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LO QUE ACECHA EN EL PORTAL

(Segunda parte)

Por Martín Brunás

 

Ni una luz se había encendido a pesar de todo el alboroto que produjo la carrera automovilística con su posterior embestida contra la estatua de la fuente. Y muchos menos apareció un alma para ver qué había sucedido. Lo cual a Esteban le pareció muy extraño.

De cierta manera estaba asombrado de permanecer con vida. El ser precavido lo había salvado por segunda vez y el impacto sólo le ocasionó un fuerte dolor en la caja toráxica y en la clavícula. ┐El cinturón de seguridad se la habría quebrado? Esteban no lo sabía a ciencia cierta. Sólo sentía que le dolía casi al borde de lo inaguantable pero no le importaba demasiado. ┐Qué era un hueso roto comparado a la vida?

Sin embargo un detalle alimentaba su curiosidad. No podía entender cómo durante las media hora que yació inconsciente, nadie lo había socorrido. Intentó salir del coche para averiguar el porqué pero la puerta no abría. Así que salió por la ventana.

Una vez fuera comenzó a inspeccionar el ambiente, a buscar alguna casa donde poder tocar timbre. Pero nada más que un viejo cementerio plagado de carcasas herrumbrosas, una calesita y varios locales cerrados bordeaban a la plaza. Esteban se sentó sobre un banquito para descansar ya que le había comenzado a doler la pierna derecha.

Cuando comenzó a acariciarla para intentar aliviar el ardor, notó que estaba húmeda. En un primer momento pensó que se había meado del susto. Pero, al ver el color rojizo que había teñido su palma, comprendió que estaba sangrando.

-La puta que lo parió -exclamó-. Sólo me falta que de ese desarmadero de mierda aparezca Christine y me atropelle. -Concluyó para luego comenzar a reir. Al rato se encontró en condiciones de continuar con su búsqueda de auxilio.

 

Entre los coches abandonados, un ser se sintió excitado por el aroma sabroso que le traía el viento. Un aroma que a cualquier ser humano le habría pasado desapercibido pero para él significaba la presencia de un manjar.

Agudizó sus oídos para ver si el origen de su apetito estaba cerca y comenzó a aullar. En menos de cinco minutos, diez perros se reunieron frente a su líder y comenzaron a seguir el rastro. Para ellos, el cóctel de semen, sangre y adrenalina se representaba en su mente como un sendero fosforescente que resaltaba en la oscuridad. Es más, ese sendero era lo único que veían y prestaban atención en ese momento.

Al dar media vuelta para ir hacia el local de la otra punta, Esteban se encontró con que diez perros callejeros lo miraban como si fuese una especie de pollo rostizado. Intentó qedarse quieto. Pero el instinto canino había sido excitado y ya nada podía acallarlo.

El intelecto perruno del líder vió que la comida se paralizaba. Y decidió que iba a ser una caza fácil. Indicó mediante ladridos que sus compañeros se formasen en círculos alrededor de la presa para evitar un escape. La orden fue cumplida al instante.

En un primer momento se asustaron cuando la comida comenzó a emitir un sonido de alarma. Si hubieran conocido el idioma humano habrían sabido que la presa insultaba a una fuerza desconocida.

-┐Ahora me mandás perros hija de puta? No soy tan fácil de eliminar -gritaba Esteban. Y comenzó a agitar los brazos para asustar a los perros.

Pero sus cazadores interpretaron esos movimientos bruscos como una señal de ataque y, al unísono, todos se lanzaron al ataque. El primero en llegar fue, como corresponde, el líder de la manada, quien hundió sus dientes en su cuello, asfixiando al psicólogo hasta que este se desvaneció cayéndose al suelo. Acto seguido, los demás perros comenzaron a desgarrar la ropa con avidez hasta llegar a la parte tierna.

Minutos más tarde, el festín había comenzado.

 

.................................

