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UNA MANCHA
MÁS NEGRA QUE EL CIELO
—¡Habridge! —bramó la radio.
El comandante Habridge se sobresaltó pero no sacudió
el timón del bombardero. A pesar de la interrupción, siguió escudriñando el
cielo oscuro tratando de distinguir cazas nocturnos.
—No grite, McLeod —le respondió al radioperador—.
Informe —siguió vigilando: le pareció distinguir una sombra, una mancha
más negra que el cielo cruzando de babor a estribor. No, pensó, demasiado
pequeño para ser un caza.
—El bombardero a estribor —dijo McLeod con
voz temblorosa— reporta haber recibido fuego de artillería. Quieren saber si desde nuestra posición vemos algún impacto de Flak en su fuselaje.
Habridge frunció el ceño:
—¿Usted vio algún destello de cazas —dijo—
o fuego de cazas nocturnos?
—No —contestó el radioperador—. Al
momento de la comunicación, yo oteaba a estribor desde hacía rato. No vi nada.
—¿Cuál es nuestra posición?
McLeod respondió luego de unos segundos:
—Ya estamos sobre territorio alemán.
Habridge se quedó pensativo, mientras acariciaba la cruz
que llevaba prendida al pecho, bendecida por el propio obispo de Leicester.
—Voy —anunció finalmente.
Le pasó el timón a Stanfield, el copiloto. Se acercó
al puesto del radioperador. McLeod se apartó y le entregó los auriculares
y el micrófono.
—Aquí comandante Habridge —radió—,
por favor reporte más claramente.
—Aquí Stone, señor —respondió una voz con
un tono inseguro que preocupó a Habridge—. Creemos haber recibido un
impacto en el fuselaje, pero no encontramos daños visibles. ¿Pueden inspeccionar
ustedes desde su posición?
—¿Me está hablando en serio? —dijo Habridge—.
La visibilidad es nula.
—Sí, señor —admitió Stone—. Pero estamos
dispuestos a encender por un instante las luces de posición para que ustedes
puedan vernos.
Habridge no podía creerlo: ¿acaso ese hombre se había
desquiciado?
—Sí —contestó—, podremos verlos. Podremos
verlos junto con las cuatrocientas baterías antiaéreas que nos miran desde
tierra.
Silencio.
—Eh..., señor —dijo Stone desde su bombardero—.
Es que el impacto... ¡lo recibimos desde arriba!
Habridge quedó perplejo.
—¿No se distingue nada desde la torreta dorsal?
Antes de que Stone contestara, el avión se tambaleó.
Ese cañonazo les había errado por poco. Habridge volvió a la radio.
—Repito —dijo—: ¿no se distingue nada
desde la torreta dorsal?
—Nada.
—Stone —dijo—. No encienda las luces
de posición bajo ninguna circunstancia. ¿Entiende?
—Entendido, señor —un momento de silencio—.
¡Señor!
—¿Qué sucede?
Pero no se volvió a oír la voz de Stone, a pesar de que
la radio seguía abierta. Entre el fragor de la artillería, apretando fuertemente
los auriculares, Habridge lograba percibir algo... un crepitar, tal vez gritos.
¿Se habría desatado un incendio a bordo? Dejó los auriculares y se precipitó
a la ventanilla. El radioperador lo miraba atónito.
Habridge no veía nada. Creyó distinguir vagamente la
silueta del avión de Stone. Algún destello ocasional, pero más parecido al
fogonazo de un disparo que a un incendio. No era probable. Nadie dispara dentro
de su propio bombardero.
Cuando las luces de posición de la otra nave se encendieron,
Habridge quedó sin aliento. Ese imbécil de Stone le había desobedecido. ¡Por
culpa de él los iban a matar a todos! Era obvio que el bombardero de Stone
estaba fuera de control y perdía altura. Dios, pensó Habridge, qué es lo que
está pasando.
El fuego antiaéreo se intensificó alrededor de la desafortunada
nave. Recibió varios impactos antes de quedar en llamas. Habridge no lograba
ver ninguna sombra blancuzca que delatara algún paracaídas.
McLeod seguía a su lado, tembloroso.
—Qué pasó, señor, qué le dijo Stone.
Habridge no le contestó.
—Señor... —insistió McLeod.
—Quédese en su puesto —le dijo al radioperador.
Habridge fue hasta la torreta dorsal, forcejeando entre
el abrigo y el estrecho espacio del fuselaje. El artillero se asomó. Parecía
sorprendido de verlo allí.
—¿Señor?
—Esté atento a cualquier sombra que vea. Me parece
que se trata de un nuevo caza nocturno. Rápido y pequeño.
—Sí, señor —el artillero volvió a su puesto.
Habridge lo notó asustado.
MacLeod se acercó y le dijo que el bombardero líder,
cincuenta metros por delante de ellos, reportaba varios impactos.
—¿Varios?
—Habridge creyó que todos habían enloquecido—. ¿A qué se refiere
con varios?
El radioperador miraba a Habridge con ojos abiertos de
terror.
