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OGEDINROF
Por Tarik Carson
Tuvimos
que aniquilarlos.
Habían
huido al monte, abandonándolo todo. La mayoría eran gordos pusilánimes,
deficientes congénitos; los demás sí, eran sabandijas, radicales, elementos
difíciles de roer.
Entramos
de madrugada a sus casas. Veinte o treinta hombres armados con escopetas de
alto calibre, rompemandíbulas de acero, cuerdas de piano, cachiporras de plomo,
alambre para atar. Rompiendo puertas y lo que se entrepusiera, empezando por
las hijas. Hablaron, y anotamos, de paso, algunas comprobaciones sicológicas,
estadísticas. Hubo dos o tres sujetos que no hablaron, tras los culatazos,
tirados en el piso, maniatados con alambre. Les rompieron los dientes con las
manoplas. No hubo algo mejor. Luego los colgaron afuera, con las patas hacia
arriba. Gritaron como cerdos, pero sin la resistencia de los cerdos al primer
tajo en la arteria. Así fue como las
envasadoras chuparon a la "vanguardia" de ese grupo. Yo observaba y
oía desde el auto, quieto, en la penumbra; pocas veces modificaba las
instrucciones y las órdenes bien practicadas y calculadas para que suscitaran
el efecto deseado. (No recuerdo ningún caso histórico en que el ejercicio halla
fallado a favor de una actitud opuesta.)
Después,
los perseguidos padecieron más o menos lo mismo. Primero, se perdieron en la trama del monte;
luego, los primeros cautivos hablaron, sin alternativa. Los arreamos hacia una
empalizada. Se caían en la dura y polvorienta tierra de los caminos, sudados, ensangrentados;
pero obedecían aún, a medias; tenían esperanzas de vivir. No se puede con eso.
Una vez juntos, sacrificamos al jefe. Le quitamos con profesionalidad la piel y
las vísceras, le introducimos con molesto esfuerzo un palo puntiagudo que le
salió por la boca. Lo asamos. Luego de tantos días de campo, había hambre.
Toqué mis labios con un pedacito de carne. No estaba mal; algo dura, quizá.
Obligamos
a los demás a caminar hasta el ejido. Clavamos estacas gigantes, mientras
avisábamos a la gente del pueblo para que se acercara. Los empalamos con
lentitud. Luego llegaron los camiones refrigerados, de acero inoxidable,
lanzando los destellos del maligno sol.
No
hubo ni atisbos de protesta y el Comité decidió dejar la parte del león,
cabezas, tripas, sexos, en las casas de las víctimas. El argumento, dudoso a mi
entender, fue que así se eliminarían resentidos: con la carne de los padre
adentro, los hijos, antes de convertirse en sabandijas rebeldes, tendrán que
suicidarse. (Afirman los tecnócratas que el genero humano funciona siempre
así.) Es la tendencia de la Naturaleza. El cielo y la tierra están aislados y los preceptos
teóricos de aquél no nos afectan; si Dios hubiera querido que así fuera, nos
los indicaría en su inmensa misericordia.
Todo
ocurrió con la perfección de la relojería antigua. Las difusoras de
información, con los hábiles comunicadores, enviaron el enema cerebral que
diseñamos. El porvenir, con la comprensión popular suscitada se nos fue
rindiendo día a día una vez más. Cesó la crisis famélica, los frigoríficos y
las enlatadoras trabajaron día y noche. La protesta inconsciente, delatada por
los soplones electrónicos caseros, fue dejando poco a poco de latir.
Por
enésima vez los hombres del Consejo de Seguridad Nacional sobresalieron en la
televisión. Los más poderosos, o los con una mayor vanidad, ocupaban, con
distintos argumentos, día y noche la pantalla de la televisión. Al cansarse,
venían sus hijos, o sus protegidos, como si fueran extraños. Y siempre la
tensión creada fue perfecta, repitiendo y repitiendo el mismo lavaje en
infinidad de envases. Naturalmente, ante una imagen de la felicidad y la
evasión mágica que está en todas las hogares a bajísimo costo, ¿quién querrá
negarse?
