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WOLFGANG AMADEUS MOZART,
TÚ QUE ESTÁS EN LOS INFIERNOS...
por Armando Boix
Segunda Parte
»Este verano, mientras terminaba La clemenza de Tito,
un caballero se presentó en su apartamento de la Rauhensteingasse solicitando
una entrevista. Constanza le aconsejó que volviera más tarde, pues Wolfgang
estaba trabajando en aquel momento. Ante su insistencia acabó por conducirle
al gabinete donde el compositor daba los últimos retoques a la ópera. Wolfgang
levantó la mirada de la partitura al oírlos entrar, más curioso que molesto.
En el umbral encontró a un hombre vestido con casaca gris y, colgando de su
brazo, una capa de viaje de la que no había querido desprenderse».
-¿Scirlin? -aventuré, interesado.
-En ningún momento el caballero dijo su nombre. Entró en la estancia disculpándose
por la interrupción y, tras intercambiar las típicas amabilidades que impone
la cortesía, le reveló el motivo de su visita: tenía un encargo, por el cual
estaba dispuesto a pagar con generosidad. Mozart convivía a diario con los aprietos
económicos y se sintió inclinado a aceptar, pese al misterio con el que se envolvía
el desconocido. "¿Qué desea exactamente", preguntó Wolfgang. "Un Requiem",
le contestó el hombre de gris. El compositor sintió dar un vuelco su corazón.
La historia referida por su padre volvió de inmediato a su memoria.
»Era la señal, no cabía duda. Su tiempo terminaba y debía saldar la deuda que
Leopold había contraído en su nombre. Cualquier argumento utilizado hasta entonces
para refutar el pacto diabólico le pareció artificial frente a la evidencia
que se le presentaba. Con un hilo de voz, admitió el encargo. El desconocido
no demostró satisfacción alguna, ni añadió nada más. Asintió en silencio y tras
entregarle un adelanto abandonó la casa.
»A solas, Mozart abrió la bolsa y sacó una de las monedas de plata. Como esperaba,
la moneda tenía dos caras, con los perfiles de un muchacho y un macho cabrío.
»A partir de ese día Mozart fue consciente de que su vida llegaba a la desembocadura.
En cuanto compusiera el Requiem, Lucifer enviaría un mensajero a cobrar
su alma. Quedaba, como último recurso, retrasar en lo posible la composición;
pero descubrió su impotencia. En sus momentos de descanso, cuando dejaba a un
lado La clemenza o La flauta mágica, nuevas notas acudían su cabeza
sin poder contenerlas. A veces incluso soñaba con coros entonando el terrible
"Confutatis maledictis...", y se despertaba entre sollozos, sabiendo que otra
página del Requiem estaba conclusa en su imaginación, aun a su pesar.
»Intentó concentrarse en sus otros trabajos. Abandonó Viena con su esposa y
dos de sus discípulos, Franz Süssmayr y Adolf Hunte, para dirigir en Praga el
estreno de La clemenza de Tito, con motivo de las fiestas de la coronación.
De regreso, a cualquiera de sus conocidos le resultó evidente que Mozart estaba
muy enfermo. Había encanecido prematuramente y lívidas ojeras tiznaban sus párpados,
en contraste con su palidez. A los dolorosos espasmos de estómago que le habían
torturado durante los últimos meses, se le sumaban nauseas, fiebre y una tumefacción
progresiva de sus miembros. A mediados de noviembre tuvo que postrarse en cama.
»Su deterioro físico no enturbió la claridad de su mente y pudo continuar trabajando
desde el lecho, dictando la música a sus discípulos. Wolfgang estaba convencido
de que la batalla estaba perdida. Aceptó la fatalidad y, embriagado en cierta
forma por la belleza del Requiem, decidió plasmarlo de una vez sobre
el pentagrama. La obra estaba casi completa en su imaginación y sus discípulos,
mientras escribían, apenas tuvieron que enmendar nada.
»Mozart sentía pánico a quedarse solo, especialmente de noche. Hipersensible,
el más leve ruido le despertaba y cada día ordenaba renovar el aceite de las
lámparas para no quedarse a oscuras. Su cuñada Sofía y Constanza se turnaban
en acompañarle y, cuando se retiraban agotadas, a menudo el joven Adolf las
sustituía. Sin una queja, dormitaba hasta el amanecer en uno de los sillones
de la habitación del maestro.
