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CUESTION DE LIMITES
Por Jorge Oscar Rossi
Jeremías Lenk era Dios, así se lo había dicho Dios.
Mejor dicho, Dios le había dicho a Jeremías que él, Jeremías,
era Dios. “¿El hijo de Dios?”, quiso aclarar Jeremías.
“No, Dios”, le aclaró Dios.
Jeremías dudó de Dios y quiso probar si realmente era Dios, así
que decidió hacer un milagro, luego otro y otro más. Milagrosamente,
todos le salían bien.
La gente adoraba a Jeremías, lo que estaba bien, porque para eso era
un Dios. A Jeremías le gustaba que lo adoraran. Era agradable repartir
milagros y ser famoso. Un día se le ocurrió que podía tratar
de destruir algo, para variar, así que arrasó una pequeña
aldea en Uganda, matando cuarenta hombres, cuarenta y siete mujeres, diez niños,
seis niñas, dos vacas y tres cabras.
Después probó con una pequeña ciudad en Camboya y luego
hizo desaparecer Paris.
A esa altura la gente tenía una opinión desfavorable respecto
de Jeremías. Lo de los ugandeses y camboyanos vaya y pase, pero....
La gente le pidió a Dios (no a Jeremías, a Dios) que Jeremías
dejará de ser Dios. Jeremías se enteró y arrasó
con España y Portugal.
La gente le siguió pidiendo a Dios que Jeremías dejará
de ser Dios.
Jeremías lo supo y borró Sudamérica.
La gente le siguió pidiendo a Dios que Jeremías dejará
de ser Dios.
Jeremías, como siempre, estuvo al tanto y, antes de destruir la India,
pensó que Dios fue un tonto por convertirlo en Dios.
Luego de tal pensamiento, Jeremías se fue al Infierno, a sufrir por siempre
jamás.
A esa altura, Dios tenía una opinión desfavorable respecto de
Jeremías. Lo de destruir ciudades y matar gente vaya y pase, pero...
© Jorge Oscar Rossi, mayo de 2007
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