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ROMANCE DE LAS DOS ESTACAS
La masacre comenzó, - con los cazadores fuera,
idos lejos a buscar - la carne de luengas tierras
que la diestra salazón - conservase toda entera
cuando el torvo manto blanco - recubriese las laderas
ansioso de cuerpos viejos, - nacidos y parturientas.
Los asaltantes mandaron - a matar al centinela,
degollada la garganta - luego la ciudad entera
abrióse ante sus espadas - como una doncella tierna
forzaron a las mujeres, - sajaron niños y viejas.
Hubo ancianos que lucharon; - ensartaron sus cabezas
en estacas aguzadas - para que todos las vieran;
el deleite más insano - brillaba en sus caras fieras.
Ocultaron las esclavas - en el bosque a las afueras.
Dispusieron el acecho, - comenzó la infanda espera.
El caudillo Nulvator - quien con sus hombres volviera
oyó horrísono sigilo - husmeó sangre ya seca,
traspuesta la empalizada - una lluvia de saetas
encontró los corazones - de la mitad de su cerca.
Las blindadas comadrejas - dejaron su madriguera
dispuestas a rematar - aquella incursión artera
empalando a Nulvator - desde el sieso a la cabeza
en una afilada estaca - para que todos lo vieran.
Cotas de bruñido acero, - celadas de cruel cimera,
contra jubones de cuero, - azagayas de madera,
el padre de Nulvator, - que a aquél su puesto cediera
acució a veinte soldados - gritando su última arenga
a cubrir la retirada - de su vástago a las cuevas
con el resto de guerreros - como si del campo huyeran,
aquellos que se quedaron - buscaron la muerte cierta,
contener al enemigo - hasta las últimas fuerzas
y caer en la batalla, - ¡ah, caer en la refriega!
la insaciable descarnada - permanecía a la espera
junto a estacas puntiagudas - para que todos las vieran.
Nulvator y su mesnada - pasaron la primavera,
el otoño y el invierno - en las lóbregas cavernas
de recónditos rincones, - húmidas honduras negras
acechando sabandijas, - murciélagos, carpas ciegas,
prendiendo la parca leña, - los matojos y maleza
que su hosco dios pusiera - en corrientes bajo tierra
mientras Rak el invasor - y la esposa traicionera
del oculto Nulvator, - Laribina la rastrera
paladeaban la carne - que el buen Nulvator trajera,
en una cálida choza, - flanqueada de cabezas
sobre sangrientas estacas - para que todos las vieran.
No hubo más conquistadores, - aquélla era tierra yerma
de fríos atardeceres - y heladas y eternas nieblas,
pardo liquen, abedules - cipreses, bestias hambrientas,
peñascos, cumbres peladas - y revueltas torrenteras.
La guardia se relajó, - las mujeres eran tiernas
sus maridos sepultados - en el vientre de las hienas
y sus mórbidos abrazos - sabían a miel de especias,
que todas las que escaparon - aquellos que las prendieran
las hicieron ensartar - antes que su turno fuera
con las manos tremulentas - a sus propias compañeras
en estacas amoladas - por que las demás las vieran.
El invierno agonizante - con la nevada postrera
sombras de piel macilenta - protegiéndose las cuencas
de luz de luna cubierta - abandonaron su cueva
cuchillos de hierro en mano - y lizas de cañavera
la noche en que las mujeres - con el vino de la cena
remezclaron cautelosas - acónito y dormidera.
La mañana iluminó - una horrífica floresta
de invasores gemebundos - sobre carmesíes yemas
ante Rak y Laribina, - atados con recias cuerdas,
toda regada con sangre - salvo dos estacas nuevas,
dos estacas ensebadas - para que los dos las vieran.
(c) Fermín
Moreno González, 2000.
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