la planificación y la perfecta
disimulación del por qué.
Mantengo estas
preguntas en secreto. Ignoro, por ejemplo, si el arquitecto en este momento
está controlando mis pensamientos sobre
su obra maestra. Ignoro si está de mal humor y hasta si puede borrar mi nombre
con un leve trazo de su caprichoso y alambicado lápiz.
IV
Cuando me
permitían sentarme a descansar en los bancos de piedra del comedor, observaba
largamente las ventanas y compuertas. Los guardias se retiraban en silencio
para que tomara una decisión. A veces alguno se sentaba a mi lado y leía una
revista. No me vigilaba, sólo estaba a mis órdenes para ayudarme si me tornaba
valiente por milagro. Sentía entonces la frialdad del banco y de las largas
mesas de mármol sucio y gastado, y luego seguía acariciando los cristales con
temor o curiosidad. Era un sentimiento que también padecían otros, aunque no lo
confesaran jamás.
Los desesperados
que se tiraban violentamente hacia los cristales, por la duda, no sabían o no
podían impulsarse con fuerza, y se hacían mucho daño antes de desaparecer. En
esos terribles instantes, siempre buscaba ver algo más allá. Parecía como si
hubiera oscuridad aún de día, bruma e imprecisión. Y era un consuelo que no
hubieran más gritos de sufrimiento o signos sangrientos luego de que los
cuerpos salían. Podían haber gritos antes del salto o hasta antes de la
decisión de saltar. Era algo que estremecía hasta a los que jamás miraban los
cristales, aunque los tuvieran en el corazón. Como yo, supongo, aborrecerían
la sangre, pero estaban atados al inevitable destino.
El amplio
comedor, que se perdía en la lejanía, era el gran vientre que nos alimentaba a
todos, conteniéndonos a mediodía. Además, allí, misteriosamente, era donde
todas las debilidades se manifestaban, en los ojos de cada uno, mientras se
alimentaba. No me expliqué jamás por qué ocurría allí y no en los baños, o en
un corredor vacío o en la sala de interrogatorios, que era un lugar perfecto.
Recuerdo la vez que un compañero, luego de comer a mi lado, se levantó y lo
intentó. Los guardias lo agarraron violentamente de los brazos y el muchacho
quebró el cristal con la cabeza y no pudo salir. Los guardias tuvieron que
arrastrarlo ensangrentado hacia adentro y reponer la ventana. Este trastorno me
hizo mucho mal porque lo conocía un poco y él perdió mucha sangre, dañándose
de una manera insoportable con los filamentos que de la niebla lo habían
rodeado en un segundo... Durante semanas no pude comer, no logré dormir o
dejar de pensar. Después, el muchacho salió del hospital y estuve con él unos
segundos, mientras cambiaba unas lámparas.
—¿Qué pudiste ver
al introducir la cabeza? —le pregunté, arriesgándome a un áspera respuesta.
—Estaba mareado,
ensangrentado... Pero algo enorme y
cegador se acercaba. Después sentí algo quemante en el rostro. Me cegó ya no...
No volví a verlo
y después oí que había intentado el salto otra vez, con felicidad, acaso. Aunque
yo sabía que eso ocurriría tarde o temprano, me apenó.
A veces pensaba
que era libre para elegir entre quedarme o irme. Sin embargo, la decisión era
muy difícil y su tamaño pesaba demasiado. Envidiaba por instantes a los que se
atrevieron a saltar, aunque casi los reprobaba por habernos dejado solos a los
demás Esta debilidad aún me averguenza, pero entonces trataba de pisotearla en
algún rincón de mi mente.
Sentado en el
comedor, sólo, imaginaba un infinito de cosas distintas a la realidad. Los
guardias me miraban de reojo y deseaban ayudarme. Les gustaba ayudar. Estoy seguro que esperaban mi
más tenue insinuación para agarrarme de los brazos, con amor por su oficio, y
despedirme como un ariete. Pero mi cara no expresaba nada, y al rato alguno se
cansaba y me empujaba con el bastón hacia mi celda. "Es el más cobarde
—pensarían—, el más servil, el menos rebelde." Y aunque necesitan de mi
habilidad, desearían acabar con mi presencia inmóvil, observadora,
vergonzosamente inocua.