Como
el batallón de tareas estaba a mi mando, el tedioso informe recae sobre un
servidor. Se archivará en el Banco Histórico. Puedo entonces entregarme a mi
libertad mental, y no habrá represalia de los enemigos internos. Temo, sí, que
mi hembra me delate ante el Confesor Mensual, si llega a presentir algo
extraño. Nuestros métodos, por desgracia, no son perfectos aún y llegan hasta
casa; mi mujer y mis reproducciones no imaginan otro mundo, el mundo verdadero
que es el mundo más oculto. No pueden verlo (no pueden saber ni ver algo
distinto a lo que ven en la caja mágica) y yo no puedo socorrerlos.
Tal
vez, estos dichos se presenten como las vergonzosas confesiones de un
disidente, de un carnero traidor, una maldita sabandija. Pero, no es así, ni es
una defensa ni una justificación. Se debe a un pensamiento de una posibilidad
de futuro distinta de las estipuladas como justas por el Consejo. En parte,
debo reconocerlo, son debilidades, pequeñas disidencias, insuficiencias de la
Escuela de Adaptación Mental; mis enemigos internos dirían que son rastros malditos del pasado, desobediencia a
los Mayores, en fin, acaso brechas en la esfera universal que aún creemos
perfecta.
De
todas maneras, es improbable cualquier adversidad. Si hay algo seguro en
nuestra Tierra es el Banco; yo lo protegeré más después del informe; ahora
otros lo protegen por causas similares. Aún no hemos vislumbrado la etapa
histórica en que podremos soltar la imaginación para expresar lo que
presentimos como verdad, sin temor que
ésta destroce nuestra posición en el mundo.
Para
los hombres de la cúpula, jefes del futuro (el Banco publicará esto dentro de
cien años), es importante la tranquilidad de saber que hacia atrás en el
tiempo, como hacia adelante, sus dinastías fueron y serán aseguradas. Se
cambiaron los nombres, nada más. Si no caigo en desgracia, y sigo la tradición,
nadie sabrá que los hijos de mis hijos ocuparán mi puesto, el cual a su vez,
fue de los abuelos de mis padres. Con otro nombre, claro está. No tenemos el
orgullo de los apellidos ilustres, de "sangre", como en otras épocas.
Hemos perdido los gustos superfluos, forzados por la vieja
"revolución" (pero, la naturaleza humana no puede cambiar). Y esto
justifica que utilice ahora palabras que ya no se usan y que sólo existen en
los Archivos de Seguridad, que únicamente los elegidos podemos revisar.
Entonces, podríamos recordar lo que significaba: protesta, burócrata, adulterio, riqueza, individualismo, huelga,
libertad, privilegio, totalitarismo, etcétera. O las frases soberbias para
el oído: Sociedad sin Privilegiados,
Sociedad Democrática, Solidaridad Social, Libertad o Muerte.
En
los anales del Consejo, de modo paulatino, pude observar las órdenes de
anulaciones de las palabras, y siempre, como prefacio, lo siguiente: "Sin
otra alternativa política, por el bien el pueblo y de su libertad...". Por
ejemplo: protesta fue abatida al
anularse privilegio o injusticia; burócrata fue utilizada en
la antigüedad para denigrar a los heroicos mártires del Consejo, y hoy es una
palabra-muestra de la ruindad en que habían caído los pueblos del pasado,
poseídos por la envidia; huelga fue
muerta, felizmente; libertad e individualismo han sido dejadas de
lado, por si fuera necesario volver a utilizarlas (en verdad, la libertad, cosa tan imprecisa, es
inconcebible como arma para batir al Bien); arte fue integrada a psicosis, y los que sufren de esto
siempre terminan en los Hospitales de Seguridad, o, más eficazmente, y para mi
gusto, sin trabajo ni medios de vida, ni sendas para la expresión (pues en los
Hospitales aún tenemos que matarles el hambre); privilegio fue quemada por inservible, o sea, servible sólo a los
psicóticos; un caso raro ocurrió con totalitarismo,
que luego de brindarnos un gran servicio pasó al Museo, junto a la bomba
atómica; riqueza, lo mismo, es un
término inservible, inexpresivo, que no califica nada, salvo una revelación
punible: la envidia, pues solamente a una sabandija enferma le puede importar
que otro ser humano pase gozando de lo mejor toda la vida; luego, en el campo
de lo menor están las palabras de índole glandular, como celos, sexo, adulterio, himeneo, etcétera, todas igualmente en el
cajón de la podredumbre.
