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EL OLVIDO
Por Gonzalo Hernández Sanjorge
La tarde había comenzado a despojarse de sus luces, dejando que la noche se
impusiera lentamente como una mancha de tinta en un papel rojizo. Douglas Ellsworth,
un joven librero londinense, habría cerrado mucho antes su comercio si la Anábasis,
en su versión original griega, no le hubiera acaparado tan profundamente la
atención. Fue un pausado crujir de pasos sobre el piso de madera lo que le obligó
a levantar la vista de las páginas de Jenofonte y traer nuevamente su atención
hacia aquel ordenado imperio de repletos anaqueles.
-Quiero el libro que tan celosamente le fuera confiado -dijo el hombre que recién
había entrado. En su voz había un ligero tono impersonal.
Las palabras del desconocido le sorprendieron. Le molestó la falta de cortesía
de ese sujeto cuyas ropas exhalaban un vago aroma que le hizo recordar levemente
los jardines donde había aprendido a caminar. Hubiera preferido un saludo, una
sonrisa que le permitiera desplegar sus dotes de anfitrión. Sin poder ocultar
su molestia, incluso consigo mismo porque notó que llegaría tarde a su partida
de cartas de los martes, dejó sobre el escritorio el ejemplar que estaba leyendo.
Señaló -en una frase llena de ironía que le hizo deleitarse íntimamente con
sus dotes retóricas- que eran demasiados los libros que poblaban aquellas paredes,
y a los cuales celaba por igual, como para pretender encontrar el volumen correcto
con una descripción tan poco afortunada.
-Quiero el libro de Abdul Rayat -dijo el desconocido sin molestarse en responder
el sarcástico comentario del librero.
El joven Ellsworth no supo si dejar que el cuerpo entero diera muestras del
escalofrío que le recorrió los huesos o si ponerse a reír a carcajadas, como
solía hacer cuando uno broma le parecía digna de alabanza. Hacía demasiado tiempo
que no escuchaba hablar de esa obra. La rapidez con la que logró recordarla
le hizo saber que nunca la había olvidado realmente. Pudo volver a sentir aquella
mañana en que, siendo él aún un adolescente, su abuelo se la entregó en secreto.
Estaba envuelta en un papel amarillento que el tiempo había ennegrecido. Un
grueso hilo alrededor acrecentaba el misterio. Entre susurros le fue dicho que
la lectura de aquel extraño texto tenía la facultad de quitar la inmortalidad
a quien la poseyera, incluso a Dios, si es que existía. Su abuelo le había hecho
jurar que cuidaría el libro por si alguna vez alguien pudiera necesitarlo y
que por ningún motivo intentaría destruirlo o recibir dinero a cambio de él.
Douglas jamás mencionó nada acerca de ese libro, ni siquiera cuando unas semanas
después su abuelo fue llevado a una clínica donde eran recluidos algunos ancianos
seniles. Guardó silencio no porque creyera estar en posesión de algo valioso,
sino porque de esa forma se demostraba a sí mismo ser capaz de cumplir su palabra
a la vez que evitaba agregar un nuevo comentario vergonzoso a los muchos que
ya su familia pronunciaba acerca de su abuelo.
Todo ello volvió de manera confusa a su mente, como si de pronto adquiriese
un significado que no había podido prever. Maquinalmente se dirigió hacia la
puerta, caminando torpemente mientras prestaba atención a tanto recuerdo. Tras
cerrar con llave la puerta, lo cual hizo no sin cierto temor, escuchó nuevamente
la voz de aquel extraño sujeto que comentó algunas cosas sobre su vida, con
la esperanza de ser creído.
Comenzó diciendo que el primer nombre que reconoce haber tenido fue Plubio Marcio.
Estableció su nacimiento en la antigua Roma, durante el gobierno de Nerón. Eso
había ocurrido el mismo día en que alguien diera el aviso de que la higuera
ruminal, que mucho antes había dado sombra a Rómulo y Remo, volvía a reverdecer.
Todos creyeron que esa coincidencia era el augurio de que tendría un destino
sin igual. Nadie había logrado acertar la increíble forma en que eso terminaría
por ser cierto.
Contó también, que como integrante de las legiones romanas fue enviado a la
extraña Armenia. Allí tuvo oportunidad de escuchar comentarios de viajeros referidos
a tierras llenas de enormes riquezas, las cuales eran atravesadas por un río
cuyas aguas otorgaban la inmortalidad. Decían quienes contaban esas historias
que los habitantes de ese lugar eran seres desgraciados, hastiados del tiempo
y que todo lo despreciaban.
Movidos por la codicia, él y otros cuatro legionarios abandonaron las filas
del ejército. Decidieron ir a la búsqueda de aquellos sitios esperando obtener
un fácil botín y poder regresar enriquecidos a Roma. Pero a poco de andar se
extraviaron en tierras agrestes y peligrosas. Vagaron sin rumbo entre el dolor
y la muerte. La muerte logró vencer a sus compañeros, no a él. Un día, resignado
a que todo había sido un error, sacó su espada y la clavó justo en su corazón.
