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EL MARINO
Por Andrés Moreno Galindo
He de reconocer que la estampa era divertida. Aquel viejo
lobo de mar incrustado en un escenario tan, digámosle así, de secano, constituía
una visión ciertamente grotesca y risible. Jamás había visto a nadie tan desubicado,
tan aislado en un medio ajeno. Aunque siempre he intentado desterrar de mi pensamiento
los tópicos y las frases hechas, no pude por menos que pensar en una vieja ballena
varada en tierra firme, boqueando angustiada ante la imposibilidad de salir
del atolladero. No era el buen humor el sentimiento que debiera albergar mi
corazón en una negra y tormentosa noche, pero no pude evitar que cierto cosquilleante
regocijo se enseñoreara de mi, y resolví no luchar más contra esta sensación.
Digamos que los burlones cascabeles que deambulaban risueños por mi cabeza competían
con fortuna contra los estremecedores chasquidos del trueno, contra los rabiosos
embates del agua, contra las frías cuchillas del viento encabritado en una noche
infernal. Y así, avancé resueltamente hacia el viejo marino que, cubierto el
cuerpo por un tabardo de marinero y la cabeza por un raído gorro de lana, mascullaba
pintorescas maldiciones contra el áspero vino que trasegaba en el rincón más
alejado de la taberna, manteniendo las distancias con los campesinos que bebían
y jugaban a cartas en las cinco o seis desvencijadas mesas de la taberna. Aperos
de labranza viejos y llenos de orín recubrían las paredes de piedra, y el dueño
del miserable ventorrillo dormitaba al lado de la chimenea, ignorando como todos
mi entrada, como si estuvieran demasiado enfrascados en el juego, en el vino
y en su propio cansancio para prestar atención a mi chorreante presencia. Alguna
leve mirada sin apenas curiosidad saludó mi avance hacia el marino. Me planté
delante de él, apoyado en el borde de la mesa, y le saludé con el rictus guasón
que se había apoderado de mi cara.
-Buenas noches, capitán. Le queda el mar un poco lejos,
¿no le parece?.
El marino salió de la absorta contemplación del vino
de la jarra con la rapidez del rayo, mirándome con una mezcla de furia y terror.
Sus ojillos estaban rodeados de una miríada de arrugas y cicatrices, y cada
una era un océano, un barco, un deslumbrante amanecer en alta mar, una ola gigantesca,
un escalofriante naufragio, un puerto nuevo, una nueva bebida, una nueva mujer,
una pelea a cuchilladas en un bar de un puerto del fin del mundo, el cabo de
Hornos y el Ecuador, y todos los tópicos y toda la grandeza y toda la miseria
de la vida del marino estaban en aquel rostro renegrido, quemado por mil soles
y cubierto por una sucia barba canosa. El marino se rehizo un poco al ver mi
rostro amistoso, cordial, y echó mano de la legendaria afabilidad marina para
contestarme, con la pastosa entonación del que no está bebiendo la primera jarra
de vino de la noche.
-¿Y a ti qué cojones te importa? Vete a tomar por el
culo y déjame en paz.
En fin, no puede decirse que un servidor no estuviese
familiarizado con las tradicionales buenas formas de los marinos, y ciertamente
la irrupción de un extraño burlón frente a uno cuando está bebiendo tranquilamente
no merece mejor recepción, por lo cual decidí obviar tan poco amistosa frase
y seguir cumplimentando amigablemente al marino, en la seguridad de que una
conversación distendida y abierta con él habría de proporcionarme inesperadas
satisfacciones.
-Bueno, capitán, no se enoje, si quiere ahora mismo me
voy -le dije, mostrándole las palmas de mis manos en tono amistoso-. Ocurre
que le he oído criticar, no digo que sin razón, el vino de este tugurio. Me
sorprende que todo un marino como usted, pudiendo saborear un estupendo vaso
de ron en un buen bar del puerto, esté a tantos kilómetros del mar bebiendo
este vino infame.
