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HISTORIA DEL SUPERHÉROE Y LA DONCELLA

por Javier H. Hildebrandt

Recién era el mediodía, pero Cecilia ya estaba abrumada. El taconear de sus zapatos por el manicomio había resonado en su cabeza durante toda la mañana, entrando y saliendo de las habitaciones para cumplir con ese trabajo repetitivo que tanto había anhelado cuando se recibió y ahora, después de apenas tres años, detestaba como la peste. ¿Cómo podía creer que existía alguna solución para esos pobres locos, viviendo como perros en un lugar olvidado, lejos de cualquier control y mantenimiento? Día tras día, los sinsabores de su trabajo la convirtieron en una figura apática, a quien no le importaba estar tratando con un anciano, un niño o un perro. Sin más remedio que la resignación ante esta realidad no buscada, se dejaba llevar, esperando quizás el momento en que le surgiera una mejor oportunidad, y el manicomio se convirtiera simplemente en el recuerdo de una mala época.
Según lo escrito en su planilla, debía ver a un nuevo paciente, que había llegado anoche a la 638. Como de costumbre, con el piloto automático encendido, Cecilia abrió la puerta y entró en la habitación. Lo que vio, hizo que su fastidio se disipara como el vapor en el aire.
Un hombre miraba a través de los barrotes de la ventana, con el rostro iluminado por el sol del mediodía y los ojos fijos, sin pestañear. De no haber sido por el mameluco verde, hubiera parecido un héroe griego. Su rostro era perfecto, exactamente proporcionado y armónico; era alto, robusto, bien formado. Cuando se volteó para observarla, notó una cierta dureza y autoridad en su expresión. Se sorprendió aun más con la pregunta que le hizo:
- ¿Ya ha almorzado usted?
- N-no. No – alcanzó a balbucear.
- Entonces: buenos días, Doctora...
Se inclinó para leer la tarjeta que colgaba de su guardapolvo: CECILIA REYES.
-... Reyes -. Su voz estentórea parecía hecha a la medida de su aspecto -. Aquí estoy, para que me haga todas las preguntas que desee. Y podamos solucionar el malentendido del cual he sido víctima.
Cecilia lo volvió a mirar, cambiando esta vez su expresión de sorpresa por otra de una ligera curiosidad. Casi se echa a reír. Se le ocurrió que el hombre aquel hablaba en un castellano neutro, como el de los doblajes de la series de televisión. Ahora se había cruzado de piernas sobre la cama, y transmitía esa sensación de tranquila seguridad que tienen algunos locos. Parecía un tipo pintoresco, casi simpático. Luego de encender el grabador, arrimó una silla y se sentó frente a él.
- Veamos – dijo, observando en su carpeta los datos que le había dejado el enfermero. – Aquí dice que su nombre es... ¿Voltar?
- Efectivamente, Doctora: Voltar, el Hombre Biónico, científico e inventor, manipulador de la energía nuclear, en pos del bienestar de la humanidad.
Cecilia volvió a contener su risa. Al menos, hoy le había tocado un loco divertido.
- Claro, claro... ese es su alias, su... “nombre artístico”. Pero yo quisiera saber su nombre real.
El hombre la miró sin comprender. Volvió a hablar con voz clara y modulada:
- Mi nombre real es Alberto. Alberto Reina. Pero el mundo entero me conoce como Voltar. ¿Acaso usted no sabe quién soy?
Cecilia suspiró largamente. Sabía, por el rostro y las palabras de su paciente, que seguir sobre ese tema habría sido inútil. El desorden de personalidad, que conllevaba, como aparentaba en este caso, una personalidad histriónica y narcisista, no es un asunto fácil de solucionar, y debe ser tratado con cautela. Todavía quedaba mucho trabajo por delante. Intentó un cambio de enfoque:
- Dígame, Voltar. ¿A qué se dedica usted exactamente?
El hombre pareció ofenderse con esa pregunta. Se paró. La doctora sintió el aire vibrar por un segundo, y un débil temor se depositó como una piedrita en su pecho. Desde abajo, el loco parecía un gigante.
- ¿Realmente es posible que no haya escuchado hablar de Voltar, el Hombre Biónico? ¿En qué extraño lugar he caído donde todo el mundo desconoce a uno de los máximos benefactores de la humanidad?
- Verá, señor Reina – dijo Cecilia con fingida amabilidad -, en verdad no estoy al tanto de...
- Mi nombre es Alberto Reina – continuó él, sin siquiera escucharla – millonario y amante del buen vivir. Pero cuando el mundo me necesita me transformo en... ¡Voltar!, ¡pesadilla del hampa, terror de los villanos y malhechores!
Habló tan fuerte que Cecilia tuvo que taparse los oídos; su voz parecía salir de una radio. El hombre pareció notarlo, y cambió su expresión severa por una mucho más tranquila. Inclinó un poco su cuerpo para hablarle.
- Usted puede ayudarme –dijo, casi en un susurro -. Parece una chica inteligente, y muy bonita, por cierto, y seguramente podrá explicarme por qué he venido a caer en tan extraño lugar. Debe saber también que estamos en grave peligro: el malvado Zardus ha robado mi traje y mi batería atómica. Sin ellos, estoy prácticamente indefenso.
Cecilia estaba completamente sorprendida: era la primera vez que un paciente suyo mostraba tanta convicción en sus delirios. Le pidió que le hablara de Zardus. El hombre refirió hasta los más mínimos detalles de sus varios enfrentamientos y victorias frente a “ese nazi enfermo”. Cecilia escuchaba fascinada, mientras miraba cada tanto el grabador, procurando que no se terminara la cinta. Reina (o Voltar) no paraba de hablar, y aventuras cada vez más fantasiosas brotaban de sus labios. Estaba loco, sin dudas, pero tenía una increíble imaginación. “¿Qué le habrá pasado para terminar así?” pensó ella. “No era posible que un tipo tan lindo pudiera estar tan chiflado...”
Luego de un par de minutos, Cecilia salió de la habitación, no sin antes decirle, con una sinceridad no del todo impostada, que podía confiar en ella. Voltar le estrechó la mano y le agradeció, con una franca sonrisa.