 

En el momento en que un perro marrón claro hundía su hocico en un abdomen humano y extraía con sus dientes los intestinos, Julia se encontró parada en el umbral de la habitación donde dormía su marido. Tenía el brazo levantado y su mano empuñaba el cuchillo que siempre usaba para trozar los pollos. ┐Qué pensaba hacer? ┐Matar a su marido? ┐Para qué? ┐Para escaparse con un tipo que sólo le era atractivo en sus sueños? La escasa comprensión que naufragaba en el mar demencial de su juicio, pudo hacer notar su existencia y le hizo comprender a Julia lo absurdo del acto que pensaba cometer.

Así que Julia corrió hacia el baño con la intención de poder poner su cabeza en orden.

 

.................................

 

"Son las cinco de la mañana", indicaba el reloj y desde el dormitorio de Eleonore sólo se escuchaban algunos suspiros provenientes de otra habitación mezclados con un leve crujido de madera. Un grillo comenzó a entonar su canto desde algún rincón y Eleonore se revolcó en sueños.

La farola de la calle se apagó, dejando que la luna inundara con su radiactiva aura todo el cuarto. Eleonore abrió un poco los ojos, el violín del insecto le molestaba. Miró la puerta, nada había. Giró hasta quedar mirando la pared y trató de dormirse.

Diez minutos después sintió unos ruidos. Alguien arañaba del otro lado de la puerta. El miedo sujetó a Eleonore y comenzó a estrangulara con sus esqueléticas manos de hielo. No podía respirar, tampoco quería. Su instinto se lo prohibía.

Los rasguños de la puerta comenzaron a hacerse más intensos. El ruido del metal se hacía insoportable. Parecía que la filarmónica de los violines más desafinados de todos los tiempos se hubiera reunido a tocar en su oreja. Sus témpanos creían estar siendo descuartizados por una sierra auditiva. Su cerebro era torturado por filosos puñales en forma de notas bizarras cargadas de espinas que caminaban arrastrándose por la galería de su oreja.

Ella no quería llorar, intentaba evitarlo con todas sus fuerzas pero siempre alguna lágrima rebelde lograba escaparse. Quiso quedarse en la cama, se aferró mentalmente a la idea de que era un lugar seguro, pero terminó poniéndose de pie.

No comprendía cómo caminaba. Sus pies estaban dormidos por los sedantes pero ella conservaba el equilibrio. Era como si una fuerza la estuviera levitando hacia la puerta. Los gemidos comenzaron a acelerar su ritmo cardíaco. Miró la puerta, la pintura rosa estaba intacta. Miró la manija y el cerebro le ordenó sujetarla.

Peleó con su mano para echarla de ahí. Perdió la batalla y la mano, como un niño travieso, se movió hacia abajo. Un fuerte grito de placer eliminó los gemidos, trayendo de nuevo un silencio de ultratumba.

La puerta se abrió, emitiendo un suave chirrido como un sarcófago violado una noche fría por algún ladrón. Elenore cerró los ojos, contó hasta diez y los abrió.

Observó la oscuridad, la escalera de madera que conducía al sótano. Nada indicaba la procedencia de esa risita hipnótica que bailaba entre los hemisferios cerebrales de la niña.

Del otro lado de la casa una puerta se abrió y el sonido de una lluvia cercana aumentó más la sensación a macabro. Eleonore miró dubitativa la oscuridad y trató de regresar a su cama. Sus pies se negaban a ser conducidos y se encaminaron de forma autónoma hacia delante, hacia abajo, hacia la oscuridad.

Uno a uno fue bajando lentamente los escalones mientras se sujetaba fuertemente de la barandilla de la escalera. Quería sujetarse, anclarse con toda su fuerza, pero sólo le servía para bajar sin peligro de trastabillar y rodar hacia abajo.

La misma puerta se cerró y...

-┐Qué estás haciendo? -se escuchó en el exterior. Eleonore pensó que provenía de la nube lluviosa. Así que se apresuró a bajar y se quedó petrificada en la oscuridad. Abrió los ojos de par en par. Pero sólo oscuridad veía y sólo oscuridad tocaba. Nada más que oscuridad la acompañaba. Sólo una oscura oscuridad la contemplaba con sus negros vacíos de infinito.

