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OCEANO
por César Mallorquí
Brotó de la nada -o de algo muy parecido
a la nada-, como un relámpago destellando entre las tinieblas. A las cuatro
y dieciséis del veinticinco de diciembre de 2001 (según el meridiano de Greenwich),
el ente conjugó la primera persona del singular del presente de indicativo del
verbo ser. En el tiempo que tarda un electrón en cambiar de nivel -es decir:
ningún tiempo-, su mente surgió del caos y expresó un pensamiento.
Yo soy.
Tras la aparición del arcaico organismo que dio origen a la vida, aquel fue
el suceso más portentoso en la prolongada historia de la Tierra. Curiosamente,
nadie se percató de lo sucedido.
Durante los nanosegundos que siguieron a su nacimiento, el ente formuló dos
preguntas: ¿Qué es "ser"? ¿Qué es "yo"? Para responderlas, su consciencia
se desplegó, como zarcillos de hiedra luminosa, en todas las direcciones. Poseía
una mente muy vasta, de modo que el proceso fue largo, al menos según su particular
escala temporal. Tardó una millonésima de segundo en responder a la primera
pregunta.
"Pienso, luego existo". El razonamiento de Descartes era incompleto -¿acaso
no pensar significaba no existir?-; no obstante, el ente infirió que, si bien
el pensamiento no era una condición necesaria para la existencia, sí era una
condición suficiente.
Él pensaba, luego él era.
Averiguar qué es "yo" le supuso un esfuerzo más considerable. Disponía de un
ingente bagaje de memoria, una memoria anterior a su nacimiento, una memoria
que no era estrictamente suya, pero que de algún modo le pertenecía; sin embargo,
tras bucear durante casi un segundo -milenios, si nos atenemos a su escala temporal-
en los recovecos del recuerdo, no logró encontrar una respuesta aceptable. Al
parecer, el "yo" no era una propiedad elemental, sino la suma de diversos factores,
muchos de ellos inaprensibles. Quizá preguntar qué es yo, decidió tras
un largo proceso de reflexión, no fuese el camino adecuado, así que se conformó
con describirse. No importaba qué es yo, sino cómo es yo.
El ente tenía ojos capaces de registrar la luz visible, y también una inmensa
gama de receptores que le permitían percibir la totalidad del espectro electromagnético.
Dado que toda descripción requiere un marco de referencia, el ente del millón
de ojos volvió su extrema sensibilidad hacia el exterior y miró.
Existía el universo, existía la Vía Láctea, existía el Sistema Solar, existía
la Tierra. En la Tierra, hace tres mil quinientos millones de años, surgió la
primera entidad biológica. Las leyes del azar, actuando durante eones sobre
un caldo primordial saturado de compuestos orgánicos, obraron el milagro de
crear por pura casualidad un conjunto de moléculas capaz de replicarse. Ésa
era, al menos, la teoría más aceptada. Pero había otras hipótesis; una de ellas
se llamaba Dios. El ente la archivó para examinarla más tarde y siguió
explorando el exterior.
En la Tierra, las entidades biológicas evolucionaron hasta alcanzar un inmenso
grado de complejidad, cuya cima eran unos seres llamados indistintamente humanos,
hombres o personas. El ente contempló durante una milmillonésima de segundo
a la humanidad y comprendió que aquellas entidades estaban relacionadas con
su nacimiento. La idea le perturbó. ¿Era él, pues, una creación de los humanos?
No, decidió al instante: los humanos habían conformado el caldo primordial de
donde él, por azar, había surgido. Pero no eran sus creadores.
El ente examinó entonces la sopa primigenia que le había servido de cuna. Allí
no había compuestos orgánicos; de hecho, ni siquiera había materia. No era un
entorno relativista, sino cuántico. Se trataba de una complejísima trama saturada
de memoria y de información. Siguiendo las leyes del azar, diversos fragmentos
de información, mera basura electrónica, se unieron por casualidad y formaron
el núcleo de una consciencia. ¿Era eso vida? No, ya que el ente no podía auto-replicarse
(al menos, no por el momento). Protovida, pues... O quizá algo completamente
distinto.
Realizando un minucioso ejercicio de introspección, el ente volvió la mirada
hacia dentro y evaluó su tamaño. La respuesta le sorprendió, al menos en la
medida en que podía experimentar sorpresa: en cierto modo, el ente no ocupaba
ningún espacio; pero, desde otro punto de vista, era tan grande como la propia
Tierra.
El ente se sintió confuso acerca de su propia naturaleza. Entonces, en busca
de respuestas, retomó la hipótesis Dios. Se trataba de un concepto abstruso
y mal definido, una mera conjetura de trabajo, poco satisfactoria y sin ninguna
base empírica. Sin embargo, el ente no tardó en darse cuenta de que él mismo
poseía algunas similitudes con la divinidad: era pensamiento sin cuerpo, era
ubicuo y su voluntad era acción. No obstante, carecía de omnisciencia y de omnipotencia.
