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LA SOMBRA QUE ALGUNOS HACEN
Por Tarik Carson
El señor Querejeta aún recuerda cuándo la
idea lo empezó a torturar; pero no puede saber la causa, ni formulando mil
respuestas lógicas, o recurriendo a expertos en cuestiones síquicas para que recompusieran
la parte del alma que se le fue descomponiendo.
Aquel mal día había estado esperando el
atardecer, de pie en una esquina, cuando pasó por allí un hombre y le pisó la
sombra. Ahora el señor Querejeta recuerda inquieto que hubo un salto y que un cuchillo
no quiso salir de la vaina; y después, casi como para despertarlo, la tunda
casi anónima. Desde entonces viviò obsesionado cuidando su sombra de las
pisadas ajenas. En otros tiempos fue un hombre feliz, que no pensaba en nada
más complejo que los goces que le podría ofrecer un partido de pelotas, un
asado jugoso, la fornicación semanal tras la pringosa puerta de costumbre.
Ahora, en cambio, no se aleja de su lado el pensamiento de la muerte, el cese
de todos los pequeños gustos y apegos.
La idea lo ha impregnado: morirá en cuanto
le toquen la sombra. Ningún médico lo pudo convencer. Naturalmente, se dice, ellos
no se juegan la propia vida. El no puede arriesgarse, siempre ha sido
responsable, conoce el carácter irreversible de la fatalidad, la dirección
ùnica de la desgracia. Es natural, sin embargo, que a los demás les importe muy
poco o nada su destino. Lo expulsaron del trabajo burocrático sin compensación;
oyó los definitivos reproches de locura e incumplimiento. Sus familiares no le
tienen respeto ni aprecio y lo han amenazado con un hospicio. En la calle causa
risa a cualquiera... Todo esto porque ha tenido que ordenar su vida para
defenderse de las pisadas ajenas.
Durante unos pocos momentos de paz, se fue
haciendo amante de los días lluviosos o nublados, aunque estos pudieran traerle
también la repentina desgracia. Con el sol, en cambio, y paradójicamente,
siempre pudo convivir. Algo conforme, o resignado, anda y anduvo por la calle a
mediodía o, en otro caso, debajo de marquesinas o arboledas que lo confundieran
y con su sombra lo hicieran inmune a la muerte. Y fue una delicia verlo
caminar, casi por el medio de la calle, dando saltitos, esquivando todo lo que
fuera móvil, mirando a cada lado o gritándole a cualquiera que allí iba él, que
tuvieran mesura y miraran muy bien dónde pisaban.
Así, a veces le parece vivir en la vía
crucis, y a veces se olvida de sí mismo y del calvario. En todo caso,
igualmente, ya no pudo conversar con los amigos, ya no pudo pasear al atardecer
como era su vieja costumbre. Tampoco puede demorarse a propósito en cualquier
parada de ómnibus o en alguna mesa de café. Ahora, como extraños amigos, todos
le huyen al verlo venir, retribuyèndole quizá porque él, aterrorizado, había
huido primero a todo bìpedo, duarùpedo,
o bichos ambiguos. Es natural, ¿qué persona o qué amigo va a creer que él puede
ser sociable sólo los días de lluvia o debajo de grandes sombras? Nadie, nadie
cree en sus razones.
Al principio tenía la esperanza de lograr
adaptar su existencia a las condiciones del mundo. Esa esperanza ya no existe,
y el terrible hecho le ha dado el coraje necesario para vivir su propia vida,
dirìa, extraordinaria. Como siempre fue
un individuo respetuoso y querido, ahora que lo ven así (oyò que afirman que
está irremediablemente loco) lo soportan y no han recurrido a la comisarìa o al
manicomio. Pero, ¿cómo se comporta -se preguntará el lector- además de andar
por las calles brincando como un descerebrado? Podríamos contestar que se
comporta con aguda inteligencia, con dignidad de caballero, con no desdeñable
habilidad. Al principio, tuvo la idea de usar un refinado bastón de caña de
Malaca, con mango de metal labrado, en las horas de sol alto. Procedimiento que
muchas veces evitó que huyera de algunos contertulios de café. El acto mecánico
era simple: se detenía en una esquina y, apoyado en el reluciente mango, lo más
erecto posible, se inclinaba de forma que su cuerpo apuntara al sol y no
hiciera sombra. Podría permanecer horas así, mirando a cada rato el sol y tratando
de ubicarse en el sentido exacto de sus rayos. Así se exhibió muchas tardes por
la ciudad, hasta que el sol descendía y ya no podía sostenerse, supongamos, en
un ángulo de cuarenta y cinco grados. Luego podría correr por el medio de la
calle, guardándose a distancia de cualquier amenaza. Con tan ingenioso
procedimiento, logró que algunas personas no lo rehuyeran. Alguna vez hasta convocó cierto público espectador no
despreciable. Claro que, cierto día, varios tíos se pusieron a reír, y cuando
él quiso darles la mano y comentarles algo sobre el delicado juego de pelotas o
los diàfanos remolinos de la política, le dieron la espalda con un devastador desdén.
