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EL SUEÑO DE LA RAZÓN

Vamos a la Primera Parte

por Armando Boix

 

Vigiló el monitor. Un dígito en una esquina indicaba treinta minutos desde el inicio del adormecimiento. Pronto entraría en la fase de ondas delta; aún debería aguardar una hora más, al menos, para observar su entrada en la fase REM. Era un momento delicado. Hasta ese instante resultaba imposible verificar si la programación de su sueño era la correcta, pues cualquier bug involuntario podía convertir en pesadilla lo que debería ser un sueño placentero. El único método de comprobarlo era observar atentamente las reacciones físicas del durmiente.

Una pesadilla de la que no puedes despertar. Marisa se estremeció. Hasta entonces los sueños sintéticos se habían limitado a ser un lucrativo negocio, pero en malas manos podían llegar a convertirse en un instrumento terrible. La condena a sufrir tus miedos una y otra vez podía ser peor que una sentencia de muerte. En los pasillos se contaba alguna anécdota sobre experimentos de ese tipo, aunque Marisa siempre la había tenido por uno más de los cuentos con los que se probaba la credulidad de los novatos. La posibilidad existía, sin embargo, y eso bastaba para convertirla en aterradora.

El fluracepam 7 se había erigido en el somnífero definitivo, la última generación de las benzodiacepinas descubiertas a mediados del siglo pasado por Henrik Leo Sternbach. Las benzodiacepinas reforzaban la acción del ácido aminobutírico-gamma, un neurotransmisor natural inhibidor del sistema nervioso central. De su amplia familia, el fluracepam era el fármaco más resistente a la tolerancia y, sobre todo, mucho más que los barbitúricos, prácticamente en desuso. Si algo tenía el fluracepam de negativo era su capacidad adictiva, pero eso no importa demasiado: ninguno de los pacientes quería volver a estar despierto.

No obstante, el fármaco apenas habría servido de nada sin los avances informáticos en realidad virtual de las últimas décadas. Lo que en un principio fue desarrollado como un juego espectacular y un método barato de simulación para entrenamientos, había encontrado su primera aplicación médica en psiquiatría, con la reproducción de los sueños paranoicos de los enfermos y su posterior alteración. Era inevitable que alguien acabara considerando el sistema como el refugio ideal para millonarios aburridos del mundo que les rodeaba.

Inmersa en sus reflexiones, Marisa ni se dio cuenta del transcurrir del tiempo. En la cama el durmiente se agitó y empezó a erguirse un bulto sospechoso bajo las sábanas. Al principio, durante sus prácticas de enfermería, se había escandalizado un poco con aquellas erecciones de los durmientes; ahora las contemplaba como un síntoma más de que todo andaba correctamente. Las manos morenas del paciente se contrajeron y en el ceño aparecieron algunas arrugas. Su respiración se aceleró. El ritmo cardíaco permanecía en los límites normales.

El convulso trazado de la línea del encefalograma se había aplacado, mostrando un esquinado más suave. El durmiente entraba en su primera fase REM, de diez minutos.

Marisa se relajó y se olvidó un rato del monitor para contemplar al nuevo paciente. Le intrigaba. «Retirarse» tan joven resultaba, cuanto menos, una excentricidad. La mayoría de durmientes eran ancianos a los que no les quedaba una esperanza de vida superior a diez años. A él le aguardaba una pequeña eternidad de lenta degradación física antes de morir. ¿Treinta, cuarenta años? No estaba segura de que nadie pudiera aguantar tanto tiempo bajo los efectos de las drogas y en completa inmovilidad. Pronto sus carnes, ahora frescas y tersas, se amoratarían y llenarían de llagas, y los masajes y antisépticos poco podrían hacer para evitarlo. Marisa sabía que pocos clientes consideraban aquel aspecto cuando firmaban el contrato. Lo que buscaban era, simplemente, dejar atrás la realidad.

En algún lugar de los sótanos miles de discos ópticos encerraban en forma de bytes los sueños que les suministrarían, diseñados a medida según las especificaciones de cada cliente. Mundos con un único protagonista; tentación atractiva, sin duda. Y un refugio para cobardes, se dijo Marisa.

Se levantó y se acercó a la cama. Habían grabado el nombre del paciente -Walter Celaya- en una plaquita dorada junto al cabezal. Sus ojos se movían con rapidez y su boca trazaba una sonrisa serena. Marisa cogió una toallita de papel y limpió el hilillo de baba que fluía por la comisura de su boca.