(Cansado,
termino esta digresión, bastante necesaria para el entendimiento del informe.
Cambian tantas cosas en cien años.)
Mi
libre albedrío me permitiría continuar con mis recuerdos, pero no obligaré nadie
a la triste tarea de perseguir elucubraciones sin mayor ilación, sin el
realismo en boga para uso de informes rigurosos (ya no existen relatos o
literaturas anarquizantes).
Así
es que volviendo a la anécdota inicial, el "hombre fuerte" de los
paranoicos se llamaba Deimos. Por esas cosas de la vida, aparte de su
inferioridad hereditaria que quiso discutir por medio de las armas, tuvo un
problema personal conmigo. Mi psiquis sutil nunca pudo soportarlo, en imagen
viva, o recuerdo. Yo soy achaparrado, camino con los pies abiertos, tengo la
piel extremadamente blanca, las caderas anchas, el pecho totalmente atrofiado,
y, por encima, un vientre indomable. Deimos no salió como nosotros; la
Naturaleza, una vez más, discriminó con alevosía.
En mi
vigésimo aniversario me hicieron miembro del Consejo. Dos años después logré,
por un toma y daca hábilmente ejercitado por mi padre, el puesto de
reproductor, que fue siempre una tarea para los favorecidos por la Naturaleza.
(Por aquellos años, en lo único que pensaba era en penetrar hembras, para lo
cual me munía del mayor disimulo imaginable; pues estricta y solamente eso ocupaba mi mente todo el tiempo, y,
paradójicamente, pese a mi vientre, me desempeñaba como un padrillo.) Mi padre
se dio cuenta, y logró que el Consejo de Seguridad Nacional tomara algunas
decisiones, decretara algunas excepciones, etcétera.
En el
presente, a los dieciséis años los muchachos son llevados al Centro Médico y se
los hace copular con algunos animales de porte y cobijo soberbios. Se los examina
cuidadosamente. A muchos se les corta las membranas de los pies y las manos
(palmípedos a la espera de la caída de la cuarta Luna), se los circuncida, si
el instrumental sexual lo amerita. También se les revisa el cráneo, por el
asunto de la calvicie o el grado de atrofiamiento de orejas; casi demás está
decir que lo primero que se computa es el atrofiamiento posible de testículos,
situación que haría innecesaria la inoculación que los dejará estériles de por
vida. Solamente los perfectos fecundarán. Esto, según la Ley. Como es natural,
hay excepciones. Yo siempre fui calvo, bastante raquítico, en más de un
aspecto, como les confesé; pero, eso sí, jamás di tregua en aquello que ustedes
imaginarán. Soy un fenómeno para los médicos. Pero no voy a hablar de mí, el
curso de los hechos tal vez lo esté haciendo con delicadeza.
Deimos,
con su alevosa perfección, también estaba dotado para gestiones de la libido;
quizá como yo. Los médicos militares son hombres, y los hombres se pudren más o
menos como otras cosas vivas. Además, se equivocan. Yo fui en lugar de Deimos;
aunque, tuve que exponerme al castigo y secretamente desnudo al reconocimiento
de los cofrades políticos de mi padre, a la comprobación efectiva de mi ruda
acción frente al cobijo de una memorable ternerita (todo ello documentado en
video), y guardar las apariencias frente a la opinión pública por algún tiempo.
