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WOLFGANG AMADEUS MOZART,
TÚ QUE ESTÁS EN LOS INFIERNOS...
por Armando Boix
Recibí la noticia demasiado tarde, de labios de mi ayuda de cámara. Había pasado
unos días en el palacio de Schönbrunn, asistiendo a los preparativos de la fiesta
del Año Nuevo, e ignoraba completamente que a pocas leguas Mozart acabara de
morir. Me lastimé la mano en un golpe furioso e inútil contra la pared. ¿Cómo
reparar lo irremediable? Sin quitarme las ropas de gala volví al patio y monté
de nuevo en el coche, del que el palafrenero aún no había desenganchado el tronco
de caballos.
-¡Al pescante! ¡Vamos a Sankt Marx!
Si no había podido consolar a Wolfgang en su agonía, al menos intentaría llegar
a tiempo para rendirle homenaje. Según el sirviente, en aquel momento mi amigo
y frater recibía sepultura en una fosa común. ¡Pobre desdichado! El más
genial de los músicos que jamás conociera, el único realmente tocado por un
soplo divino que hacía brotar música de su imaginación con absoluta naturalidad;
él, tan grande, reducido a la miseria, excomulgado y enterrado en ceremonia
vergonzante, como un mendigo o un criminal. ¡Si hubiera sabido! Nunca creí que
su situación fuera tan extrema. Generoso con los amigos y consigo mismo, jamás
había sido mezquino con su dinero, y si tenía deudas... ¿no las tenemos todos?
Podría haber acudido a la logia; ya había recibido ayuda de los hermanos masones
con anterioridad y sabía que nada le reprocharíamos si volvía a solicitarla.
Salimos de la ciudad y en pocos minutos llegamos al cementerio. Lo encontré
desierto. Había llegado tarde y la comitiva fúnebre se había dispersado. Contraviniendo
las ordenanzas reales que prohibían a los deudos acompañar al difunto al interior
del cementerio, descendí del coche para cruzar las puertas a pie.
Eran las siete de la tarde y, en las postrimerías del otoño, a esa hora es noche
cerrada en Viena. La niebla jugaba con la oscuridad y le ayudaba a modelar sombras
contrahechas entre olmos y panteones. Recorrí la calle principal del camposanto
en busca de los sepultureros. Como en el exterior, no pude hallar a nadie. Desolado,
empezaba a considerar el volver sobre mis pasos cuando, en un extremo del cementerio,
vi una figura junto a un montículo de tierra removida, cercano a una tapia.
Tal vez fuera alguno de los amigos de Mozart, pensé entonces, como su discípulos
Süssmayr y Hunte, Gemmingen o el tenor Adamberger. Me acerqué.
El caballero usaba una capa para abrigarse de la húmeda noche, se tocaba con
un sombrero de tres picos y cubría su rostro con un antifaz de terciopelo, tan
negro como manto y tricornio. Aunque fuera habitual encontrar por las calles
a damas enmascaradas para preservar la blancura de su tez de los rayos del sol,
en plena noche y en un hombre resultaba insólito. Debía tratarse de algún miembro
de las logias vienesas, concluí, que pretendía ocultar su relación con Mozart
ante la interdicción de la Iglesia contra la masonería.
Llegué al lado del desconocido. Sin demostrar percatarse de mi presencia continuó
cabizbajo, como orando en silencio.
-Perdonad, caballero. ¿Es ésta la tumba de Mozart, el músico?
El desconocido me miró al fin y se encogió en el abrazo de su capa, atacado
por un brusco escalofrío.
-Eso me han dicho. No estaba yo presente en el entierro. -Volvió de nuevo la
cabeza hacia el túmulo-. Es triste, ¿verdad?. Tanta dedicación al arte, cantando
la gloria de Dios a través de sus notas, y acabar en una fosa sin nombre, bajo
unos terrones mal apilados, como se enterraría a un perro.
-Merecería más, es cierto. -Me agaché y recogí un puñado de aquella tierra-.
Dona eis requiem, Domine. Si no hay una cruz que marque su tumba, al
menos ha dejado detrás memoria de su existencia. Cuantos le estimábamos rezaremos
por su alma inmortal.
El desconocido respondió a mi observación con una risa aguda, que me pareció
ofensiva en aquellas circunstancias.
-¿Rezar? No se tome la molestia, barón von Born. El alma de Mozart está más
allá de cualquier ayuda que sus rezos puedan dispensar.
Me conocía. Así pues, debía ser miembro de la logia, y uno que no hacía honor
a sus votos, a juzgar por sus palabras.