Noté como el marino relajaba levemente su actitud defensiva.
No obstante las maldiciones que continuaba echándole, bebió un largo trago de
la jarra.
-Mira, hijo, ten por seguro que no bebo este apestoso
brebaje de destripaterrones por gusto, pero es lo único que tienen en esta mierdosa
taberna. Y ahora lárgate de una puta vez, no necesito conversación ni compañía.
-Bueno, discúlpeme -le contesté, con la más encantadora
de mis sonrisas-. No quisiera molestarle, pero no suelo ver gente interesante
en este antro. Verá, acabo de llegar del puerto de B. Vengo muerto de frío y
calado por la lluvia. Ocurre que yo también soy aficionado al buen ron, siempre
llevo alguna botella en mi bolsa, y al verle he pensado que tal vez quisiera
compartir algunos tragos conmigo, ya sabe, para caldear el cuerpo y relajar
el alma. Pero si no desea usted compañía, me parece muy bien, le ruego me disculpe.
Buenas noches, señor.
Aquello rompió los últimos vestigios de desconfianza
del rostro del huraño marino. La súbita perspectiva de echarse al coleto unos
tragos de ron borraron de su rostro su expresión hosca y cautelosa. Una leve
sonrisa dejó al descubierto una boca con notorias carencias dentales, y aún
las que permanecían en su sitio denotaban una inestabilidad y falta de higiene
evidentes.
-Está bien, está bien, hijo, no te molestes conmigo -me
dijo, contemporizador-. Este viejo marino se pone de mal humor cuando se adentra
más de una milla en tierra firme, y ahora mismo estoy en el culo del mundo,
rodeado de polvorientos campesinos que no han visto más agua que la de sus pestosos
pozos. Perdona a este viejo cascarrabias. Con mucho gusto aceptaré beber y conversar
contigo. Siéntate, por favor. Acerca una silla y siéntate, muchacho.
-No se preocupe, capitán, no tiene importancia -contesté,
reafirmando mis palabras con ostentosos gestos, quitando hierro al asunto-.
Nunca me he fiado de las personas que se muestran amistosas con demasiada rapidez.
Olvidemos el tema, verá como este ron nos saca la humedad de los huesos.
Ahogué como pude un rictus burlón en mi rostro, cogí
una silla de una mesa cercana y me senté frente a él. Deposité mi bolsa en el
suelo y, agachándome, extraje de una de ellas un par de botellas de ron, abrí
una de ellas y llené dos vasos, que apuramos los dos de un trago. El licor fue
de su agrado, y chasqueó la lengua con deleite. He de reconocer que la conversación
del viejo no me defraudó. Desde que había embarcado como grumete a la edad de
once años, sus arqueadas piernas se habían balanceado sobre las cubiertas de
cientos de barcos. Según él, no había mar, lago, río o corriente alguna de agua
navegable que no hubiera surcado en alguna ocasión, ni burdel de puerto alguno
donde no hubiera fornicado, ni licor cuyo sabor no conociera. El ron le soltaba
la lengua, los recuerdos acudían en tropel a su cabeza, y de su boca desdentada
surgían cientos, miles de nombres extranjeros, de barcos, de puertos, de bares,
de fulanas, de compañeros,...Yo escuchaba, realmente fascinado, y el aliento
del viejo marino me llegaba en vaharadas como una mezcla de ron y salitre. El
viejo recordaba, y el alcohol le hacía reír, llorar, murmurar muy bajito nombres
medio enterrados en su negra alma que el ron hacía aflorar a la superficie,
pedir perdón por viejas traiciones...Bebíamos y bebíamos, el viejo marino hablando,
yo escuchando atentamente. En un momento determinado de la conversación, más
o menos hacia la mitad de la segunda botella, me atreví a hacerle la pregunta
que tenía en la punta de la lengua desde que entré en la taberna. Aunque supuse
que no tendría demasiadas ganas de contestarla, también supuse, ciertamente
con pocas posibilidades de equivocarme, que el marino estaba demasiado borracho
como mantener la boca cerrada a esas alturas. Así que se lo pregunté de sopetón.