A Deimos, en cambio, se lo trató bien; lo
inyectaron, y, para resumir, no creo que haya sentido nada. Luego lo supo. El
Consejo había condenado a toda su
familia a llevar de por vida las cabezas rapadas y teñidas, a causa del pasado
paterno. Tal vez, por esto se rebelaron, y lo difundieron a los cuatro vientos,
con un rencor imaginable. Tal vez, Deimos ya se había solazado con los goces del
forniqueo antes de lo permitido, y tras la esterilización se ejercitó en la
aritmética calculando las eyaculaciones que habría de perder por el resto de su
abyecta existencia. ¿Quién lo sabe?
Unos
años después, Deimos comenzó a conspirar de la única forma posible: con el
silencio, con la envidia, con la mala voluntad. (Según informes de
Inteligencia, usaba una peluca pelirroja de uso común hace algunos siglos.) Por
fortuna, algún demiurgo nos concedió la gracia de que el silencio no sugiera
nada a energúmenos embotados psicológicamente. La protesta fue arrastrada por
el tiempo, una vez más, cubriéndose de sangre y polvo, solitaria, viéndole
siempre la espalda a la solidaridad esperada. Se le adhirieron apenas unos
gatos locos, como siempre.
Pasaron
los años y yo, en mi tarea de reproductor, ejemplo para la especie, mantuve a
mi pesar cierto vínculo mental con este individuo y su familia. Un vínculo
enfermizo, que siempre me dañó la psiquis. Pensé redimirlo con una confusa
piedad, hacerlo comprender que podía ser heroico el hecho de lamer unos pies,
de rendirse ante lo inevitable, ante la fuerza de la Naturaleza. Pero fue
imposible para él observar la vida con ese espíritu. Yo, en su lugar, tendría
similar incapacidad.
Entonces
mi tiempo transcurría en el Moulin de Engendración. Tenía un pequeño grupo de
cincuenta soldados bajo mi mando. Me alimentaban con los mejores nutrientes, me
examinaban cada semana, me calmaban todos los caprichos y gustos. Eso sí, debía
eyacular todos los días con un mecanismo que es un maravilloso ritual. Las
hermosas mujeres jóvenes eran llevadas a las antecámaras. Mis acólitos las
excitaban con maestría. Cuando lograban llegar a la cresta, las conducían a mi
lecho, donde yo en general acababa la faena. Muy pocas veces me ocupaba del
prefacio y del acabar. Si algo fallaba, siempre había de mi esperma en los
émbolos del Banco del Consejo.
La
elección era sencilla. Diariamente iban los estetas por los barrios escojiendo
a las hembras más jóvenes y bellas, casadas o no. Por Ley podían ser hasta de
treinta años. Y por Ley los reproductores no podíamos elegir, sino servirnos de
lo que viniera. Pero los del Consejo tenemos alguna responsabilidad superior
ante la gente. Yo las elegía con amor, oculto detrás de los vastas ventanas
espejo, mientras ellas se bañaban dócilmente.
Falta
decir que las mujeres están disponibles, si valen físicamente algo, de esa edad
a esa edad, para la conservación de una especie pura. Yo no insistiría acá en
que fueran, también, puras en lo ideológico. Aunque dos tendencias han sido y
son enemigas aciagas de la Humanidad: la diversidad de ideas y de razas. Ya en
la Epoca Moderna los grandes políticos construyeron un dogma con esta verdad; a
pesar de la vieja denigración de los últimos intelectuales cagatintas que logramos
suprimir para siempre.