-Mozart fue un buen hombre -respondí-. Un poco débil e impulsivo, en ocasiones;
pero nunca hubo maldad en sus actos.
-Pocas de nuestras cualidades las buscamos personalmente; más bien son sobrevenidas.
Como una enfermedad heredada, alguien podría llevar en sí el germen del mal
aun cuando sus actos fueran siempre virtuosos.
-No lo creo.
-¿No? Desconocéis la vida de Mozart.
-Os equivocáis, caballero. Aunque perteneciera a una clase inferior, consideré
a Wolfgang mi amigo y él correspondió a ese sentimiento. Incluso me dedicó una
cantata.
-Vos conocéis el lado diurno de su existencia, no las tinieblas que se agazapaban
detrás. El propio Wolfgang no supo de ellas hasta hace poco más de tres años.
Las palabras del desconocido me intrigaron. ¿Le unía alguna relación con el
músico o sólo fabulaba para desacreditarlo? Mozart tenía enemigos, escasos pero
tenaces; quizá no estuvieran contentos con verlo muerto y pretendieran también
zaherir su recuerdo.
-Si tanto sabéis, contadme -le insté-. No me obliguéis a teneros por mentiroso
y convertir esto en un asunto de honor.
-Tranquilizaos, barón, pues como amigo que erais de Mozart ya juzgaba oportuno
daros detalles. ¿También os relacionasteis con Leopold, su padre?
-Superficialmente. De cualquier forma he oído mucho sobre él.
-Todo un carácter; sin su magisterio Wolfgang jamás habría sido tan gran compositor.
Leopold fue buen instrumentista y hombre inteligente, dedicado al estudio de
las humanidades. Su Método de violín ha sido traducido a cuatro lenguas
y continúa como texto de estudio obligado en muchas escuelas de música. No era,
pues, un hombre mediocre, como algunos creen; aunque sus capacidades no vinieron
realzadas por ese mínimo barniz de genialidad que le destacaría sobre sus contemporáneos.
»La vida de un músico no resulta cómoda y más cuando se es de ánimo inquieto
y se aspira a algo mejor, difícil de conseguir. A menudo ha de cambiar de residencia,
permanecer mucho tiempo separado de su familia y emplear más dedicación a adular
a sus benefactores que a la práctica del instrumento. Leopold quería un futuro
mejor para sus hijos que el de ser meros intérpretes en la orquesta de cámara
de algún arzobispo, como a él le había tocado. Desde pequeños les sometió a
clases intensivas y a una férrea disciplina. Nannerl, la mayor de sus dos hijos,
fue quien en un principio respondió mejor a sus expectativas, pues empezó a
tocar el clavecín a los cuatro años y a los ocho ya podía considerarse una instrumentista
competente. Mayor decepción le deparó Wolfgang, sobre el que había depositado
todas sus esperanzas. Aunque al niño le entusiasmaba la música, las aptitudes
no parecían acompañarle. Es verdad que era muy pequeño; pero como su hermana
a idéntica edad ya tocaba, Leopold se sintió impaciente.
»Una noche, en la que el pequeño Wolfgang parecía empeñado en errar una y otra
vez la misma nota en el teclado del clavecín, Leopold se dejó llevar de la ira
y golpeó a su hijo, que cayó derribado de la banqueta. Viendo al niño en el
suelo luchando por contener los sollozos, Leopold sintió vergüenza de sí mismo.
A la espera de que el aire nocturno refrescara su mal contenida furia, salió
de su casa en la Getreidegasse y se dedicó a caminar por las calles de Salzburgo,
mientras meditaba en la justicia de su comportamiento. ¿Hasta qué punto lo que
hacía era por el bien de sus hijos o sólo trataba de cumplir con sus propias
ambiciones frustradas? ¿Realmente Nannerl y Wolfgang serían felices como músicos?
¿No estaría torciendo su destino, apartándolos de un camino propio y tal vez
más gratificante?
»Ensimismado en estas cavilaciones, llegó hasta la plaza de la Residencia de
los Príncipes Arzobispos, construida un siglo atrás sobre el antiguo cementerio
catedralicio. Detuvo su paseo ante una de las fuentes, se sentó en el brocal
del estanque y se dedicó a atemperar su ánimo con la contemplación de las suaves
ondas dibujadas en el agua. Al poco se dio cuenta de que junto a su reflejo
aparecía otro. Era un caballero, vestido sobriamente de gris, al que no había
oído aproximarse. Se volvió para saludarle y presentarse. El recién llegado
respondió con una inclinación de su cabeza y se presentó a su vez, pronunciando
un nombre que Leopold no entendió muy bien y sonaba algo así como "Scirlin"».
