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CONTRATO NAHUAL
Por Federico Schaffler
Jamás pensé conocer Europa. En los cuatro siglos que
he vivido en México muchas veces estuve a punto de hacerlo, pero siempre encontraba
excusas para justificar lo contrario. Pude haberlo hecho antes y no hasta ahora,
cuando el Siglo XXI arranca con todo su potencial y la fiebre del cambio del
milenio llegó y pasó y volvemos a vivir con normalidad. Tengo ahora un importante
asunto que tratar con un caballero europeo y al fin tuve que decidirme a hacer
la travesía. Asumí mi nombre actual, Severo Ixbah, y mi personalidad original,
con mis rasgos indígenas clásicos, dejando a un lado la habilidad de cambiar
de formas y poseer propiedades, cualidades y características de animales. Si
esto parece extraño es porque tengo que aclarar algo, soy un nahual.
Quizá el último. Para muchos un mítico ser mexica que encarna la maldad, de
acuerdo a la tradición popular y a lo que dicen los diccionarios de leyendas
prehispánicas. Para el puñado que conoce la verdad, en los últimos dos siglos
he sido un recurso vital para la seguridad de la nación. Discúlpenme si me consideran
traidor a las verdaderas causas populares, pero no sólo de espíritus viven los
nahuales.
El viaje desde México no fue largo. Llegué a Barcelona y después de alojarme
en un buen hotel salí a conocer la ciudad, mientras llegaba el momento de la
cita nocturna con mi contacto. Me habían dicho que era pecado no caminar por
la Rambla y sentarme en un café al aire libre a disfrutar el momento. La Rambla
es ancha, adoquinada y con la mayor parte de los árboles aún naturales, pero
poco a poco los sintéticos van reemplazando los que mueren por la contaminación.
Es un paseo rodeado de dos avenidas que desembocan en la estatua de Cristóbal
Colón, con bellas muestras arquitectónicas en ambos lados. Hay edificios de
cantera, con antiguedad de siglos, balcones de hierro forjado y plantas colgantes.
Hay toldos multicolores. Hay detalles que buscan copiar la arquitectura de Gaudí
y algunas influencias árabes. Hay también edificios modernos, rascacielos de
cristal y acero, con pantallas enormes que anuncian una y mil cosas para el
consumo popular. El bullicio de la gente que camina a lo largo del paseo es
enervante. Mientras avanzaba rumbo al lugar del encuentro vi estatuas humanas,
gitanas que leen las palmas y el Tarot. Venta de aves, reptiles y pequeños mamíferos.
Guerrilleros catalanes buscando sin temor adeptos a su causa independentista.
Jovenes drogados, algunos con químicos convencionales y otros con impulsos y
adiciones electrónicas. Policías que ante el menor indicio de alguna ilegalidad
volteaban la cara al otro lado o le sacaban la vuelta al potencial problema.
Puestos de revistas y prostitución de todo tipo, desde pedofílicos a zoofílicos.
Contorsionistas y vendedores de software pirata. Parejas hetero y homosexuales,
caminando, acariciándose y en un caso haciendo el amor al aire libre, recargados
en la pared de un establecimiento que importaba instrumentos de viento sudamericanos.
Ví tiendas de venta de lienzos, ropa extranjera y joyería. Artistas del gis,
creando en el pavimento imágenes oníricas o virtuales de cristos, santos y cantantes
de moda. Marineros y turistas de todo el mundo. Vi distintas manifestaciones
religiosas: retroaztecas que no esperaba encontrar fuera del Zócalo del Distrito
Federal o en algún otro rincón de México; budistas, ortodoxos rusos y griegos;
hare krishnas, dianéticos y musulmanes. Judíos y cristianos. Africanos y polinesios.
¡Qué maravilla! ¡Todo el mundo casi en un sólo lugar!
Consulto en la agenda de mi reloj el nombre del café donde estaba citado con
mi potencial empleador. Mi trabajo para el gobierno de México es bueno. Tengo
excelentes prestaciones y cualquier ingreso extra que obtenga, legal o ilegalmente,
no es sujeto al pago de impuestos. No hubiera pensado jamás en cambiar de patrón
a no ser por la oferta que me llegó a mi terminal vía Internet. Era tentadora.
