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LA MUERTE DE BORGES
Jorge Luis Borges, como es sabido, murió asesinado en Madrid el día antes de
recibir el premio Cervantes. Las circunstancias de su muerte jamás se aclararon.
Este relato intenta desvelar las incógnitas y esclarecer los detalles del hecho.
Cuanto sigue no es más que una relación fiel y precisa de los acontecimientos
de aquella fecha.
El escritor había viajado a España invitado por el gobierno. Se le alojó en
un céntrico hotel de Madrid, así como a sus acompañantes. Su avanzada edad,
y sobre todo, su deficiente visión (estaba casi ciego por aquel entonces), le
imposibilitaban moverse con libertad, y sus desplazamientos fueron escasos,
previstos y limitados. Superado el cansancio de las once horas de vuelo y repuesto
del "jet-lag" con algunas horas de sueño, concedió algunas entrevistas en hall
del hotel, en las que manifestó, entre otras cosas, su impresión de que le habían
concedido el premio para compensarlo del desaire que le había hecho la Academia
sueca al no otorgarle el Nobel de Literatura. "Yo opino que estos premios tienen
una raíz escandinava", dijo.
La víspera de la ceremonia, Borges se sentía cansado, y se retiró muy pronto
a su habitación, una suite del primer piso. Manifestó a sus acompañantes que
no necesitaba nada, que iba a estar bien, y pidió que lo dejasen solo. Ya en
sus aposentos, se tendió en la cama y se sumió en sus pensamientos. A su derecha,
en medio de la oscuridad, veía flotar un halo amarillo: la lamparilla de la
mesita de noche. En aquel momento repasaba algunos detalles de las numerosas
narraciones que había escrito, y uno de ellos en particular, volvía una y otra
vez a su mente. "Ya está. Me agarré un zahir (una idea obsesiva)", pensó.
La idea era en cierto modo doble: por un lado, el hecho de no haber usado jamás
la palabra "rombo", que había sustituído sistemáticamente por "losange", afrancesada
y heráldica. Por otro, sus referencias a "la marca de pinturería", un sencillo
símbolo formado por tres rombos (o losanges) de colores diferentes, que identificaban
a las tiendas de pinturas. Dudaba de que los lectores españoles hubieran captado
la referencia. Claro que puestos a pensar, estaba casi convencido de que la
mayoría habrían interpretado "oblongo" por "ovalado", cuando en realidad quería
decir más largo que ancho.
Se recriminó a sí mismo por no repasar mentalmente el discurso de aceptación
del premio, y de pronto oyó cómo la puerta se abría y volvía a cerrarse.
- Servicio de habitaciones - dijo una voz.
- No necesito nada, muchas gracias - respondió.
La puerta sonó de nuevo, y le sorprendió volver a oir la voz, que decía:
- Buenas noches, señor Borges.
- ¿Quién es usted? ¿Qué quiere? - preguntó.
- No grite. No le va a servir de nada. He venido a matarle.
Instintivamente, Borges buscó con la mano el teléfono que había sobre la mesita
de noche, pero el otro se adelantó, y de un manotazo lo tiró al suelo. Luego,
oyó que decía:
- Ya está. Desconectado. Estoy muy cerca, aunque no pueda usted verme, y me
va a llevar muy poco tiempo acabar con usted. Así que no grite.
Borges calló. Sabía muy bien que la muerte lo puede sorprender a uno como un
chaparrón, y así lo había narrado alguna vez. Pero bueno, no estaba en medio
de un grupo de guapos en una pulpería de la Pampa, sino en una habitación de
un hotel de Madrid, y ¿quién iba a querer matar a un pobre viejo casi ciego?
- Usted no es argentino, ¿no es cierto? - preguntó, aunque el otro tenía un
inconfundible acento español.
- No. ¿Por qué me lo pregunta?
- Porque en la Argentina, mucha gente se va a sentir aliviada el día que yo
me muera. Me acusan de apoyar a los militares - evitó la palabra "milicos",
pensando que el tipo no la entendería - o de no haberme opuesto. No entienden
nada. Una punta de tarados, son. Están allá, dejados de la mano de Dios. Y ¿qué
miércoles se creen que van a hacer, desde allá? Nada. Si no le importa a nadie,
lo que nos pase. Y usted no sabe lo que hemos tenido que aguantar.
- A mí - dijo la voz - me importa un comino, la Argentina.
- A usted y a todo el mundo. Si no nos importa ni a nosotros, ¿qué le parece
que van a pensar los demás?