Los gemidos, acompañados por una risita, volvieron a escucharse.

Eleonore intentó dar media vuelta para regresar con sus padres pero fue cegada por un intenso rayo de luz. La oscura oscuridad cambió a una brillante oscuridad. Sólo podía ver blancura hasta que una figura oscura se surgió a lo lejos.

Por más que Eleonore no se movía, la figura flotaba hacia ella dejándole entrever su forma.

Parecía una bestia antropomórfica devorando a su hermano siamés. La boca se sumergía en la yugular del otro para luego abandonarla y apuntar al techo. La bestia se dio media vuelta y extendió los brazos hacia la niña. Parecía querer abrazarla pero Eleonore, aunque sentía cierto amor en la bestia, sabia que su misión era aniquilar a cualquier humano.

Quiso huir y se tropezó en medio de la oscuridad.

Una retahíla de gemidos venían desde arriba como fuertes ecos rebotando entre grandes cavernas. Los gemidos danzaban en las orejas de Eleonore, lastimándolas más que los violines. Se tapó los oidos pero continuaba escuchándolos.

Miró hacia atrás. La bestia estaba a punto de sujetarla. Los recuerdos mudos de la violación arremetieron violentamente contra la cabeza de Eleonore. Los gemidos abrazaron los recuerdos y se les unieron, creando un grotesco clima de placer.

Gritó como un banshee. Simultáneamente, los gemidos se transformaron en un corto grito a dos voces. Luego calló. Calló sólo para oír un ruido seco que regresó al silencio y la oscuridad.

Se puso en gatas y buscó a tientas la escalera. La encontró después de varios intentos y subió con lentitud.

Al llegar a su habitación se puso de pie y corrió hacia el dormitono de sus padres. Estaba vacío. Se preguntó dónde estaban. Miles de ideas pasaron por su mente. En un momento, sus padres habían sido capturados por los monstruos de la casa para poder poseerla a ella, habían sido tragados por las puertas...

Sumergida en el mar de pesadillas, notó que la luz del baño estaba encendida. Corrió hacia allí.

El abrir la puerta fue lo mismo que mirar fijo a los ojos a la Parca. Sus padres, totalmente desnudos, estaban tirados en el piso, inmóviles. La cabeza de ambos reposaban sobre el bidét. Los ojos de Julia miraban hacia un infinito ubicado sobre ella.

Elonore corrió la cabeza de su madre para despertarla y vio que el bidé estaba manchado de rojo.

Un profundo vacío se adueñó de sus entrañas haciéndola perder el equilibrio. Metió la cabeza bajo la ducha para regresar al estado consciente.

Pasó sobre ellos. Trató de levantar a su padre pero sólo consiguió moverlo un poco. Un poco que fue lo bastante para hacerle ver parte del hinchado pene de Santiago saliendo del ano de su madre.

Vio la cara del padre transformarse en la del osito cariñoso. El oso le sonreía. Eleonore se levantó a toda velocidad y corrió hacia la puerta de la cocina.

Largo tiempo estuvo forcejeando de ella hasta que el sonido de unos pasos le hicieron advertir que estaba cerraba con llave.

Las buscó desesperadamente. No estaban por ningún lado. Los pasos se acercaban muy lentamente, ya los sentía cerca de la cocina. Eleonore abrió el cajón de los cubiertos para agarrar un cuchillo y encontró, entre los tenedores, las llaves.

Abrió la puerta, salió al patio y comenzó a pedir ayuda a todo volumen.

Una luz se encendió en la casa del lado y un vecino apareció con un revólver. Asomó la cabeza despeinada por la medianera y le preguntó qué sucedía.