Sintió en la cansada carne el ardor del acerado filo. Hubo también unas gotas
de sangre, pero continuó con vida. Comprendió entonces que se había convertido
en inmortal aunque en su trayecto no había encontrado río alguno. Nunca conoció
la causa del aciago prodigio, pero entendió los peligros de tan sólo atender
a las palabras que no hacen el centro de lo que se cuenta.
La voz de Pubio Marcio sonaba sin entonación alguna, como si no hablara de sí,
sino de otro, de algo que había escuchado y repetido hasta el cansancio. Si
alguna vez se había alegrado de su particular condición de inmortal, ya nada
quedaba de esa alegría. Había descubierto que quien no puede morir, condenado
a perderlo todo, está obligado a no amar nada para hacer menor el sufrimiento.
Poco comentó del tortuoso recorrido desde aquel día en que su espada no le quitó
la vida hasta ese otro día del siglo XIX en que pedía a un joven librero londinense
un texto para devolverse la muerte. Poco comentó y mucho dejó entrever.
Había conocido todos los placeres y todos los tormentos. Ejerció la vida y la
muerte en todas sus dimensiones. Recordaba algunas cosas aunque había olvidado
la inmensa mayoría, lo cual agradecía señalando que el olvido es una forma de
la muerte. De todo cuanto existía eran los libros lo que más amaba y lo que
más profundamente detestaba. Alguna vez creyó poder encontrar en ellos la sabiduría.
Luego se daría cuenta que la imprenta, ese invento que él había ayudado a perfeccionar,
había cometido el pecado de hacer del mundo un laberinto infinito mediante la
multiplicación de lo que ni siquiera merecía ser mencionado. Confesó, no sin
arrepentimiento, haber escrito un poema de amor. Sólo podía recordar un único
verso que decía "soy un ciego palpándote el alma".
Nada explicó acerca de cómo descubrió el paradero de esas páginas de insólitos
poderes. No importaba. Ante el fantástico e incomprobable relato de Plubio Marcio,
Douglas Ellsworth sintió la misma pena que había sentido antes por su abuelo.
Por eso, sin preguntar ni garantizarle nada, le pidió al inusitado visitante
que lo acompañara hasta el sótano. Ese era el único sitio donde aún podía estar
el texto de Abdul Rayat.
El sótano era un lugar oscuro, húmedo, repleto de volúmenes sin valor de los
cuales Douglas nunca se había atrevido a deshacerse, acaso por un sentimiento
de pudor o de piedad. Cuando estuvieron allí, mientras él se ensuciaba las manos
apartando cajones, escuchó que Plubio Marcio dijo unas palabras, o algo que
él creyó eran palabras, en un lenguaje que nunca antes había escuchado ni volvería
a escuchar después. Luego, un pesado paquete cayó al piso. Douglas recordó que
ese era el mismo atado que su abuelo le entregara. Al abrirlo, el joven librero
vio por primera vez las tapas de tan singular libro, las cuales estaban trabajadas
a mano. Plubio Marcio pidió que lo dejara a solas y el joven Ellsworth, salió
cerrando la puerta tras de sí.
Durante horas Douglas permaneció inquieto, pero sin atreverse a molestar a su
visitante. A medida que la hora pasaba, más fantasías distraían su pensamiento,
sin acertar a decidir cómo obraría aquella obra. Ya cerca del alba, sin haber
podido dormir, se animó a espiar. No vio nada. Es decir, vio tan sólo el libro
abierto y colocado sobre el suelo. Abrió la puerta. No encontró ningún rastro
de Plubio Marcio. El volumen estaba abierto en hojas donde no había nada escrito
y en las que creyó notar una pequeñas manchas de color sangre que poco a poco
se fueron borrando hasta que desaparecieron por completo.
Lo que pasó aquella noche siempre le parecería muy extraño a Douglas Ellsworth.
Esto sin mencionar que, luego de haberla guardado cuidadosamente, jamás volvió
a encontrar la obra de Abdul Rayat. No se animó a comentar lo ocurrido con nadie.
Muchos años después, durante una mañana de octubre, el barco en el que viajaba
Douglas Ellsworth, ya casi un anciano, se hundía atrapado en una feroz tormenta.
Ante el peligro de la muerte, Douglas recordó toda su vida, deteniéndose en
aquel incidente con un hombre que dijo llamarse Plubio Marcio. Ya en el agua,
tratando de asirse a cualquier cosa que flotara, Douglas quiso encontrar cuál
era la verdadera relación de aquellos sucesos con su vida. Pensó nuevamente
en su abuelo. Por primera vez reparó en que el incendio que había destruido
el hospital donde estaba el anciano hizo imposible reconocer ningún cadáver.
Vinieron a su mente un tropel de preguntas que no pudo contestar. La certeza
le pareció algo lejano e intangible. Recordó que Plubio Marcio había señalado
que el olvido era una forma de la muerte, creyó recordar que dijo también que
la memoria era la única manera de comprobarnos nuestra existencia. Pero fue
incapaz de recordar si todo aquello lo había soñado o vivido o leído o, acaso,
se lo habían contado. Estuvo a punto de gritar un insulto por no poder determinar
qué era lo que en verdad había pasado. Pero antes de que pudiera decir nada
las aguas lo cubrieron para siempre.
(c) Gonzalo Hernández
Sanjorge (este cuento pertenece al libro inédito "Requiem para un manojo
de espejos rotos")
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