- Yo he venido a matarle - dijo la voz.
Borges se contuvo. Recordó un soneto de Jozeph Banks, que había publicado hacía
muchos años, en la revista "Sur". A veces le fallaba la memoria, pero esa vez,
el soneto entero acudió a su memoria:
Tornasolando el flanco a su sinuoso
paso, va el tigre, suave como un verso,
y la ferocidad pule cual terso
topacio el ojo seco y vigoroso.
Y despereza el músculo alevoso
de los ijares, lánguido y perverso,
y se recuesta lento en el disperso
otoño de las hojas... el reposo.
El reposo en la selva silenciosa,
la testa chata entre las garras finas,
y el ojo fijo, impávido custodio,
espía, mientras bate con nerviosa
cola el haz de férulas vecinas
en reprimido acecho... así es mi odio.
Bueno, el tipo estaba allá, como un tigre al acecho, lleno de odio. Le había
parecido notar un deje de impaciencia en su voz; seguramente esperaba algo,
pero no sabía qué. Se le ocurrió preguntar:
- ¿Y por qué quiere matarme?
Un ligero suspiro de alivio le dijo que había acertado. La voz respondió:
- Soy el hijo de Emma Zunz.
En un primer momento, Borges no supo de quién le hablaban. No conocía a nadie
que se llamase así. El apellido parecía alemán, así que repasó a sus conocidos
entre la colonia alemana de Buenos Aires. No muchos, porque se trataba de gente
un poco cerrada. Y de repente, se acordó. Claro. De nuevo, "Sur". Y esa gran
amiga, Silvina Ocampo. Había sido ella la que le había regalado la historia,
y así lo había hecho constar en sus prólogos. Estaba particularmente orgulloso
de dos detalles de esa historia: una observación al margen, "no pudo no pensar",
y la última frase: "Sólo eran falsos el lugar, la hora, y un par de nombres
propios". Pero no podía ser.
- Eso es imposible. Si era sólo una historia. Si me la contó Silvina Ocampo,
y yo lo dije. Esa Emma Zunz, este, no existe. Nunca existió.
- Chocante, ¿no le parece? La naturaleza imita al arte. ¿No ha leído a Oscar
Wilde, señor Borges?
Borges calló. Era mejor no soliviantarlo, al tipo.
- Usted escribió una historia sobre una mujer que se hace violar por un marinero
noruego para poder matar a su jefe, acusándole de haber abusado de ella. Lo
que no sabía usted, cuando escribió la historia, y sobre todo cuando la publicó,
es que estaba hablando de personas reales.
"Claro, usted, o Silvina Ocampo, cambió un poco el nombre y el apellido; mi
madre se llamaba Elsa Zunkt. Pero la historia, me la sé de memoria, las circunstancias,
todo, eran verdad. Sólo era mentira un nombre propio, pero no lo bastante.
"No sé si usted se acuerda bien de cómo era la Argentina de los cincuenta. Una
sociedad opulenta e hipócrita, en la que las mujeres hacían lo que querían y
los hombres no eran más que unos otarios que pagaban las cuentas.
Borges volvió a preguntarse si el tipo no era argentino, después de todo, pero
el apasionamiento que se traslucía en su voz lo convenció: era español, y "otario"
no era más que una palabra aprendida en los tangos.
- A mi madre empezaron a señalarla y a dejarla de lado en cuanto la historia
se publicó en "Sur". Un día, el encargado le dijo que tenía que hablar con ella,
se la llevó aparte y le dijo: "Mire, Elsa, yo no sé si es verdad lo que andan
diciendo por ahí, pero los jefes no quieren problemas entre los trabajadores,
y la voy a tener que echar". Y la despidieron sin más.
"Mi madre intentó recurrir al sindicato, a la Confederación General de Trabajadores.
La atendió un tipo flaco, con bigote, que lo primero que le dijo fué: "Mire,
señorita, yo no soy noruego, pero si usted quiere..." Y mi madre pensó, no podía
no pensar, que no tenía ningún camino, ninguna solución. Tenía que irse. Le
quedaban unos parientes de su madre, cerca de Munich. Juntó los ahorros que
tenía, les escribió y se dispuso a volver a Alemania. Yo ya estaba en camino,
porque el incidente de la historia había tenido consecuencias.