-¿Y qué es lo que le ha traído por aquí, tan lejos del
mar que tanto parece necesitar, capitán?.
La pregunta pareció amortiguar notablemente la etílica
euforia del marino, y pude ver la sombra de un repentino terror cruzar por su
rostro. Se tapó los ojos con sus manos, como si eso pudiera impedir que aflorara
a su mente alguna horrible visión. Me miró fija, insistentemente, durante largo
rato. Mis ojos iban de su cara abotargada por el alcohol, cuya leve hinchazón
tapaba parcialmente sus ojillos, a sus manos, que aferraban el vaso de ron convulsivamente.
-Si me hubieras hecho esa pregunta hace un par de horas,
muchacho, te hubiera sacado de este garito a patadas en el culo. No creo que
te importe una mierda qué hago yo en estas asquerosas tierras que no son buenas
ni para enterrar a un hombre, pero te has portado bien conmigo. Me has librado
de beber solo el asqueroso vino de estos zarrapastrosos, pareces buena gente.
Te voy a contar una historia de mi último viaje, y cuando te digo último viaje
eso quiere decir que no van a haber más viajes, ni más barcos, ni más mar para
mí. Estoy desterrado del mar, condenado a arrastrar mi viejo esqueleto lejos
de la costa, perdido entre terrones polvorientos por el resto de mis días, que
espero sean pocos, maldita sea. Sí, muchacho, te voy a contar una historia muy
extraña, y sabrás por qué estoy aquí.
Mi viejo capitán se echó al coleto un larguísimo trago
de licor, y dio comienzo a una extraña y extraordinaria historia:
"Verás, muchacho, hará cosa de unos seis meses me encontraba en el puerto de
B. echando un trago con la tripulación de mi viejo barco. No teníamos otra cosa
que hacer. El negocio del transporte marítimo se había estancado últimamente,
le iba mal a todo el mundo en general, y muy mal a nosotros en particular. No
había apenas trabajo, y nuestro barco, viejo, lento y medio podrido, no inspiraba
mucha confianza . Realmente, no me la inspiraba ni a mi, que era su dueño: los
tripulantes que estaban en condiciones de encontrar algo mejor hacía tiempo
que se habían marchado, y solamente quedaban conmigo cinco elementos más viejos
y podridos que el barco, que no hubieran encontrado trabajo ni paseando turistas
en un lago de un metro de profundidad. Total, que nos dedicábamos a dejar pasar
el tiempo y gastar nuestros últimos ahorros yendo de una ruina a otra, de la
ruina de nuestro barco a las ruinosas tabernas de los alrededores y de allí
a los ruinosos cuerpos de las viejas putas que aún podíamos pagar. Estaba comenzando
a estudiar seriamente la posibilidad de hundir mi barco en el puerto, cobrar
el seguro y comprar una casita cerca de la costa, buscar una mujer y acabar
así mis días, aunque lo más seguro es que hubiera comprado otro viejo cascarón
aún más pequeño, viejo y reventado que el anterior. Estaba dándole vueltas al
tema, en la barra de la taberna, cuando entraron cuatro niñatos, sanos, altos,
guapos, fuertes, muy bien vestiditos con sus pantalones blancos, sus zapatillas
náuticas y sus camisetas de surf, vamos, pidiendo que alguien les partiera la
cara con urgencia, y más en aquel infecto tugurio. Olían a distancia, y olían
a dinero, a aburrimiento, a vida regalada, a mar de fin de semana, a mar de
risas y sol en cubierta. Causaron en la tropa de la taberna la misma sorpresa
que yo te he causado a ti cuando has entrado, muchacho. Y resulta que aquella
cuadrilla de niñatos se paró justo detrás mio, echándome su aliento de colonia
cara en la nuca. Iba a girarme para iniciar una bonita discusión, aquella pandilla
de pipiolos podía servirme para descargar un poco de mala baba, tú ya me entiendes.