Tienes que haber sufrido mucho. ¿Por qué, si no, rendirse de este modo? Tal vez te faltó paciencia, esperar un poco... Todo dolor tiene un bálsamo. ¿Quién sabe sí...?

Marisa se molestó ante sus pensamientos y volvió a la butaca intentando borrarlos, aunque el joven durmiente despertaba en ella una curiosidad difícil de apagar.

Para muchos, el tratamiento del sueño podía convertirse en un sucedáneo del suicidio. Si para la mayoría de la humanidad la muerte era la única salida posible para muchas angustias, los durmientes habían optado por un método más fácil y placentero. Continuaban vivos, en un sentido estricto; pero la vida, además de un proceso biológico mesurable, es también cambio, transformación y combate. ¿Cabía considerar vivientes a aquellos cerebros atrapados en un bucle interminable que no hacía otra cosa que repetir la mismas escenas? Había pacientes, como la anciana Leonor Krupp, que recreaban su gloria perdida; otros se contentaban con rememorar su existencia cotidiana con personas muertas años atrás y a las que no se habían acostumbrado a olvidar; unos pocos, tal vez los más imaginativos, preferían entregar a los programadores el guión de alguna aventura que jamás se habrían atrevido a afrontar durante su vida gris y atada a las convenciones. ¿A cuál de aquellos grupos pertenecía su paciente? Era lo suficientemente joven como para no ceder a añoranzas o arrepentimientos. Tenía que echar algo de menos, algo que el dinero -que debía poseer en abundancia- no podía comprar.

Sin saber cómo, Marisa se encontró fantaseando sobre el hombre dormido. Imaginó un rechazo inmisericorde, un amor imposible, una separación trágica... Tal vez en algún lugar de la ciudad, y en aquel momento, una mujer cumplía con sus tareas inconsciente del desatino que aquel hombre acababa de cometer por ella.

De poder leer sus pensamientos -reconoció Marisa con un suspiro- a sus compañeras de trabajo les encantaría confirmar la caricatura que dibujaban de ella como romántica impenitente.

A las diez de la noche el paciente de la 21 ya había pasado cinco veces por el estadio REM sin demostrar ninguna alteración. Cuando llegó la enfermera del siguiente turno para sustituirla, a Marisa le irritó un poco comprobar que, en contra de las ordenanzas, llevaba en la mano un visor portátil. Sin duda se pasaría su turno leyendo revistas electrónicas o viendo telenovelas, y dedicaría al durmiente sólo alguna ojeada esporádica. De cualquier forma, era poco probable que manifestara alguno durante la madrugada, pasadas aquellas ocho horas primeras sin problemas.

Estará bien -se dijo, combatiendo una inquietud que no acababa de entender-. Y aunque así fuera, tampoco debería preocuparme. El señor Celaya no es nada mío.

 

Como era habitual, a mediodía del día siguiente Marisa tomó el suburbano para acudir a la clínica. Los empujones, el olor a sudor, la prisa en el ambiente, que tan desagradables resultaban de ordinario, no consiguieron empañar su insólito buen humor. A Marisa no le gustaba su trabajo. Ni una semana de limpiar la suciedad ajena había necesitado para darse cuenta de que ser enfermera no era tan bonito como parecía a través de las películas; requería más vocación y entrega de la que ella tendría jamás. No obstante, se sentía impaciente por volver a su puesto y saber cómo había pasado la noche el paciente de la 21.

Apenas se sintió contrariada al comprobar que habían vuelto a asignarle el servicio de aseo. Recogió el carrito y con un suspiro de falsa resignación empezó la ronda habitual.

Cuando fue contratada y comprobó que no iba a estar en ningún quirófano pasando bisturís al cirujano, sino limpiando excrementos, Marisa consideró que, pese a lo desagradable, el trabajo iba a tener también sus compensaciones. Se le concedía un margen de autonomía y no tendría encima a un jefe mirando por encima del hombro. Pronto comprobó por qué no era necesario.