"Sé que mi madre jamás pudo acercarse a un hombre. La experiencia con aquel
marinero había sido demasiado horrible, demasiado repugnante. Jamás se recuperó,
y tuvo hasta el fin de sus días una expresión de susto y resentimiento en sus
ojos. Pero mi madre era católica, como lo son muchos en Baviera, y no se atrevió,
o no quiso, o no supo cómo deshacerse de mí. Y volvió a Alemania llevándome
en sus entrañas.
"Usted escribió "Deutsches Requiem", pero no se puede imaginar lo que representaba
volver a Alemania en los años cincuenta. Aquella gente quería tener amnesia,
querían olvidar sus pecados, querían demostrarse que no eran unos monstruos
inhumanos. Y para redimirse, se mataban a trabajar, incluso sin cobrar algunas
horas. Y mi madre, que se escapaba de una hipocresía malvada, fué a parar a
una hipocresía culpable. Los españoles pueden vivir con la idea de que Franco
se murió de viejo en una cama, después de más de treinta años, y dormir tranquilos.
Los alemanes apoyaron a Hitler menos de diez, y eso no los deja en paz.
"Pasó el tiempo, y yo llegué al mundo. Era un crío cuando los rusos lanzaron
el "Sputnik". Y no me acuerdo cuándo, las cosas empezaron a ir mejor, y todo
el mundo prefería la mantequilla a los cañones, y en Alemania empezaron a aparecer
trabajadores extranjeros. Entre ellos, españoles. Debían ser los años sesenta.
"Y había uno de aquellos españoles, un buen hombre, que se hizo amigo de la
familia, en especial de mi madre. Ella no había olvidado el español, el castellano,
como decía ella. Y los dos hablaban y hablaban. Yo era muy chico, pero me acuerdo.
Con el tiempo, nos acostumbramos a que viniera, y empezamos a considerarlo como
de la familia, y mi madre casi llegó a perder la expresión de miedo de sus ojos.
"Y un buen día, ocurrió. Al tipo aquel le gustaba leer, y a menudo le prestaba
libros en español a mi madre. Una de las veces, al regreso de una escapada a
España, vino explicando que allá empezaban a ponerse de moda los escritores
sudamericanos, y trajo dos libros nuevos. Uno de ellos, no sé cuál era. El otro
era de Borges, sí, de usted, y claro, allá volvía a estar Emma Zunz.
"No le bastaba a usted con la Argentina. Tenía que hacerse famoso en Europa.
Tenía que explicarle a todo el mundo la historia de mi madre. No sé cómo lo
hizo, pero de la noche a la mañana, la gente lo descubrió y empezó a hablar
de usted.
- La culpa la tuvieron unos franceses - dijo Borges - Pauwels y Bergier. Uno
de ellos es belga, me parece. Escribieron una pavada titulada "El retorno de
los brujos", o mejor dicho "Le Retour des Magiciens", y para llenar páginas,
incluyeron una de mis historias, "El Aleph". No sé por qué, aquel libro tuvo
un éxito inexplicable, y muchos que ni siquiera habían oído hablar del "Hombre
en la esquina rosada", por ejemplo, se enteraron de que yo existía.
- Muchas de sus historias no son más que ejercicios de fantasía - dijo el tipo
- pero aquella historia era demasiado sórdida, demasiado real. Era demasiado
intensa, demasiado lacónica. Es usted cruelmente bueno escribiendo, señor Borges.
"Al español, que había aprendido a adivinar los sentimientos de mi madre, porque
estaba enamorado de ella, le costó muy poco descubrir lo que ocurría. Intuyó
que aquella mujer era mi madre, y sintió, no pudo no sentir, repugnancia. Una
tarde de primavera se sinceró con mi madre. Al cabo de un par de días, ella
amaneció muerta en la cama. Se había tomado dos tubos de somníferos.
"Cuando ocurrió aquello, él se sintió culpable, y vino a buscarme. Se puede
decir que me adoptó, y siempre ha sido como un padre para mí. Al cabo de un
tiempo, había ahorrado lo bastante como para volver a España, y me trajo con
él. Yo había aprendido el español con mi madre, ella había tenido mucho interés.
Los alemanes son muy conscientes de que hablan una lengua minoritaria. Y aquí
me quedé.
"Durante años me estuve preguntando por qué se había suicidado mi madre. Llegué
a considerar las alternativas más horribles. Pensé incluso que se había vuelto
loca, y me pregunté si esa locura era hereditaria. Por fin, destrozado por mis
temores, le expuse mis inquietudes a mi padre. Él decidió que la verdad no podía
ser peor que la incertidumbre, y me lo contó todo. A partir de ese momento,
supe que tenía la obligación de vengar a mi madre, si alguna vez tenía la ocasión.