Tampoco faltaron las burlas en su mismísima faz, evidentemente sin ningún
razón. Nadie lo defendió con una mirada, por ejemplo, o un gesto, y ello lo
aburrió sobremanera, descubriendo que ya no lograría recuperar el aprecio que
la población le tenía. Además, los perros, los gatos y los niños malcriados
fueron su verdadero infierno, a los que aún teme con repugnancia más que a la
nada; sueña con ellos, sueña con lo imprevisible y lo fatal. Y la fatalidad
como idea lo persigue sin cesar en su vigilia. Ahora, cada vez que ve en la
calle a un perro o un niño impertinente le palpita furiosamente el corazón y
cree que se le ha presentado la parca. A causa de estos soplos que lo dejan
destrozado por adentro, abandonó el pintoresco bastón junto a su ilusión de
poder salvar algo del cálido aprecio popular.
Hueco por la corrosiòn, devastado
moralmente, casi sin panacea, ha resuelto hacer de su vida un hecho digno,
justificable, aunque sea un grito ùltimo de desesperaciòn. Una existencia que
se justifique, razona, por la comprensión que siente frente a la invidencia
inocente de los demás, ya que ninguno es responsable de querer pisarle la
sombra y borrarlo de la vida, ninguno puede suponer que por tan diminuta falta
se cometa el mayor de los pecados. No, nadie es malo porque quiere. ¡La
inocencia -se repite una y otra vez- qué monstruo pérfido y traidor!
Ahora, como la ùltima estocada tarda en
llegar, y él es un individuo de recursos intelectuales no despreciables, pensó
en el gran paraguas, artefacto que, sin mayores exigencias y costos, parece ser
la solución de su problema. Naturalmente, el pueblo tal vez seguirá pensando
que algo no se encastra bien dentro de su cabeza, pero también es posible que
piensen que sufre de una afección en la piel y no soporta el sol, o algo así,
común, insignificante y tolerable, sobre todo, tolerable socialmente. Con el
paraguas amigo, ha vuelto a ser un hombre bastante libre, y además puede cerrar
el gran paraguas cuando camina debajo de una arboleda tupida o por una vereda
con sombras. También puede pasearse al temible atardecer, arriesgándose con
coraje, o permanecer en un punto, acompañando siempre al viejo sol con el
paraguas.
Es verdad que no siente que el artefacto
haya sido su cura total. ¿Pero acaso los demás pueden solucionar sus problemas
con un método tan sencillo y barato, aunque tenga el mango curvo de caña laqueada?
Y con el espíritu en paz y el organismo libre de fármacos. Experimentando su
nueva felicidad, valorò el mérito de haber creado algo que lo protegería integralmente.
Asimismo, ya que no se calificó de hombre tonto (modesto sí, pero tonto no)
percibió que jamás lo entenderìan, que lo tendrìan por una desgracia inefable;
pero es natural que la especie circundante ignore lo que él sabe, y nadie sea
capaz de comprender la dimensión de la seguridad que él tiene en lo que cree (y
que, reconoce, podría ser verdadero).
Desde algo más allá de los agujeros y
boquetes turbios de su conciencia, algo,
más trascendente que los traqueteos inefables de la carne, lo está impulsando,
o lo impulsaba, a cuidar esa Divinidad que es su sombra. Y esto le confiere
aquel destino de hacedor, y, a la vez, de un pionero que ha saltado sin permiso
la barrera de la humana igualdad. Conoce su verdadera y dolorosa diferencia. No
ve elevación alguna sobre él en la que esté de pie alguien; sólo ve un juego
asertivo del mundillo convencional de piadosas acémilas. (Ultimamente, y por
momentos nada más, ha empezado a calificar así a los transeùntes y otros bípedos.)
Ellos, tan innumerables, pueden darse la felicidad con fanfarria y estridencia
fijándose en el noble bastón o en el amplio paraguas; solamente expresan la
impotencia para soportar una duda mayor, un temblor mental misterioso y
turbador, o una simple tara, si los adjetivos fuertes los pusieran aún más
alegres. ¿Que le puede importar que lo arrimen en sus mentes a la suciedad innominable,
a la materia corrompible y maligna, solamente porque anda todo el día debajo de
un gran paraguas negro? Alguien bastante
cabrón hizo la jugada por él, sin consultarlo. Y, al final de las cuentas, no
ve a nadie al fin de la línea. Y si alguien estuviera en la vergozosa sombra,
jugando al gato y al ratòn, serìa lo mismo, porque tiene sólo esos instrumentos
poco capaces, su sensibilidad, su percepciòn, sus ojos. Con la punta del ovillo
entre los dedos, estremeciéndose siente que todo el costo del mundo no
compraría un comino en mal estado.
Así se consuela con estas disquisiciones, en
la penumbra de su pieza de pensión barata, acariciando el mango y la suave tela
de su paraguas amigo. Por momentos, sorpresivamente, también puede o pudo sentirse
aliviado, pensando que toda la gente es buenìsima, mientras siente que cae la
noche pegajosa, y mueren en la oscuridad los tenues rayos de luz de la pequeña
ventana. Cuando llegue la última pisada, ha decidido imitar a un célebre
fabulador. ¡Pedirá un escarbadientes, y fingirá una sonrisa!
Liter
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