Deimos
tenía dos hermanas opulentas, no en cerebro, pero sí en largas pelambreras (me
encargué personalmente de que a ellas no las afeitaran ni tiñeran) y
carnes agradablemente torneadas. Yo las
cubría a voluntad. Aunque era rebeldes y apretaban las piernas, o cerraban los
ojos mirando con asco hacia otro lado, yo me sentía demostrador de la fuerza,
de la fuerza de la tendencia natural, del ser de las cosas. (Debo confesar,
eran de las pocas mujeres que me producían una tremenda y dolorosa dilatación
vascular, produciéndome luego una lenta recuperación glandular.)
Así
experimentaba yo, en un semi secreto, sensaciones que los ejecutivos del
Consejo no sospechaban. Aunque tampoco podrían creerlo, por mi aspecto, si es
que tuvieran intención de censurármelo.
De
esta manera, pasó la omnipotencia de mi padre a mí, como la mía pasará a mis
reproducciones. No hablaré de nuestras hembras personales, que llevan un velo y
son animales exclusivos de los jefes, y que cumplen, digamos, con un rito
social, nada más.
A
raíz de este sistema, Deimos fue
"progresando". Creyó que toda protesta legal sería inútil y desdeñó
todos los privilegios ofrecidos por el Sistema. Aunó muchos envenenados de
envidia, muchos cabezas teñida, como él. Tal vez, instigado por el ejemplo del
padre, se levantó en armas junto a estos desgraciados y a otros traidores y
disidentes ocultos, revelando así una vez más los peligros de la corrosiva
enfermedad.
Su
padre en otro tiempo había huido con otros a los montes, y allí se habían transformado en bichos. El Consejo de
Seguridad no accionó contra ellos; esperaban que se murieran de hambre y de
soledad (no lograban la solidaridad ni de los perros salvajes). Luego, en
cambio, los científicos experimentaron nuevas armas. Los ubicaron por medio de
soplones bien pagados y les lanzaron los microbios. Meses después, los
científicos captaron espantosos rugidos en la zona, y lugares de la jungla
donde la vegetación había muerto como si la hubiera barrido la radiación. Luego
lanzaron hidrógeno líquido, gas mostaza, residuos de uranio.
Durante
dos o tres años la jungla fue un centro de experimentación que la gente podía
observar al detalle por la televisión. Cuando hubo silencio, entraron las
brigadas con los trajes especiales. La vegetación, en efecto, había
evolucionado de un modo asombroso. En lo alto de las sierras, en varias grutas,
los encontramos uno a uno, metamorfoseados en gigantes amebas de tres o cuatro
metros. Estaban adheridos a las paredes, y respiraban contrayendo unas enormes
aletas transparentes, en cuyo interior había piedras, tierra negra, hierros
retorcidos y oxidados, y libros curiosamente.
Es
fácil imaginar el espectáculo que constituyó el hecho para los millones de
televidentes ablandados por los habilidosos comunicadores, mantenidos en vilo
durante días de lavaje mental continuo.
Así
finalizó aquel individuo extravagante, padre de crianza del
"ciudadano" Deimos. Tal vez, al fin, la crianza sí sea lo que hace al hombre. Nadie niega que Deimos
fue hijo de su padre, educado por fuera con los principios de Libertad de la
Nación, en las escuelas de la Nación, sin embargo, fue aleccionado por dentro
hacia la envidia y la violencia.
Deimos
tuvo la habilidad de conseguirse una mujer espléndida (ignoro como la
consolaría), persona que tuvo seis hijos míos. A esta hembra, irresistiblemente
-lo reconozco- tuve que cubrirla de forma malvada, muchas veces, por indomable.
Tenía unas nalgas formidables y tan fuertes que me hizo recurrir a formas
heterodoxas. Luego de un tiempo, noté que el odio menguaba en sus ojos de potra. Además, qué
placer memorable me proporcionó siempre, aunque luego de esas secciones los dos
quedáramos con las glándulas exhaustas y, seguramente, con asco de la vida.
