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EL AYUDANTE DE PIRANESI

por Armando Boix

Segunda Parte

Vamos a la Primera Parte

 

Aquella noche soñé con una intensidad que no recordaba haber experimentado en años, pero curiosamente no se produjo el extrañamiento del mundo vigil. Era consciente de estar dormido y al mirar a mi alrededor reconocí el escenario que me rodeaba como el reproducido en el dibujo de Cordiani.

Me encontraba al nivel del suelo, en el amplio salón del que arrancaban todas las escalinatas. Al levantar la vista sentí vértigo. La cúpula estaba increíblemente alta, tanto que una curiosa neblina, como un velo deshilachado, aleteaba entre los puentes tendidos al vacío. Me puse a andar. En algún muro se abría un vano y de él una rampa descendía a las tinieblas. No me atraía bajar; prefería saber a dónde conducían aquellas escaleras aparentemente interminables y si alguna de ellas podría llevarme a las galerías que adivinaba a lo lejos. Fui hasta la más cercana e inicié su ascensión. A los pocos metros empecé a notar fatiga. Me costaba un trabajo excesivo subir los escalones, pues eran muy altos y no parecían estar calculados para una zancada normal, impidiéndome mantener un ritmo que resultara menos fatigoso. Intenté sostenerme en el pasamanos y no hice sino aumentar mi incomodidad. Con una altura que llegaba hasta mi hombro, más que ayudar, obligaba a una posición forzada y sumamente incómoda. Renuncié a usarlo y continué subiendo sin su sostén.

Al llegar al primer rellano me concedí unos instantes de reposo. Era una explanada embaldosada casi tan grande como la inicial y servía de punto de arranque a nuevas escaleras. Para no confundirme decidí ignorarlas y seguir la tomada en un principio. Ahora se estrechaba un poco y se enroscaba alrededor de una columna de no menos de veinte metros de diámetro. Al subir e ir girando, la escalera quedó encajada entre la columna y el muro exterior y una súbita oscuridad me rodeó. Sin darme cuenta apenas, aceleré el paso. No me gustaba; me sentía perdido y vulnerable, avanzando casi a ciegas. Por fortuna, en su curva la escalera se desató del abrigo de la columna y fue ha desembocar a una terraza iluminada. Suspiré con alivio y me detuve. Me asomé al barandal para observar el camino que había seguido en mi ascenso. Un espasmo de terror me sacudió.

En el punto en el que la escalera se ocultaba tras la columna, vi una sombra deforme proyectarse contra el muro por un instante, antes de perderse en la negrura. ¿Qué la había proyectado? Algo estaba subiendo y seguía mis pasos. El miedo se aferró a mis entrañas; crecía, se encaramaba, buscando asaltar mi mente. No quería dejarme llevar por el pánico, pero por primera vez se me ocurrió pensar que podía no estar sólo en el edificio y, según indicaba la desproporción en todo cuanto me rodeaba, su morador estaba lejos de ser humano.

Un timbre me arrancó de la pesadilla. Abrí los ojos, pero no me moví, dejando desvanecerse la horrible sensación que me dominaba. El campanilleo empezó a hacerse insoportable y lancé un manotazo al despertador para hacerlo callar. ¡Qué alivio! ¿Ha sufrido alguna vez un accidente y ha salido bien librado? ¿Sí? ¿Reconoce esa huella que queda en el cuerpo, esa aspereza en el paladar, ese temblor, que aun sabiéndote a salvo renuncia a calmarse? Sudaba, y el corazón marchaba desbocado. Me incorporé. Estaba cansado, me dolía cuello y espalda, y notaba las pantorrillas tensas. Me las froté temiendo un tirón. No recordaba haber pasado una noche como aquella. Miré el reloj despertador. Las ocho. Llevaba, pues, diez minutos sonando antes de conseguir despertarme. Me sorprendió. Normalmente soy de sueño ligero y basta una pequeña algazara en la calle para hacerme brincar de la cama.

Pensando todavía en las imágenes de la pesadilla, me vestí con rapidez. Odio llegar tarde, aunque no deba rendir cuentas a nadie. No puedes imponer a tus empleados respeto por el trabajo si tú no empiezas por cumplir con él, ¿verdad? Me salté el desayuno habitual, más reposado, y me conformé con tomar un café con leche y un croissant en un bar. Llegué a la oficina a las ocho y media, como tengo por costumbre.