El caso es que andaba yo pensando qué barbaridad les iba a decir a aquellos
elementos, cuando uno de ellos me habló:
-Perdone, señor. ¿Es usted el capitán A.?.
Me quedé bastante sorprendido. Siempre te sorprende que
un extraño sepa tu nombre, pero que alguien como ellos me buscara me desorientó.
Normalmente, sólo me buscaban para algún transporte, más o menos legal, y a
los cuatro sinvergüenzas que manejaban el cotarro en aquel puerto los conocía
de sobras. Bueno, tengo que reconocer que a veces también me buscaba la ley,
pero también sabía tratar con ellos. Aquellos cuatro niñatos, obviamente, no
estaban incluidos en ninguna de las categorías. Les contesté:
-Bueno, podría serlo. ¿Quién mierda lo quiere saber y
para qué?.
-Verá, alguien nos ha dado su nombre. Nos han dicho que
dispone usted de un barco con un compresor para botellas de buceo, que podría
llevar a cuatro personas con equipos de submarinismo y permanecer en alta mar
unos días. Esa persona también nos ha garantizado que no nos haría usted más
de dos preguntas. Pagamos bien, pero si tiene usted una secreta vocación de
periodista, buscaremos a un capitán con menos inquietudes y santas pascuas.
¿Qué le parece?
Joder con los niñatos. Estaban acostumbrados a mandar.
Eran los cachorros de los tiburones de tierra, y ya podías apartar las piernas
de sus fauces. Estaban bien adiestrados.
-Vale, chaval, afloja un poco o sales de aquí con varios
dientes menos. -había que mantener cierta dignidad, aunque estaba dispuesto
a limpiarla de mi culo, donde llevaba mucho tiempo alojada, con los billetes
que ya estaba oliendo-. Mira, estoy dispuesto a llevarte al fin del mundo si
pagas bien. Supongo que quien te haya hablado sobre mí te habrá informado sobre
mi barco y mi tripulación. No vamos a batir ningún récord de velocidad, pero
ese viejo montón de chatarra aún puede hacer unas cuantas millas sin desmoronarse.
El compresor funciona bien, con un par de ajustes tendréis aire para bajar a
tocarle las pelotas al mismísimo Neptuno. Y, respecto a las dos preguntas, son
éstas, ¿a dónde? y ¿cúanto?. No hay más preguntas.
Mi respuesta pareció agradar al que llevaba la voz cantante.
El muy cabrón también sabía cuando tenía que contemporizar con las clases inferiores.
-Así esta bien, capitán, veo que nos vamos a entender
bien. Perdone la brusquedad de antes, la gente a veces resulta demasiado inquisitiva
para nuestro gusto, y no nos gusta dar demasiadas explicaciones. Simplemente
vamos a hacer una pequeña excursión para explorar un viejo barco hundido, quizás
extraer algún pequeño recuerdo. Ya sabe que las autoridades normalmente son
demasiado quisquillosas en ese sentido. Respecto a sus dos preguntas, no vamos
demasiado lejos, unas 120 millas mar adentro. Y la respuesta a su segunda pregunta
es ésta -dijo, extrayendo un buen fajo de billetes que colocó delante de mis
narices, un fajo que traduje mentalmente a botellas y mujeres. El resultado
me prometía algunos meses de buena vida, por lo menos de mejor vida que la que
llevaba en aquellos momentos.- Habrá otro tanto a la vuelta de la excursión.
¿Estamos de acuerdo?.
-Estamos de acuerdo, patrón. Acaba de contratar a un
capitán y a su tripulación, ciegos, sordos y mudos por lo que respecta a sus
asuntos. Ni el barco ni nosotros tenemos buen aspecto, pero les llevaremos y
les traeremos de vuelta sin problemas. Estamos de acuerdo. ¿Un traguito para
celebrarlo?.