Después, durante
algún tiempo no volvía a sentarme solo en el comedor. Observaba diariamente,
desde mi celda, las camillas que pasaban con los cuerpos. A veces veía sangre
amarilla o roja, otras veces iban cubiertos y el rojo o el amarillo iba
devorando el blanco de las sábanas. Las camillas eran arrastradas rápidamente,
con un trote semejante al ruido de un reloj, y detrás pasaban otros con la
nueva tapa de brillante cristal y los útiles de limpieza. Pero, pese a la
rutina, uno nunca podía acostumbrarse a ver cómo se lanzaban los cuerpos, cómo
los guardias retrocedían y balanceaban los cuerpos con poder y jovialidad.
Los otros casos,
a la vista, eran más cómodos y tenían un tono de espectáculo para muchos seres.
Eran meros ejemplos de valor y audacia. A mí me decían con los ojos:
—A ver si te
atreves a tanto.
—Sí, sí —me digo
yo—, sí, soy un cobarde.
En un sitio así,
la dignidad sólo se revelaba en los casos de partida drástica. Los casos solitarios nocturnos eran menos dignos,
pero más limpios y serenos, y no menoscababan
las emociones ajenas. Los demás acaecimientos destruían los cuerpos y
eran como la brutal penetración al mundo de un huevo demasiado grande para una
vulva tan estrecha. No eran similares un cuerpo inerte y un hombre aún con
vida, movido por la tibia sangre y los temores innombrables, merecedor de
lástima por la torpeza ante la primera y última vez que lo haría.
Creo que el
proceso no era terrible en sí mismo, con su piadosa rapidez y definición. Lo
terrible era la truculencia que lo
envolvía. La truculencia estiraba el sufrimiento y los alaridos. Y ni siquiera
había un canon contra la liturgia truculenta y el recuerdo que maceraba sin
piedad los sentimientos y la carne...
Siempre supe,
además, que era muy extraño que alguien —un simple mecánico de un planeta desconocido-
tuviera temores profundos, sentimientos de quebranto y temor, o la necesidad de
obtener certezas sobre la ventaja de estar acá o allá, y la inútil desesperanza por
encontrarle un motivo a la nave.
V
El mecánico era
nativo de un lugar extraño. Tenía en el cuerpo algo menos que algunos. Pero
sólo él tenía un ojo demás, en la nuca. E ignoro por qué se le temía tanto. Se
lo habían sacado al capturarlo, lo habían subido ensangrentado, sucio aún con
su tierra...
Fui su amigo,
soportando el hecho de que continuamente preguntaba y quería saber cosas por
que sí. Deseaba saber cosas sin sentido, como dónde iba la nave, de dónde era,
de qué servía... En fin, molestaba bastante y se exponía. Sin embargo, sé que
me tenía aprecio o lástima porque saqué el premio alguna vez, y lo perdí todo,
y desde entonces tuve que vivir como un perro, durmiendo en un nicho. Era raro,
como lo pienso, porque nadie hubiera visto algo malo en eso, y él se preocupaba
y se sentía culpable de una manera absurda, y seguía con sus preguntas.
Ahora, durante la
noche, entro a su celda furtivamente y duermo en su cama. He revisado sus
escasas pertenencias, con un lápiz y unos apuntes. Sin duda, el era un filósofo de otro mundo y veo que no
ha escrito demasiadas... salvo cuando se refiere a mi persona.
Diré que soy del
grupo de los que lo aceptan todo con la cabeza baja, simplemente por ver, día
a día, cómo los miserables desaparecen
uno a uno chupados violentamente por los cristales. Porque están los miserables,
que son mayoría, y los otros que...
El mecánico, tal
vez por negarse a ser un castrado más, sufrió algo inexplicable, algo
misterioso y... poco limpio...
Yo, por ejemplo,
puedo hacer algunas conjeturas ahora que acabo de leer sus notas. No debería,
acaso, hacer ningún esfuerzo mental, pero he encontrado un delicado placer en
tomar el lápiz del hombre y escribir. Si mañana me ocurre algo
"misterioso", es posible que alguien me lea y piense que soy algo así
como un filósofo seguidor de una tradición. O sea, un miserable que pensó algo,
además de usar el cerebro para agacharse y besar el suelo las veces necesarias.
Podría retorcerme
mucho sobre el terreno subjetivo, pero no lo haré. Puedo intentarlo de otra
manera, uniendo la realidad vista y escrita a algo de lo escuchado. Ustedes me
ayudarán a suponer lo que voy a omitir
directamente.