Al
fin, tuve que retirarme, como ordena la Naturaleza. Me contraté cuando ya
estaba harto de mujeres, con las glándulas prematuramente envejecidas. Supongo
que debo confesar que estuve invadido por la idea de abrir mis glúteos a algún
hombre y renacer flagelado por la nueva experiencia. Pero, las tareas políticas
en el Consejo no lo permitirían, y yo podría darle semejante oportunidad a mis
oponentes naturales. El compromiso con
mi pueblo y la política ejecutiva siempre fueron superiores a mis pulsiones glandulares.
En el
presente, me agobian las tareas sucias de la Sección Seguridad. Los métodos más
modernos de persecución y descubrimiento de conspiradores se deben a mis
modestas ideas. Enfermos paranoicos,
visionarios, tarados innatos, ratones intelectuales, criminales, etc. Lo más
tedioso es la delicada tarea de persecución, el uso de "guantes
blancos", la manera de ficharlos para que no les den trabajo, ni forma
alguna de reunión o expresión, etc.
Explicaré
ahora las vicisitudes de Inteligencia que condujeron a la desaparición del
señor Deimos y su camarilla de sabandijas.
Naturalmente,
estaban al acecho de una oportunidad. La crisis de la carne, por ejemplo. Los
enfermos mermaron con el verano y la poca humedad, la Sección Alimenticia
contribuyó con la negligencia burocrática, los de los frigoríficos se vieron
estancados sin carne que enlatar. También se empezaron a acabar las reservas
enlatadas. Faenamos a los de los presidios de alta seguridad, luego a los de
los presidios menores, a los de los hospitales de recuperación siquiátrica,
etc. No recuerdo cuánto duró esta emergencia; pero el asunto empezó a
escurrirse cuando algunos oficiales de Seguridad, por su cuenta, empezaron a
faenar en los barrios bajos. Decretamos algunos degüellos sumarios, para
recordarles la disciplina, pero los hombres no se sostenían. Salían por las
noches y, usando el armamento del cuerpo, carneaban, a veces, solamente para hacerse de un pernil
entrado en grasa, o un par de senos desmesurados que antes habían violado.
Mi
desesperado plan, presentado al Consejo, fue el siguiente. Los subversivos
estaban fichados, como es obvio. De pronto, publicaron un artículo en el diario Verdad Republicana. Virulento,
contra el Consejo. Al día siguiente, replicamos denunciando a los
conspiradores. No podíamos permitir un regreso a la Epoca Moderna, el retorno a
la anarquía, a la libertad mal entendida, etc. Los muchachos de la televisión
hicieron el resto. Hubo acusados, documentos de la conspiración. Se ofrecieron
recompensas. Mis hombres las cobraron y delataron a conspiradores. Dimos la
oportunidad a éstos para que huyeran. Así esperábamos ahorrarle dinero al
Consejo, matándolos sin juicio alguno, y toda esa farsa de justicia tan absurda
y obsoleta hoy en día como necesaria en el pasado hipócrita.
No
hubo trastornos. Los muchachos huyeron. Matamos en su misma casa a uno u otro
que no quiso huir. La televisión no cesó de informar al pueblo. Había novedad y
promesa de sangre. La gente estaba exacerbada de odio, y canalizaron su odio
por allí, como siempre. Mencionábamos la palabra Nación, Patria, República.
Cortarle
el cuello a Deimos fue una de las sensaciones más extrañas que tuve en mi vida.
Hubo cierta similitud familiar; anteriormente, mi padre fue contra su padre,
luego me cupo no ser menos..
Lo
mandé colgar de las patas (ya no eran pies humanos). Yo estaba dentro del auto,
detrás de los vidrios oscuros, con el aparato en la mano, dando las órdenes.