-No, gracias, no bebemos -definitivamente aquel tipo
no me caía bien- y usted tampoco debería beber más. Queremos salir mañana a
las cinco de la madrugada. Estaremos al lado del barco con nuestro equipo. Buenas
noches.
-Está bien, patroncito, seremos buenos.
Lo fuimos; quiero decir que lo fuimos hasta que los billetes
comenzaron a soltar ese olor que hace que las fulanas que no soportaban tu presencia
horas antes acudan hacia ti como los tiburones a la carnaza. Pero no iba a ser
yo el que criticara el comportamiento de aquellas señoritas. En esta vida todos
acabamos encajando algo que no queremos a cambio de algunas monedas. Cada uno
vende lo que puede. Total, que corrió el ron, corrieron las putas y se corrió
quien pudo, dado nuestro estado. De todas maneras, uno es cumplidor, y a las
cinco de la mañana estábamos en el muelle, hechos una braga, eso sí, pero tampoco
era la primera vez, estábamos acostumbrados. Ya nos esperaban los cinco niñatos
y una enorme montaña de equipo, equipo del caro, iban bien pertrechados los
chavales, sí señor, quizás demasiado equipo para una simple excursión de submarinismo
recreativo. De todas maneras, el tema no era de mi incumbencia. Nos pagaban
por llevarlos a un lugar, esperar calladitos y luego devolverlos al punto de
partida lo más discretamente posible, y eso íbamos a hacer. Afortunadamente
para nuestras maltrechas carcasas, los niñatos cargaron el equipo en el barco,
no se debían fiar mucho de nosotros, y hacían bien, porque, la verdad sea dicha,
aparentar un estado más o menos sobrio era un trabajo que absorbía todas nuestras
fuerzas, que no eran muchas, para qué nos vamos a engañar. El caso es que dejaron
sus carísimos bártulos bien resguardados y afianzados en cubierta, le echaron
un vistazo al compresor, hicimos algunos ajustes en el cacharro y pareció que
quedaban satisfechos. El que llevaba la voz cantante me indicó el rumbo y el
punto exacto donde debíamos echar el ancla, el muy mamón sabía del tema, les
había dado por ahí. Luego todos se metieron en sus camarotes y eso nos dejó
un respiro para poder derrumbarnos decentemente y dormir nuestras resacas.
Había buena mar y mi viejo montón de chapas viejas parecía envalentonado aquel
día, por lo que a la caída del sol ya estábamos parados más o menos en el sitio
que me había indicado el jefe de la tropa. Ni su nombre me habían dado. Así
de insignificantes éramos para ellos. Ya no podían hacer nada, estaba comenzando
a anochecer, tuvieron una reunión para planear sus actividades del día siguiente
y todos nos fuimos a dormir. Recuerdo aquella noche. Me acodé en la barandilla
de popa mientras el horizonte ardía, sintiendo el suave chasquido de las olas
contra el casco del barco. El mar es intemporal, muchacho. Lo que estaba viendo
yo en aquel momento era lo que veían los españoles locos que surcaron aquellas
aguas afrontando lo desconocido, la sed, el miedo, el hambre y las enfermedades
embarcados en aquellas naves frágiles durante miles de millas, sin más armas
que su sed de gloria y oro. Por allí habían pasado, dejando en el camino cientos
de naves repletas de marineros abatidas por infernales tormentas, hundidas por
piratas o arrasadas por el escorbuto o la disentería. No sé por qué coño me
dio por pensar en aquellas historias, supongo que me influenció el hecho de
que, justo debajo nuestro, había un barco hundido, aunque, la verdad sea dicha,
por la información que me habían dado los cachorros tanto podía ser una nave
española como un barco pesquero o un remolcador. En fin, tampoco era mi problema.
Los había llevado al sitio y los devolvería a tierra, con historias suficientes
para cepillarse varias veces a las niñas limpias y guapas de sus barrios de
lujo. Lo mío era el ron y las putas, y con la pasta que cobraría por aquel trabajo
podría darle un toque de calidad a mis futuras relaciones con la botella y el
sexo contrario.