 

11 de Marzo de 1989

 

Al fin Eleonore fue liberada. Había estado encerrada durante toda su adolescencia en una especie de orfanatorio ya que nadie de su familia había querido adoptarla. Además, muchos de esos años de su vida captiva estuvo rodeada de psiquiatras, todos hombres con sonrisa amable que practicaban miles de técnicas discursivas para lavarle su cerebro infantil. No debía quedar ni el menor rastro de suciedad osuna. Los padres habían muerto en un accidente, fue la idea que le impregnaron. Y el trabajo fue tan exitoso, que al final, la niña se lo terminó creyendo, sobre todo cuando, al cumplir los dieciséis años, las preocupaciones de adolescentes, habían terminado borrando el primigenio miedo a la oscuridad.

En la puerta la esperaba Domingo, un amigo de Santiago que, a pesar de todos los problemas de hiperinflación y recesión que habían golpeado a la Argentina durante esa década, había logrado mantener su pequeño estudio de arquitectura abierto. Él le había ofrecido un trabajo como su secretaria particular y le había prometido adelantarle parte de su sueldo para que pudiera reiniciar su vida. Cosa que Eleonore hizo de inmediato.

Al segundo día de libertad, fue a anotarse al CBC para seguir la carrera de arquitectura. Y, una vez terminado de hacerlo fue a pasear por el micro centro.

Allí encontró a Eduardo mientras miraba una casa que se dedicaba a la venta de artículos de espionaje. Resulta que en la vidriera había un televisor con un cartelito debajo que decía "┐Dónde está escondida?". En la pantalla, estaba la imagen de ella y de un pibe con larga cabellera rubia. Los dos se pusieron a buscar la cámara escondida. De repente, el pibe la miró sonriente y le reveló el escondite.

-Sólo te tenés que guiar con el dedo. Cuando en la pantalla se vea claramente su punta, debés mirar hacia donde apunta y allí encontrarás la cámara. -Le explicó y se dispuso a marcharse.

-┐Sí? Yo estaba a punto de encontrarlo. -Y obsequió la sonrisa más tierna que pudo sonsacar.

En ese momento, Eduardo quedó como hipnotizado. Vió que podía haber onda e inició una conversación basada en trivialidades, la cual fue un éxito.

Las palabras engendraron besos, los besos amor, y el amor matrimonio. Así que tres meses después se casaron en un registro civil. Y, como por distinto motivos, ninguno tenía familia, invitaron al dueño de la empresa donde trabajaba Eleonore y a algunos compañeros de estudio.

Tuvieron un almuerzo íntimo en un lujoso restaurante de Puerto Madero y luego alquilaron una suite nupcial en el Sheraton.

A la tarde entraron medio borrachos a la habitación. Eduardo se acercó a ella y le empezó a desabrochar el vestido lila que vestía. Cuando la dejó sólo vestida con una excitante lencería clara que hacía traslucir su pubis y los suculentos pezones, Eleonore comenzó a bajarle la bragueta.

Le abrió los pantalones y un miembro hinchado bajó el elástico del calzoncillo para ir a su encuentro.

Toda la infancia pasó por la mente de Eleonore. La casa del osito, el padre muerto unido a la madre, el miembro de su marido. Le parecía todo lo mismo, sinónimo de muerte y profanación. No podía permitir que eso entrara a su cuerpo. Eso sólo traía muerte.

Se puso de pie y comenzó a llorar. Eduardo la miró fijo y se subió los pantalones. Luego la alzó y la recostó sobre la cama.

-┐Qué te pasa? -Le preguntó con una voz que irradiaba bondad.

-No...no...no puedo -le respondió ella entre sollozos. -No quiero hacerte esto pero no puedo.

-┐Qué te pasa? -y le sujetó las manos para besarle las muñecas.

-Es que...- y le relató sus recuerdos sobre la muerte de sus padres.

-No te preocupes. Te voy a ayudar a que lo olvides todo. Si hoy no podés no importa. Otro día será. -comenzó a acariciarle suavemente la cara con la mano izquierda.

Insertó el pulgar en la boca de ella para que jugara con su lengua. Su otra mano descendió suavemente hacia el bikini para juguetear un rato.

