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MALABESTIAS
Por Jorge Oscar Rossi
CAPITULO I
(QUE TRATA DEL NUCLEO, MEOLLO, TEMA O ASUNTO DEL PRESENTE CUENTO)
1
El chorro de sangre le bañó
la cara.
- ¡La puta madre que me parió!.
La Turca y el Cholo se quedaron helados. Igual, tarde
o temprano iban a terminar en esa condición, desnudos como estaban.
El Negro se trataba de limpiar a manotazos. La mezcla
de sangre y grasa se desparramaba en forma desigual en ese rostro de por sí
desagradable. Vestido, el Negro siempre parecía un payaso. Desnudo, con
sus piernas combadas y retaconas y la panza desbordándose, resultaba
patético.
- Augusto, ¿Qué pasó?- Interrogó
la Turca.
Augusto, conocido en todo el Dock sud como El Negro o
El Bolas de Humo, podría haberse limitado a mirar a la Turca con frío
desdén ante una pregunta tan estúpida; pero ese no era su estilo.
- ¿A vos que te parece?, ¡Pedazo de boluda!.
La Turca se largó a llorar, el Cholo se largó
a reír y ese fue el lamentable final del primer intento del Gran Ritual
Iniciatico del Triángulo Hermético.
2
- Disculpame, Cleopatra.
- No me vengas con Cleopatra.- Retrucó la Turca,
enojada.
El Negro se quedó cortado, con un kilo de zanahorias
a medio poner en la balanza. Estaban solos en la verdulería.
Un poco más fría, la Turca continuó:
- Sabés que solo me llamó Cleopatra en el
Ritual.
- Si...bueno...igual perdoname. Ayer estuve muy bestia...pero
es que esa sangre de mierda me sacó de las casillas.
- ...Está bien...
La Turca se ablandaba. El Negro, animado, le puso las
zanahorias en la bolsa y volvió a hacer gala de su locuacidad.
- ¡Y después el otro se larga a reír!...¡dejame
de joder!.
- ¿Y que querés que hiciera?, ¿qué
me pishe encima?.
El Cholo, ayudante del Negro en la verdulería y
en otros asuntos, volvía de entregar un pedido, justo a tiempo para ser
el autor de esta fascinante reflexión.
Los tres se miraron, tal vez por no tener otra cosa que
hacer. Permanecieron callados, digamos, diez segundos, y no pudieron resistir
más.
- Habría que repetirlo.
- ¿Te parece, Negro?.
- Seguro...¿Vos qué decís, Cholo?.
- Por mí...pero por favor, cuando degollés
al pollo, tratá de no volver a ponerte abajo...¿eh?.
Esto indignó al Negro, quien se cruzó de
brazos, enfurruñado cual un chico cogido en falta.
- Mi querido Marco Antonio,- Terminó bufando, en
un fracasado intento de que sus palabras sonaran como un sutil retruécano.
- ...Mi querido Marco Antonio,- Repitió, porque no se acordaba lo que
quería decir. -...está vez no va a ser un pollo lo que voy a degollar.
3
los preparativos del Ritual no podían esperar,
según el Negro. Pero había que hacer las cosas bien. Por eso,
decidió consultar uno de sus libros de cabecera, el “Argentum Tractatus
Alquimicum”, oscuro texto que había conseguido en una librería
de Plaza Lavalle, en versión traducida y condensada. Eran ciento veintiséis
paginas llenas de palabras raras, dibujos raros e ideas aún más
raras. El mayor mérito de la obra era que no la conocía nadie.
No haber terminado la primaria, nunca fue un obstáculo
para el Negro, en eso de internarse en los vericuetos del gnosticismo, la alquimia,
la teosofía, las religiones comparadas y otras menudencias.
“La Joya más Preciosa, que es la Piedra, es Preciosa
por su esplendor pero no por su materialidad. Es más valiosa que el oro,
es Prima Hermana de Sofía y es aún Sofía, pero se la encuentra,
no en medio de la riqueza sino, más bien, entre los excrementos. El que
quiera realizar la Obra con Amoroso Cuidado y Diligencia debe tener en cuenta
eso y la Obra será hecha con Gran Felicidad y Primor y el Adepto será
inmensamente rico, más no de riqueza común; y será Amado,
más no de amor común; y sentirá extremado Gozo, más
no gozo común...”.