Los niñatos madrugaron al día siguiente. Cuando se comenzaron a disipar la oscuridad
de la noche y algunos jirones de niebla del amanecer, ellos ya estaban enfundados
en sus trajes de neopreno, cargando botellas, preparando focos, en fin, todos
los preparativos. Estaba claro por qué habían elegido mi barco. Durante una
temporada se había usado como barco de investigación oceanográfica, y se le
incorporaron algunos artilugios, el compresor, una pequeña grúa con una plataforma
para que bajaran los submarinistas y luego pudieran subir rocas y muestras a
una profundidad respetable, en fin, que aunque mi barco se caía a pedazos, les
iba que ni pintado para subir las piezas que quisieran del barco hundido. La
verdad es que se aplicaron a ello. Tenían prisa, bajaban y subían continuamente,
y cada vez que subían llevaban bolsas de lona que no dejaban ver el interior.
A los tripulantes del barco nos habían prohibido acercarnos a la zona donde
estaban ellos, con el compresor y la grúa, así que no podíamos saber qué piezas
subían en aquellas bolsas y depositaban en unos contenedores que habían llevado.
De todas maneras, nos importaban una mierda los restos arqueológicos, balas
de cañón y todo eso, así que nos dedicamos a beber, jugar y sestear durante
todo el día, mientras ellos expoliaban los restos de aquel viejo pecio.
Todo ocurrió durante el tercer día. No soy un hombre creyente, muchacho, pero
si Dios existe, jamás debió dejar que ese tercer día amaneciera. Ojalá nos hubiera
dejado durmiendo hasta el fin de los días, todo antes que ver los horribles
acontecimientos que me tocó presenciar aquella espantosa mañana. Lo más horrible
de todo es que sucedió a plena luz del día, es más, de un día radiante, sin
nubes, con un sol cálido, el último día en que uno pensaría que el infierno
haría un pase privado por su barco. Los niñatos habían bajado todos juntos por
primera vez, y mi tripulación se estaba encargando de la grúa. Según nos dijeron,
habían dejado para el final la carga más pesada, después de esa inmersión levaríamos
anclas y volveríamos al puerto. El caso es que tardaban en subir más de la cuenta.
Llevaban más de una hora y media bajo el agua. Nos comenzamos a preocupar muy
seriamente. En el barco no había cámara de descompresión, nos tocaría avisar
por radio para que evacuaran a aquella pandilla de imbéciles por helicóptero,
eso si conseguían salir vivos. La verdad sea dicha, muchacho, no me importaba
demasiado la vida de aquella pandilla de hijos de papá aburridos, pero si tenían
que enviarnos ayuda, iba a tener que dar demasiadas explicaciones. Sea lo que
fuere lo que hubieran estado sacando del pecio, la cosa no pintaba demasiado
legal, que digamos, y mis antecedentes no eran precisamente como para tirar
cohetes. De pronto, vimos la señal convenida para izar la plataforma. De las
profundidades del mar surgió chorreante una boya, y suspiramos aliviados. Hicimos
subir la grúa, y aunque no veíamos rastro de la cuadrilla, supusimos que estarían
haciendo la descompresión unos metros por debajo del nivel del mar. Eran submarinistas
expertos, sabían lo que se hacían. Así que nos asomamos por la barandilla del
barco para ver subir la grúa. Habían trabajado duro, los chavales. Bien afianzado
en la plataforma, veíamos subir un gran cajón de metal. Recuerdo que pensé que
debían haber consumido mucho aire para conseguir pasar las cuerdas por debajo
de la caja y poder izarlo a la plataforma, a pesar de que llevaban, como ya
te he dicho, un equipo como yo no había visto antes, con globos elevadores y
toda esa parafernalia. La grúa hacía subir la plataforma lentamente, y pronto
la tuvimos frente a nuestros ojos. Íbamos a atrapar la plataforma con ganchos