Eleonore sintió la mano de su marido y se sobresaltó. Parecía de felpa, al igual que las manos del oso. Un escalofrío bailó entre sus huesos. Miró a Eduardo con temor de reencontrar la esencia de la maldad pero sólo halló un amor plagado de comprensión.

Los ojos de ella se vieron inundados por el temor a perder a la última persona viva que la amaba. Se inclinó hacia atrás; y, entre besos y caricias, palabras dulces y abrazos, Eduardo logró sacarle un poco del temor para poseerla.

Lo hicieron suavemente. Ella no podía creer que hubiera comparado algo tan celestial con la muerte. Creía haber estado flotando en medio del espacio sideral mientras miraba nacer y explotar a las estrellas. Se había sentido como si todos los ángeles del cielo le acariciaran el cuerpo con sus blandas almas. A final, el orgasmo se había elevado desde el alma como una resurrección en medio del paraíso.

Se quedó dormida, reflexionando melancólicamente que sus pensamientos habían tenido un porcentaje de verdad. Una parte de ella había muerto y otras morirían con cada orgasmo que tuviera. Pero, como recompensa, un ser nuevo resurgiría bañado con el agua bendita del pecado, la lujuria y la armonía paradisíaca.

El amor hacia su esposo creció.

Se recibieron en cinco años. Eduardo consiguió un trabajo en una empresa que se dedicaba a construir distintos comercios y Eleonore en una pequeña agencia ubicada en el rubro de la construcción de casas privadas. Ambos ganaban lo suficiente como para poder subsistir sin darse demasiado lujos.

Por esa razón, debieron abandonar la casa que alquilaban para mudarse a la casa de la infancia de Eleonore. Esa decisión tuvo sus inconvenientes ya que una parte de Eli no quería saber nada con esa vivienda. Así que su marido intentó ponerla a la venta, pero como ningún comprador había aparecido, no tuvieron más remedio que habitarla.

Un vez dentro, la remodelaron y le agregaron una nueva habitación. La habitación para un bebé que jamás nació. El bebé que, al tercer mes, salió expulsado como una masa de excremento sanguinolento para internarse en las profundidades cloacales.

En ese día, la presencia de La Parca volvió a irrumpir en el hogar, creando un gran muro entre las dos partes del matrimonio. Pero por más frías que se habían puesto las cosas, nunca la idea del divorcio había asomado por la mente de ninguno. Apenas se hablaban y, cuando lo hacían, las palabras parecían hacer fuerza para evitar transformarse de una imagen mental a una onda en el aire.

Eduardo, aunque no lo confesaba, sentía algunos vestigios de rencor hacia su esposa. Tomaba como culpable a su metabolismo. El metabolismo que pasó de convertirse en una incubadora a un ataúd.

Eleonore conocía los sentimientos de su esposo y la enfurecía la certeza de que la casa la había maldecido con el poder de entregar muerte y destrucción a sus seres más queridos. Comentaba a intuir que ella era el denominador común de todas las degracias. Primero habían sido sus padres, ahora su hijo. ┐Y luego? Rogaba por que no fuera su marido.

 

6 de Junio de 1997

 

Luisa, la chica de la limpieza, estaba en el antiguo dormitorio. Los muñecos de Disney le parecían bestias agazapadas. Los ojos de Mickey parecían estar siempre fijos en ella, sin importar en que zona estuviese.

Jamás, en sus veinte años de vida se había sentido más amenazada. Ni siquiera cuando pasaba las noches en medio de los bosques que rodeaban su pueblito natal. Nada le parecía tan diabólico como la sonrisa de Mickey hacia Minnie. Ni siquiera los ojos brillantes que se vislumbraban en los montes cuando el Sol caía.

Pero esa tarde del septiembre estaba teñida con la certeza de fatalidad. La humedad le bajaba la presión y la hacia sentir como drogada.