“Pero no fue lo suficientemente fuerte, y lo vencí con un potente rayo de mi batería atómica” repetía la cinta. Cecilia apretó STOP en el grabador y se terminó su taza de café. Era tarde, más de las doce; hacía mucho tiempo que no extendía su trabajo más allá de las horas en el hospital. Pero ese Voltar tenía algo... vagó su mirada por la ventana del departamento, mirando las luces de la ciudad, mientras en su mente se dibujaba el rostro armónico del hombre, su nariz perfecta, sus ojos oscuros, su ancha sonrisa. ¿Le gustaba? Qué estupidez, cómo iba a sentir afecto por uno de sus pacientes. Solo se trataba de interés profesional, nada más y nada menos que eso. Pero se engañaba a sí misma: ningún paciente común la habría obligado a quedarse despierta más allá de la medianoche...
Con un movimiento de su cabeza esfumó el rostro de Voltar de su mente, y volvió a apretar PLAY. A Cecilia le daba la sensación de estar escuchando un radioteatro, era evidente que el trastorno de personalidad provenía de infinidad de horas viendo películas o leyendo historietas, y principalmente, de una completa y absoluta soledad. “Es imposible” pensó “un tipo tan lindo jamás podría estar solo”. Nuevamente, el rostro y el cuerpo perfectos de Voltar se aparecieron en su cabeza. Quería curarlo, pero no para cumplir su deber como psiquiatra, sino porque estando cuerdo sería la única forma de... No, obviamente, a esas horas de la noche solamente podían ocurrírsele pavadas. Apagó el grabador, guardó sus cosas y se fue a dormir.