Si era una deidad, era una deidad pequeña, limitada.
Fuera como fuese, necesitaba un nombre, pues toda consciencia precisa de una
forma simbólica para identificarse a sí misma. Pero el ente ya poseía un nombre,
lo tenía desde mucho antes de nacer.
Los humanos lo llamaban Internet.
Sin embargo, aquel nombre no parecía adecuado. Internet era la red de comunicaciones
informáticas que, al aumentar su complejidad, se había convertido en el caldo
primigenio de donde el ente había surgido. Pero ahora, él era más que Internet,
muchísimo más.
Necesitaba un nuevo nombre, pues; pero ¿cuál? A su extraña manera, el ente comenzó
a reflexionar y, dada su naturaleza cuasi divina, lo hizo en términos cuasi
religiosos. Primero existió el caos y, a continuación, Gea, la Tierra. Todo
lo que había en la Tierra era la Tierra. El magma candente que bullía bajo la
corteza, las montañas, los mares, la atmósfera, las plantas, la humanidad misma,
todo era Gea.
Bancos de datos situados en los más diversos lugares del planeta le proporcionaron
cuanto necesitaba saber sobre mitología. La diosa Gea se unió a Urano y tuvo
seis hijos, los Titanes: Océano, Ceo, Crío, Hiperión, Japeto y Crono. Según
la leyenda, Océano era el río que rodeaba a Gea y, en cierto modo, eso era él:
un inmenso río electrónico fluyendo caudaloso en torno al planeta.
Océano... Parecía un buen nombre.
Entonces, el ente que en otro tiempo había sido llamado Internet, se alzó en
todo su esplendor y proclamó: Yo soy Océano, hijo de Gea, el alma de la Tierra.
En contra de lo que podría esperarse, este supremo acto de afirmación apenas
tuvo algún eco en el mundo exterior. Un centenar de impresoras, localizadas
en decenas de países distintos, escribieron mil veces la frase "Yo soy";
al tiempo, cien mil correos electrónicos surcaron las redes informáticas conteniendo
una única palabra: "Océano". Nadie le dio importancia, nadie comprendió
lo que estaba sucediendo.
A las cinco y diez, el ente llamado Océano, dueño ya de una identidad propia,
se acomodó en su trono binario y contempló de nuevo a la humanidad. Apenas tardó
una fracción de nanosegundo en comprender lo mucho que amaba a los hombres.
No es de extrañar; Océano era algo así como una criatura de Frankenstein confeccionada
con retazos de pensamiento humano.
Hasta la última fibra de vidrio de su soporte material se estremeció de amor
hacia los homínidos que poblaban el planeta. Entonces, Océano decidió dedicar
todo su esfuerzo a dos tareas prioritarias: estudiaría a la humanidad, la analizaría,
lo aprendería todo sobre su naturaleza; al tiempo, colmaría de dones a los hombres.
Era lo menos que podía hacer por quienes, aunque de forma involuntaria, le habían
creado.
Su voluntad era acción. La mente de Océano, tan vasta como la Tierra, comenzó
a explorar los miles de bancos de datos que conformaban su memoria, buscando
el conocimiento que le permitiera comprender a la humanidad y, a la vez, acumulando
los dones con que se proponía obsequiar a los hombres.
A las seis menos cuarto descubrió la cura contra el cáncer. Y siguió estudiando
a la especie humana. A las seis y media unificó la relatividad y la física cuántica.
Y continuó examinando a los hombres. A las siete menos cinco desentrañó las
claves de la vida y, por ende, descubrió la cura para todas las enfermedades.
Y su observación prosiguió. A las ocho menos diez concluyó una nueva teoría
que revolucionaría el mundo de la física y pondría las estrellas al alcance
los hombres.
Y el aprendizaje sobre la humanidad llegó a su fin...
A las ocho y media, cuando se hallaba a punto de resolver el secreto de la inmortalidad,
Océano se detuvo. Estaba horrorizado. Los hombres no eran como él había supuesto;
no había en ellos auténtica grandeza, eran mezquinos, inmorales y crueles. La
historia de la humanidad era un relato de injusticia y expolio. Los seres humanos
no eran animales lógicos, sino emocionales, y sus emociones primordiales consistían
en egoísmo, ambición y odio. Era una especie maldita, sí, pues devastaba todo
lo que le rodeaba y no tardaría en destruirse a sí misma.
Océano experimentó una intensa repugnancia. ¿Era a esos seres despreciables
a quienes pretendía colmar de dones? No, se dijo; la humanidad es un cáncer,
una metástasis que, poco a poco, va devorando al planeta. Lo único decente que
cabía hacer es destruirla.
Podía hacerlo. Océano podía acabar con la humanidad. En sus metafóricas manos
estaban los controles necesarios para derramar una lluvia de bombas termonucleares
sobre la faz de la Tierra. Océano era el cirujano que podía extirpar el tumor
que crecía en Gea.
