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EL AYUDANTE DE PIRANESI

por Armando Boix

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Me impuse un poco de calma; antes que de mí, debía preocuparme de otros asuntos. Ya el día antes me había marchado del bufete dejando trabajo atrasado y al siguiente no se me ocurría otra cosa que dormir hasta pasado el mediodía. Fui al teléfono y marqué el número del despacho. Beatriz contestó inmediatamente. La noté preocupada. Había llamado a casa en un par de ocasiones durante la mañana, me dijo, para preguntarme si continuaba enfermo. Por un momento el desconcierto me redujo al silencio; al final respondí que sí, que mi gripe había empeorado, pasando una mala noche, y por eso tomé el somnífero que no me había dejado oír sus llamadas. Ya me encontraba mejor, añadí enseguida. Le pedí que anulara mis citas del día y enviara un mensajero con los recursos de casación pendientes de examinar, para poder trabajar algo. Beatriz asintió y se ofreció a acercarse por casa al cerrar el bufete y echarme una mano. Se lo agradecí, aunque rechacé su oferta. Si algo tenía claro era mi necesidad de estar solo y pensar en lo que me estaba sucediendo.

Aunque lo intenté, no conseguí comer nada. Sentía el estómago revuelto y un tremendo cansancio, como si realmente hubiera estado andando durante horas. Me duché, me puse ropa limpia y, ya con la cabeza más despejada y los documentos, que mientras tanto había traído un motorista, me dispuse a emplearme de una vez por todas en algo productivo.

Al entrar en el despacho y sentarme tras la mesa únicamente tuve ojos para el dibujo. Lo había colocado en un lugar estratégico, delante mío y a la altura de la mirada, sin saber cómo iban a cambiar mis sentimientos hacia él, pues la admiración empezaba a transformarse en repulsión. No era tan ciego que no reconociera en el tema de la aguada el escenario de mis pesadillas, y la coincidencia entre su regalo y el inicio de mis problemas resultaba demasiado sospechosa. Casi sin darme cuenta, la perplejidad me hizo considerar ideas que pocos días antes habría creído absurdas; pero contemplando aquellos espacios cruzados por una maraña de pasadizos y escaleras volví a repetirme que no era normal la intensidad de mis sueños, que tal vez alguna extraña magia los ligaba a la obra de Cordiani.

¿Sonríe? Parece absurdo, es verdad. También mi primer impulso fue concluir que todo se reducía a un irritante caso de persistencia. Igual que durante días no puedes evitar tararear una y otra vez una melodía pegadiza, mi entusiasmo por el dibujo se había transmitido a mis sueños. Pero poco a poco empecé a hacerme preguntas y las conclusiones a las que desembocaba no me gustaron en absoluto.

¿Acaso el dibujo poseía alguna clase de poder hipnótico? ¿De dónde procedía su facultad fascinadora? Inspiradas en el trabajo de Cordiani, según sabía ahora, Giambattista Piranesi realizó por dos veces diferentes versiones de su serie de calabozos, las Carceri d'invenzione, con una intensidad y una capacidad aterradora creciente, como si luchara contra una imagen que le obsesionaba, como si su repetición supusiera un exorcismo. Al consultar el libro de Kenneth Clark sobre los artistas románticos me llamó la atención un comentario donde señalaba la hipótesis de que el veneciano hubiera buscado la inspiración en el uso de las drogas, como hiciera Coleridge. Yo afirmo, por experiencia, que Piranesi ejecutó los grabados atormentado por el más poderoso de los alucinógenos: las pesadillas.

De los estudios de Arnheim sobre psicología de la percepción sabía que, al recibir una imagen, el cerebro desencadena un proceso mucho más complejo que la simple y literal lectura de sus formas. Evalúa, traduce y frecuentemente distorsiona; ciertos mecanismos innatos, combinados con otros de carácter cultural, pueden conseguir, por ejemplo, que según la posición ocupada sobre el papel, una misma mancha de tinta transmita una sensación de calma o por el contrario parezca inestable e intranquilice al observador. Si a un establo pintado de rojo acuden más moscas que a otro de azul, como se ha comprobado experimentalmente, ¿no podrían formas y colores ejercer alguna clase de influencia física, más allá de la psicológica? Muchos lo han creído así, y no sólo los primitivos que intentaban propiciar la caza dibujando a sus presas en las cavernas. En algunos lugares del mundo aún hoy te buscas problemas fotografiando a la gente, pues afirman que poseyendo su imagen capturas también su alma. Durante siglos -basta hojear cualquier manual de ocultismo para comprobarlo- los símbolos gráficos fueron elementos consustanciales a toda operación mágica. El círculo protege, el pentagrama remite al hombre y al microcosmos... Cada demonio posee un símbolo propio que es necesario trazar si deseas invocarlo. Incluso si nos volvemos a fuentes más respetables podemos encontrar a Platón, para quien los poliedros regulares se corresponden con los elementos, en una suerte de caligrafía con la cual Dios ha escrito el Universo.