Su planta constaba de cincuenta habitaciones, habitualmente llenas. Aquello significaba que no llegaba a los diez minutos el tiempo del que disponía para reponer los frascos de fluracepam en los goteros, vaciar bacines, limpiar a los durmientes y cambiar la ropa de cama. En su primer día, al llegar al tercer paciente ya había acumulado un retraso de quince minutos y, por más prisa que se dio, tuvo que prolongar su jornada una hora más para poder acabar el trabajo. Ahora, con la práctica, ya no le ocurría; pero no tenía tanta como para no andar siempre apurada, pendiente del reloj y al borde del agotamiento.

Ante la visión de sus miembros delgados y quebradizos resultaba increíble comprobar lo pesados que eran en realidad los cuerpos de los durmientes. El primero no se notaba; quizá tampoco los dos o tres siguientes. Después de varias horas girándolos para limpiar y masajear sus espaldas, a los brazos doloridos de Marisa los cuerpos parecían lastrados por una tonelada de plomo.

Sólo le consolaba su capacidad para abstraerse y realizar sus tareas mecánicamente, mientras su cabeza se distraía con conversaciones imaginarias o recordando la letra de alguna canción. Ahora su repertorio de entretenimientos mentales se había ampliado con la llegada del paciente de la habitación 21. Los pensamientos de Marisa se repartían entre las razones que le habrían movido a adoptar aquella decisión y el recuerdo de su perfil anguloso y enérgico, tan varonil, como sacado de un anuncio de colonia para hombres.

Al llegar a ese punto no dejaba de repetirse que era una tonta. Cualquier ilusión que se hiciera al respecto sólo serviría para hacerse daño. Sin poder evitarlo, el desconocido Walter Celaya había conseguido despertar en ella una comezón casi olvidada.

Era un capricho equiparable al que cualquier chiquilla fantasiosa siente por su profesor; aunque aquí la fascinación por la autoridad había sido sustituida, seguramente, por el instinto de protección. Podría admirarle, permitirse soñar con él, pero difícilmente su interés conduciría a ninguna parte. Walter Celaya nunca despertaría; a efectos prácticos era como si estuviera en otro planeta y sólo viera su imagen a través del teledata. Demostraría más sensatez respondiendo a las aproximaciones del doctor Bea que encariñándose -¿enamorándose? Marisa no se atrevía ni a pensar en la palabra- de un durmiente. Tal vez, reflexionó en voz baja un rincón oscuro de su mente, era su misma inaccesibilidad, unida al misterio, lo que le hacía atractivo. Siendo una mujer joven y no carente de gracia, su escaso éxito sentimental sólo podía entenderse por su propio miedo. Temía a los hombres, temía derribar sus propias barreras y ceder a la intimidad con extraños... Temía, en definitiva, al dolor, aunque su prevención no hacía otra cosa que prolongarlo y hacerlo más sordo, quizá, pero no menos dañino.

Cuando, en su recorrido, llegó a la puerta de la habitación 21, antes de entrar amordazó a su quisquillosa conciencia.

Buenas tardes, Walter. Sobra desearte felices sueños.

El paciente dormía plácidamente, con los discos de cobre bombeando imágenes a su cerebro. La enfermera de la mañana no se había molestado en rasurarle y una barba oscura empezaba a despuntar en sus mejillas y mentón. No era su deber, pero a Marisa le molestó aquella falta de respeto. En un anaquel de vidrio junto a la cama estaban los útiles de aseo de cada paciente. Cogió la máquina de afeitar y empezó a deslizarla por su rostro. Le sujetaba de la barbilla para mantener firme su cabeza y Marisa notó bajo sus dedos una súbita tensión, como si a pesar de los efectos del somnífero el paciente se diera cuenta de su presencia, notara el contacto sobre su piel e intentara girar la cabeza.

Tranquilo; son buenas manos. Mientras dependas de mí estarás bien atendido. Y ni siquiera espero propina.

Después del afeitado pasó una toallita con loción por su cara. No se detuvo a contemplar el resultado de su obra; ya se había entretenido demasiado. Retiró la bolsa del catéter, arrojó las sábanas al carrito y prodigó un enérgico masaje.

Walter Celaya tenía el cuerpo de un hombre que ha pasado muchas horas en el gimnasio: abdominales bien definidos, pectorales duros como rocas, bíceps voluminosos... Mientras acariciaba sus músculos, Marisa empezó a excitarse. Era una sensación nueva. Nunca le había parecido que el cuerpo masculino fuera especialmente admirable. Cierto que en el teledata aparecían algunos modelos muy guapos, pero jamás había podido constatar su existencia en el mundo real. Los hombres con los que se encontraba en el trabajo o andando por la calle tendían más a la blandura, con sus vientres prominentes y sus nalgas caídas. Marisa buscaba algo más que un físico espectacular: sensibilidad, comprensión, un poco de ternura... De todos modos, Walter Celaya habría colmado las expectativas de cualquier mujer.