»Adolf Hunte era un clavecinista sin brillo y no estaba tan dotado para la composición
como Süssmayr. Aceptado bajo la tutela de Mozart sólo por recomendación del
arzobispo Colloredo, mostraba una dedicación casi filial hacia su maestro, pues
desde que éste había caído enfermo asumía su cuidado como una más de sus obligaciones.
Adolf era siempre el primero en tender un vaso de agua cuando Wolfgang sentía
sed, el que salía a medianoche en busca del médico cuando sufría uno de sus
cólicos o el que se aliviaba la bolsa para pagar los medicamentos recetados.
Si en un principio Mozart lo había convertido en diana de sus puyas, como enviado
del poco amistoso arzobispo, al final la inquina había acabado por transformarse
en aprecio verdadero.
«Por eso a Wolfgang le dolió tanto descubrir a Adolf envenenándole».
-¡Envenenándole! ¡Dios Santo! -exclamé-. Mozart asesinado...
-Dejadme acabar la historia, barón. Sí, Adolf Hunte le envenenó; aunque no sé
todavía bajo qué órdenes. Tal vez le pagó Salieri, con el que Mozart había competido
por algunos cargos en la corte; tal vez fue el mismo arzobispo Colloredo, quien
nunca perdonó al compositor su deseo de abandonar Salzburgo. De cualquier modo,
lo cierto es que, una tarde, al despertar Wolfgang del sopor febril en el que
había estado inmerso durante todo el día, vio cómo su discípulo preparaba el
tónico para sus molestias estomacales. Adolf estaba medio vuelto de espaldas
y no se percató de que su maestro se encontraba despierto. Vertió en una copa
la última dosis de poción y seguidamente sacó del bolsillo de su casaca un frasco
pequeño con un líquido incoloro. Vertió la mitad de su contenido en la copa
y removió el tónico con una cuchara. En ese momento sonaron unos pasos tras
la puerta. El picaporte giró.
»No se le escapó a Wolfgang el repentino azoramiento de su discípulo y cómo
guardó apresuradamente el frasco antes de que la puerta se abriera. Al entrar
Constanza con ropa limpia no quedaba ningún rastro de su manipulación.
»Wolfgang cerró los ojos; no los abrió de nuevo hasta que su esposa le sacudió
del hombro para despertarle. Con la ayuda de Adolf le cambiaron el camisón y
las sábanas y le dieron a beber su medicina. Wolfgang tomó la copa y, antes
de probar su contenido, fingió un ataque de tos. Derramó el tónico sobre Adolf,
que le ayudaba a incorporarse.
»Adolf no pudo contener una maldición al ver su casaca manchada; pero moderó
su enfado al ver los esfuerzos del enfermo por disculparse. Volvió a su cortesía
habitual y se ofreció a salir a comprar más tónico, no sin que antes Constanza
le despojara de su casaca para poder limpiar la mancha. Cuando Adolf abandonó
el apartamento, Wolfgang llamó a su esposa y le explicó lo que había visto.
Buscaron en los bolsillos de la casaca hasta encontrar el frasco. Efectivamente,
Constanza reconoció que aquel líquido de aspecto inofensivo no se correspondía
con ninguno de los remedios recetados por el médico.
»Guardaron una porción en otro recipiente y dejaron de nuevo el frasco en el
bolsillo para que Adolf no se sintiera descubierto. Una vez regresó el discípulo
de la calle, Constanza permaneció a su lado mientras preparaba el tónico, comprobando
que no le añadía nada. Wolfgang lo tomó ahora sin reparos y fingió dormir de
nuevo. Tan tranquilo era su sueño que Adolf decidió volver a su casa aquella
noche. Era lo que el músico y su esposa estaban esperando. Una vez se quedaron
solos enviaron a Sofía en busca del médico.
»Éste no tardó en presentarse, azuzado por la actitud urgente de la cuñada de
Mozart. Antes de darle más explicaciones, Constanza le entregó la muestra sustraida
y le preguntó si era algún elixir recomendado por él. El médico estudió el líquido
sin acabar de entender a qué juego le estaban convidando. Lo acercó a la nariz
y frunció el ceño ante su olor agrio. Derramó algunas gotas sobre un papel,
miró al trasluz la mancha que dejaba; finalmente llenó con el resto del líquido
una cucharilla y lo calentó hasta evaporarlo. En el fondo quedó un poso de color
blanco, que al persistir el calor de la llama acabó por sublimarse. El médico
estaba desconcertado. No, él no había recetado aquello a Wolfgang, ni lo haría
nunca, a no ser que pretendiera matarle. Lo que le habían mostrado era agua
tofana, un veneno compuesto a base de arsénico y otras sustancias tóxicas.