Párrafos del “Argentum Tractatus...” como este,
deslumbraban al Negro. Sus dos discípulos, el Cholo y la Turca, tenían
reacciones parecidas; solo que al primero lo impresionaba más la parte
de la Riqueza, mientras que la segunda se encandilaba preferentemente por lo
referido al Amor.
El Negro, más amplio, se inclinaba por el Gozo.
CAPITULO II
(QUE REUNE ALGUNOS ACONTECIMIENTOS, PASADOS, LATERALES
Y FUTUROS A LOS DEL CAPITULO ANTERIOR, CON EL FIN DE ENTRETENER AL LECTOR E
INFORMARLE DE QUE CORNO SE TRATA ESTO.)
1
Desde su divorcio, (las viejas chusmas decían
que el marido la molía a palos), la Turca se había mantenido a
la expectativa. Nada de hombres.
Y cada vez estaba más expectante.
Ahora, mientras jugaba con las paginas de una revista,
no dejaba de pensar: ¿La amaba el Negro?. ¿O solo la deseaba por
esas carnes abundantes que más de un problema le habían traído?.
¿Veía él en ella a un ser con apetencias espirituales?.
¿Estaba bien aceptar la participación del Cholo?. ¿La oscura
y enrulada cabellera del Negro escondía un cerebro perverso?. O, en todo
caso, ¿Escondía el cráneo que albergaba a un cerebro perverso?.
O, mejor dicho, ¿Escondía la piel que cubría el cráneo
que albergaba a un cerebro perverso?. O, para ser más precisos, ¿Escondía
la piel que cubría el cráneo que albergaba a un cerebro que contenía
pensamientos perversos?. O...en definitiva, ¿El Negro era un buen tipo
o un hijo de puta?.
2
en su piecita, el Cholo se masturbaba rítmicamente,
profundamente ensimismado en la contemplación del suplemento económico
del diario. Más precisamente, la pagina de la Bolsa. En su mente se formaba
una imagen de exótica belleza: La pulposa silueta de la Turca con las
cifras de la Bolsa tatuadas en todo el cuerpo.
3
“El Adepto, su Ayudante y su Soror Mystica han de permanecer
desnudos como han sido paridos para ir al encuentro de la Piedra, desnudos con
Desnudez de Inocencia y así han de compartir la Preciosa Sangre del Sacrificado
y así han de conocerse en Sacrificial Penetración, hombre con
hombre y hombre con mujer ha de ser, pero con Pureza y pensando en Él,
pues sino la Piedra no se Dará.”
Con erudita habilidad, el Negro había concluido
que esto quería decir que dos tipos y una mina se tenían que poner
totalmente en bolas, matar algún animal, mancharse cada uno con un poco
de la sangre del bicho y después hacer la porquería entre los
tres. Como la idea de fornicar con el Cholo no le agradaba, había decretado
que la frase “hombre con hombre” era un error de traducción y punto.
4
La cuestión de los Nombres Rituales fue todo un
tema. El Negro había querido llamarse Basilides, al Cholo ponerle “Aprendiz”,
(así, bien anónimo) y a la Turca la llamaría “Sofía”,
todo esto sacado de un libro de alquimia.
Al Cholo le parecía que Negro, Cholo y Turca eran
nombres rituales tan buenos como cualquiera. Lo dijo con absoluto convencimiento,
y eso que no tenía la menor idea de que carajo era un Nombre Ritual.
La Turca tampoco sabía, pero como hacía
tiempo que había quedado prendada por Richard Burton y se imaginaba a
sí misma como Elizabeth Taylor, le parecía que Marco Antonio para
El Negro y Cleopatra para ella serían los nombres ideales. En cuanto
al Cholo...y que sé yo...Cesar...o Augusto.
El Negro dijo que esos nombres no tenían nada que
ver con la alquimia o el esoterismo.
La Turca se aferró a su idea por romanticismo y
manifestó que “sino, no cuentes conmigo”.
El traficante de zanahorias, flexible, aceptó,
pero, como tenía sueños de grandeza, no quiso ser un simple Marco
Antonio y se tituló Augusto. Al Cholo le quedó el papel de Richard
Burton en esta nueva película, por puro descarte.