"Tenía que prepararme. Tenía que conocer a mi adversario, por remota que fuera
la posibilidad de encontrarme con él. Tenía que aprenderme sus manías, prever
sus reacciones, asimilar sus preferencias, familiarizarme con sus defectos.
No bastaba mi obsesión. No basta la furia, es precisa la estrategia. Era como
una partida de ajedrez. Usted escribió algo sobre el ajedrez, ¿no? Un pequeño
poema.
Borges, mecánicamente, recitó:
- Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada
dama, torre directa y peón ladino,
sobre lo blanco y negro del camino,
buscan y libran su batalla armada.
- Ese es. Un amigo mío - dijo el tipo - hizo una traducción de esos versos al
francés. Estoy seguro de que querrá oírla.
Al cabo de un momento, lo debía tener escrito en un papel, la voz del tipo declamó,
en un pésimo francés:
-"Subtile roi, biaisé fou, acharnisée
dame, tour directe et pion opinîatre,
se cherchent et se défient pour se combattre,
sur le blanc et le noir de la chausée"
- No está mal - admitió Borges - y ha conseguido conservar la rima. Pero ha
cambiado el orden de los dos últimos versos, y además, la métrica francesa no
tiene nada que ver con la nuestra. Y ese verso con tres "se", les va a poner
los pelos de punta, a los franceses.
- Se lo diré a mi amigo - dijo la voz con sequedad - Veo que también es cruelmente
bueno al hacer una crítica. No me sorprende. Me esperaba algo así.
"Le conozco muy bien. Me he leído todo lo que ha escrito, incluso esa tontería
que usted titula "Argumentum ornithologicum". Un sofisma basado en la confusión
entre indeterminado e indefinido. Conozco sus obsesiones: el amarillo, el tigre,
que a lo mejor lo obsesiona porque también es amarillo, su imagen de una imagen
que lo captura a uno como una trampa hasta volverlo loco, el zahir, como lo
llama usted. Y conozco sus recursos, su manía por las enumeraciones, que tienen
tanto encanto como una lista de la compra.
"En muchas de sus obras no se olvida usted de que es bibliotecario. Posiblemente
nadie haya escrito tanto sobre lo que ha leído, llegando a plagiar a Swift,
en "El informe de Brodie", tomando ideas de otros autores, haciendo libros sobre
otros libros. Y ya sabe lo que dijo Papini del que sólo lee para escribir otros
libros: que es como el que come para defecar.
- Me parece que no soy el único crítico cruel que hay por acá - dijo Borges.
- No todas sus historias son así - continuó el tipo - A veces, muy pocas veces,
dice usted la verdad. Usted ha escrito mucho sobre la mentira, la representación,
el sueño sobre el sueño, las cajas chinas y la Biblia en verso. Pero a veces
se acuerda de que vive en un mundo de verdad, con gente de carne y hueso, y
escribe cosas como "La Intrusa", o "El Sur". Y "Emma Zunz".
Borges notó un cambio de tono en la voz, y se estremeció.
- Yo no soy un adversario soñado, señor Borges. Yo puedo herirlo. Aunque sea
el hijo de un sueño, de alguien que para usted sólo fué una historia. Hágase
usted cuenta de que llevo un cinturón lleno de monedas de plata cosidas, y un
poncho, y un facón a la espalda.
Borges se estremeció de nuevo. Porque era verdad el rencor, el odio, el ansia
de venganza de aquella voz. Porque a sus años, y sin vista, sólo le quedaban
las palabras, los millones de palabras en varias lenguas que había leído y había
escrito, y que casi habían acabado por hastiarlo. Y ahora, un puñado de esas
palabras se apelmazaba y se condensaba hasta tomar vida propia, y de las páginas
marchitas de una olvidada revista literaria surgía una persona, un pobre tipo
limitado, incapaz de entender que la literatura esté por encima de la vergüenza.
El tipo no dijo nada más. Borges sitió cómo lo sujetaban, y un dolor lacerante
le atravesó el cuello, como el zarpazo del tigre. No podía hablar, y no iba
a tardar mucho en morir. Oyó por última vez la puerta. Y la lucecita amarilla
que era su vida empezó a debilitarse y hacerse más tenue. Su último pensamiento
fueron unos versos de Hamlet: "To die, to sleep. Perchance to dream". En inglés,
claro.
(c) Eduardo Gil Moré, 2001.
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