Bastante. Además ya necesidaba un cambio de aires. El mensaje fue codificado,
únicamente accesable por mí. Denotaba sin lugar a dudas que el emisor conocía
mi secreto y mi profesión y por lo mismo era requerido en el viejo continente
para hacer una "limpia" de elementos no deseados. No me agradaba la idea de
seguir siendo un hitman, pero el dinero era lo suficiente para vivir bien y
cumplir con las pensiones para mis 8 ex-mujeres vivas. No tenía el nombre del
empleador ni de su organización, lo más seguro porque es ilegal o underground.
La transferencia de dinero a mi cuenta personal cubría los gastos de mi viaje
y una prima adicional me había sido prometida si no aceptaba el trabajo. El
café es un lugar agradable, con muchos cristales limpios, ornamentadas rejas
pintadas en colores pastel y un toldo para cada mesa redonda de metal rodeada
de cuatro sillas anatómicas. Tomo asiento y cuando el mesero, un jóven de rasgos
orientales, me pide en inglés mi orden, le solicito en español un expresso.
Lanza un suspiro entrecortado de satisfacción mientras levanta un segundo los
ojos rasgados al cielo gris, quizá por haber encontrado al fin entre su clientela
a alguien que habla su mismo idioma. Tarda unos cuantos minutos en regresar
con el aromático café. Mientras tanto respiro profundamente y disfruto de las
bellezas españolas e internacionales que pasan frente a mí y del aire cosmopolita
del puerto. La ciudad me parece fascinante.
Mi contacto aún tardará en llegar. Desde hace muchas décadas comprendí que llegar
a tiempo, o antes, es lo mejor. Aunque no sea costumbre típica de mis compatriotas
y en más de una ocasión casi he perdido la paciencia por su falta de educación,
pero el que se enoja, pierde. Después de todo, para quien ha vivido tanto, el
tiempo tiende a volverse precioso como para andar malgastándolo en enojos. Si
uno disfruta la vida no tiene porqué aburrirse. Si alguien supiera mi verdadera
edad, 536 años, no lo creería. Nací en el imperio mexica, viví la invasión y
conquista por los ancestros de muchos de los que hoy me rodean en este bello
lugar. Sobreviví el oscurantismo de la Nueva España y los azotes de la Inquisición.
No soy inmortal, aunque pueda parecerlo por mi edad. Sólo tengo un poder regenerativo
superior a los demás y mi nahual, el espíritu sobrenatural que me da mis habilidades,
es poderoso, gracias a él no envejezco más allá de mis aparentes 40 años. Mi
nahual ha ido creciendo a lo largo de los siglos, al alimentarme del espíritu
de mis víctimas. Soy una especie de vampiro, pero no del tipo del mítico príncipe
transilvanio Vladimir Tepes, prototipo del Conde Drácula del cine y la literatura.
Soy un vampiro de almas.
Decían las viejas leyendas mexicas que la lucha del bien y del mal se libraba
entre los nahuales, los brujos malos y misteriosos de poderes infernales, según
ellos, y los tlachisques, aquellos viejos con poderes divinos y curativos
que buscaban no tanto hacer el bien, sino deshacer el mal causado por los nahuales.
Los tlachisques eran viejos de espíritu y cuerpo, podían ver el futuro
entre el movimiento de las hojas de los árboles y los olores que arrastraba
el viento. La contaminación es terrible para este trabajo. Por otro lado, rehacer
lo deshecho por los nahuales consumía su energía vital, sin llegar a agotarla,
y para colmo, siempre iban un paso atrás. En un principio fui un tlachisque,
pero en un encuentro a muerte con un poderoso nahual nuestras entidades se fusionaron
y gané. El nahual-murciélago de nombre olvidado que me heredó
sus poderes había desatado una feroz epidemia en 1737, llamada después El Gran
Matlazahuatl, donde murieron casi 200 mil personas en toda la Nueva España,
40 mil sólo en la capital. El haberlo vencido tras la calamidad que provocó
fue uno de los máximos logros de mi carrera como tlachisque, aunque en ese momento
la profesión terminó conmigo, pues creo que era el último que existía. Los demás
aparentemente fueron acabados por la Inquisición. Asumí los nuevos poderes y
cambié. Me convertí en un nahual con poderes de tlachisque y mis
principios, intereses y objetivos fueron otros. La confusión me hizo recapacitar.
