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EL SUEÑO DE LA RAZÓN

Vamos a la Segunda Parte

por Armando Boix

El asesinato de su familia había merecido titulares durante un par de días; después, una larga serie de sueltos continuaron informando sobre el desarrollo de la investigación hasta su cierre.

Como era habitual por su trabajo, Celaya había permanecido fuera de casa durante una semana en viaje de negocios. A su regreso no fue una bienvenida cariñosa lo que recibió. Alguien había burlado los sistemas de seguridad del jardín y había llegado hasta la puerta principal. No demostraba ésta que hubiera sido forzada, quizá porque, al no recibir aviso de las alarmas, su mujer había abierto creyendo que era el marido quien regresaba inesperadamente.

A Celaya se le presentó un cuadro terrible. Los muebles aparecían volcados, hechos jirones los cuadros, rotas las cerámicas que adornaban el interior... En el suelo tropezó con el batín desgarrado de su mujer. La manchas pardas no formaban parte, precisamente, del estampado.

La sangre, puntuando los peldaños con gruesos goterones, testimoniaba una huida desesperada escaleras arriba, hasta llegar a uno de los dormitorios, aunque el improvisado refugio sólo había servido para exaltar la furia del intruso. La puerta estaba astillada y arrancada de sus goznes por las arremetidas de un pebetero metálico. Dentro, Walter Celaya encontró a su mujer y su hija.

O lo que el asesino había dejado de ellas.

Las noticias del teledata obviaban los detalles, pero dejaban traslucir el brutal ensañamiento del que habían sido objeto con una frase: «Sólo las piezas dentales permitieron su reconocimiento».

Marisa apagó el teledata con el asco estrangulando la boca de su estómago. Los sueltos no anunciaban la detención de nadie. El loco que había cometido el crimen -porque nadie que no tuviera una mente insana podías ser capaz de cometer aquella atrocidad- aún seguía en libertad.

Ahora era fácil entender a Walter Celaya; el dolor, la desesperación, la rabia, acrecentados por la constancia de que todo había quedado sin castigo. El olvido era lo único deseable en aquella situación... O tal vez no, reconoció Marisa. Quizá el pobre hombre había escogido volver a vivir su pasado, antes de que la irracionalidad de la violencia destrozara su hogar, y en estos momentos soñaba con su regreso a casa, con una esposa e hija cariñosas que se acogían a su abrazo.

 

Durante todo su turno Marisa tiró del carrito con alguna urgencia, aunque en realidad nada la forzara a acelerar su ritmo de trabajo. Al acabar la habitación 10 tenía seis minutos ganados sobre las previsiones y al llegar a la 20 esta renta se había incrementado hasta el cuarto de hora. Nunca había trabajado con tanta rapidez, pero no era el entusiasmo sino la impaciencia lo que la impulsaban, inconscientemente, a adelantar sus rutinarias atenciones a los durmientes.

Marisa quería ver a Walter Celaya. Todo lo que había sabido el día anterior cambiaba por completo la imagen que se había trazado de él. Si ya se sentía atraída por su llamativa juventud, su tragedia personal la enternecía aún más. Ahora ya no se retraía de admitir su capricho. Le gustaba aquel hombre y habría deseado verle despertar para consolarlo, para hacerle comprender que ella entendía su dolor y que haría cuanto pudiera para intentar mitigarlo.

Por supuesto, Marisa sabía que esa escena que se representaba una y otra vez en su imaginación nunca tendría lugar. Walter Celaya se había condenado a sí mismo a dormir para siempre y ella no tenía el poder de hacerle regresar. Sí estaba en su mano, al menos, el cuidar de su cuerpo inconsciente. Él no lo sabría, pero Marisa siempre estaría a su lado.

Para llegar a la habitación 21 cruzó ante la cabina de control. El doctor Bea la saludo alzando la mano y con un «hola» que sus labios pronunciaron pero no llegó a traspasar el cristal. Marisa respondió con idéntico gesto e hizo girar el carrito para introducirlo por la puerta de la habitación.

Walter Celaya estaba más pálido, con pequeñas gotas de sudor lustrando su piel. Esa delgadez malsana que mermaba a todos los durmientes había empezado a cebarse en sus brazos y mejillas. Tumbado de costado y sin los electrodos de cobre en su cabeza, Walter pasaba por su fase de reposo con sueño No REM.

Marisa se quedó de pie delante de la cama, contemplándolo. Miraba su frente, cruzada por arrugas prematuras, y se preguntaba por los tormentos que se removían allí detrás... A lo mejor, después de todo, no estaba enamorada de él, como había llegado a creer. La compasión no se aviene con el amor, y era compasión, ahora estaba segura, lo que sentía por Walter Celaya.