Alcanzada la solución de compromiso, todos estuvieron
más o menos felices, sin saber porque.
5
El Segundo Intento del Ritual Iniciatico del Triángulo
Hermético fracasó por culpa del Cholo, quien se abalanzó
sobre la Turca como un asno en celo y sin previo aviso, provocando su airada
reacción.
El Negro lamentó haber degollado al Fichu, su pobre
gato, para cosa tan inútil.
6
- Viejo, todo esto es una pelotudez. Así no vamos
a ningún lado. Esa mina es una frifida.
- ¿Una qué?
- Una frifida. –Insistió el Cholo. – Una que se
queda fría. Que no le pasa nada con los hombres.
- Ah. –El Negro tenía la impresión de que
“frifida” no era la palabra correcta.
- Es así...así no conseguimos nada. Estamos
boludeando...me parece que vos no entendés lo que leíste.
El Negro parecía no escuchar pero, de repente,
los ojos se le abrieron como bolones, de esos que ya no se ven, y se quedó
así un rato hasta que el Cholo se aburrió y le dijo:
- Che...¿Qué té pasa?
- Tenés razón...recién ahora lo entiendo.
Su compañero, congénitamente carente de
sutileza, no se percató del secreto sentido de esas vibrantes palabras.
En realidad, el Cholo ni lo escuchó, porque el
Negro había hablado bajito.
7
La sierra había pertenecido a Don Pascual, el
padre del Negro, y para estar a tono con su edad se encontraba desafilada y
con el suficiente oxido como para tener ese aspecto de venerable decadencia,
capaz de otorgarle dignidad y rango de objeto antiguo.
El cuchillo del Negro era grande, casi nuevo y estaba
mellado de tanto partir zapallos calabaza.
8
- Para mí es un degenerado el coso ese.
- ¿Le parece, Porota?
La pregunta de la Turca era meramente retórica.
A Doña Porota, todos los hombres le parecían degenerados, menos
su finado esposo. Era una gorda de cara verruguienta, permanentemente equipada
con el mismo batón, las mismas chinelas, el mismo pañuelo sobre
los mismos ruleros y la misma provisión de ventosidades que discretamente,
a su entender, dejaba escapar, de tanto en tanto, por arriba, por abajo o por
los dos lados a la vez.
- Sí, nena. –La Turca ya andaba por los cuarenta
pero para la Porota era una nena. - ¿No viste la mirada que tiene?
- ¿Qué mirada?
- Esa mirada de degenerado...el otro día, sin ir
más lejos, la estaba atendiendo a la Rosita de acá a la vuelta
y yo estaba atrás y lo miraba...¡no sabés la cara que le
ponía a la Rosita!
- ¿Qué cara?
- Y...cara de degenerado...la miraba fijo y le mostraba
el choclo.
- ¿¡Como!?. –La Turca estaba toda colorada.
- Sí, el choclo. –La vieja se estaba excitando.
Su presión aumentaba y por ello entró en acción una de
sus válvulas de seguridad, lanzando un flatito no muy ruidoso, como disparado
de costado para amortiguar. - ... el choclo...la Rosita le había pedido
un poco de verdurita para la sopa y el tipo después de darle, agarró
un choclo y le dijo “esto se lo doy de yapa”, y la miraba toda como con ganas.
- No sé que decirle, Doña Porota. Yo nunca
lo noté. - Macaneó la Turca. Porque en realidad si había
prestado atención a esos ojos negros enmarcados por unas cejas negras
que hacían juego con el rostro negro. Bueno, por algo le decían
el Negro. Pero todo había quedado en la duda, en el mero fantaseo.
Fue recién a partir de esta aguda observación
de Doña Porota, que la Turca se convirtió en una extremadamente
asidua clienta de la verdulería.
9
La verdulería del Negro se erguía en mitad
de una de esas cuadras tan pintorescas para ver desde el colectivo, cuando suponemos
que jamás nos tocará vivir o siquiera caminar por allí.
Era una construcción de madera con techo y frente
de chapa chillonamente pintarrajeada. A pesar, o gracias a eso, armonizaba perfectamente
con los ladrillos a la vista de las covachas que la flanqueaban, los arbolitos
raquíticos de las veredas y la mugre esencial que lo cubría todo.
