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EL RELOJ
Por Eduardo Gil Moré
Después de tanto tiempo, meses y meses, por fin alguien le había dado cuerda,
y volvía a funcionar. Bien, al principio había vacilado y tartamudeado un poco,
tic, tic, tac. Pero enseguida había recuperado su regularidad, su tictac suave
y acompasado. Era un buen reloj, de maquinaria suiza, naturalmente. Un reloj
de sobremesa, cuadrado, con una tapa de vidrio frente a la esfera, con unas
columnillas de bronce a cada lado que sostenían una techumbre dorada. Uno de
esos artefactos a los que los mayordomos daban cuerda, verificaban su exactitud
con el Roskof de bolsillo, y en caso necesario, abrían la tapa para desplazar
la minutera con un dedo enguantado.
Pero a él no era preciso ajustarlo. Puede que fuese un poco estrecho de miras,
que no tuviese fantasía, pero su trabajo lo hacía a conciencia. Tenía muy presente
la importancia, la trascendencia de su misión: ir desgranando el tiempo, segundo
a segundo, minuto a minuto. Él había sabido, por boca de algunos relojes de
pulsera, gente muy viajada, que ciertos relojes sufrían una extraña megalomanía:
la de creerse que las cosas podían suceder gracias a que ellos producían el
tiempo. Claro está que uno no podía creerse todo lo que contaban los relojes
de pulsera, tipos superficiales y apresurados, que a menudo sólo buscaban aparentar.
De todas formas, esa noticia, fuese o no leyenda, tenía su sentido, y no hacía
más que subrayar la importancia de su trabajo. Él podía entender que esa locura
afectase a los relojes de campanario, con sus maquinarias imponentes, con la
vida de todo un pueblo pendiente de ellos, con su perpetua soledad, allá arriba,
muy por encima de los demás.
Era para asustar, tanta responsabilidad. Por suerte, él no tenía que soportar
tanta presión. Él sólo era un modesto reloj de familia, una de esas cosas que
los demás miran alguna vez para decir: "Vaya, qué tarde es ya. ¿Seguro que va
bien, ese reloj?" Pero eso, claro está, no lo eximía de la responsabilidad.
Uno tiene que ser consecuente, y no se le puede pasar por alto un tic, y mucho
menos un tac. Pero bueno, él cumplía, con total eficiencia, eso sí, y estaba
absolutamente tranquilo. No es mala cosa para un reloj, la tranquilidad. Incluso,
si me apuran, la impasibilidad. Los hace ser más regulares.
El reloj estaba en la repisa de la chimenea, en el salón. Los ancianos de hacía
años, que lo miraban cada vez menos, habían desaparecido, y ahora lo consultaban
unos ojos más jóvenes, un hombre y una mujer. Unas miradas rápidas, casi furtivas
a veces. O unas miradas repetidas, a intervalos cada vez más cortos. Él ya sabía
el nombre de esas miradas impacientes, insistentes, reiteradas: espera.
La mirada de la mujer era de color verde mar. Como él no había visto nunca el
mar, no lo sabía. Pero sí sabía que aquella mirada, alguna vez, le había hecho
perder un tic. No más de uno, él era un profesional. A veces, cuando no lo miraba
nadie, era él quien miraba: la mesa, las sillas alrededor, como protegiéndola,
la ventana. Sabía que cuando él marcase las seis, o las siete, por esa ventana
entraría una luz desesperada que todo lo quería pintar de naranja, y que arrancaba
brillos u destellos a cualquier cosa capaz de darlos. Al barniz de los muebles,
a los ángulos de los marcos, al cristal de las copas, a los utensilios de latón
de la chimenea: la pala, la escobilla, las pinzas, el atizador. Todo eso lo
veía y sabía sin dejar de contar, claro es. Cincuenta y nueve, sesenta. Clic.
Uno, dos, tres.
Un día, habría podido decir la hora, pero no la fecha exacta, la vió por primera
vez. Debía haberla puesto la mujer, porque en algo se la recordaba. Estaba en
el búcaro de vidrio del centro de la mesa, sobre el tapete de encaje. No se
movía, así que era un objeto, como él. En contra de su costumbre, decidió hablarle,
y le preguntó:
- ¿Cómo te llamas?
Ella, el objeto, pareció dudar unos instantes antes de responder:
- Rosa. Soy una rosa.
Durante unos segundos, el reloj se deleitó con el sonido de aquel nombre: rosa.
Ro-sa, ro-sa, tic, tac. No habría sabido qué decir de ella. En su vida, metódica
y cerrada, no había cabida para conceptos como agrado o belleza. De todas formas,
prefería que estuviese allí, presente. Era como tener la mirada verde mar fija
en él, aunque la mujer no estuviese.