Esperaba, al menos, que después de sufrir tanto hubiera encontrado un poco de paz. Se lo deseaba sinceramente y estaba dispuesta a comprobar que así era, que ningún error de los programadores hubiera permitido un resquicio por donde el dolor pudiera colarse.

Marisa cogió los discos de cobre del inductor de sueños, untó su superficie con el gel y los apoyó contra sus sienes.

Frío. Oscuridad. Luces. Pequeñas luces en el cielo y ante mí.

En la noche la luz de la ventana brillaba cálida, invitadora. La miró fijamente y volvió luego la vista a las casa vecinas. Él -o ella, porque en Marisa se mezclaban los pensamientos propios con los de Walter Celaya- casi podía oír los pasos sobre la moqueta, el tintineo de los cubiertos disponiéndose para la cena, las risas enlatadas de una comedia del teledata. Le temblaban las manos de pura impaciencia, pero tenía que esperar para no ser descubierta, como había aguardado en el hotel junto al aeropuerto: contando los minutos y las horas hasta decidir que era el momento adecuado.

No encendió la radio del coche. No fumó. Se abrazó para contener su impaciencia y aguardó a que las luces se fueran apagando. Todas menos las de su casa. Ya sabía que las encontraría así; a ella -maldita zorra- le gustaba leer hasta tarde, cuando la niña dormía y todo quedaba en silencio.

Abrió y bajó del coche. No se detuvo a cerrar la puerta. En su cabeza sólo cabía la imagen de aquella carne blanca, de los labios rojos henchidos de sangres. Gritará. Sí, gritará. ¡Cómo gritará! Sintió volver el temblor y cerró los puños hasta clavarse las uñas en la palma de la mano.

Cruzó la calle. La cancela del jardín detectó el llavero en su cinturón y se abrió silenciosamente. Todo le empujaba hacia delante. El agudo chirrido de los grillos, la luz de la luna tallando los perfiles, eran como espuelas que se clavaban en su cabeza. Le recordaban la filosa forma de las navajas, de los cristales astillados, de las hojas de afeitar...

Llegó a la puerta de la casa a grandes pasos, pero ésta no respondió a la señal de su llavero. La zorra ha cerrado por dentro. Sintió el impulso de golpear y hacer pedazos esa delgada hoja de madera que se atrevía a interferirse en su camino. Se contuvo y llamó al timbre. Aun así se dio cuenta de que apretaba el botón con excesiva insistencia. Su deseo era tan grande... Una flor roja que abría sus pétalos espinosos y amenazaba con desgarrar sus entrañas. Llamó de nuevo. Llamó, llamó...

Pasos tras la puerta. Un zumbido electrónico y la cámara sobre el dintel se inclinó para observarle. Una exclamación sorda en el interior. Un chasquido. Otro. Los pestillos se descorrieron y se abrió la puerta. Una mujer le sonrió y se estrechó el cinturón de la bata.

La reconoció.

Marisa vaciló, dividida entre su pensamiento consciente y las imágenes de los sueños inducidos. Ella se sentía incapaz de recordar su nombre, pero para Walter Celaya aquella mujer era alguien muy familiar. Podía rememorar su olor, el sabor salado de su piel, el timbre de su voz. ¿Se trataba de su esposa?

La mujer se acercó y toda reflexión se vio barrida por una avalancha de nuevas sensaciones. Ella habló -«No esperaba que regresaras tan pronto»- y Marisa notó la presión de unas manos que se apoyaban para darle un beso.

No dejó que lo hiciera. Levantó la mano y la golpeó con todas sus fuerzas. Azotada, la mujer giró bruscamente. Se derrumbó, cayendo de costado. Con la mano en el rostro la contempló con una mirada incrédula y anegada por las lágrimas.

Tu marido a llegado a casa, dijo Marisa; pero las palabras no sonaron en su boca sino entre la cacofonía de ira, deseo y satisfacción, una violenta satisfacción, que era ahora su cabeza.

No quiero que me toques.

La mujer lloraba. Marisa le arrojó una patada que se hundió en su costado. Se revolvió intentando apartarse. Un nuevo puntapié impactó en su cabeza.

Aturdida, la mujer andó a gatas unos metros, aunque no consiguió escapar. Fue agarrada por los pelos y obligada a ponerse de rodillas, solo para volver al suelo tras un golpe con el dorso de la mano que cruzó su mejilla. Una mancha de sangre empezó a extenderse por la moqueta desde sus labios partidos.

Eres una perra sucia. Necesitas que alguien te enseñe. Sí, yo lo haré. Te juro que te enseñaré lo que es bueno.