Desaparecí un tiempo, de hecho varias décadas, para pansar qué hacer con los
nuevos poderes y esperar que pasara el peligro de la Inquisición. Reaparecí
durante la guerra de Independencia. Desde entonces casi siempre he estado al
servicio del gobierno de México, sin importar tendencia, credo o legitimidad,
lo que tenía que hacer era eliminar obstáculos, con ello garantizaba mi existencia,
aunque ocasionalmente abandonaba mi trabajo por largos periodos, como desintoxicante
descanso, pues tener un mismo patrón por tantos años tiende a ser aburrido.
Por ese fastidio, y por la curiosidad de saber cómo se enteraron de mi verdadera
identidad, estoy a punto de conocer a quien puede ser mi nuevo empleador.
Tengo la impresión de que el hombre me reconocerá sin importar cualquier identidad
que asuma con mis poderes. Busqué información en la red sobre su identidad,
sobre sus negocios y sus intereses. Los mensajes eran cortos y en clave. Eran
rebotados en lo menos en tres satélites de comunicaciones. Parecían provenir
de Rumanía, pero el lugar exacto era indetectable. Eso me gustaba y no me gustaba.
Lo veía interesante, como un reto, pero también me decía que era un hombre peligroso
y con influencias. Sonreí, estoy seguro que la espera valdrá la pena. Para los
dos.
Pido otro café. Saco con cuidado los filtros de mis fosas nasales, aguantando
la respiración. No hay porqué arriesgarse sin razón. Los limpio de un par de
golpes en el cristal de la mesa, observándolos a contraluz para ver cuanta "vida"
les queda. Aún tienen suficiente. Vuelvo a colocarlos en su lugar, y respiro
al fin. A lo lejos siento una presencia poderosa. Instintivamente me pongo en
alerta y alzo la vista hacia el norte, a lo largo de la Rambla. Veo como la
gente se hace a un lado ante el paso de un caballero alto, de mirada penetrante
y sienes canas, con traje italiano de última moda, zapatos de piel natural y
un bastón negro y rojo en la diestra. Sus pasos son seguros y firmes. Su edad
es indefinible. Estoy seguro que es mi empleador, después de tanto tiempo uno
adquiere ciertos instinto para saber este tipo de cosas. Sigue con determinación,
hasta llegar frente a mí. Estoy seguro que me reconoció por mis fotos de archivo
en la red. Aunque el gobierno dice que no me tienen fichado, en una ocasión
comprobé que sí, aunque con un historial por completo distinto del real. Extrañas
medidas de precaución para quien no necesita ser protegido.
"Espero que haya tenido un buen viaje desde México, señor", me dijo el caballero,
en perfecto español. Lo invité a sentarse.
"Sí. Muy tranquilo y agradable, al igual que este maravilloso lugar. Gracias
por su interés. Supongo que usted es quien me contactó".
"Así es", dijo mientras tomaba asiento. El mesero oriental-catalán acudió presuroso
ante el nuevo cliente. No me sorprendió que pidiera una copa de vino tinto mexicano.
Denotaba educación y refinamiento. Dejé que el vacío de palabras lo llenara
él.
"Como comprenderá las condiciones del contrato son secretas. No podrá recibir
mas órdenes que las mías, ni alterar sus objetivos..."
"No he aceptado aún", lo interrumpí con delicadeza.
"Pero aceptará. Lo conozco muy bien. Somos extremadamente parecidos. Tanto en
nuestros origenes como en nuestras habilidades". El mesero llegó con la copa
de vino. El hombre la paseó frente a su nariz, aspirando su aroma y aprobando
con la cabeza. El joven se alejó. Me dí cuenta que el caballero no traía filtros
nasales. Su porte, actitud y seguridad me tenían sorprendido, aunque no lo demostré.