A tres casas del poco prospero negocio se veía
la fuente de subsistencia de la Turca: una santeria en cuya única vidriera
fraternizaban las imágenes de Jesús, Ogún y San La Muerte.
A dos cuadras de ahí se derrumbaba lentamente la pensión que hospedaba
al Cholo.
El Negro había heredado la casa, de su padre, de
profesión carnicero, y la pasión por el esoterismo de su madre,
prostituta jubilada, quien, como muchas de su oficio, tenía fascinación
por las cosas ocultas de cualquier tipo. Por eso, cuando se casó, se
dedicó a observar las vergüenzas de los demás desde una perspectiva
más metafísica, es decir que abandonó las fellatios y se
ganó honradamente la vida como bruja y adivina.
En esa casa el Negro tenía su vivienda, su verdulería
y, más importante que todo eso, a su parecer; tenía el refugio
que necesitaba para sus experiencias místicas. O sea, para leer libros
raros, prender velas y degollar pollos.
10
Al Negro le intrigaba esa mina que venía todos
los días a comprar dos o tres pavadas, entre las cuales siempre, indefectiblemente,
se contaba una.
- ¿Ta buena, no?. –Preguntó el Cholo, por
decir algo.
Claro que estaba buena. Buena de tetas. Buena de culo.
Buena en general. Tratabase de un animal generosamente pertrechado, de pelo
largo y renegrido y jeta de potra con rasgos árabes. Por eso le decían
la Turca, porque de apellido era Mussopappa. Estaba separada y tenía
cara de abstinencia involuntaria.
- ¿Qué carajo hará con tanto choclo?
- ¿No té lo imaginás?
- Cholo, ¡Qué mente más podrida tenés!.
Mejor, andá hacer el reparto.
Cuando el Cholo se fue, el Negro se quedó acompañado
por la duda:
“Y...¿lo envaselinará al Choclo?”.
11
El Tercer Intento del Gran Ritual Iniciatico del Triángulo
Hermético principió cuando el divino Augusto adormeció
de un sifonazo al pobre Marco Antonio ante la mirada atónita de la hermosa
Cleopatra.
Luego, como en sus peores épocas, cuando todavía
se llamaba Octavio, el malvado Emperador-verdulero colgó cabeza abajo
al Cholo, de un gancho sujeto al techo del galponcito que oficiaba de sancta
sanctorum.
- “Y así han de conocerse en Sacrificial penetración...”
– Recitó el Negro y, acto seguido, hundió el cuchillo cortacalabazas
en el poco aseado cogote del Cholo. Esta vez, el chorro de sangre rebotó
en el piso.
Cleopatra, desnuda y con la boca abierta parecía
como que miraba, pero no se puede estar seguro. Cuando el Negro la tiró
al ensangrentado piso y procedió a empalarla con gesto enérgico,
parecía como que gozaba, pero tampoco se puede estar seguro.
- “Hombre con mujer...” – La voz apenas le salía
al verdulero, demasiado ocupado en mantener la erección de su inestable
miembro viril, por llamarlo de algún modo. Tuvo que esperar un poco para
continuar.
- “...y así han de compartir la preciosa sangre
del sacrificado...”
Dicen que lo importante es que la gente se quiera.
Lo cierto es que esta parejita siguió revolcándose
por un buen rato bajo la sangrante garganta del Cholo, quien poquito a poco
se iba muriendo.
Tras varios orgasmos más o menos exitosos, los
amantes colapsaron, es decir que se quedaron medio dormidos.
Más que un Ritual Místico Iniciatico había
salido una cosa medio depravada, decididamente antihigiénica y no obstante,
entretenida.
Pero de la Piedra, ni noticia.
12
Hubo que trozarlo a pura sierra al Marco Antonio.
Terminó desarmado en cuarenta y siete piezas de
un kilo y medio de peso cada una, que fueron a parar a exactamente el mismo
número de macetas y macetones; propiedad del Negro y de la Turca. Los
malvones no estuvieron agradecidos. La planta de albahaca se secó. También,
se dice que el ají putaparío dio frutos más picantes de
lo habitual, pero son habladurías de viejos de intestino débil.
