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EL PARTO
Por Andrés Díaz Sánchez
Abrió los ojos y vio el atardecer, rojo y franjas amarillas, un cielo sangriento
sobre los verdes y cimbreantes campos, salpicados aquí y allá de inquietos bosques.
El Sol murió, viejo, lento y silencioso. Luego, la oscuridad.
Alzó la cabeza cuando las parturientas llegaron, como un ejército de furiosas,
macizas, repletas madres, arrastrándose sobre la piel del firmamento, con prisa,
viejas, viejísimas: las viejas nubes. Y entre aquellas y lúgubres damas cabalgaban
los jinetes de fuego, blanco electrizante sobre gris oscuro, un fulgor terrible,
intolerable que iluminaba por momentos la faz de las nubes, descubriendo las
terribles formas, los rostros iracundos, los cuerpos hinchados, bulbosos y deformes.
Durante un latido los alumbraban y los buches gibosos pugnaban por esconderse.
Pero al instante siguiente todo era oscuridad. Brillante y gris, encendido y
apagado, fuego y negrura, mientras los rayos reían a carcajadas con descomunales
rugidos aquel juego del gato y el ratón. Las nubes se hinchaban, las grandes
señoras del cielo engordaban insanamente, iluminadas por jirones de impúdica
luz. Pero seguían arrastrándose, por aquí venía un grupo de ellas; por allá
otro, tragándose el cielo con voraz ansia y engordando y engordando y engordando
de forma obscena, terrible...
...Hasta que ya no hubo estrellas ni limpia oscuridad, sino una bóveda de carne
gris. Y los relámpagos heraldos bajaban hasta la tierra y la hacían saltar en
pedazos y la abrían en llamaradas, como el martillo que aplasta el metal incandescente
contra el yunque.
El aire se llenó de tensión, preñado de furia contenida, las chispas volaban
y morían, enloquecidas y alegres en su fugaz vida. Algo en el cielo reventó,
el parto dio comienzo: las nubes se fundieron bajo el cálido y doloroso abrazo
de los señores relámpagos. Y cayeron, cayeron gritando con suave y desesperado
murmullo, como un grito que exhalaran cientos de gargantas espectrales. Se estrellaron
contra el suelo, eran líquido, cielo fundido, castigadas. Y los truenos rugían
furiosos, sin saber por qué ni por qué no, como ciegos que han perdido la cordura
y bailan y aúllan en la oscuridad, locos que aúllan sin razón concreta. El cielo
lloró, lloró con fuerza durante rabiosas eternidades, como un loco y arrasador
frenesí: aquí un río desbordado, acá una presa rota, allá una cascada en la
montaña. Y los campos verdes fueron inundados, uniendo la lluvia hierba, barro,
flores, animales y rocas en una misma sustancia. Caló en la tierra y vagó hasta
sus más íntimos rincones, donde las criaturas desconocen la luz y el color y
se oye el sordo retumbar del corazón del mundo.
Y lloró el cielo durante horas, hasta quedar sin lágrimas, hasta que no hubo
pedazo de firmamento sin fundir. Corrieron los nuevos manantiales, serpenteando
y buscando ávidamente, y siguieron su fluir, saltando en rápidos y cayendo en
cascadas, como niños traviesos y deseosos de aventura y exploración, hasta cansarse
y reposar en lagos y remansos. La masa amorfa y continua que era ahora la superficie
del mundo descansó de su turbulencia, y hubo paz después del caos.
El parto había concluido. La oscuridad cesaba su ser gris. Un nuevo día asomaba
su clara faz, cíclope poderoso y cegador, despidiendo suave y poderoso calor
liberado de las llamas. Como un bálsamo, suavizaba los dolores y cerraba las
heridas tras aquel traumático nacimiento. El nuevo mundo se engalanó con un
fresco perfume de rocío, obsequiando pureza a lo grotesco y salvaje. Los seres,
los pequeños puntos en movimiento, salieron tímidos para contemplar al nacido
y de nuevo la belleza, la alegría de la vida pletórica y radiante, que no admitía
excusas, inundó los devastados campos. Los anillos del Arco Iris se reflejaron
en los charcos entre el cieno.
Y tras haberlo visto todo, cerró sus ojos y marchó desde la torre de los sueños
hasta la transitoria oscuridad.
(c) Andrés
Díaz Sánchez, 2001.
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