»Le explicó Wolfgang entonces dónde habían recogido la muestra. El médico se
ofreció a ir él mismo a denunciar el hecho a las autoridades. Obligarían a Adolf
Hunte a confesar quién había organizado aquella conspiración. Wolfgang se negó
en redondo. No quería que apresaran a Hunte, pues era una simple herramienta.
Decidido su fin, si él no le mataba otro lo haría. Había una posibilidad de
escapar, sin embargo...
»Para que comprendieran sus motivos necesitó explicar al médico y a su esposa
la naturaleza del compromiso contraído por su padre. Por más convicción que
quiso imprimir a sus palabras no le dieron crédito. El médico pensaba que el
veneno había afectado a su mente, además del cuerpo, y que Wolfgang estaba loco.
¡Pactos con el demonio! Era absurdo seguir creyendo aquellas supersticiones
en el siglo de la Enciclopedia; pero todavía resultaba más incomprensible
hallar a un hombre culto como Mozart convertido en su defensor... Aunque el
médico, con el apoyo de Constanza, intentó convencer a Wolfgang de que todas
aquellas ideas no tenían fundamento, sus argumentos no consiguieron nada y acabó
por acceder a regañadientes. Wolfgang le pedía silencio, nada más; que nadie
supiera del intento de asesinato. El médico prometió soslayar lo ocurrido, siempre
y cuando Constanza y Sofia se aseguraran de vigilar al enfermo para impedir
cualquier otra tentativa de envenenamiento».
-No entiendo que la mujer de Mozart aceptara aquella historia fantástica...
Mozart desbarraba, intoxicado a un tiempo por el agua tofana y los delirios
de su padre.
-Imagino a Constanza juzgando más adecuado seguirle la corriente y ganar tiempo.
Una vez conocido el origen de su mal, Wolfgang podría recuperar la salud y con
ella desaparecerían probablemente aquellas obsesiones morbosas. En la primera
parte no se equivocó. En una semana empezó a vencer al arsénico que le minaba
y a recuperar fuerzas. Continuó en cama, no obstante, simulando su enfermedad
e incluso bebiendo el veneno, que rápidamente escupía en una jofaina en cuanto
Adolf salía de la habitación con la copa vacía.
»Pese a esa aparente debilidad, Wolfgang no se permitió abandonar la composición
del Requiem. Le era imposible hacerlo. Su inspiración había cobrado una
fuerza casi elemental, como un remolino que en un principio se esconde bajo
la apariencia de una corriente inofensiva y, a medida que te arrastra hacia
su centro, aumenta en velocidad y te hace prisionero. Cada mañana sus discípulos
le encontraban incorporado ya sobre los almohadones y tarareando entre dientes.
Süssmayr tomaba pluma y papel pautado y Hunte se sentaba en el clavecín que
Wolfgang había hecho trasladar del gabinete a sus aposentos. El primero iba
transcribiendo las notas y Adolf las interpretaba para recibir la aprobación
definitiva.
»De este modo fueron avanzando en el trabajo, hasta anteayer mismo por la noche.
Wolfgang engranaba los primeros compases del Lacrimosa dies illa y de
algún modo se dio cuenta de que la hora había sonado. Tal vez fuera el tono
plomizo del cielo, tendiéndose como un palio fúnebre sobre las agujas de San
Esteban; tal vez el extraño silencio al que se había rendido la Rauhensteingasse,
tan animada de ordinario... Más que nada, encogía su ánimo el impulso de levantarse,
arrancar del teclado al torpe Adolf y tocar él personalmente. "Serán las notas
de ese mismo Requiem las que guiarán al enviado de Lucifer hacia su destino".
En las últimas semanas Wolfgang se había repetido aquellas palabras una y otra
vez, sin poder borrar de su memoria el rostro de su padre, crispado por el terror;
la forma en que escuchaba cada golpe de las contraventanas agitadas por el viento;
cómo sus manos se aferraban a su camisa, mientras le pedía perdón y rezaba por
su alma hasta el momento mismo de la muerte.
»Wolfgang se agarró a las tablas de la cama. Sentada a su lado, Constanza se
dio cuenta del gesto y llamó al médico, que acababa de pasar visita y se cubría
con la capa para salir. El médico regresó inmediatamente y se inclinó para examinarle.