En las últimas
semanas el mecánico se dedicaba sólo a la reparación de muñecas. Ignoro qué son y, como muchos seres amantes de lo moderno,
estoy deseando tener una entre manos para examinarla. Esto me gustaría tanto
como ver algo que antes no hubiera visto derretirse como la vela bajo la llama.
Sé que lo moderno
había cambiado a mucha gente, y hasta a los guardias, que son monumentos
perennes de la disciplina. Observé que por las muñecas violaban sus reglas de
conducta turnándose solapadamente para entrar al taller. Lo raro era lo de la
actitud furtiva, temerosa y repentina. Y más adelante, día por medio, empezó a
entrar también el Comandante. Dejaba en la puerta su escolta de dos o tres
gendarmes, y... pasaba demasiado tiempo allí.
Yo estaba en mi
nicho, casi siempre semioculto, estirado y sin moverme, y veía sus botas
brillantes que pasaban adelante de los zapatos de los guardias. Una hora
después, volvían. Nunca le pude ver la cara al Comandante, pues tendría que
asomarme contra el suelo, y me patearían la nariz con gusto. Pero veía sus
pálidas manos de uñas barnizadas. Cuando iba, las manos estaban nerviosas y
vacías; cuando volvía, apretaban el pañuelo floreado y parecían exangües.
Estos son los
antecedentes; recién después de la tragedia final me empezaron a parecer
extraños y luminosos a la vez.
El último día fue
así. Pasó el Comandante con sus seres, y siguió la quietud. A la media hora,
de súbito se oyeron las voces desesperadas y urgentes de los guardias. Casi de
inmediato pasaron los zapatos corriendo en una y otra dirección. Y en seguida
vi la camilla, y de ella colgaba la pálida mano del Comandante. No apretaba
ningún pañuelo floreado; se arrastraba flácida por el piso pulido, y dejó una
gota de sangre frente a mi cara. Aún durante varios segundos oí el golpeteo
frenético de los zapatos, y luego el silencio. Pero era un silencio cargado,
tormentoso. Estiré un brazo y con el dedo arrastré la gota hasta la puerta del
nicho.
Al rato el
silencio cargado se rompió horriblemente. Oí el golpe tajante de la puerta
metálica del taller y otro vivo golpeteo de zapatos apurados.
—¡Que no ensucie
el piso! -gritó un guardia-. ¡Y vigilen al globo ensangrentado para ver qué le
puso!
Detrás de esto,
observé el cuerpo del mecánico frente a mí, arrastrado de los pies por unos
guardias. Reconocí su camisa ensangrentada, su cabeza como una masa llena de
cortes morados, y los brazos torcidos hacia atrás como dos remos al final del
esfuerzo y ya fuera del agua para siempre. Creí que estaba muerto, y entonces
ocurrió algo extraño: su pequeña mano se abrió frente al nicho y vi el retacito
de plástico.
La nuca de mi
amigo dejó una larga raya recta sobre el piso limpio. Cuando hubo silencio,
extendí un dedo tembloroso y traje hacia mí el líquido, viscoso como el
líquido rojo del Comandante, pero blanquiciento, levemente brillante, sorprendente.
(Era tan ácido que hasta hoy se ven las marcas en los mosaicos.)
Ahora tenemos la
certidumbre de que no estarán más ni el Comandante ni el mecánico.
Naturalmente, ya vendrá otro Comandante, pues siempre habrá Comandantes. Lo que
tal vez no habrá será otro mecánico con ese talento para hacer las cosas, ese talento para tocar en el momento preciso
el botón más sorprendente.
Donde pueda estar
ahora, el Comandante seguirá gozando, como es su destino. Aunque no podrá
olvidar pronto la horrorosa impresión que le habrá causado toparse con aquello
en el fondo, allí donde pensaba derramarse y encontrar nuevamente el limbo una
enésima más.
Y después, al
final de aquel último día, cuando me dejaron de temblar las manos y se
apaciguaron los latidos del pecho, y se fue
aplacando el avispero de los guardias con sus furiosos pasos, pude
deletrear el trozo de la frase en el pedacito de plástico roto: "...ho en
la Tierra."
Liter
Area Fantástica (c) 2000-2010 Todos los derechos reservados Webmaster:
Jorge Oscar Rossi