CAPITULO III
(QUE VENDRIA A SER EL BROCHE DE ORO, FIN DE FIESTA, MANTO
DE PIEDAD O CONCLUSION DEL PRESENTE CUENTO)
1
Al parecer, el “Argentum Tractatus Alquimicum” era un
camino equivocado, o se quedaba a mitad de camino, o era un camino excesivamente
dificultoso, o...¡Má sí!. La cuestión era que ni
destripando ayudantes se conseguía algo concreto.
Bueno, el revolcón con la Turca fue algo bastante
concreto, pero no era el objetivo.
Así las cosas, el Negro se puso a reflexionar sobre
si debía continuar o no con el Triángulo Hermético.
Toda una noche permaneció sumido en la más
espantosa incertidumbre. Su rostro se veía desencajado, brillante de
transpiración. Sus manos estrujaban el ensortijado cabello. Al amanecer,
la tensión de sus posiciones en conflicto estaba a punto de derrumbarlo.
Cuando todo parecía conducir al hundimiento psicofico...el
Negro se acordó que para un Triángulo de cualquier tipo hacen
falta tres y... ahora quedaban dos, así que... no eran más tres,
entonces...entonces no se puede hacer lo del Triángulo, así que...
vamo abrir la verdulería que se hace tarde y...¡Uhh!, ¿¡Qué
carajo iba a vender si no había ido al Mercado Central a traer nada!?.
Esa vez, el Negro aprendió cual era el Precio de
la Sabiduría.
2
- ¡Aiaah!
- Aguanta, Tur...Cleopatra.
- ¡Aiaaa!, ¡me dueleee!
- Vamos, que te pinche un poco puede ser. Pero que te
duela...
Las velas negras parecían dar más calor
que las comunes.
Eran cinco y se derretían sobre una mesa ratona
que oficiaba de altar. Rodeaban a una estatuita de Satanás, disfrazado
de macho cabrío.
La Turca se sentía incomoda, echada en el suelo,
boca arriba y en cueros. A su lado, rompiéndose las rodillas contra las
baldosas, estaba el Negro; también todo desnudito y completamente absorto
en la dura tarea de pintar, con la ayuda de un plumín y tinta china roja,
el estomago de la mujer. Había dibujado una estrella de cinco puntas
e intentaba en vano trazar un signo cabalístico en el ombligo femenino.
La Turca pensaba que no tendría que haber contribuido
ni con las velas, ni con la estatua, ni con los sahumerios, ni con el cuerpo.
Lo que más la angustiaba era como se iba a quitar la tinta de encima.
De pronto, el Negro aulló:
- ¡YO TE INVOCO, AMO DEL MUNDO!...¡NIAAAAH
GAAAAHHHH...!
Y no pasó nada.
El Oficiante se quedó un rato a la expectativa.
Después le empezó a picar la nariz por el humo del incienso y
por último, estornudó salpicando la rojiza estrella. La Turca
estaba a punto de protestar, cuando fue interrumpida por una estridente risotada.
- ¡Siempre el mismo bestia, vo! – dijo el Cholo,
una vez terminó de carcajear.
Lo contemplaron espantados. Para estar muerto y destazado,
se lo veía bien. Estaba un poco más gordo.
- ¿Qué tal, che? – Continuó.
El Negro y la Turca se lo habrían quedado mirando
un largo rato, pero parece que el finado no tenía tiempo, porque dijo:
- ¿Y?...¿qué pasa? ¿Para qué
llamaron? ¿Quieren un autógrafo o qué?
- Pero... –Replicó el Negro. – Yo quería...yo
llamé al Amo del Mundo, a Sata...
- ¿Y vos te pensás que el Jefe va a venir
en persona a ver a un perejil como vos?...no querido. El Hombre solo se molesta
por gente de categoría. Conformate con que me mandó a mí.
- Esteee, ¿y por qué a vos?
- Idoneidad en el cargo...conocimiento del terreno, que
le dicen.
Evidentemente, en el Infierno debía funcionar una
escuela nocturna, o algo así, porque el Cholo lucía un vocabulario
más amplio que el habitual.
- Me veo obligado a insistir.- El tono del enviado del
Capanga de los Malos se hizo bruscamente amenazador. - ¿Para qué
llamaron?
El Negro se atragantó con sus amígdalas
antes de poder contestar. Por fin, dijo:
- Queremos algo.
