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PARICIÓN
Por Juan Carlos Muñoz Eyzaguirre
Tu madre ha esperado por ti, lo mismo que tú para nacer.
Las ansias de salir provocan en tu madre las dolorosas, pero esperadas contracciones.
Ella sabe que estás ávido de vivir nuevas emociones, de ver otros entornos,
otros ambientes. Que quieres experimentar otras sensaciones, otros sentimientos.
Que quieres ser partícipe de tu vida, de tu otra realidad.
Ella, procurará tu nueva vida silenciosamente, ideará tus situaciones, proporcionará
tus gustos, tus necesidades, tus deseos.
Ahora que ha llegado el gran día, está dispuesta a darte todo esto, todo lo
que ha planeado para ti.
Te hará olvidar las reminiscencias de tu vida anterior, para que no estorben
tu nueva realidad. Porque los viejos temores, te harán vacilar cuando camines
por lados oscuros, cuando la noche te amenace con la soledad. En tu primera
vez, al mirarte y no encontrarte; cuando vueles, cuando te desplaces a la velocidad
de la luz, al saberte inmortal.
Estas son las últimas pujadas, sólo debes acomodarte y adoptar una postura relajada
para lograr un buen nacimiento.
Así, como lo hace ella que, tranquilamente, se posa en cuatro patas a la orilla
del mar; con sus uñas desgarra levemente el ombligo para que las próximas contracciones,
lo abran poco a poco y naturalmente, hasta dejarte caer.
Ven, ya estás preparado para vivir lo que tu madre te promete.
A lo largo de este nuevo destino que te entrega, aprenderás el significado de
muchas cosas.
Ajeno a la muerte, vivirás cuanto te otorgue.
Estará allí, siempre allí. Presente o tácitamente. Como el ángel de la guarda
con su niño, como un guía y su discípulo, como un amante, como la conciencia.
Ahora que sueltas los últimos hilos que te atan a tu vieja imagen, búscala como
ella lo hace; con los ojos, con los brazos, con los dientes.
Acurrúcate bajo sus alas. Siente su calor maternal. Su olor, el mismo que te
acompañará durante tu vida.
Bésala, sin temor abraza su cuerpo ambiguo. Ella te huele y acaricia con sus
garras tu suave piel. Te lame para limpiar tu nueva figura de restos de viejas
envolturas. Te acerca a su escamada forma y sus garras comienzan a dañar tu
pellejo.
Crees que es amor efusivo, que la felicidad de tenerte es incontrolable al ser
madre.
Pero sus colmillos también comienzan a desgarrar tu piel, aunque saben a besos
colmados de alegría.
No eres el primogénito, ni tampoco serás el último en nacer, pero es una regla
natural de tu especie, que tu madre comience a devorar tu cuerpecito, aún con
más ansias que en tu alumbramiento.
Después de todo, es la única manera de cumplir con su promesa: el inicio de
tu nueva vida.
(c) Juan Carlos Muñoz
Eyzaguirre
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