-Parece extranjero; italiano quizá -propuse.
-No estaría tan seguro. El caballero hablaba perfectamente el alemán, sin ningún
acento, y su tez pálida no recordaba a los pueblos meridionales. Aunque sus
ropas no denotaban lujo alguno, sus ademanes eran elegantes y la suavidad de
sus manos, como pudo observar Leopold cuando el caballero le ofreció su cajita
de rapé, distinguían a la persona que jamás ha necesitado trabajar para ganarse
el sustento. Su amabilidad y conversación distendida hicieron olvidar a Leopold
su enfado, y él, que siempre había sido reservado, se encontró de pronto contándole
por qué vagaba a aquellas horas por las heladas calles de Salzburgo.
»El caballero no pareció encontrar extrañas sus preocupaciones e incluso se
frotó la barbilla en silencio, por unos segundos, como pensando en alguna solución.
"Realmente todo sería más sencillo si al pequeño Wolfgang no se le tuviera que
imponer la música como una obligación, si él mismo no pudiera evitar que su
imaginación se construyera a partir de notas y las melodías salieran de sus
dedos sin esfuerzo, como un pajarillo trina su canto". Leopold asintió: "Claro,
sería más fácil, y también sería más fácil que todos naciéramos sabiendo hablar
cuatro o cinco lenguas, sin necesidad de estudiarlas. ¿Quién hay en este mundo
capaz de conceder tal don?, preguntó con sarcasmo. "Su verdadero soberano, mi
señor Lucifer", respondió el caballero, persignándose con la mano izquierda.
»Leopold creyó que bromeaba, aunque, habiendo estado a punto de recibir las
órdenes en su juventud, no le hacía demasiada gracia jugar con aquellos temas.
"El Demonio se complace en la destrucción y la fealdad. No le supongo ningún
poder sobre algo tan hermoso como la música", dijo. El caballero se mostró en
desacuerdo, recordándole los versículos del Libro de Job donde se señala
cómo gozan con la música los impíos a los que Dios reserva castigo. "Así mismo,
la Iglesia ha encontrado más de una vez motivo de pecado en las artes e incluso
hay quien califica al violín como el instrumento predilecto del diablo. ¿No
distrae la música a los hombres, haciéndoles olvidar su mortalidad y sus deberes
para con el Dios de la Venganza?". A Leopold no le convencían aquellos desvaríos;
pero empezaba a divertirle la fantasía y la habilidad dialéctica del caballero.
"Y, en el caso de desviar mis preces hacia Lucifer, ¿cuales serán las cláusulas
del trato?". "Deberéis entregarle vuestro hijo, por supuesto. Tras el oportuno
plazo que le permita gozar de su talento, mi señor Lucifer enviará un mensajero
a recoger su alma. Antes, sin embargo, se le concederá poner en orden sus asuntos.
Alguien le encargará la composición de una misa de difuntos, a lo que no podrá
negarse, y serán las notas de ese mismo Requiem las que guiarán al enviado
de Lucifer hacia su destino".
»A Leopold se le escapó una carcajada; si él había huido de su casa para ocultar
su malhumor, su nuevo amigo debía de salir de alguna fiesta remojado en alcohol.
"Las condiciones son duras; muy largo debe ser el plazo para encontrar una persona
dispuesta a cumplirlas", dijo. "Sólo treinta años; pero en ese lapso compondrá
la mejor música de su tiempo, y siglos después aún se le recordará como el más
grande entre los grandes. Compartirá con emperadores y príncipes de la iglesia
sus palacios, los mejores teatros acogerán sus obras y hasta el título de caballero
ornará su gloria. Vos elegís; a nada se os obliga. ¿Qué deseáis para vuestro
hijo, eso o una vida miserable de músico vagabundo, tratado como un criado?"
»Tan enérgico era en sus palabras que incluso Leopold, que se había tomado a
burla la conversación, sintió un cierto reparo. "Me gustaría verle triunfar,
desde luego; pero no sé si a tal precio". El caballero se encogió de hombros
y llevó su mano a una bolsa que le colgaba del cinto bajo la falda de su casaca.
Sacó una moneda de plata y se la entregó. "Pensadlo. Preguntad a vuestro hijo,
si queréis. Si aceptáis el trato sólo tenéis que arrojar la moneda en cualquier
pozo y veréis vuestros deseos cumplidos".
»Leopold contempló la moneda que le acabada de dar. Jamás había visto ninguna
igual. De buen tamaño, tenía dos caras, una en la que aparecía un hermoso joven
y otra, en el reverso, con la cornuda testa de un macho cabrío. Levantó la mirada
para preguntar al caballero por su origen y se sorprendió de no encontrarle
allí. La plaza estaba vacía en toda su extensión. Sólo podía haber desaparecido
tan rápidamente sumergiéndose en el estanque... Y eso, por supuesto, no era
posible, reconoció Leopold, perplejo».