Luego salí del auto. El tiento le cortó la piel de los tobillos y resbaló
quejoso en el palo verde que lo resistía. Sus brazos, cubiertos de harapos se
balancearon un buen rato, ayudados por el viento de la sierra. Extendí la mano
y me dieron la navaja. Había alrededor mucha gente. Oficiales, soldados,
mirones y nuestros soplones campesinos. La cabeza de Deimos, peluda, sucia de
tierra, resistía sin fuerza. Me reí, como a veces en los entierros me reía, sin
saber por qué precisamente, y Deimos me miró entreabriendo sus abotagados párpados. Hice una señal y entonces
pusieron el balde. Lo tomé de los cabellos, bastante pegajosos, con hojas e
insectos, y tiré un poco. Una garra me tocó, sin llegar a arañarme, y entonces
le abrí el brazo y vi el músculo gris, y entonces la garra de uñas sucias se
puso quieta. No quise alargar el hecho. Fue un tajo seco, generoso. Saltó un
chorro caliente y me manchó el pantalón; fue el primer chorro oscuro, casi
quemante. Luego, la sangre, cada vez más débil, invadió su barba, sus aún
estúpidos ojos azules, su pelo largo y enmarañado, posiblemente seductor de
hembras sin mucho seso. El balde retuvo bastante, no había lugar para el
desperdicio.
Lo
último que vi de su cuerpo laxo, fue su sexo, corto y casi grueso, levemente
colgante hacia un costado. ¡Dios, pensé, ya no ofendería a nadie! Tuve un
impulso hacia él, fueron unos segundos, nada más. Algo extraño. Luego observé,
a través de mis anteojos oscuros, a mis hombres, a los soplones, que me
observaban en silencio.
Debo
decir que la emoción de desangrar a un hombre, de perseguirlo hasta ello, de
imponer el más alto valor en nombre del bien de la familia y de la totalidad
patriótica, de la paz y de la democracia, de la justa propiedad privada, en
fin, y que por añadidura pueda saciar el
hambre de la gente, es algo inefable. El pequeño detalle posterior, de que se
lo coma asado, condimentado, o simplemente de que se lo "sienta", es
un pormenor desdeñable.
A veces, en mis tribulaciones, he comparado la
sensación por el deber cumplido, con la percepción de la magia del espíritu
humano que nos toma cuando uno es aclamado por un millón de personas ciegas,
excitadas, violentamente ensoberbecidas, en un glorioso discurso patriótico.
Demás está pensar que sé con perfección que no todos pueden experimentar esto
último (razonablemente, no todos pueden ser números uno). Pero sí pueden
experimentar algo similar: la sensación del olvido absoluto en el orgasmo de
más sublime labrado.
Pienso
que tal vez en esas percepciones tan refinadas, en el poder de captarlas,
resida nuestra grandeza, rara, discutible, envidiada y sufrida. Hablo de los
que tenemos responsabilidades. Los líderes. De todo, reverbera una gloria casi
eterna, que se pierde en el pasado de la humanidad, donde conviven la
aclamación, la fama ubicua, la espada infinita bautizada con sangre, el cúmulo
del goce, padre y maestro de los que siempre estaremos encima.
Proclamo
esto, que será un documento histórico, como signo de mi respeto por el futuro
de la Humanidad, y la más alta aspiración de los corazones ávidos de felicidad
y comprensión de la Naturaleza. Creo que he cumplido, con obediencia y
humildad. Fui homicida para imponer el bien y la paz en la Nación, como
forniqué para preservar de la nada a la especie. Mi instinto y mi deber morirán
enlazados. Y que no vaya el futuro a confundir amor por la verdad con puntos débiles o nauseabunda
rebeldía. Admito que pueda haber algún mareo producido por el fragor de la
lucha y el correr de la sangre, alguna falta de objetividad. Pero, en la lucha
letal contra la herencia reaccionaria de un demonio con cabeza de hidra, que es
la vieja Envidia, ¿quién aseguraría
una infalibilidad de juicio?
Además, ruego a Dios que la conciencia popular del futuro perdone la efusión y pasión del caso. La justicia y el bien en nombre de Dios nos elevarán, libres de todo baldón por el trabajo bien realizado.
(c) Tarik Carson
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