Marisa se apartó de la cama. Respiraba muy deprisa y sentía en sus mejillas un incómodo ardor. Ojalá no entre nadie. Fue a la pila del lavabo y se remojó la cara. En pocos minutos recobró la compostura. Volvió entonces junto al durmiente, lo cubrió con las sábanas nuevas y lo peinó.

Marisa abandonó la habitación 21 esforzándose para no volver la vista.

Acabó su turno con una aspereza en su ánimo muy diferente al excelente humor con el que había entrado a trabajar. Cinco minutos antes de las diez bajó el carrito al sótano, arrojó la basura al incinerador y entregó las sábanas en lavandería. Después regresó a su planta para quitarse el uniforme.

El doctor Bea estaba en el pasillo, junto a la puerta de la cabina de control. Tenía un vaso en la mano y removía su contenido con un palito de plástico, mientras lo miraba escasamente complacido. Al pasar Marisa a su lado levantó la vista.

-Hola, Marisa. ¿Ya te vas a casa?

-Sí, doctor...

-Si te esperas un minuto a que llegue mi relevo puedo llevarte en coche. A partir de hoy tengo horario nuevo y me coge de paso.

Marisa dudó. Acabó decidiendo que no sería mal remedio para su obsesión la compañía de alguien capaz de mantener una conversación coherente en lugar de limitarse a proferir ronquidos.

-Gracias, doctor. Me cambio y le acompaño.

Antes de llegar al cuarto de las enfermeras Marisa ya había empezado a arrepentirse. A lo mejor el doctor Bea interpretaba su aceptación como pie para un mayor acercamiento, y no era esa su intención. No le gustaba el doctor. Demasiado pagado de sí mismo, demasiado ansioso por triunfar. De sus tiempos como residente le había quedado entre sus compañeros la fama de trepador implacable, que ahora procuraba maquillar con una amabilidad no siempre sincera.

Se mudó de ropa y salió con la esperanza de que alguna urgencia de última hora retrasara al doctor y le brindara así una excusa para marcharse sola. Pero el doctor Bea aguardaba en la puerta, sin su bata blanca y con una chaqueta de diseño italiano.

Tomaron el ascensor hasta el garaje de la clínica. El aparcamiento asegurado era un privilegio del que no disfrutaban muchos y sin él los vehículos tenían prohibido el acceso al centro de la ciudad. Si ya lo había sido en el pasado, ahora más que nunca el automóvil se había convertido en termómetro del nivel social de su propietario.

El doctor Bea condujo a Marisa hasta un Volvo último modelo y abrió la puerta del acompañante antes de dar la vuelta y entrar él mismo. Arrancó y enfiló lentamente la rampa hasta salir al exterior.

-Vives en Barberà, ¿verdad?

-Sí, doctor Bea.

-¡Oh, vamos! ¡No seas tan formal! Eso está bien con viejos carcamales como el doctor Planas, pero nosotros debemos de tener la misma edad. Llámame Alex, simplemente.

Alex. Alex Bea... No le encajaba el nombre. Por él se le supondría uno de los camilleros de la sección A o un auxiliar de farmacia. Bea no era apellido para un médico; demasiado breve. Liviano. Mejor Ortega o Santamaría.

Marisa sonrió ante su ocurrencia. Alex interpretó el gesto de forma equivocada y sonrió a su vez.

Estar dentro del coche obligaba a una intimidad que difícilmente podía producirse en otro sitio. Marisa sintió en su piel el calor que desprendía el doctor Bea y su olor particular: loción Aura y un leve recuerdo de tabaco rubio y pastillas de menta. Sobre el volante estaban sus manos suaves, de uñas perfectamente recortadas. Sus ojos castaños, en la penumbra, aparecían más oscuros e intensos que en la clínica.

Conducía con afectada soltura, aunque sorteaba agresivamente a los restantes vehículos intentando impresionar a Marisa. Podía haberse ahorrado el esfuerzo; a ella le resultaba indiferente su pericia al volante. Viendo que de aquel modo no conseguía ningún efecto, el doctor Bea probó a entablar conversación:

-¿Cómo fue ayer la guardia? ¿Aburrida?

