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LLUVIA DE ESTRELLAS
Por Federico Schaffler
Le bastaron unos segundos para cambiar el curso de su
vida. La belleza de la mujer opacó cualquier pensamiento, incluso el suicida.
Desde la distancia y la altura quedó prendido del cadencioso movimiento de caderas,
el suave movimiento del resto de su cuerpo y la fluida negrura de su cabello.
Desde lejos, se veía como alguien fuera de éste mundo. Como una diosa. La impresión
fue tal que decidió que su muerte tendría que esperar.
Bajó de la azotea del edificio, salió corriendo hacia la calle y rodeado de
curiosos que esperaban ver al joven obrero convertido estampado en el piso,
vio con gusto que el interés que ella mostraba por él no era simple morbo. Sonrió
y con un adorable guiño de ojos, le dijo.
"Hola, soy Astrid".
¿Porqué hoy? --se preguntó a sí mismo.
"He venido de lejos para conocerte y posponer una tragedia", externó su melodiosa
voz, fluyendo con suavidad, como un colibrí a punto de tocar el néctar de una
flor.
Alejándose de la gente, se encaminaron rumbo a una cafetería. Entró todavía
absorto con el movimiento corporal de la anatomía femenina. La ropa ajustada
no dejaba nada a la imaginación, pero a pesar de ello, su ropa no era vulgar
ni corriente, sino elegante y sensual. Apropiada para ella, aunque no reconociera
la tendencia o estilo o recordara haberlo visto antes.
Platicaron de cualquier cosa y él se enamoró de su cuerpo y de su cara. Era
bellísima, pero tenía algo que no acertaba a entender de su mirada. Era una
aura que le envolvía por completo.
En más de una ocasión se dio cuenta que la mirada de la mujer parecía traspasarlo.
Su juventud y la excitación de su atención hicieron que él respondiera como
hombre, involuntariamente. Se colocó una servilleta sobre las piernas, pero
fue peor. Su excitación se hizo más visible.
Ella rió divertida ante la turbación del chico y para su sorpresa, estiró la
mano y le quitó la servilleta de donde la tenía, con una delicadeza tal, que
sus dedos ni siquiera rozaron el cuerpo del muchacho.
Si me hubiera tocado, exploto, pensó.
Viendo las negras nubes que amenazaban lluvia, ella le dijo que lo que más placer
le daba en el mundo era escuchar las gotas de lluvia y los relámpagos de las
tempestades.
"Cada vez que vengo aquí y me sorprende la lluvia, me gusta desnudarme, cubrirme
con una suave sábana de algodón, correr las cortinas y disfrutar el sublime
momento de contacto con la naturaleza, hasta que el sueño me lleva a su lado",
le dijo ella.
El joven estaba turbado ante tan profunda confesión y no pensó siquiera un instante
en que ella le estaba tomando el pelo o jugando con él. Parecía que esa era
su intención. Después de todo, se veía tan seria y era obviamente mayor que
él, pero no mucho. Sólo contestó "A mí también", cuando ella le preguntó si
no tenía el mismo gusto.
En realidad, jamás lo había hecho, ni siquiera lo había soñado.
Bebieron otro refresco y guarecidos en la cafetería, vieron caer las primeras
gotas de lluvia, mientras la gente corría de un lado hacia otro. Atardecía y
la luz de los automóviles hacía brillar como estrellas a las gotas en su inevitable
viaje.
"Me encanta éste ambiente y éste momento", dijo ella, mientras recorría con
la vista el cuerpo del muchacho, deteniéndose unos instantes en su rostro y
sus ojos, entregándole una mirada con gotas de dulzura, sensualidad y entrega.
"Me gustas mucho", alcanzó a balbucear él en medio de un fuerte sonrojo que
le tiñó de carmín el rostro.
"Ya lo sé. Y tú a mí".
Un ligero apretón a la callosa mano selló el compromiso pactado sin palabras.
Con monedas pagó y se levantaron, la lluvia decrecía y los charcos cubrían la
acera y los arroyos de la calle.
Tomados de la mano, ella conduciendo, caminaron sin hablar y sin rumbo durante
varios minutos, pasaron frente a la enorme construcción donde él laboraba.