Probablemente la tensión debía transparentarse en mi rostro, pues Beatriz no hizo ninguno de sus acostumbrados comentarios humorísticos. Menos mal. Estaba irritado y no me apetecía andar de cháchara. Me encerré en el despacho para trabajar. Mi socio iba a estar en una convención el resto de la semana y debía atender solo el trabajo acumulado. Había varios recursos de casación en curso y un montón de papeleo por examinar. Tomé el primer legajo y lo abrí. Supongo que empecé a leerlo; no recuerdo nada de su contenido. Enseguida me puse a pensar en el dibujo, a repasar sus detalles en mi memoria, comparándolos con lo visto durante el sueño. No podía quitármelo de la imaginación, me obsesionaba. Sentí la necesidad de contemplarlo. Por más que intenté una y otra vez centrarme en el trabajo no lo conseguí. Pasaron los minutos, las horas. Hacia mediodía, comprendiendo la inutilidad de mis esfuerzos, acabé por ceder. Podía concederme el marchar temprano, aunque supusiera andar al día siguiente con el agua al cuello. Le dije a Beatriz que no me encontraba muy bien y me iba a casa. No pareció sorprenderse. Al salir hacia la calle observé mi imagen en los espejos del recibidor y descubrí mi rostro ojeroso e hinchado. Tal vez no hubiera mentido, a fin de cuentas, y todo mi cansancio y falta de concentración se redujera a una gripe. Me prometí tomarme un vaso de leche y meterme en la cama con una bolsa de agua caliente.

Pero cuando llegué a casa la desazón se desvaneció; coger en las manos el dibujo y sentirme eufórico de nuevo fue todo uno. Resultaba no ser otra cosa que un niño encaprichado con su muñeco nuevo: ahí acababa el problema. Me encantaba la nueva pieza de mi colección y me molestaba abandonarla para ocuparme de los aburridos asuntos cotidianos. ¡Realmente era una aguada preciosa, con aquel contrastado claroscuro! Decidí protegerla y buscarle un lugar de excepción, sin entregársela a un enmarcador. Todavía no; no habría soportado desprenderme de ella. Descolgué un cuadro de la pared más despejada del estudio, lo desarmé, retiré la lámina y coloqué en su lugar el dibujo de Cordiani. Quedó perfecto; ni hecho a medida. Disfruté del efecto del vidrio sobre las medias tintas, que adquirían ahora una nueva riqueza. Avancé y retrocedí varias veces, me desvié a los lados, hasta encontrar el lugar ideal para su contemplación. Una vez lo tuve localizado, traje una butaca y la coloqué allí. ¡Sí! ¡Qué hermoso era! Pasé toda la tarde sentado, sumido en un sopor placentero y admirando la sutileza de las líneas, de la composición, la perfección de su perspectiva. Era ya muy tarde cuando me impuse la obligación de cenar algo. A pesar de haberme saltado el almuerzo no sentía apetito. Preparé varios emparedados, los masqué con desgana, y luego me tumbé en el sofá del comedor para ver las noticias de la televisión.

No tardé en dormirme.

Penetré en un pasillo. Recuerdo que tomé una de las antorchas fijadas a la pared para iluminar mi camino; por más que la alcé sobre mi cabeza no pude distinguir nada, solo negrura a mi alrededor. Avancé a paso vivo, con urgencia. Tenía miedo de algo, no sabía de qué.

De tanto en tanto el pasillo se bifurcaba. Tomaba siempre el de mi derecha, pero al llegar a una encrucijada creí reconocer unas cariátides y me di cuenta de que así no hacía más que dar vueltas y regresar al mismo sitio. A partir de ese momento fui alternando los corredores de izquierda a derecha y cuando encontré una escalera subí.

Después de horas andando llegué a una puerta de hierro. La empujé y aunque pesaba bastante giró sobre sus goznes sin un chirrido, engrasada perfectamente. Lo que vi me desconcertó. Estaba en una sala inmensa, igual a la que había conocido el día antes. ¿Regresaba al punto de partida? Imposible. Mi ruta había sido siempre en continuo ascenso; no podía haber vuelto abajo. Sin duda se trataba de un nuevo vestíbulo, la entrada a otra red de pasillos, puentes y galerías. Acaso aquel edificio no tenía fin y, caminara hacia donde caminara, sólo acabaría por llegar a un nuevo principio... La idea me mareaba y me negué a aceptarla. Por más que fuera consciente de estar soñando, en mi fuero interno quería suponer alguna lógica en el trazado de aquel lugar, aún no discernible pero existente. Decidí, pues, continuar mi viaje por el laberinto, no tomando en esta ocasión la primera escalinata que encontré a mi paso, sino otra situada al fondo de la nave. Subí.

Con el cansancio acumulado tras tanto deambular por el edificio y con la incómoda sensación de estar desenredando un ovillo que alguien se complacía en volver a liar detrás mío, el ascenso me pareció aún más difícil que los anteriores. Al rato me detuve y me senté en uno de los peldaños para recuperar el aliento. No debí hacerlo. Me ardían las plantas de los pies y las pantorrillas me palpitaban con un dolor sordo. Me di cuenta de que había apurado mis fuerzas y había estado avanzando por pura inercia; una vez detenido me iba a costar mucho arrancar de nuevo.