Marisa no supo cómo aquella mujer maltratada consiguió escabullirse. Volvió a sujetarla y su bata se desgarró, quedándose con la prenda entre las manos, mientras su víctima corría desnuda hacia las escaleras. Marisa la alcanzó y la sujetó por el tobillo. Tiró para atraerla, pero la mujer se agarró a las columnas de la barandilla. Aquello la enfureció todavía más. Marisa -Walter- se arrojó sobre su espalda, mordiéndola, arañándola. Hizo presa en sus manos engarfiadas y tiró hasta que sus dedos cedieron con un chasquido seco. Su chillido de dolor estremeció la casa.

«¿Mamá? ¿Qué sucede, mamá?»

La voz sonó en el piso de arriba. En su delectación había olvidado a la niña. Marisa se alegró de recordarla; aquello iba a hacer la fiesta mucho más divertida.

La mujer aprovechó los escasos segundos en que su esposo, atraído por la voz, dejó de herirla para darle un empujón. Marisa perdió el equilibrio, vaciló al borde de un escalón y cayó rodando un breve tramo. Cuando consiguió incorporarse, la mujer había llegado al descansillo y doblaba la esquina, perdiéndose en el pasillo.

No le importó. En un arrebato de exaltación y violencia empezó a arrancar los cuadros, a barrer a manotazos los estantes. Se entregó a la destrucción, hasta que tuvo que detenerse exhausta y jadeante... Bien ya se han acabado los juegos. Es la hora de la verdad.

Cogió un pebetero de metal y con él en las manos subió las escaleras hasta el descansillo. Observó el corredor con sus puertas cerradas, escuchando en silencio. ¿Dónde te escondes, zorra?

Desde el cuarto de la niña le llegó una voz: «Mamá, ¿qué le pasa a papá?». Con una sonrisa en los labios, agarró con más fuerza el pebetero y echó a andar...

Marisa se arrancó los electrodos, horrorizada, y corrió hasta la pila del lavabo para vomitar. Se vació entre convulsiones y luego cayó de rodillas, haciendo un esfuerzo para alejar las nauseas que se esforzaban en volver. Si se lo hubieran contado se habría negado a creerlo. Marisa había contemplado -sentido- los sueños de Walter Celaya con una mezcla de fascinación y terror; pero lo que más la asqueaba es que, mientras estuvo bajo el hechizo de los inductores, la sensación de goce había sido mucho más fuerte y atrayente que la repugnancia. La parte de Marisa que se solapaba con Walter Celaya había tenido que hacer un enorme esfuerzo de voluntad para abandonar el sueño y no continuar hasta el final.

Un final que presumía horrible.

¡Dios santo, cómo es posible! ¡Cómo puede contener un ser humano tanta suciedad! Walter Celaya, al que había idealizado, era en realidad un asesino, enfermo y despiadado, una bestia que disfrutaba con el dolor ajeno... ¿Y qué mayor placer que el terror de los que más te quieren? Marisa podía imaginarlo refrenándose durante años, relamiéndose de impaciencia mientras el banquete se preparaba lentamente, con un hambre que duraba desde la muerte de sus padres -¿en accidente?- mucho tiempo atrás. Como una planta carnívora que con el atractivo de su néctar atrae a las moscas que devorará, había conquistado a una mujer, creado un hogar y tenido una hija. Sólo para destruirlo todo en un festín de sangre.

Y luego el vacío. ¿Cómo resignarse al abismo tras elevarse hasta el cenit de la gloria? Nada que hiciera después, ninguna atrocidad, por elaborada que fuese, podría compararse a aquella última mirada de su hija mientras moría desgarrada por sus manos.

Pero era posible revivirlo. Volver a matarlas, una y otra vez, en cada hora, de cada día, de cada año. Siempre.

Sólo necesitaba soñarlo.

Marisa se levantó, pese a la debilidad de sus piernas. Se lavó la cara y limpió la boca de vómito con unos buches de agua. Desde el espejo, un rostro ojeroso e hinchado parecía interrogarla. No acertó a darle una respuesta.

¿Qué maldita cosa tengo que hacer?

Los responsables de la clínica ya habían cometido un delito al encubrir a un asesino; además estaba su responsabilidad moral. ¿Hasta dónde era lícito usar sus generadores de sueños para perpetuar la aberraciones de un degenerado, aunque no hubiera ninguna ley en contra? ¿Hasta ahí había llegado su ansia de dinero? ¿Dolor y muerte por unas monedas?