Sintió unos pasos furtivos. Agudizó los oídos. Los pasos se acercaban. Los ecos comenzaron a amplificar todo escondiendo así la dirección originaria del ruido. Luisa no podía esclarecer si los ecos eran reales o productos de su imaginación. Sintió desmoronarse y se sujetó de la manija de la puerta para sostenerse. El picaporte se movió hacia abajo y la puerta abrió sus fauces tratando de tragarla hacia el interior del sótano.

Se sostuvo agarrándose con la otra mano del marco de la puerta. Luisa quiso girarse para ver quien era pero si lo hacía podría llegar a caerse. El miedo aumentaba. Algo

(Mickey)

se acercaba y no podía dilucidar qué era.

De repente sintió una mano sujetándola de la cintura y ella emitió un alarido de espanto.

 

 

Eleonore llegó a su casa más temprano de lo acostumbrado. El día había estado muy tranquilo y ya no quedaba nada para realizar en la oficina.

Abrió la puerta con su llave para no molestar a Luisa. Al entrar en la cocina le llamó la atención no encontrarla. Revisó la planta baja y no la vió. La llamó y no recibió ninguna respuesta.

Sabía que Luisa no se había ido. La llave de ella estaba colgando sobre el porta llaves de la pared y el bolso depositado sobre una silla.

Eleonore estaba extrañada. Se preguntó dónde podría estar y se respondió rápidamente dirigiéndose hacia el dormitorio que le había pertenecido en su niñez. Cuando iba a abrir la puerta, una hedionda sensación atentó contra su equilibro. Cerró los ojos y se mordió los labios. Tenía miedo de entrar, más miedo que de costumbre. Pero era justo ese miedo lo que la impulsaba a entrar. Temía por la vida de Luisa. Corrió hacia su actual dormitorio y sacó una .45mm de entre las remeras de su marido, Miró el cargador, estaba lleno.

Sujetándolo con la mano derecha abrió la puerta de la habitación. Esperaba no haber llegado tarde y poder encontrar a Luisa antes que...

(el Demonio, el Oso)

┐Qué? No lo sabía.

Su cuerpo estaba escindido en dos, su mente peleaba entre lo absurdo y lo real. Una parte de ella la alentaba a seguir con el arma, la otra la hacía sentir como la mayor de las imbéciles. No sabía que hacer. Creía y descreía en los espíritus.

Abrió la puerta rápidamente poniéndose en posición de tiro. Esperó ser atacada por un gran oso vestido de negro pero sólo la ausencia de vida en el dormitorio le impidió disparar. Aunque al mismo tiempo, esa fue la ausencia que le agudizó los sentidos, haciéndola sentir más amenazada,

Se quitó los zapatos sigilosamente. El oso no debía escucharla. Primero el derecho, después el izquierdo. Pero sin dejar de apuntar con el arma.

Comenzó a recorrer el dormitorio. Parecía esperar que en cualquier momento alguno de los Mickeys saltarían sobre ella mostrándole la cabeza de Luisa. Apuntaba hacia todos lados deseando encontrarla y poder salir lo antes posible de la habitación.

Cuando estuvo cerca de la. puerta del sótano, unos bufidos la hicieron sobresaltar. Eleonore agudizó los oídos para escuchar mejor. Los bufidos que eran gemidos provenían del sótano.

Eleonore supo enseguida que se trataba de Luisa y, esperanzada de salvarle la vida, se internó tan rápido como sigilosamente en el sótano. A medida que bajaba cada escalón los gemidos se hacían más fuerte. Además, le resultaba muy similares a los sonidos escuchados la noche en que sus padres habían sido asesinados.

Todos conceptos psicológicos con que le habían lavado su cerebro le resultaron absurdos. Sabía que el mismo monstruo que la había invocado aquella noche estaba de regreso, nuevamente dispuesto a comer carne fresca mezclada con un poco de cordura. Pero esa vez no se lo permitiría. Esa vez lo destruiría. Tenía con qué hacerlo y no pensaba dudar. Nada la iba a detener. Excepto...