"Ahí trabajo", dijo.
"Qué interesante", contestó sin interés, como si ya supiera y el dato fuera
irrelevante.
El veía de reojo la tersura de su rostro y palpaba la suavidad de su piel entre
sus dedos. Escuchó un suspiro y no supo de quien fue.
"Va a llover otra vez", dijo ella con delicadeza, mientras la fresca brisa arrancaba
un ligero escalofrío de la bella piel morena.
Las parpadeantes luces de un hotel se acercaban por la acera contraria. Tembloroso,
él volteó un par de veces hasta que ella lo sorprendió.
"¿Quieres ir? Me gustaría escuchar la lluvia contigo".
"Vamos, después de todo a ésto vine", se contestó a sí misma y empezó a cruzar
la calle.
"Pero, no traigo dinero suficiente", empezó a protestar envuelto de una gruesa
capa de vergüenza, frustración y coraje por hacer el ridículo ante la bella
mujer.
"No importa. Hoy quiero compañía. Particularmente tú compañía".
El volvió a percibir la extraña mirada y apenas pusieron pie dentro del hotel,
desprendió suavemente su mano del contacto. No quería parecer un niño llevado
a su primera experiencia sexual, aunque así fuera en efecto.
Se mantuvo a prudente distancia del encargado y vio como éste le dirigió una
envidiosa mirada que parecía decir: "Qué suerte de jovencito".
Ella volvió con un pesado llavero de cuero, visiblemente sucio por el uso. Subieron
las raídas alfombras hasta el segundo piso. Escuchó el chirriar de la llave
y el pesado movimiento de las puertas.
Dejó que ella entrara primero y él, caballeroso, le dió la espalda mientras
cerraba la puerta.
Cuando se volvió, ella ya estaba desnuda. Se sorprendió porque no habían pasado
más de diez segundos y ya contemplaba a plenitud la belleza de su cuerpo macizo
y de piel delicadamente morena.
Sin hablar, ella le llamó con los ojos y un apenas perceptible movimiento de
manos. El se acercó y el aroma de su piel lo permeó. Tuvo un fugaz mareo. Sacudió
la cabeza y sin explicárselo, vio con extrañeza su desnudez.
Su cuerpo de hombre joven y sin experiencia se turbó, pero el instinto animal
y el magnetismo de ella fue más poderoso que nada y respondió. Respondió como
el hombre debe hacerlo.
La vida voló en unos cuantos segundos para él. Envuelto en las ásperas y percudidas
sábanas, abrazaba a la reposante mujer. Escuchó las suaves gotas de lluvia sobre
los cristales, dio gracias a Dios por cumplirle un sueño que nunca llegó a tener
de tal manera. Ahora sí ya era un hombre.
El exquisito agotamiento físico lo envolvió y la calidez del cuerpo que recién
había sido suyo lo cobijó. El arrullo de la lluvia lo transportó al mundo de
los sueños dulces y memorables. En unos instantes lo llevaron al último confín
del Universo y lo regresaron de inmediato.
Cuando un inquieto rayo de Sol lo despertó, tal y como lo esperaba, ella ya
no estaba. Se volvió adolorido en su interior y vio sobre el buró una sencilla
nota con unas cuantas palabras ininteligibles y una en español: "Gracias".
Tomó el papel y su tacto desconoció la textura y sensación. La tinta no estaba
encima del mismo, era parte del fino tejido, como de lino. Alzó el pequeño pliego
a sus labios y lo besó con amor, amor de una noche, amor eterno.
Lo alejó de sus labios y el mismo rayo de Sol lo atravesó finamente. Percibió
con sorpresa una imagen. Extrañado, se dirigió a la ventana, corrió las cortinas
para permitir una mejor visibilidad y colocó el papel a contraluz, frente a
sus ojos y vio en el centro del pliego el rostro de la mujer, iluminando a las
estrellas que la rodeaban. Sus labios parecieron moverse, como diciéndole "gracias"
antes de regresar a la quietud.
Comprendiendo, guardó para siempre la imagen en su corazón y lloró. Como un
niño. Por última vez.
(c) Federico Schaffler,
2000.
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