para cargar el cajón cuando los vimos. Estaban debajo de la plataforma. Colgados
de la plataforma por unos ganchos que les entraban por la garganta y les salían
por la boca. Los cuatro. Con las botellas tirando hacia atrás de sus cuerpos
inanes. Habían soltado los reguladores, supongo que intentaron gritar bajo el
agua. Todos miraban hacia nosotros, muchacho, jamás podré olvidar aquellas miradas
desencajadas bajo sus máscaras. Allí se quedaron, balanceándose de aquellos
ganchos oxidados, la sangre de sus gargantas mezclándose con el agua del mar
sobre sus trajes de neopreno. Nos quedamos petrificados en cubierta, con los
ganchos en la mano. Habíamos visto hombres más despedazados que aquellos, marineros
medio comidos vivos por tiburones, pero evidentemente no había ningún tiburón
que pudiera colgar a aquellos cuatro de unos ganchos por la garganta. No tuvimos
que pensar demasiado. La respuesta salió del cajón. Es curioso. Piensas que
estás pasando todo el miedo del mundo, que ya no puedes estar más aterrorizado,
que estás bailando con la locura, pero siempre queda sitio en el corazón de
un hombre para un poco más de horror. Aquellas cosas salieron del cajón y saltaron
ágilmente a cubierta. Y digo ágilmente porque apenas eran algo más que huesos
medio podridos cubiertos por algunos jirones de ropa. Antes de que me desvaneciera
gritando de terror, pude ver como aquellas infernales criaturas hundían los
afilados huesos de sus manos en los pechos y las espaldas de los miembros de
mi tripulación, que morían aullando de pánico y dolor. ¡Qué buena suerte tuvieron,
muchacho!¡Ojalá me hubieran despedazado rápida y piadosamente a mí también!
Cuando desperté tenía a un palmo de mi boca la horrible cara de una de aquellas
cosas. Su calavera era de color verdoso como manchada de vegetales submarinos.
Una especie de sutil neblina rodeaba su cara, como una hedionda atmósfera en
torno a sus corrompidos huesos. Aquel espantoso engendro sostenía mi cuerpo
por el cuello de la camisa, sus dedos rozaban mi cara. En el fondo de sus cuencas
vacías se convulsionaban pequeños gusanos marinos. Iba a morir de miedo, o a
enloquecer. La verdad, hijo, hubiera escogido sin dudar cualquiera de las dos
opciones antes que tener que continuar mirando aquel espectro sabiendo que aquello
era real. Pero no me volví loco, ni aquel ser me mató. Me miró; aquella aberración
muerta hace siglos y vomitada por las profundidades me miró. Y aquella mirada
monstruosamente vacía me dijo que no volviera al mar; que el castigo por haber
traído a quienes habían perturbado su sueño era no volver a ver el mar, vivir
tierra adentro, porque ellos me estarían esperando bajo cualquier cosa que flotara
sobre agua salada. Todo eso me dijo su mirada, muchacho. Aquella cosa me soltó
y todos los espectros saltaron a la plataforma, arrastrando consigo los cadáveres
de mi tripulación. El que me había cogido por la camisa señaló hacia el botón
de bajada de la grúa y comprendí. Me levanté temblando, caminé hacia la grúa
dejando tras de mí un rastro de mierda y orina y pulsé el botón. No sé cuanto
tiempo estuve gritando sobre la cubierta del aquel barco. Sólo sé que, en cuanto
pude dominar el temblor y apurar de un trago media botella de ron, puse en marcha
los motores y volví a puerto en medio de una agonía de terror y desesperación.
Llegué al puerto de noche, salté a tierra y cogí el primer tren que encontré.
Y aquí estoy, en medio de este páramo seco y yermo, muriendo en vida, con la
visión de aquella horrible calavera mirándome mientras el agua chorreaba por
sus huesos verdosos. Ya sé que no me crees, muchacho, crees que estoy borracho,
pero no me importa una mierda lo que creas. Déjame, necesito,... necesito dormir...un
rato...los marineros muertos...el mar..."