—No lo entiendo, señor —dijo—. Dicen
que están recibiendo impactos desde arriba, pero por su intensidad no parecen
de Flak.
Habridge miró fijamente al radioperador.
—Dicen, señor, que más parecen golpes que impactos de artillería.
De pronto la radio les heló la sangre: del bombardero
líder llegaba una retahíla de gritos horribles e incoherentes.
Desesperados, se lanzaron sobre el aparato de comunicaciones.
Entre un mar de estática, Habridge distinguió claramente
la frase “Por el amor de Dios”. Y los gritos cesaron. Oyó varios
disparos.
Corrió a la cabina. Stanfield estaba pegado al parabrisas,
escudriñando la negrura.
Y entonces volvió a ocurrir. Las luces de posición del
bombardero líder se encendieron y la artillería lo abatió de inmediato. Caía
con fuego en los cuatro motores.
Pero Habridge logró entrever algo.
Se sentó frente a los comandos. Asió fuertemente el timón,
tratando de ordenar sus pensamientos. Estaba seguro de que Stanfield también
había vislumbrado lo mismo que él, durante una fracción de segundo, antes
de que el avión se envolviera en llamas. Temía mirarlo, no quería que se lo
confirmara.
Pero levantó la vista, y Stanfield asintió con los ojos.
Había palidecido mortalmente. Habridge supuso que su propia cara tendría el
mismo color.
Porque había visto a alguien saltar del fuselaje. Pero
no desde adentro, sino del techo.
Alguien con uniforme alemán.
Stanfield comenzó a hablar al mismo tiempo que él. Hablaron
de abortar la misión, hablaron de una nueva arma, hablaron —intentaban
explicar lo inexplicable— de una ilusión nocturna por el deslumbramiento
de las explosiones. Un fuerte impacto en el techo del fuselaje terminó con
la discusión.
—Nuestro turno —dijo Stanfield, desenfundando
su Browning instintivamente. Después abandonó su puesto de copiloto.
Habridge quedó con los comandos. Oyó los impactos —los
golpes, mejor dicho— que se repetían como picotazos colosales sobre
el fuselaje. ¡El artillero dorsal!
—¡Keegan! —gritó Habridge por la radio—.
¡Reporte!
—¡Nada, señor! —contestó rápidamente el artillero—.
¡No veo nada! Nada a proa, popa, estrib...
El grito desgarrado de Keegan lo hizo saltar del asiento.
Inmediatamente un remolino de alaridos le heló las manos sobre el timón. Oyó
disparos, forcejeos, más gritos. Trató de girar para ver por el pasillo, pero
el abrigo y el asiento estrecho se lo impidieron.
—¡Stanfield! —gritó—. ¡Por Dios, qué
pasa!
Y oyó algo increíble. Alguno de los tripulantes habría
desmontado una de las ametralladoras, porque la estaban disparando. La estaban
disparando adentro del bombardero.
Cegado por el terror, Habridge se liberó de los controles
y abrió la puerta de escape que estaba en el suelo de la cabina. El fuselaje
había quedado en tinieblas. El zumbido de los motores era lo único que llenaba
aquella oscuridad.
Una carcajada llegó hasta él.
—¡Quién es! —gritó—. ¡Stanfield, aquí!
¡Keegan, McLeod!
Se lanzó a la noche.
Demoró la apertura del paracaídas más de lo que aconsejaba
el manual. Quería poner toda la distancia posible entre él y el bombardero.
Con suerte, caería en los bosques de las afueras de Hannover. No podía explicarse
nada de lo que había visto y oído. Debe ser un arma secreta, pensó, algo nuevo
que nació de las entrañas de esta maldita guerra.
Abrió el paracaídas. El tirón fue tan fuerte que la vista
se le nubló por un segundo. En realidad, supuso que la vista se le nublaba, porque no veía nada. Lo rodeaba
la oscuridad. Allá iba el Lancaster, en llamas.
Cayendo en medio del cielo nocturno, Habridge sintió
que algo lo tomaba del hombro y lo hacía girar. El giro fue una eternidad
de terror.
Quedó cara a cara con una horrible efigie que coronaba
un cuerpo impreciso que volaba envuelto en un etéreo uniforme nazi.
De un manotón, eso le arrancó la cruz del abrigo y la
arrojó al vacío. Una sonrisa de colmillos afilados resaltó en la nada, y un
aliento a sangre corrupta le inundó la nariz, a pesar del viento.
—¿Responde esto a su pregunta? —oyó que decía
una voz cavernosa en alemán—. Soy Untot Nachtjäger, primer Oberst-Vampir del Tercer Reich.
© Federico Buccino, 2006
(Este cuento fue publicado originalmente en versión
digital en el sitio de la Abadía de Carfax.
Puede verlo aquí . En papel, forma parte de "Cuentos
de la Abadía de Carfax - Historias contemporáneas de horror y fantasía". Puede
comprarlo desde el sitio de elaleph.com o desde cuspide.com
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