-Conozco Salzburgo y esa plaza -intervine-. Sobre ella se levanta la torre del
Carrillón; en noches de luna la sombra que proyecta podría servir de escondrijo
a toda una compañía de dragones. A Leopold le gastaron una buena broma, me temo.
-Eso pensó. En cuanto se alejó del influjo de sus palabras, todo lo que le había
propuesto el caballero de gris le pareció un desatino. Leopold regresó a casa
mucho más calmado. En el salón encontró a su esposa consolando al pequeño sobre
sus rodillas. Al oírlo entrar, Wolfgang se refugió temeroso en el regazo de
su madre. No recibió ninguna reprimenda como esperaba, sino una caricia. Leopold
no iba a disculparse por ejercer una obligada severidad; pero deseaba congraciarse
con su hijo. Le dijo que no se preocupara, que seguramente mañana lo haría mucho
mejor. Arrodillándose a su lado tomó sus mejillas entre las manos y le obligó
a mirarlo. Algunas lágrimas aún permanecían prendidas de sus pestañas. "¿Tú
quieres ser músico, como tu padre, como Nannerl, verdad?". Wolfgang asintió:
"Sí, padre; quiero serlo y haré cualquier cosa. Cualquiera".
»Leopold le dio un beso en la frente y ordenó a su mujer que acostara al niño.
Más tranquilo con su conciencia, se encaminó a sus aposentos y empezó a desvestirse.
Al hacerlo notó en la faltriquera el peso de la curiosa moneda. La sacó y volvió
a contemplarla. "Tal vez valiera la pena", pensó. "Una moneda y un alma por
ser recordado como el mejor compositor de todos los tiempos". Abrió la ventana
del dormitorio, que daba al patio interior. A sus pies se abría la boca del
pozo del que se suministraba la casa. Hizo bailar la moneda entre los dedos,
divertido. Finalmente, con una súbita decisión, la dejó caer. El disco plateado
brillo un momento antes de desaparecer engullido por las profundidades. "Ved,
caballero, que yo también soy capaz de seguir una broma hasta el final"».
-¿Así que Leopold fue capaz de apostar el alma de su hijo con esa frivolidad?
Me asombra.
-Leopold no supuso entonces que aquel acto tuviera trascendencia. Su fe era
bastante tibia, recordad que renunció al sacerdocio, y sus estudios le hacían
creer más en cuanto veía a través del telescopio que en demonios y aparecidos.
El gesto fue una bravata para demostrarse a sí mismo su indiferencia ante la
propuesta del caballero. Luego empezó a dudar...
-Había algo serio en todo aquello, queréis decir.
-Juzgad vos mismo; la casualidad fue turbadora. Ya avanzada la noche, cuando
todos en la casa dormían, Leopold sintió su sueño interrumpido por una melodía.
Escuchó atentamente, levantando su cabeza de la almohada. Era un violín, estaba
seguro, y su sonido no venía del exterior sino de algún punto de la casa. Hizo
a un lado las sábanas, se calzó las zapatillas y encendió la lámpara. Su mujer
se despertó entonces. Antes de preguntarle qué sucedía oyó ella también la música.
Se miraron uno al otro, extrañados, y salieron del dormitorio persiguiendo la
tenue melodía. Ésta les condujo ante la puerta de Wolfgang. Leopold aplicó el
oído a la puerta y ya no le cupo ninguna duda. El violín sonaba allí dentro.
Con el puño alzado, dispuesto a arremeter contra el intruso, abrió de golpe
y saltó al interior de la habitación. Para su sorpresa descubrió la habitación
vacía... salvo por su hijo.
»Wolfgang estaba en pie, vestido sólo con su camisón e iluminado por un cabo
de vela, con el pequeño violín que Leopold había hecho confeccionar para las
lecciones de Nannerl apoyado en el hombro. Y tocaba. Wolfgang tocaba la canción
que durante todo el día había intentado enseñarle infructuosamente, y ahora
la interpretaba sin vacilar un instante, sin los titubeos del aprendiz, con
sensibilidad y maestría.
»Una semana después Wolfgang componía su primera obra original. Tenía entonces
cinco años».
-Se esforzaba en complacer a su padre y por eso ensayaba a solas.