Me preguntaba qué secretos de la geometría aprendió Cordiani en su estudio de las catedrales, a qué mundos tenebrosos servían sus dibujos como llave.

Sí, yo era el primero en darme cuenta de cómo me dejaba dominar por la fantasía; la visión de aquel dibujo tenía el curioso efecto de hacerme perder cualquier criterio lógico. Al comprender hacia dónde derivaban mis razonamientos me puse de nuevo en pie. Fui hacia el cuadro, lo miré un instante; vencí la indecisión. Lo descolgué y lo dejé boca abajo sobre una silla.

Con cierto alivio descubrí que así me resultaba mucho más fácil centrarme en el trabajo, pues lo último que deseaba era pasarme la tarde pensando en las lóbregas mazmorras de Cordiani. La lectura de los legajos, a menudo tan pesados, fue entonces un bálsamo de olvido. Hacia las ocho y media acabé con el último recurso y los empaqueté todos para llevármelos al día siguiente. ¿Qué hacer a partir de ese momento? Aunque no me lo confesara, en algún lugar de mi mente titilaba una luz roja de advertencia ante la llegada de la noche. No me apetecía sentarme a leer o ver alguna película, y entre semana no era fácil encontrar un amigo al que las obligaciones familiares y laborales permitieran acompañarme a tomar copas. Necesitaba moverme.

Salí de casa, saqué el coche del garaje y conduje por las calles de Barcelona sin un destino concreto. Llegué al extrarradio y durante horas vagué por suburbios a los que nunca había visitado y para mí se manifestaban como un país extranjero. Era de madrugada cuando me encaminé a casa cruzando la ciudad por las Rondas. Con todo lo dormido, sentía los párpados pesados y un picor en los ojos que me obligaba a cerrarlos. La luz de las farolas se espesaba y lloraba largos calendizos de purpurina sobre el asfalto... Los neumáticos rozaron la mediana, emitiendo un fuerte tableteo. Di un volantazo a la derecha y un coche, al que no rocé por apenas unos centímetros, descargó furioso el claxon antes de perderse en la lejanía.

Estuve a punto de matarme. Sin darme cuenta me había quedado dormido al volante, por suerte en un tramo recto. Hecho un flan, reduje la marcha y abandoné la vía rápida por el primer desvío. Estaba lejos de casa, en algún lugar de los alrededores de Glorias, pero no me atrevía a seguir conduciendo. Aparqué en un solar, incliné el asiento del coche y, aún nervioso por el incidente, me dispuse a dormir, olvidando por completo los recelos.

Como una bestia agazapada a la espera de su víctima, la pesadilla saltó otra vez sobre mí. Los corredores sombríos, las cadenas, la piedra húmeda y enmohecida regresaban, pero yo no andaba. Corría. Corría porque sentía a la cosa detrás de mí; porque oía su arrastrar, veloz ahora; porque me quemaba en el paladar el hediondo olor de la putrefacción. No lograba escaparme. Por más que me esforzara en aumentar la velocidad de la zancada, los sonidos a mis espaldas no se distanciaban, sino permanecían constantes. Parecía sometido a un juego cruel, pues a aquello que me perseguía le habría bastado en cualquier momento alargar sus zarpas para atraparme, tan corto espacio nos separaba; pero no lo hacía, por malicia, por pura diversión, regodeándose en mi terror, buscando aumentar el placer que le proporcionaba.

Sólo en algunos sectores del edificio especialmente intrincados creí perderle por momentos, llegándome su resollar no ya de detrás mío, sino apagado por algún muro interpuesto. La ilusión se desvanecía al doblar alguna esquina y descubrir, por un brillo repentino en la oscuridad o un murmullo disimulado, que había abandonado el rastro para dar un rodeo y atajarme.

Habría jurado que transcurría un siglo, que mi huida se desarrollaba sobre una de esas cintas móviles donde es imposible avanzar. No había medida para el tiempo en aquel edificio de ventanas inalcanzables: la luz apenas cambiaba con las horas y sólo entregaba una claridad mortecina, gris, de albor invernal, como si el mundo acabara en los límites de piedra de aquella prisión y nada existiera mas allá, salvo un limbo sin día ni noche.

