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RÓMPEME, MÁTAME
Por Andrés Moreno Galindo
"Tus ojos ya no me miran, son tus labios
dos mentiras. Tu lengua insulto y caricia, pero así me siento viva"
Trigo Limpio
Canción "Rómpeme, mátame"
Ya está otra vez aquí, en la casa, ya llega, ya puedo oír el sonido de sus pisadas
subiendo por las escaleras, tambaleándose en la oscuridad, ya puedo sentir el
calor del infierno que arde en su mente y quema las lágrimas que brotan de sus
ojos, ya puedo notar la ira, ya puedo ver su mirada demente, sus manos engarfiadas,
intentando atrapar su inocencia perdida, el olor del cuerpo de una niña en un
baile del colegio, el tacto del pecho de alguien cuya cara se desdibujó hace
tiempo, ya puedo ver su ira creciendo, buscando, buscándome. Y yo estoy aquí,
tumbada en la cama de esta habitación, esperando, como siempre, aterrorizada,
mirando fijamente la puerta, el pomo, y aunque la muerte acabó con el miedo
a sus golpes, lo ha sustituido por la horrible certeza de que la muerte no nos
ha separado, de que él seguirá viniendo, noche tras noche, cada día más desesperado,
cada día más enloquecido. Podría salir de aquí, abandonar esta casa, pero nunca
lo he hecho, y nunca lo haré. El exterior me da miedo, me da más miedo que él.
No puedo internarme en esas calles solitarias, me mareo, al cabo de unos metros
todo se desdibuja, los colores se difuminan y los objetos se me antojan carentes
de energía, como manchas lechosas en un paisaje muerto. Y prefiero quedarme
en esta habitación, mirando hora tras hora la bombilla que cuelga del techo,
fijamente, fijamente, hasta que puedo oír el zumbido de la electricidad dentro
del cristal. También sigo los contornos del papel pintado de las paredes, enlazando
sus líneas, formando caras, cuerpos, edificios, y así he construido durante
años mundos enteros, ciudades inverosímiles, generaciones de seres imaginarios
que han vivido y han muerto dentro del papel. Hasta que llega la hora, hasta
que oigo la puerta de la calle abrirse, y pienso que no debería oírla, y siento
que la muerte se burla de mí, que se muere de risa observando mi terror y mi
estupefacción mientras me susurra al oído: "toda la eternidad, toda la vida
y toda la muerte". Giro la cabeza y veo la pistola encima de la mesita de noche,
que también se burla de mí, con los restos de su carga de muerte hibernando
en su fría ánima, provocándome como aquella noche de hace años, pidiéndome que
vuelva a empuñarla y que vuelva a avanzar hacia él con ella en la mano. Un solo
disparo, y la cara amada, la cara mil veces cubierta de besos, mil veces venerada
y luego odiada mil veces fue arrasada por el plomo candente, y así sigue, noche
tras noche, y hace ya tantos años...
Lo oigo tras la puerta. Él también tiene miedo, puedo sentirlo supurar a través
de ese torbellino de frustraciones, recuerdos, furia y demencia que es su mente.
Lo sentí el día del entierro, cuando, susurrando su ira sorda y apenas contenida
a través de la madera del ataúd, me dijo que volvería, que aquella misma noche
volvería, que le daba igual la muerte, que le esperara porque volvería, y lo
hizo. Y yo estaba allí para esperarle. Como ahora, encogida y sumisa ante ese
hombre enloquecido que quiere volver a ser un niño y no puede, que me golpea
y me escupe a la cara su resentimiento, su desconcierto, que busca culpables,
que quiere señalar a alguien como al causante de sus desgracias, que me ha convertido
en el gatito al que se tortura porque te obligan a volver temprano a casa. Porque
él tampoco es libre, también de él se burló la muerte. Y vuelve a casa, noche
tras noche, porque ya no sabe hacer otra cosa más que buscarme para seguir odiándome
y seguir gritándome su odio a la cara. Porque aunque ahora ya no me puede golpear,
y ya hace tiempo que dejó de intentarlo, necesita herir de cualquier manera
a ese ovillo de carne acurrucada en un rincón que tiembla, que reza a un Dios
en el que no cree, que intenta cerrar los ojos pero no puede, que sólo desea
verle caer sobre la cama y dormirse musitando incoherencias entre gemidos para
acostarse al lado de ese desquiciado horror que hace una eternidad cogía su
cara y miraba sus ojos con centelleos de amor y deseo infinito en su mirada.
Ya nadie viene a la casa. Tras la Noche de la Muerte, casi todo el mundo creyó
la historia del suicidio, todos esperaban algo así, y en cierta manera suspiraron
aliviados, pero progresivamente dejaron de venir, dejó de interesarles la compañía
incómoda de una especie de fantasma desorientado que hacía un esfuerzo por enfocar
una mirada perdida y vacía hacia ellos, sin importarle lo más mínimo lo que
le decían, sonriendo estúpidamente desde el sillón. Lo prefiero. Sus rostros
y sus cuerpos también se desdibujaban progresivamente, se me antojaban maniquíes
en movimiento, o esos modelos de figuras de madera que utilizan los pintores
y que pueden adoptar diferentes posturas. Me alegré cuando el último amigo dejó
de aparecer por la casa. Ahora estamos solos los dos, y lo mismo que hace tiempo
vivimos nuestro paraíso vivimos ahora nuestro infierno, juntos, juntos para
toda la eternidad. Y yo sólo sé que su odio es tan grande que ha vencido a su
locura y a su horror, y vuelve a subir las escaleras cada noche, camina por
el pasillo en tinieblas y abre la puerta de la habitación donde yo le espero,
y sabe que mi miedo es infinito, que lo puede sentir, aunque tras la Noche de
la Muerte, cuando en el forcejeo la pistola se disparó a bocajarro sobre mi
cara, mi rostro no pueda reflejarlo...
A Don Jesús Ruiz, mi mejor maestro, con mi agradecimiento por inculcarme
su amor a las palabras.
(c) Andrés Moreno Galindo,
Cornellá de Llobregat, 19 de Julio de 2001.
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