Wolfgang rechazó sus atenciones, le sujetó por la muñeca e hizo que se acercara,
musitándole: "No me dejéis levantar, por favor. No dejéis por nada del mundo
que toque esa música".
»Adolf interpretaba el Lacrimosa mecánicamente, pero ni aun así velaba
su belleza. "Lloroso el día aquel en que el hombre resucitará de entre el polvo
para ser juzgado...", cantaba en voz baja.
»Como atacado por el mal de los reyes, Wolfgang braceaba en una lucha convulsa
contra las sábanas, con los rasgos contraídos y un hilo de baba descolgándose
de la comisura de sus labios. Constanza le sujetó de los hombros para que no
saltara de la cama, mientras el médico buscaba en la cómoda algo con qué atarle.
Süssmayr acudió en su ayuda. Hunte dejó de tocar y se levantó, indeciso, sin
saber qué hacer. El alarido de Wolfgang lo dejó clavado: "¡No! ¡Toca, por el
amor de Dios! ¡Quiero oír el Requiem!"
»El médico había encontrado unos pañuelos grandes de lino y, tras enrollarlos
para aumentar su resistencia, los empleaba en sujetar los miembros de Mozart
a la cama. Mientras trabajaba rogó a Adolf que hiciera caso al enfermo y volviera
al clavecín. Tal vez la música lo tranquilizara. Adolf se sentó de nuevo, buscó
el principio de la partitura y tocó. Nervioso, al principio se equivocaba a
menudo; a medida que transcurrían los minutos y la crisis de Wolfgang remitía
fue cobrando soltura.
»Wolfgang pareció calmarse poco a poco, aunque a tal estado contribuía el estar
sujeto de tal modo que le era imposible gesto violento alguno. Una observación
más atenta habría desmentido tal impresión. El enfermo levantaba la cabeza en
un gesto tenso y los dedos engarfiados bailaban como atacando un teclado. No
podría haberse pintado cuadro más perfecto de la concentración.
»Pasó una hora así, sin que Wolfgang se relajase por completo. Adolf regresó
por tercera vez al Introito y desde el reloj de la catedral las campanadas
de la medianoche entretejieron en el Requiem un lúgubre contrapunto.
El compositor desvió la mirada de su discípulo y la fijó en la ventana. La noche,
taciturna hasta entonces, se desperezó enviando sobre Viena un viento curioso
e impertinente que silbaba en la boca de las chimeneas, se deslizaba por los
canalones y acababa bufando en los resquicios de puertas y ventanas. Casi se
le supondría el aliento de un ser vivo, y a esa sensación no pudo escapar el
médico, cuando siguió la mirada de Wolfgang y observó brillar detrás de los
cristales dos puntos de luz, tan próximos e inmóviles que semejaban ojos buscando
en el interior de la habitación el lugar donde Adolf interpretaba el Requiem.
"Luciérnagas", dijo, al comprender el súbito temblor en Wolfgang. "Son sólo
luciérnagas".
»La ventana estalló en pedazos.
»Sobresaltado, Adolf detuvo la música con un arpegio involuntario. Süssmayr
y Constanza gritaron. A su lado, un balbuceo fue todo lo que el médico se sintió
capaz de pronunciar, antes de dar un traspiés y caer sentado.
»Vieron cómo una forma negra llenaba la ventana y arrancaba su marco de la pared
en sus esfuerzos por entrar.
»El Enviado de Lucifer saltó al interior del cuarto. El suelo crujió bajo su
peso y el remover de sus alas correosas propagó un hedor malsano, dulzón, como
de flores y carne corrupta. Por un momento miró alrededor y paladeó el miedo
que despertaba. Luego se volvió hacia Adolf. En sus fauces se trazó una sonrisa
aserrada.
»El discípulo de Mozart retrocedió unos pasos hasta chocar de espaldas contra
la pared. Había palidecido y una mancha oscura se extendía por sus calzas. Movía
la cabeza a un lado y a otro con la boca abierta, mudo, estremecido, negando
la realidad de cuanto veía. El Enviado se adelantó, alargó su zarpa y hundió
los dedos lentamente en el pecho de Adolf. Éste dejó escapar un alarido de dolor
y espanto que se quebró casi en su inicio. El joven se derrumbó, con la expresión
congelada para siempre en aquel último instante de horror. Estaba muerto. No
había, sin embargo, ninguna desgarradura en su camisa, ni sangre en el pecho.