(que fuera invulnerable o inmortal)

-Excepto nada -se tranquilizó,

Terminó de bajar la escalera y caminó hacia la dirección de los gemidos.

El monstruo estaba escondido tras la columna cercana al depósito de los diarios. Los años lo habían cambiado poco y nada.

Su siamés, al contrario, sí había cambiado, notó Eleonore. Cambiado por el cuerpo de Luisa. Luisa se había transformado a la fuerza en el hermano de una criatura que le estaba devorando la yugular mientras trataba de asimilarla a su cuerpo.

Eleonore, al ver la cara de la víctima mirando hacia el techo emitiendo quejidos de dolor pegó un alarido y comenzó a disparar contra el engendro de los infiernos.

Aún cuando el cargador se hubo vaciado, ella siguió apretando el gatillo. El martillo producía un ruido metálico al golpear contra la ausencia de municiones. Abrió los ojos, la bestia había sido abatida.

Se acercó a verificar si Luisa seguía viva y pegó un grito de horror. La bestia, en realidad, era su marido. El hombre a quien se había entregado por primera vez. El hombre. ..

-┐Qué hice? -gritó horrorizada.

Cuando trató de separarlos notó que el pene de su marido estaba penetrando la vagina de su sirvienta. Recordó a su padre y el estremecimiento la hizo soltar el cuerpo..

Toda su vida dio un vuelco como si hubiese entrado al otro lado del espejo. La certezas sobre cualquier aspecto se desvanecieron.

De repente, un barca se le acercó a su consciencia y el remero la infectó con el virus de la locura.

-Eso es lo que les pasa a quienes me engañan -murmuró para sí. El sonido gutural de su voz la hizo estremecer. Soltó el arma, dejándola caer al piso, y la imagen de sus padres regresaron a su cabeza.

Varias lágrimas limpiaron el manto de fantasía donde había vivido durante años y le mostraron la realidad. Comprendió que nada de lo sucedido había sido contra ella sino a su favor. Sólo había sido un mensaje, una advertencia sobre lo que le iba a suceder. Creyó que una abertura en el destino se había abierto y le había sido mostrada pero ella había sido una idiota y no la había comprendido.

Sintió pena por el ente que la había querido ayudar. Pena por el odio que le había tenido. Él no se merecía eso. Él sólo había querido ayudarla.

Suplicando perdón se recostó en el piso y se metió un dedo en la boca para poder consolarse.

 

La puerta comenzó a derretirse. La pintura fue corroída por el óxido. Una forma antropomórfica comenzó a formarse. Primero la silueta, luego la cara, finalizando por sus miembros.

Cuando estuvo configurada miró hacia arriba y abrió la boca emitiendo un sonido gutural que sonaba a muerte y soledad. Muy lentamente bajó la escalera y se dirigió hacia Eleonore. Sus pasos retumbaban por toda la habitación pero ella seguía profundamente sedada por el estado de shock.

El ente se arrodilló y la sacudió hasta despertarla. Eleonore lo miró primero con temor pero luego supo quien era y le sonrió. La sonrisa mostraba una mezcla de amor, súplica y culpabilidad por haber odiado durante años a la criatura que había sido su ángel guardián.

La cosa fijó sus lisos ojos metálicos hacia la cara de ella y le pasó la mano por la mejilla. Eleonore sintió la caricia como muy fría y el recuerdo del osito cariñoso la hizo sobresaltar.

-No te preocupes -le dijo con una voz metáilica. -Lo último que te haría sería daño. ┐Para qué te pensás que cuidé de vos durante tantos años? -y trató de besarla pero Eleonore, a último momento, giró la cabeza.

-┐Por qué me temes aún? ┐No sabes que fuiste la elegida?

Eleonore lo miró extrañada.

-Sí. Fuiste mi dadora de vida. Derramaste la primera gota de sangre que me nutrió y abandonaste tu guardia para darme libre acceso hacia tus padres -. Le acarició el pelo. -Y ahora terminaste con el ritual trayéndome la sangre de más seres queridos.