La oferta era tan atractiva que el conocerlo sólo era un prolegómeno para aceptar.
A pesar de la fobia a volar dependiendo de otros, me atraía la idea de recorrer
el mundo, aún a mis años, al ser contratado para eliminar obstáculos. De alguna
manera serían experiencias nuevas dentro de mi especialidad. Parece ser un trabajo
fácil que me puede redituar buenos dividendos.
"Suponiendo que acepte, señor. ¿Cómo sabré qué hacer?", pregunté. Extendió una
bien cuidada mano, de uñas recortadas y limpias. Llevaba en la diestra un reloj
suizo, automático, no digital. Depositó frente a mi un microdisco de computadora
que podría jurar no estaba en su mano cuando la dirigió hacia mí.
"Aquí está toda la información, indicaciones y autorizaciones para transferencias
de dinero a su cuenta tan pronto cada uno de los objetivos van siendo eliminados.
En pocas palabras, tendrá que retirar de la circulación a algunos de mis asociados
que se han rebelado y desacatan mi autoridad. Pretenden fallar a la mística
de la organización y crear sus propios feudos. Son mi hechura, saben que me
deben todo, la vida incluso, y se atreven a retarme y eso no puedo tolerarlo",
se veía enojado, con el rostro rojizo, amenazando con descomponerse. "Conozco
sus poderes, señor Ixbah y sus habilidades. Sé que no será difícil para usted
cumplir con el trabajo y eliminarlos a todos", empezó a serenarse y siguió hablando,
sin darme oportunidad de hacerlo. "Además, creo que después de tanto tiempo,
es justo que empiece a reclutar sangre nueva para mi organización. Cuando termine
con todos, será imprescindible que nos encontremos de nuevo. Estoy pensando
ya en una nueva proposición de trabajo, pero aún es temprano para ello".
Pensé superficialmente cuál sería el verdadero significado de sus palabras,
mientras colocaba el microdisco en el lector que saqué de la bolsa de mi saco.
En la pequeña pantalla holográfica observé los nombres, países y fotografías
de mis víctimas. Datos biográficos elementales, exceptuando año de nacimiento,
lugares de reunión, costumbres, tendencias, amistades, intereses económicos
y preferencias sexuales, así como las cantidades que recibiría al eliminar a
cada uno de ellos. Al final venía un total abrumador.
"De acuerdo. Acepto. Sólo quiero preguntarle algunas cosas", le dije.
"Adelante. Haré lo posible por contestarlas", me dijo mientras echaba el cuerpo
hacia atrás, notándose de inmediato su relajamiento, al ver que había aceptado
su propuesta de negocios.
"Primero. ¿Tengo un tiempo límite para cada uno de los encargos?".
"No. Ni ellos ni usted tienen problemas de tiempo, pero preferiría que fuera
lo más rápido posible".
"Bien. En segundo lugar, cómo le informo".
"No me informa. Yo me enteraré en el mismo momento en que termine cada uno de
los objetivos. No se preocupe. Tengo mis redes y mis fuentes de información".
"De acuerdo -continué mientras verificaba el total de golpes, 94 en 36 países-
¿Y mis gastos?"
"Todo estará cubierto. Hay una línea de crédito abierta en su nombre para pasajes,
alimentaciones y alojamientos en todo el mundo".
Aguardé unos instantes, pensando en qué otras preguntas podría hacerle. Llamé
al mesero, le extendí mi tarjeta de cargos, la pasó por el lector que llevaba
en la muñeca y agradeció nuestra presencia. Cuando se retiró me dirigí a mi
nuevo patrón.
"Perfecto. Me parece bien, creo que por el momento es todo. Por último, me gustaría
saber su nombre".
Ambos nos levantamos. Hizo una reverencia refinada con la cabeza mientras nos
dábamos la mano. Sentí su diestra fría y el apretón fuerte.
"Vlad Tepes".
(c)Federico Schaffler,
2000.
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