La zarpa del demonio aparecía igualmente limpia, pero sostenía en la palma una
esfera de luz blanca y palpitante.
»Entrecerrando los ojos en un gesto de deleite, se llevó la esfera a la boca
y la tragó. Una lengua bífida serpenteó entre sus labios, relamiéndose.
»El Enviado de Lucifer miró a los aterrorizados humanos por última vez. Se volvió,
flexionó sus poderosas piernas y se impulsó con ellas para saltar por la ventana.
Una ráfaga de aire agito las cortinas y desperdigó por la habitación las páginas
de la partitura al extender el demonio sus alas y batir para remontar el vuelo.
Unos segundos después sólo pudo observarse una silueta, como la de un murciélago
monstruoso, recortarse brevemente contra las nubes en movimiento.
»Fue todo tan rápido que lo habrían supuesto una alucinación si no fuera por
el cadáver de Adolf Hunte. El médico se levantó como pudo y acudió a ayudar
a Constanza, desvanecida a su lado. Oyó una risa. Era Wolfgang. Reía con alivio,
sin poder contener su felicidad y casi ahogándose. Ya no podrían dudar: todos
habían visto... Además, el precio estaba pagado, mientras su alma permanecía
a salvo...
»El médico desató a Wolfgang. Aún aturdido, escuchó las instrucciones que éste
le daba y coincidió, junto a Süssmayr, que sólo cabía guardar secreto sobre
lo sucedido en aquella habitación. Un muerto difícil de justificar era el menor
de sus problemas. Si referían lo sucedido en realidad, acabarían encerrados
por dementes o, aún peor, podían llegar a creerles. La Inquisición ya no inspira
los terrores del pasado, barón, pero aún se queman brujas en las piras.
»Decidieron hacer pasar el cuerpo de Hunte por el Mozart, al que muchos sabían
enfermo. El médico firmó un acta de defunción falsa y Süssmayr tomó en sus manos
los preparativos del entierro. Fue una verdadera ayuda la condición masónica
de Mozart: ningún sacerdote accedió a suministrarle los últimos sacramentos
y toda la ceremonia fúnebre se redujo a un servicio sin misa ni música en una
capilla lateral de la catedral, con el modesto ataúd cerrado. Sólo acudieron
unas treinta personas, que despidieron el duelo en el mismo San Esteban. Ni
Constanza apareció, fingiéndose enferma. Ahora Adolf Hunte yace en esta fosa
anónima, donde ni siquiera le queda el pequeño consuelo de ser confundido con
su maestro Mozart».
-Pero el Demonio volverá. Wolfgang no puede suponer que permanece ignorante
del error...
-Lucifer, creo, es en el fondo un bromista y las cláusulas que impone en sus
tratos están imaginadas más para divertirle con nuestros esfuerzos por burlarlos
que para asegurarse la recompensa. No, no son las potencias infernales las que
preocupan a Wolfgang. Aunque equivocada, Lucifer ha cobrado un alma y estará
satisfecho. Son los enemigos humanos los que hacen a Wolfgang ocultarse. Alguien
quiso asesinarle y, de conocer que aún vive, sin duda volvería a intentarlo,
tal vez con métodos más expeditivos.
»Debe desaparecer definitivamente y sólo aguarda a que Süssmayr le consiga los
salvoconductos para salir con su familia de Viena. Mozart el músico ya no existe.
Una vez cumplida la maldición, el don se ha esfumado y ni una sola nota más
saldrá de su cabeza; pero al menos conserva vida y alma, y hay todo un mundo
por descubrir y contemplar con nuevos ojos. Por mucho que viajara anteriormente,
su obsesión por el trabajo apenas le permitió levantar la mirada del pentagrama.
No sé que destino eligirá: Francia, Italia, España... Quizá se embarque allí
y cruce los océanos, para perderse para siempre en la inmensidad americana,
donde un hombre sin nombre pasará fácilmente desapercibido...»
-Caballero, me recononozco fascinado por vuestra narración; pero estaréis de
acuerdo conmigo en que, si afirmara creerla algo más que un alarde imaginativo,
me tomaríais por tonto.
El desconocido se llevó la mano a la máscara de terciopelo y la apartó de sus
rostro. Di un respingo al reconocer aquellos rasgos.
-Tal vez -dijo-. Es una historia absurda, ¿verdad?
Volvió a ceñirse la antifaz y, embozándose en la capa, se giró. Mientras se
alejaba una carcajada quebró el silencio del camposanto.
(c) Armando Boix
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