-No tanto. Estaba suficientemente intrigada como para que el tiempo me pasara volando.

-Por el paciente, supongo...

-Sí. Nunca había atendido a nadie de esa edad. Resulta extraño. ¿Por qué decidiría ingresar?

El doctor giró a la derecha y el automóvil redujo automáticamente sus marchas a medida que se adaptaba a la velocidad decreciente del desvío.

-Es la pregunta que nos hacíamos todos. En eso los médicos tenemos una ventaja sobre el personal sanitario: podemos acceder a su historial.

Marisa se volvió hacia el doctor, interesada.

-Claro; no se me había ocurrido. Tal vez tú sepas algo..., Alex.

El doctor Bea se removió en su asiento, feliz de encontrar un tema que le permitiera presumir ante Marisa. Su rostro adoptó una expresión ufana.

-Walter Celaya llevaba horas en recepción de pacientes al llegar yo a la clínica. Le habían inyectado un sedante de transición antes de llevarle a su cama e iniciar el tratamiento. Estaba ligeramente embriagado por la droga; ya sabes lo locuaces que se vuelven algunos pacientes en esos momentos. Él, en cambio, ni abrió la boca. Mientras le examinaba intenté mantener una conversación, sin resultado.

«Después, con el paciente durmiendo, pregunté a los compañeros. Nadie sabía nada de él. El ingreso lo autorizó el doctor Planas en persona... Donde hay capitán no manda marinero.

-Consultarías el historial...

-No tardé ni un minuto. Desde la cabina de control conecté con la base de datos... Walter Celaya Peña. Treinta y seis años, con un estado de salud envidiable. Abogado y economista. Alto ejecutivo de la Southern Electric... Tiene crédito suficiente para pagarse una siesta de siglos. Si yo fuera él, emplearía mi dinero en algo completamente diferente, desde luego; parece estúpido echarse a dormir teniendo el mundo a tus pies. Pedí el informe psicológico, pero no apareció. En su lugar encontré las conclusiones de una entrevista personal realizada por el doctor Planas.

-¿Es eso correcto? Creía que para autorizar el tratamiento era obligatorio el informe.

-En realidad se trata de un tecnicismo para cubrirnos las espaldas en caso de que algún familiar intente demandarnos. Si un experto certifica que nuestro cliente decidió sumirse en el sueño por voluntad propia y en pleno uso de sus facultades mentales, ningún picapleitos tendrá dónde agarrarse. En el caso de Walter Celaya nada impedía prescindir del papeleo, pues no tenía a nadie en el mundo.

-¿A nadie?

-En absoluto. Sus padres fallecieron en un accidente, teniendo él diecisiete años. Y su mujer e hija... Bueno, eso es lo más desagradable de la historia. Supongo que ahí reside la clave para entender su decisión.

-¿Qué les sucedió?

-Un maniaco las violó y asesinó... A las dos. -El doctor Bea entrecerró los párpados hasta que casi formaron una línea dura y negra bajo las cejas fruncidas-. La niña tenía sólo seis años.

-¡Dios mío! -exclamó Marisa con verdadero pesar, encontrando sus fantasías sentimentales casi insolentes ante aquella revelación-. Nadie puede desear seguir en el mundo después de algo como eso.

El doctor Bea lamentó demasiado tarde haber hablado tanto; Marisa se sumió en un silencio caviloso el resto del viaje, impresionada por la historia. Sólo pareció despertar al llegar a Barberà. Fue indicándole al doctor el camino que debía seguir para llegar hasta su casa.

Cuando se detuvieron, el doctor Bea dudó, como queriendo decir algo. Tal vez había elegido aquel momento para hacer algún tipo de proposición. Se lo pensó mejor y se limitó a desearle las buenas noches. Marisa le dio las gracias por su amabilidad y bajó del coche, que no arrancó hasta que ella entró en el portal.

Aquella noche, después de cenar, Marisa pidió a su teledata que rastreara cuantas noticias hubiera disponibles sobre Walter Celaya. Tras unos segundos de espera apareció en pantalla un índice con todos los ítems hallados. Descartó algunos artículos procedentes de páginas de información financiera hasta encontrar lo que buscaba.

 

Vamos a la Tercera Parte de EL SUEÑO DE LA RAZON

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(c) Armando Boix
 

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