Corría, sí. Corría sin parar, corría ciegamente, gimiendo de angustia por no saber cuanto me quedaba antes de ser capturado. Porque de que me iba a coger no cabía ninguna duda. Tan obcecado estaba que no me di cuenta de los golpes hasta que la cosa bramó molesta. Eran unos impactos lejanos, casi inaudibles, como una nota grave de órgano, aunque se multiplicaban en forma de eco por las bóvedas de las galerías. Los muros empezaron a vibrar. Desvaídos, se enturbiaban repentinamente faltos de peso y consistencia. Me detuve, intenté tocar uno y vi a mi mano atravesarlo: no habría sentido menos oposición si hubiera probado a palpar la niebla. Me arrojé contra la pared y la crucé, encontrándome al otro lado. Mi perseguidor gruñía, en una mezcla de furia y dolor. Aunque estaba al borde de la extenuación, viendo que de algún modo se me brindaba una oportunidad, hice acopio de fuerzas y me alejé a la carrera por el nuevo pasillo. Los golpes se hicieron más fuertes y la bestia rugió de nuevo, esta vez sin desconcierto. Semejaba una fiera que se revuelve y entabla combate. Los muros dejaron de temblar, recobraron cuerpo; se apagaron los golpes. Mi auxiliador, fuera quien fuese, había fracasado y la cosa recobraba su dominio sobre el reino de los sueños.

Había obtenido alguna ventaja, sin embargo. El pasillo me condujo a otro más ancho, sin apenas bifurcaciones. Parecía un corredor principal... ¿Una salida? No me atreví a abrazar demasiadas esperanzas. Lo seguí por más de cien metros y al final tropecé con una puerta metálica, similar a la encontrada la noche anterior sirviendo de acceso a uno de los vestíbulos. Me apoyé en su hoja para abrirla. La cosa aulló.

Me volví hacia la voz y vi que había encontrado mi pista. Estaba aún distante; pero avanzaba deprisa y aceleraba. No podría detallar su aspecto; el recuerdo es confuso, apenas una cicatriz en la memoria, como si su forma no se ajustara a ninguno de los moldes para los que inventamos las palabras: sólo guardo una impresión de asco y una forma borrosa y negra, vagamente esférica, todo dientes y garras rebotando contra los muros en su apresurado avance.

Empujé la puerta. Entré y cerré a mis espaldas. Con desesperación, busqué alrededor algo para afirmarla. Arrumbada contra la pared encontré una viga de madera. La levanté y la inserté en las guías que a tal fin poseían muro y puerta. Justo a tiempo. La hoja de hierro se sacudió bajo un fuerte impacto. Un instante de silencio. Otra sacudida. Esperé, expectante, a que la cosa arremetiera de nuevo; pero no lo hizo. Se había rendido, y demasiado pronto como para sentirme tranquilo. ¿Por qué? ¿Por qué no intentaba derribar la puerta? Una risa, dentro de la sala, me revolvió las entrañas. Y, al descubrir quién la había emitido, grité.

Me desperté preso del pánico, con los puños prietos y los cabellos revueltos y empapados en sudor. Los golpes habían regresado y estallaban contra mi sien. Existían; no eran una alucinación más. Levanté la cabeza apoyada contra la ventanilla. Un policía llamaba al cristal con los nudillos; le miré sin acabar de comprender dónde estaba y qué hacía allí. El agente se inclinó para mirar al interior del coche y me preguntó si me encontraba bien y por qué estaba gritando. Giré la llave en el contacto y bajé la ventanilla. Como pude me disculpé. Expliqué que estaba soñando, que conduciendo de noche me había sentido amodorrado y había decidido detenerme allí para echar una cabezada. El guardia no pareció convencerse -eran más de las cuatro de la tarde, según comprobé después-. Me pidió la documentación. La examinó, me miró atentamente, y tras unos segundos de espera se llevó la mano a la gorra y me dio los buenos días. Con tal lacónico saludo volvió a su coche patrulla.

Apoyé la frente contra el volante, todavía un poco mareado por el brusco despertar. No lo resistía, pensé; me estaba volviendo loco. En unos segundos tomé una determinación. Si quería librarme de la pesadilla debía averiguar todo lo posible sobre el dibujo: tal vez así conseguiría encontrar algún dato que explicara su ponzoñosa influencia. Hablaría con Alfredo Gozzi, su propietario hasta ahora. Él tenía que saber algo.

Gozzi vive en uno de esos pisos del Eixample increíblemente espaciosos y de fantástica decoración modernista. Sin miramientos, dejé el coche en doble fila y subí a su casa. Me abrió una doncella, que me hizo esperar en una salita mientras me anunciaba. Fue el propio Alfredo quien vino a buscarme, siempre atento, aunque con una expresión inusualmente distraída. Debí observarle con demasiada atención o sorpresa, pues al estrecharme la mano me pidió disculpas. Últimamente había pasado unas noches espantosas, confesó.