┐Acaso no sabes que soy tuyo? ┐Qué me sellaste en tu destino? ┐Qué jamás podrás escapar? Eres mi diosa, La-Dadora-De-La-Vida. Tus venas son un manantial de agua bendita -. Y comenzó a entonar unos sonidos extraños.

La cabeza de Eleonore comenzó a acercarse hacia la criatura y le acarició la cara. Una sensación de amor se adueñó de su alma.

-Te amo mi hijo -le respondió y lo besó en los labios. -Serás el hijo que nunca tuve y mi nuevo amante también. ┐Serás mío para siempre?

-┐Y tú, Madre?

-Sí, por toda la eternidad si tal cosa existe -y lo besó en los labios. La fría lengua metálica en contacto con su paladar le hizo recordar al osito cariñoso pero esta vez, sólo aumentó el grado de excitación. Ya no tenía temor, el Demonio había resultado ser un Ángel.

La figura la alzó en sus brazos y comenzó a subirla por las escaleras.

Una vez Ilegado al último escalón

-┐Te entregarías por mí? -le comentó mientras le acariciaba la parte del pantalón que cubría la vagina. -┐renunciarías momentáneamente a tu mortalidad?

-Sí -respondió ella. -Cuantas veces quieras me entregaré a ti, como madre y como amante. Por siempre te daré satisfacción y alimento con mi cuerpo. Una vez quisiste amamantarte de mí y te rechacé, ahora te acepto.

-┐Te entregarás por mí en cuerpo y alma?

-Sí, me entregaré en cuerpo y alma -emitiendo gemidos de placer.

El Amante-Hijo le arrancó la ropa, desnudándola completamente y Eleonore pegó un grito de alegría demencial. Sus ojos destellaban con el brillo de planetas explotando.

-Así fue dicho y así será hecho -dijo la figura, apartándola de sí, arrojándola hacia el umbral.

Eleonore gritó desesperadamente cuando notó que su cuerpo estaba atrapado en el lugar donde había estado la puerta. Miró a su hijo y amante con ojos de súplica pero no recibió más que un torbellino de maldad.

Su cuerpo se entumeció dejándola inmóvil. Sólo la mente estaba libre para recriminarle su ingenuidad. Estaba aterrorizada y ella era la que se sentía culpable. La carne comenzó a desprenderse. No sentía dolor físico, sólo un gran horror mental que le estiraba el cerebro para luego aplastárselo.

Se estaba convirtiendo en metal. Su alma tiritaba de frío. El cuerpo metálico de la figura se fue vistiendo con la piel de ella como si fuera una bovina vacía llenándose con el hilo de la llena.

Una vez transformada en una mujer de metal, su cuerpo comenzó a disolverse hasta adquirir la forma de una puerta oxidada. Eleonore quiso volver a gritar y no pudo. Su boca había desaparecido. Sólo conservaba la consciencia de estar atrapada en un ataúd que le congelaba los sentidos hasta desmoronarla.

-Gracias por la ayuda. -Lanzó una carcajada. -Pronto llegará tu turno. Mientras, quédate con tus pensamientos. -Fueron las últimas palabras que Eleonore, ahora puerta, escuchó. La figura, ahora un hombre de carne y huesos, abrió la puerta y se encaminó, silbando una melodía alegre, hacia la el dormitorio de Eduardo para vestirse. Una condena había terminado. Otra recién comenzaba.

 

3 de Agosto del 2021

 

La puerta putrefacta marcaba su infecto destino y Juan Carlos supo interpretar esa premonición. El temor comenzó a astillarle los huesos de frío y una voz carente de toda emoción

(terminarás dentro de mí, tarde o temprano estarás acá)

penetró en sus oídos, ensordeciendo hasta los sentidos del alma.

Quiso llorar y ni una lágrima emergió. Sus ojos estaban secos como lijas. Intentó llamar a sus padres y las palabras se negaron a poner un pie en esa habitación...

(c) Martín Brunás
 
 

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