- Bueno... – Intervino la Turca. -...Querer, lo que se
dice querer...yo no quería nada...a mí no me gusta molestar...
- ¡Callate!... – Retrucó el Divino Augusto,
y ya empezaba la discusión.
- ¡Basta! – Atronó, imperativo, el Cholo.
- ¡¿Qué quieren?!
- Y...queremos...la Piedra...
La Aparición se mostró desalentada.
- Ah, era eso.
- Y si Cholo, vos sabes...
- ¿Y por qué se lo piden al Jefe?
- Bueno...¿no es el Amo del Mundo, el Señor
de la Oscuridad, el Príncipe del Mal?
- Aja, ¿y?
- ¿...?
Como la cosa iba para largo, el Cholo se sentó
en el suelo.
- Vamos a ver...¿Para qué quieren la Piedra?
- “Y el Adepto será inmensamente rico, más
no de riqueza común; y será Amado, más no de amor común;
y sentirá extremado Gozo, más no gozo común...”. –Recitó
el Negro.
- Muy bonito. Ahora, hablando en serio y por última
vez les pregunto y les advierto que, como vengo del Infierno y por ende soy
un Ser Maligno, debo encolerizarme terriblemente si no me contestan bien...¿Para
qué quieren la Piedra?
Diez minutos después:
- Dale Negro...contestá. – Rogó la Turca.
Quince minutos más tarde:
- Mi paciencia tiene un limite. – Soltó el Empleado
del Enemigo.
Fue entonces cuando el hijo de Don Pascual, el carnicero,
se puso a llorar. El aparatoso desparramo de sus gordas lagrimas, aderezado
con el buuuubuuuuaauu ujujuuu ujjujuuububuuaaauhhh que vomitaba espasmódicamente,
causó un hondo sentimiento entre los presentes. Concretamente, la Turca
sintió miedo y el Cholo sintió que, aunque por su condición
tenía toda la Eternidad por delante, igual estaba perdiendo tiempo.
Recién otros diez minutos después, el Negro
hizo gala de autocontrol. Mientras tanto, la Turca se había puesto frenética
y el Cholo estaba medio dormido.
- ¿Y, Negro? – Dijo la ansiosa dama.
- Bueno, la verdad... – Empezó este. El Cholo se
despabiló
- La verdad...¿qué?
- La verdad es...que no sé.
El ex Marco Antonio explotó.
- ¡¡¿¿Cómo que no sabés??!!
– Gritaba. - ¡¡¿¿Cómo que no sabés??!!...¡¿Y
vos?!
- Ah, yo tampoco. – Se apresuró a contestar la
Turca.
- Ah, tampoco sabe...o sea que me degollaron, me cortaron
en pedazos, me pusieron a fertilizar malvones y como si fuera poco me hicieron
volver desde allá...
- Perdón, nosotros no queríamos llamarte
a vos. –Interrumpió el Negro.
- ¡Silencio!... y como si fuera poco me hicieron
volver desde allá y no tienen la más puta idea de para que carajo
quieren la Piedra.
- Bueno, idea, lo que se dice una idea concreta no, pero...
–Dijo el Negro.
- ¿Pero qué?
- Pero eso del Gozo, la Riqueza y el Amor, que sé
yo...sonaba lindo.
- ¡Basta! – El Cholo siguió gritando y lamentándose
hasta que, más que un Angel de la Muerte, parecía una vieja histérica.
Hubiera seguido un rato más, de no ser que el Negro,
por fin, se acordó de una interesante cuestión:
- Perdón, pero acabó de acordarme de una
interesante cuestión... – (Si, si, ya sabemos) – Hizo una pausa dramática
y luego apuntó con el salchichoso dedo índice de su mano derecha
al Cholo y le dijo:
- Vos...
- ¿Yo?
- Si, vos, vos...
- ¿Yo qué?
- Vos...eeehh...ah si. Digo que vos también estuviste
con nosotros buscando la Piedra.
Ante esto, el Cholo mostró que incluso los Enviados
Satánicos pueden palidecer.
Envalentonado, el Negro siguió:
- ¿Para que querías vos, eh, vos, a la Piedra,
eh, eh?...dale, contestá, ¿eehh?...
- ¿...?
Fue una larga noche.
(c) Jorge Oscar Rossi, 1998.
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