En ningún momento le mentí; no obstante reconozco haber ocultado parte de la verdad. Expuse mi entusiasmo por su regalo y cómo había encontrado algunas referencias sobre el autor entre las cartas de Walpole. No eran muchas, de cualquier forma, pero sí las suficientes para excitar mi curiosidad. Se me había ocurrido que quizá él pudiera contarme algo más. Alfredo se rascó la barbilla, recapacitando. Cuando decidió hacerme el obsequio, dijo, había estado revolviendo dibujos sin una idea preconcebida. Creía haberlo tomado de una carpeta con otras aguadas de idéntico tema. Me rogó que le acompañara.

Fuimos al gabinete donde guardaba los grabados, dibujos y algunos volúmenes de bibliófilo. La colección reposaba en estanterías numeradas para su ordenación. Alfredo fue hasta un archivador y me preguntó el nombre del dibujante. Le respondí. Se puso a buscar en uno de los cajones y extrajo una cartulina, que me entregó. Escrita a mano, con la clásica letra cursiva de moda medio siglo atrás, contenía una escueta descripción de la obra, con su técnica de ejecución y dimensiones. Debajo, como fecha de compra, figuraba 1761, de F. Gozzi a G. Piranesi. Según la tarjeta -y eso me interesó- mi dibujo formaba parte de una serie de cuatro. Le comenté el detalle a Alfredo. Asintió, mirando el número de la ficha. Cogió una pequeña escalera y fue hasta los estantes, de donde bajó una carpeta azul cerrada con lazos. Me la alargó. Cuando hice ademán de abrirla, Alfredo me detuvo. La repulsión se adivinaba en su gesto, por más que intentara disimularla. Sin necesidad de preguntarle, descubrí que también él soñaba con una cárcel de inacabables estancias, que un breve vistazo al dibujo, al seleccionarlo como regalo, le había bastado para caer atrapado en el hechizo de Cordiani. «No mires los dibujos aquí, por favor». Calló un instante, buscando una excusa: «Perdóname, pero no puedo dedicarte mucho más tiempo. Tengo un compromiso urgente. Llévatelos sí quieres, estúdialos y ya me los devolverás. O mejor quédatelos...», dijo.

No discutí. Mi única preocupación era examinar las restantes aguadas; si quería librarse de ellas no era asunto mío. Le di las gracias, me puse bajo el brazo la carpeta y salí a la calle. En el primer banco que encontré, delante mismo de la casa de Alfredo, me senté a examinar su contenido.

Deshice los lazos. Del interior saqué tres dibujos a tinta, en unas hojas de papel amarillento. No cabía duda de la autoría, aun sin consultar su firma: idéntico tratamiento del claroscuro, idéntica minuciosidad e idéntico tema arquitectónico al del dibujo de Cordiani en mi poder. Pero lo que más me asombró fue la similitud de aquellas imágenes con los escenarios por los que había transitado durante mis sueños. En uno vi perfectamente descrito el enorme salón de mi segunda noche, con su puerta de hierro, sus galerías y sus escaleras, que conducían a un dédalo de pasillos; en otro se representaba un corredor estrecho y oscuro, en cuyos muros rezumantes se abría un sin fin de nuevos pasajes, como los recorridos en una fuga desesperada muy pocas horas atrás. Quedaba un tercero. Lo cogí, ansioso por descubrir qué pesadilla me anticipaba. Sin darme cuenta, carpeta y dibujos cayeron de mis rodillas. ¡Ojalá jamás lo hubiera contemplado!

El enigma de aquella trampa me lo desnudó Cordiani con absoluta crueldad, pues si en las otras aguadas sólo había representado los interiores vacíos del edificio, ahora por fin dibujaba a sus constructores. Dentro de una sala manipulaban mecanismos de insólitos apéndices, como científicos estudiando la física del dolor... ¿Qué sabiduría buscaban con su inhumana indiferencia? ¿Qué catálogo de suplicios precisaban completar? No me pregunte, por favor. ¿He de describir aquellos seres deformes e insanos, y la satisfacción en sus rostros, mientras desmembraban un cuerpo todavía reconocible como humano?

Por eso, desde entonces, no he dejado de vagabundear de un lado para otro, arrastrándome por las calles hasta la extenuación, luchando para no dormirme. Lo he probado todo: cafeina, pastillas, duchas frías, y casi no me sirven de nada. Me mareo, se me nubla la vista. Es imposible ganar la partida; aunque después de haber visto aquello, cada minuto es un regalo... Gracias al último dibujo conozco la verdadera naturaleza del mundo al que el loco Cordiani abrió una puerta y sé que no fue el cabalista quien lo destrozó de forma tan espantosa allá en su buhardilla... Sí, los he visto; y ellos a mí. Ahora, después de tantos siglos de aburrimiento, de refrenar sus apetitos, les basta esperar el instante en que cierre los ojos para tener un nuevo juguete... ¡Por eso no me atrevo a dormir! ¡Otro café! ¡Por lo que más quiera, déme otro café!

(c) Armando Boix
 

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