De todas formas, él tenía un trabajo, una de esas tareas que no se acaban nunca,
y no podía, bajo ningún concepto, dedicarle a la rosa más que una atención parcial,
casi de reojo. Al volver a mirarla, ella tenía el mismo aspecto de antes, y
eso, a simple vista, parecía imposible. Porque su presencia tenía algo de intenso
y perfecto que no parecía destinado a durar. Era como si la luz desesperada
del atardecer hubiese permanecido todo el día. Generalmente, cuando esas cosas
ocurren, cuando algo se alarga más allá de su duración natural, uno se acostumbra,
primero, y se cansa después. La vida es cambio, y a cada segundo le sucede el
siguiente, como él sabía muy bien.
Pero no; eso no ocurría. De alguna manera, aquella evidencia deslumbradora que
era la rosa había venido a ocupar un lugar predestinado, a cubrir un hueco que
sólo se había hecho patente al llenarlo ella. No cansaba, porque era necesaria,
porque le daba al salón un insospechado aspecto de plenitud. Había transformado
el espacio y el ambiente, dándoles otro sentido. La luz del atardecer ya no
volvería a ser desesperada, sino apasionada, porque ella, puede que sin saberlo,
tenía el poder de cambiar el nombre de las cosas.
El reloj tenía la sospecha latente de que incluso su propia función había cambiado,
que lo que hasta entonces había sido una mecánica repetición de segundos, era
ya otra cosa. Que desde que ella había aparecido, él se encontraba produciendo
instantes, que surgían y echaban a volar como invisibles pompas de jabón, pequeñas
y alegres risas de mariposa. Tal vez eso fuese la esencia del tiempo, algo que
él, hasta entonces, se había limitado a manipular, sin pensar jamás en comprenderlo.
Como no lo comprendía ahora, aún no. Pero al menos lo maravillaba. No fué pues
nada extraño que en un acto de secreta devoción, le dedicase a la rosa aquellos
pétalos de tiempo que él desgranaba.
El reloj nunca había pensado mucho en sí mismo. Él, en el fondo, sólo era una
máquina, con un trabajo técnico y absorbente, un puesto de control. Y ni siquiera
ahora, que su vida había cambiado, se sentía especial. No, él sólo era el escenario
de un suceso especial. Algo le unía a ella, algo para lo que no tenía un nombre.
Se preguntó si sería alguna desconocida semejanza, si ella también tendría resortes
y ruedecillas. Y estaba convencido que, si los tenía, serían preciosos.
Algo tenía que hacer. No podía quedarse allí, como un pasmarote, haciendo tic-tac.
Su vida era ya otra, y tal vez era el momento de hacer cosas que no había hecho
nunca. Pero, aunque se sentía capaz de hacerlas, no sabía cómo. ¿Por dónde empezar?
Le costó mucho decidirse a dar el primer paso. Finalmente, se dirigió a la rosa
y le dijo:
- Hace buen tiempo, ¿no crees?
La rosa soltó una risita, y en tono irónico pero amable, respondió:
- Sí, hace buen tiempo. Era de esperar, que alguien como tú hablase del tiempo.
Debe ser lo que mejor conoces, ¿no?
Al reloj no le importaba quedar como un tonto, si ese era el precio por captar
la atención de ella. Estuvo pensando en hacer alguna tontería para divertirla,
como dar tres tics seguidos, sin ningún tac, pero se contuvo. Ella podía creer
que era un irresponsable. Estuvo mucho rato silencioso, buscando algo más que
decir. Se le daba muy mal, eso de la conversación. Tras descartar innumerables
banalidades, dijo por fin:
- No había visto nunca nada como tú.
Ella, ligeramente despectiva, repuso:
- Seguramente, tú debes llamar a esto una conversación, ¿verdad? Yo creía que
te habías dormido.
El reloj se sumió de nuevo en el silencio, un tanto dolido. Posiblemente no
era para él. Por mucho que se esforzase, por muchas proezas que fuese capaz
de hacer, tal vez no bastaba. Quizás ella esperaba otra cosa, algo menos soso,
alguien como un reloj de pulsera. Puede que sus hazañas, la heroicidad que suponía
sobreponerse a su carácter cerrado, y su absoluta sinceridad, no fuesen para
ella más que torpes intentos de un aprendiz.
Sus agujas dieron bastantes vueltas antes de que cambiase su estado de ánimo.
Pero paulatinamente, aquel momento de desengaño se había ido diluyendo en la
regularidad de los minutos y las horas, y al final sólo le quedó, como un leve
perfume, el eco de aquella presencia sobre la mesa.