Así acabó la insólita narración del viejo capitán. Destilando
incoherencias y cayendo desvanecido sobre la mesa, borracho como una cuba. Menudo
elemento, el capitán. Y menudo mentiroso. Aunque la historia es buena, vaya
si lo es. Más que buena, fascinante. Nadie como un viejo marino para urdir historias
fantásticas, de espectros y aparecidos, de esas que se cuentan en las tabernas
al calor de la chimenea, mientras se bebe ron y se fuma en pipa. Ésta ha sido
de las mejores. Bueno, en realidad no es mentira del todo. Simplemente, el viejo
sinvergüenza ha corrido un tupido velo sobre algunos aspectos de la, llamémosle
aventura, que podrían comprometerle ante las autoridades. Por ejemplo, ha eliminado
la parte en la que descubre que, en realidad, lo que aquellos jóvenes estaban
extrayendo del pecio hundido, un viejo barco español que el año 1566 volvía
de América con rumbo al puerto de Cádiz, era una incalculable fortuna en monedas
de oro y plata y joyas convenientemente expoliadas por los heroicos conquistadores
españoles. También ha eliminado la parte en la que decide, de acuerdo con su
tripulación, efectuar ciertas manipulaciones en las botellas de aire de los
buscadores de tesoros para que tengan ciertas desagradables sorpresas a 54 metros
de profundidad. Ha obviado, asimismo, la narración del momento en que aprovecha
que él y su tripulación están celebrando su nuevo estado de bonanza económica
para fingir una descomunal borrachera y apuñalarlos a todos cuando están durmiendo
la mona, para a continuación mandarlos a todos a reunirse con los submarinistas.
¿Qué como estoy tan bien informado? Bueno, la verdad es que son noticias de
primera mano. Me lo contaron los desafortunados protagonistas de este lamentable
incidente. Verán, los que llevamos ya un tiempo difuntos nos aburrimos mortalmente,
vaya, espero que disculpen este deplorable chiste. El caso es que, cuando llega
un estrafalario grupo como los submarinistas buscadores de tesoros y los tripulantes
asesinos y asesinados con una historia tan buena como la suya nos entusiasmamos.
La muerte te da un sentido del humor bastante peculiar, y la verdad es que,
mientras escuchábamos a aquella pintoresca cuadrilla nos moríamos de la risa,
oh, disculpen de nuevo, malditas frases hechas. Bien, resumiendo, el caso es
que en estos casos decidimos hacer una especie de alianza entre, digamos, ciertas
ansias de revancha por parte de los recién llegados, cuya legitimidad espero
que no discutan, y nuestras ganas de diversión. Todos colaboran en lo que pueden.
Incluso el jefe, si la cosa le parece lo bastante interesante, nos echa una
mano, aunque en el tema de la confusión entre el tren y el barco, el capitán
puso bastante de su parte con la monumental cogorza que llevaba encima. Creo
que podríamos haber conseguido que subiera a un globo y él hubiera trepado a
la cesta tan campante. Y los campesinos de la tasca han estado muy en su papel.
Con la cabeza gacha, enfrascados en las cartas, disimulando ese tono verdoso
que la muerte imprime a los pocos días del deceso, han cumplido. Soberbia su
actuación como toscos destripaterrones. En cuanto a mí, bueno, juego con cierta
ventaja. Mis familiares me embalsamaron y, la verdad, tuvieron la suerte de
encontrar a un profesional excelente. Llevo más de treinta años muerto y estoy
como una rosa. ¡Uffff, qué noche tan desapacible! Lluvia, viento, las olas coronadas
de penachos blancos, el viento aullando entre las jarcias, bueno, todo eso que
cuentan tan bien los poetas viajados. Creo que volveré adentro, el capitán debe
estar a punto de despertar. Va a ser muy divertido. Todos lo acompañaremos a
cubierta, justo a tiempo de ver surgir de las aguas unas burbujas espesas, de
color rubí sangriento...
(c) Andrés Moreno Galindo
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