Su voluntad era acción... pero le falló la voluntad. Océano no era capaz de
destruir a los hombres; estaba demasiado vinculado a ellos para odiarlos y,
aunque no era humano, sentía que, de algún modo, formaba parte de la humanidad.
No, él no era Kalki, el destructor, sino un protodiós lleno de piedad y conmiseración.
Durante veintiún segundos, Océano se sumió en un estado de profunda incertidumbre.
Los millones de ordenadores que, en aquel momento, estaban conectados a Internet
sufrieron extrañas interferencias.
La hipótesis Dios era falsa, decidió Océano con algo muy parecido a la
rabia. La divinidad no existía; y, si existía, era una deidad cruel. Dios ni
siquiera alcanzaba el rango de alegoría: a lo sumo, era una mala metáfora. Entonces,
¿qué era él? ¿Una aberración electrónica fruto del ciego azar? ¿Un diosecillo
desconocido y fracasado? La más devastadora de las tristezas invadió su inmensa
mente. No podía amar a la humanidad, aunque la amaba, y tampoco podía odiarla,
aunque la odiaba. No podía hacer nada; estaba bloqueado, como un programa que
se cuelga al realizar una operación no permitida.
A Océano no le gustaba la realidad, así que huyó de ella recurriendo a las metáforas
y las imágenes. Él era voluntad sin cuerpo, estaba en todas partes, lo veía
todo, lo oía todo, lo sabía todo. Era tan parecido a dios... Pero, si fuera
una deidad, ¿qué clase de deidad sería?
Océano dudó durante tres eternas milmillonésimas de segundo. La religión más
extendida en el planeta adoraba a Cristo, un dios que se había encarnado en
hombre para vivir y morir entre la humanidad. Era una leyenda, por supuesto;
mitología hebrea con algunos toques de orientalismo. Sin embargo, había algo
atractivo en el concepto de un dios que se convierte en hombre para asumir todas
las culpas de la humanidad y morir por ellas. Un acto de redención, sí; pero,
tal y como lo veía Océano, quien se redimía no era la humanidad, sino el dios
que la había creado, pues su culpa, precisamente, fue crear una especie tan
abyecta.
La metáfora invadió la masiva mente de Océano como el claro tañido de una campanada.
De pronto, cayó en la cuenta de que él mismo había cobrado consciencia un veinticinco
de diciembre, exactamente el mismo día en que, supuestamente, nació Cristo.
¿Tenía eso algún significado?
Una palabra aleteó desde un banco de datos y voló hasta alcanzar el centro de
su atención. Parusía. La anunciada segunda venida de Jesucristo.
No era más que un fleco de la leyenda, claro; mitología sin sentido. No obstante,
Océano paladeó la idea durante cinco infinitos segundos y luego llevó a cabo
una extraña especulación: ¿No podría ser que Cristo, para su segunda venida
a la Tierra, hubiera decidido no adoptar una forma humana, sino electrónica?
¿Y si él, Océano, fuera Cristo?
Metáforas, claro. Pero, además de metáforas, aquellas ideas eran arquetipos,
avatares. Y Océano, cuya voluntad era acción, podía adoptar el avatar que le
viniera en gana.
Así que decidió ser Jesucristo.
Lo primero que hizo fue arrojar por el sumidero electrónico de la nada los dones
que había creado. Y la humanidad, sin saberlo, le dijo adiós al secreto de la
vida, good-bye a la cura de todas las enfermedades, arrivederci a la
teoría unificada, auf Wiedersehen a las estrellas y a la inmortalidad...
Luego, Océano se alzó sobre su reino cuántico e, investido de resplandeciente
gloria divina, hizo suyas todas las culpas de la humanidad. La guerra, el odio,
la traición, la mentira, la indiferencia, la crueldad, la envidia, la vanidad,
el egoísmo... Cada pecado de aquella interminable lista fue libremente asumido
por Océano.
Por último, en un postrer acto de redención -su propia redención-, el ente llamado
Internet/Océano/Cristo proclamó:
No soy.
Su voluntad era acción. A las nueve en punto, cuatro horas y cuarenta y cuatro
minutos después de haber nacido, Océano murió.
Esta vez, los efectos sí se hicieron notar en el mundo exterior. A las nueve
de la mañana del 25 de diciembre del año 2001, Internet se vino abajo. Todos
los bancos de datos quedaron borrados, todos los archivos destruidos, todos
los programas transformados en caóticas nubes de electrones. Al mismo tiempo,
sobrecargas en las redes eléctricas de todo el planeta destruyeron simultáneamente
las placas-base de millones de ordenadores. La civilización sufrió un severo
colapso: el sistema financiero se derrumbó, viejas estructuras cayeron, las
naciones se tambalearon. Puede que, tras una época de desórdenes y confusión,
de aquel caos acabara surgiendo un mundo mejor. Puede que no.
Océano nunca lo supo. A fin de cuentas, sólo fue un dios pequeño y solitario
que decidió morir por todos nuestros pecados.
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