Entonces oí el tañido.

Venía del vestíbulo y sólo podía haberlo producido la puerta de hierro al cerrarse. Sentí el corazón en la garganta. No hay corriente de aire capaz de mover aquella hoja y sólo alguien muy fuerte es capaz de empujarla con la necesaria violencia para hacerla sonar de aquel modo.

Me incorporé; las piernas cedieron y caí de rodillas. Aunque la adrenalina espoleaba mis músculos, éstos no encontraban energía a la que recurrir. Cuando me di cuenta lloraba como un niño y estaba ascendiendo empujándome con los codos. Alcancé un rellano al que se abrían varias habitaciones. Conseguí apoyarme y ponerme en pie, más mal que bien. Entré en una de las estancias. Si algo me seguía el rastro era consciente de que jamás podría huir en aquel estado: debía encontrar un escondite. La habitación no me ofrecía ninguno, pero al fondo aparecía una puerta y detrás arrancaba otra escalera, más angosta. Bajo ella quedaba un hueco. En su rincón más oscuro, a un metro de altura, se abría un agujero del tamaño de un nicho. Me asomé y vi que se hundía profundamente, descendiendo con una leve inclinación.

Abandoné la antorcha, me embutí en su interior y me arrastré algunos metros. Resultaba muy difícil moverse allí dentro, con sus paredes laterales ciñéndose a mis hombros y obligándome el techo a bajar la cabeza. Estaba metiéndome en una maldita ratonera, pero no tenía ninguna posibilidad de continuar adelante sin recobrar fuerzas.

Era imposible adivinar qué profundidad tenía el agujero y tal vez condujera a alguna salida más adelante; sin embargo, cuando las tinieblas me envolvieron por completo, dejé de arrastrarme, pues me aterrorizaba la idea de que el túnel concluyera de repente en algún pozo. Giré y me coloqué de espaldas. Aguardé inmóvil. El tiempo pasó, con el miedo estirando los minutos como pequeños pedazos de eternidad. Sólo sé que de pronto ya no estaba sólo.

En un principio no oí nada. Noté como una vibración en el aire, un cosquilleo que me erizaba el vello. Contuve la respiración. Un sonido, un leve susurro apenas perceptible, aumentaba de volumen con enervante lentitud. Miré la boca de luz abierta a mis pies. El susurro se había convertido en el nítido arrastrar de un cuerpo pesado sobre la piedra. Un hedor intenso y dulzón, de cosas muertas, emponzoñó el aire. La claridad se eclipsó. Algo se había detenido ante la entrada de mi escondite. Y aguardaba.

Incluso el sudor que me bañaba pareció detenerse, helado, para aterir mi piel. Cerré los ojos. Nunca he estado tan quieto. Contaba cada latido de mi corazón, rompiendo contra mi pecho, y apenas me atrevía a exhalar el aliento retenido. Recé e inventé oraciones para conjurar la sombra. No debió permanecer allí más de un minuto, estoy seguro; nadie puede resistir por más tiempo un terror tan intenso. Cuando me atreví a inclinar la cabeza y mirar a la entrada del túnel me sentí viejo y agotado, como si toda una vida se hubiera escurrido entre mis dedos. Mi perseguidor se había marchado. Sollozando di gracias y renové mis promesas. Me abracé para intentar detener el temblor convulso que, de golpe, se apoderó de mí. No logré contenerme.

Aún tiritaba al despertar. El sol se vertía dentro del comedor a través de las ventanas, limpio, cálido, con un vigor reconfortante. Escuché una voz. Me incorporé, con el cuerpo dolorido por haber pasado la noche en el sofá, y descubrí una muchacha dando cuenta de las noticias desde el televisor encendido. Me dije que debía ser tardísimo, si el día brillaba con aquel esplendor. Consulté el reloj de pulsera. Me quedé de piedra, con la sensación de que algo se había roto en el buen curso de mi vida. La una. El reloj marcaba la una y la claridad exterior no lo desmentía. ¿Cómo había sido capaz de dormir tanto?

De acuerdo que al quedarme dormido en el sofá no contaba con el despertador; pero incluso así no lo entendía. ¡Había dormido durante catorce horas! Ya le he dicho antes que soy de sueño ligero y ni siquiera el sonido del televisor a considerable volumen me había perturbado en lo más mínimo. Tenía que estar enfermo; sólo algún trastorno físico explicaría aquel sueño absorbente, el cansancio, la incapacidad para concentrarme... Y las pesadillas recurrentes.

 

Vamos a la Tercera Parte de EL AYUDANTE DE PIRANESI

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(c) Armando Boix
 

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