-Cualquier explicación racional que busquéis mil veces se la repitió Leopold
a sí mismo para acallar las dudas, sin conseguirlo por completo. En los años
siguientes vio con una mezcla de temor y orgullo a Wolfgang cumplir con creces
sus aspiraciones y revelarse como un prodigio de la naturaleza. A esa parte
de la historia poco tengo que añadir, pues es sobradamente conocida: sus viajes
por las principales cortes europeas, asombrando a todos con su virtuosismo infantil;
su relación y aprendizaje con los más célebres compositores, como Gluck o Haydn;
su primera sinfonía, compuesta con ocho años; con doce la primera ópera, La
finta semplice; su establecimiento definitivo en Viena; su escalada profesional
en la corte; la fama, la rebeldía, el amor... En el momento de su muerte, con
sólo treinta y cinco años, tenía compuestas cuarenta y una sinfonías, más de
veinte óperas, treinta conciertos para piano, doce para violín, sonatas, misas...
Aunque su mérito no ha sido sólo la fecundidad, sino la extraordinaria calidad
e innovación de su obra. Recordad páginas como la obertura de Don Giovanni,
con su pulso trágico, la sinfonía Praga, ese soberbio contrapunto de
la Júpiter...
-Treinta y cinco años... Murió en el plazo marcado por el caballero de gris.
-Exacto. Pero ésta sólo ha sido la última confirmación. Mucho antes, el anciano
Leopold se convenció de que había condenado no sólo el alma de su hijo, sino
también la suya propia por avenirse a tan blasfemo pacto. Lucifer había movido
sus peones con maestría. Aquello acabó por enturbiar sus relaciones con Wolfgang.
Los éxitos de su hijo, tan bien recibidos en un principio, eran al final como
alfileretazos que le recordaban aquella noche en Salzburgo y las condiciones
impuestas por el caballero de gris. Wolfgang suponía que el distanciamiento
lo producía su boda con Constanza; la verdad es que, para Leopold, la visión
de su hijo era una evocación perpetua de su pecado. No podía resistirlo.
-Al final se reconciliaron.
-Sí. Sintiéndose enfermo, Leopold comprendió que no podía guardar por más tiempo
el secreto y debía confesarlo a su víctima principal. En el lecho de muerte
hizo venir a Wolfgang y le contó la misma historia que hoy os he referido. Faltaban
tres años para cumplirse el plazo fijado.
-¿Le creyó?
-¿Habríais creído vos? ¿Alguien creería en las fantasías febriles de un moribundo
que se imagina condenado? Wolfgang lo consoló en lo posible y fingió atender
a sus palabras, sin llegar a tomárselas en serio. No obstante, viendo el cadáver
de su padre, regresó con más fuerza que nunca ese temor a la muerte que siempre
le había atormentado de un modo inexplicable. Dudó. Era consciente de sus extraordinarias
facultades, de cómo la música brotaba de su interior, sin mediar su voluntad,
compulsivamente, en un torrente que a menudo le despertaba en medio de la noche
y le obligaba a sentarse ante el clavecín para darle forma. Su don no parecía
natural, ¿pero quién había detrás? ¿Dios o el Diablo?
»Poco antes tal pregunta no le habría turbado. Era dueño de su talento y lo
demás poco importaba. Wolfgang creía que sólo la música daba sentido a su vida
y todos los sinsabores los encontraba justificados en persecución de esa fantasía
llamada gloria. Pero ante la sombra de la muerte comprendió que no había elegía
ni ditirambo que fueran pago suficiente. Nunca más luna, ni estrellas, ni el
olor limpio que trae la mañana, ni el arrullo del mar rompiendo cerca. Nunca
más la caricia cálida del sol, la arena bajo los pies desnudos, el rojo de la
amapola en medio de un prado... Ninguna página en los libros valía tal precio,
y más cuando toda fama, como las riquezas de Asurbanipal, es una pavesa brillante
pero destinada a reducirse a cenizas... A veces me pregunto si no será la gloria
el único consuelo para los que no tienen nada y si detrás de los grandes nombres
no se esconde a menudo una larga historia de infelicidad.
»Como bien sabéis, barón, Mozart recurrió a la ayuda de sus amigos masones para
atemperar su miedo a la muerte. Le tranquilizasteis con vuestro elogio de la
razón, del amor fraterno y del Dios Arquitecto que dispone con infinita sabiduría
cada uno de los sillares del Universo. En vuestra filosofía no caben danzas
macabras ni oscurantismos medievales. Tal medicina, unida a la alegría por el
nacimiento de su último hijo, le tranquilizó. Su sosiego sólo volvió más doloroso
el golpe cuando el Horror se hizo evidente.
Vamos a la Segunda Parte de WOLFGANG AMADEUS MOZART...
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