Al volver a contemplarla, le pareció que su aspecto había cambiado ligeramente.
Tal vez lo traicionaba la memoria. O tal vez ella conocía más de una manera
de ser ella misma, sin perder su gracia, su encanto. Pero si era eso, era para
sorprenderse. Ya era bastante improbable que nada pudiese llegar a ese punto
de perfección. Pero que además no fuera un punto, una sola situación, era inconcebible.
Si aquello no era una cúspide, sino algo más, si cabía más de un gesto, de una
forma de estar, entonces podía ser todo un mundo. Un mundo de perfección. Pero
él no se sentía capaz de llegar a imaginárselo. Por eso tuvo que renunciar a
la lógica, porque la lógica le decía que ella, un mundo en sí misma, era un
imposible.
Y a pesar de todo eso, y de la amenaza de un nuevo fracaso, hizo lo único que
podía hacer: volver a hablarle. Y esta vez, ella le respondió tímidamente, como
avergonzada de su propio esplendor. Y el reloj descubrió que aquello que él
sentía, y que no tenía nombre, también tenía más de una cara, más de un aspecto,
como pasaba con ella. Porque ante la nueva actitud de ella, él también cambió.
Se le ocurrió pensar que todos esos cambios, ese juego de posibilidades, debía
ser aquello que llamaban vida.
A lo largo de los días, al reloj le ocurrieron muchas cosas, en su relación
con ella, y un instante jamás volvió a ser igual al anterior. Pero el reloj,
a pesar del júbilo que sentía, que lo había llevado a una nueva dimensión, tenía
un recelo, y estaba desconcertado. Porque ella era inagotable a la hora de cambiar,
tan pronto abierta como reservada, tímida y audaz, accesible y altiva. A él,
cada nuevo cambio lo asustaba un poco más que el anterior, y ese temor creciente
empezó a imponerse a su inclinación hacia la rosa.
El reloj, la verdad sea dicha, era un personaje más bien absorto, constantemente
ocupado en sus propios pensamientos, en analizarse. Y eso le impedía ver algunas
cosas, y algunas bastante evidentes. Por ejemplo, que la rosa la cambiaban cada
pocos días, en cuanto empezaba a ajarse. Por eso era tan variable: porque era
otra. Pero para el reloj, todas las rosas eran la rosa, la primera.
Puede que en el orden de las cosas, la rosa no fuese para él. Era lo más probable.
Sólo estaba allí para poner un reflejo rojo en las pupilas verde mar de la mujer.
Y el reloj no lo sabía. El reloj, si hubiese pasado por esa situación más de
una vez, habría podido pensar: "Todas las rosas son iguales". Pero ni siquiera
era consciente de que existía más de una.
La luz apasionada del atardecer entraba cada vez más tarde por la ventana; se
acercaba el verano, y se acababa la temporada de las rosas. Pero eso sólo era
la vida de fuera. Para el reloj, la situación era de creciente angustia y tristeza.
La rosa que vivía ante él ya no se parecía a aquella, grácil y joven, que había
visto un día por primera vez. Ahora era mayor, más abierta, y puede que algo
desvergonzada. Pero era igualmente inaccesible. Empezó a sospechar que ella
lo despreciaba, o bien que lo compadecía, lo que aún habría sido peor. Y se
sentía incapaz de llegar a entender por qué.
Tantas emociones llegaron a afectarlo. Un reloj no está hecho para sentir todo
eso. Su ritmo, antes regular, se volvió errático. Tan pronto atrasaba como adelantaba,
al compás de su desilusión o de su despecho. A veces se quedaba quieto, detenido,
y las miradas que le dedicaban el hombre y la mujer eran sorprendidas, incrédulas.
Estaba muy cansado. No era justo haber conocido algo como ella, sólo para saber
que jamás llegaría a alcanzarla. Los segundos, los minutos, serían ya para siempre
vacíos y sin sentido. Y su tarea de suministrar y administrar el tiempo ya no
le parecía importante. Ni siquiera le parecía una tarea; más bien una condena.
Un buen día, la rosa desapareció, y ninguna la sustituyó. Era ya pleno verano,
y el salón estaba lleno de reflejos dorados durante muchas horas al día. Pero
el reloj no llegó a saberlo. Se había detenido, puede que para siempre, a una
hora incierta de la madrugada. No sé si intentaron repararlo, si lo llevaron
al relojero para que lo abriese y limpiase los restos de sentimientos desgastados.
Dudo que, si lo hicieron, sirviese para algo. Y tampoco sé, en definitiva, qué
se hizo de él. Claro que, si les interesa, puedo intentar averiguarlo.
(c) Eduardo Gil Moré,
mayo de 1998.
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