Marisa se vio asaltada por un miedo repentino que apenas consiguió ahogar su cólera. Sólo ella sabía de sus manejos, sólo ella podía acusarlos... Eso constituiría un peligro mientras guardara el secreto para sí. Debía hacer que se supiera. ¿Pero a quién denunciarlo? ¿A la policía directamente? ¿A los periodistas? Marisa salió de la habitación en busca de un teledata. Debía llamar a alguien, a quien fuera, y contarlo todo.

Al doctor Bea le sorprendió verla andar por el pasillo con tanto apresuramiento y evidentemente alterada. Se levantó de su asiento para interrogarla, pero Marisa no se detuvo, sino aceleró el paso.

Llegó al cuarto de las enfermeras, intentó reorganizar sus ideas y contempló con duda el teclado del teledata. Decidió pronto que lo mejor sería informar primero a la prensa; ellos extenderían la noticia antes de que nadie consiguiera acallarla. Después ya tendría tiempo de presentar una denuncia a las autoridades.

Buscó la dirección de una de las más importantes cadenas de información e introdujo la clave. La pantalla parpadeó durante un segundo mientras establecía conexión y a continuación se abrió una ventana desde la que le saludó la recreación infográfica de una operadora.

-International Center Press. Aguarde un momento, por favor. De inmediato le atenderemos.

El rostro se metamorfoseó en el logotipo de la cadena y empezó a sonar una musiquilla. Marisa se agarró a los bordes de la consola con impaciencia. Vamos, vamos, pensó, como si sus órdenes pudieran influir en la velocidad de proceso de la centralita. Segundos después el logotipo se fundió en negro y apareció una muchacha.

-Aquí International Center Press. ¿En qué puedo servirla?

-Escuche, es importante. Yo...

El teledata se apagó bruscamente, dejando en el centro de la pantalla un punto de luz que palideció rápidamente.

Una mano se había plantado sobre el teclado y cerró la conexión.

-Ya le dije, señor, que llevaba demasiado tiempo en la habitación 21.

Marisa giró sobre sí misma y encontró a su lado al doctor Bea. Su expresión obsequiosa se había desvanecido, para ofrecer sólo un gesto duro. Detrás de su hombro apareció el doctor Planas, gerente de la clínica.

-¿Que pretendía hacer? ¿Así demuestra su devoción a la empresa?

Bea la empujó contra una de las paredes del cuarto.

-¿Por qué, Marisa? -preguntó el doctor Bea, con afectado pesar- ¿Acaso no sabías lo que la curiosidad hizo al gato?

Marisa vio la pistola inyectora e intentó pronunciar una llamada de auxilio. Fue demasiado tarde. Un pinchazo en su cuello detuvo el grito.

-De verdad que lo siento, Marisa.

Aquello fue lo último que oyó antes de que la oscuridad tejiera a su alrededor un manto de olvido.

 

Marisa recobró la consciencia y se extrañó de hallarse fuera de la clínica. Se encontraba desnuda, con el cuerpo lleno de dolorosos arañazos, en un cuarto lleno de juguetes y decorado con un papel pintado con motivos infantiles. Alguien lloraba junto a ella y tiraba de su mano. Era una niña. Las lágrimas descendían en densos regueros por sus mejillas enrojecidas.

-Mamá, ¿qué le sucede a papá?

¿Mamá? Yo no tengo ninguna hija; ni siguiera la conozco. La niña buscaba refugio y Marisa la abrazó por puro instinto. Sintió contra su pecho su respiración agitada por los sollozos. ¿Quién era? ¿Y qué hacía ella allí dentro? No lo entendía. Tenía que estar soñando. Tenía...

La verdad se hizo evidente como un relámpago en la noche. Estaba soñando. Aquella habitación no existía, ni tampoco la niña, por más que palpara la solidez de su menudo cuerpecito. Todo era una alucinación a la que el doctor Planas la había encadenado.

Estaba aún en la clínica, pues, bajo los efectos del fluracepam. No querían que Marisa revelara a nadie lo que había descubierto. ¿Qué mejor modo que convirtiéndola en una durmiente más, sorda, ciega y muda?

Con las prisas resultaba imposible diseñar un sueño nuevo y se habían limitado a adaptar uno ya existente, sólo que el protagonismo era ahora para otro personaje. Con la niña sollozando entre sus brazos, a Marisa no le costó demasiado imaginar cual le habían asignado en una macabra broma final.

Un sueño. Sólo un sueño. Marisa se lo repitió una y otra vez, consciente de que aquello no bastaría para despertarla. Sabía a la perfección que nada podría hacerlo, ni su desesperación, ni todo el terror del mundo, ni aunque en el pasillo sonaran unos pasos y un golpe feroz estremeciera la puerta.

-Te enseñaré lo que es bueno, perra. Sí, te juro que te lo enseñaré.

(c) Armando Boix
 

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