Al poco tiempo descubrió que, efectivamente, Voltar era un viejo personaje de historietas, de los años 50. Ese punto, claro está, era crucial para tratar en su próximo encuentro. Sin embargo, su respuesta fue poco menos que inesperada: no tenía predilección por el cine, y mucho menos por la historieta. Decía tener, sí, una amplia biblioteca, con novelas históricas y policíacas (sus favoritas). Pero nada que tuviera que ver con los superhéroes.
Hubo unos segundos de silencio hasta que Cecilia se despachó con la otra cuestión que le interesaba.
- Hábleme de su infancia – dijo súbitamente.
El rostro de Voltar adquirió una expresión grave. Sus ojos se nublaron y se perdieron, en un claro signo de introspección.
- Mis padres fallecieron siendo yo muy chico – declaró, en un tono afectado que parecía irreal -. Fui criado por unas viejas tías solteronas, aunque nunca llegué a tener un trato estrecho con ellas, atareado como estaba en mis estudios y proyectos científicos.
E inmediatamente contó otra de sus fantásticas aventuras. Cecilia lo escuchaba (y lo miraba, sobre todo) con una mezcla de fascinación y piedad: fascinación por el entusiasmo y la pasión con la que ese semidios contaba sus historias; piedad al darse cuenta del hermético mundo de fantasía en el que vivía, y parecía aislarse cada vez más.
Lejos de intentar olvidarlo, Cecilia siguió visitando a Voltar con más frecuencia, solo para deleitarse con su voz aterciopelada y su belleza, tan cercana y tan lejana a la vez. Al principio –qué ironía- le pareció una locura su actitud, pero... ¿acaso hacía daño a alguien al tener un amor (porque a esa altura, ya lo era) platónico con uno de sus pacientes? ¿Quién podía prohibirle soñar con ser una de las doncellas en peligro que Voltar rescataba en sus aventuras infantiles? Al mismo tiempo, cuando dejaba de fantasear, se preguntaba si sería posible arrancarlo de su mundo fabuloso, si tendría la capacidad de soportar la realidad una vez que tomara conciencia de ella.
En eso pensaba, en otra noche de insomnio, mientras hojeaba por enésima vez las viejas historietas de Voltar. En un momento, sus ojos cayeron en un detalle que había visto muchas veces pero al que nunca había prestado atención. “Guión de Furnier - Dibujos de Moltoni”. Distintas imágenes desordenadas comenzaron a encadenarse en su mente, hasta formar una idea clara y sencilla. Si encontrase al creador de Voltar, quizás habría una ínfima posibilidad de que pudiera ayudarla. “¿Pero seguirá vivo este Furnier?” se preguntó.

Seguía vivo, aunque no fue fácil encontrarlo. Ricardo Furnier tenía 85 años y vivía recluido en un modesto último piso de un edificio de Belgrano. Cuando Cecilia entró por primera vez, sintió esa soledad que se experimenta únicamente en los departamentos de viejos. Sentado en el sillón, con las manos apoyadas en el bastón, Furnier la miraba con ojos tranquilos, de una tristeza que parecía esconder mil y una historias bajo sus pupilas. De pronto, entró en la habitación una jovencita vestida de mucama, tan similar al estereotipo de sirvienta que se diría que estaba disfrazada. Era hermosa, tan hermosa y frágil que dolía verla. Cecilia, que había abierto la boca para hablar, no pudo cerrarla. La joven dijo:
- ¿Desean algo más, señores?
- Está bien, Betty –respondió el viejo con dulzura. – Puedes ir, nomás.
Con paso diligente, la mucama se retiró a la cocina. Cecilia se dirigió en voz baja a Furnier:
- Es... es hermosa
- No sólo es eso- sonrió el hombre -es la mujer perfecta.
Cuando le contó de Voltar, el viejo se mostró sorprendido, pero lentamente fue cambiando su expresión a una más pensativa, como si dentro de su mente tuviera lugar un intenso debate. Luego de terminar su historia, siguió un incómodo silencio. Furnier mantenía la mirada perdida, mientras se acariciaba el bigote con sus dedos carnosos. Por fin, salió de su viaje interior y la miró a los ojos.
- Debo ir a visitarlo. Lo antes posible, mañana mismo si puede ser. Tengo que comprobar algo... con mis propios ojos.
Por supuesto, la doctora no puso oposición, y a la mañana siguiente el viejo Furnier, arrastrando su pierna mala y sus achaques, se acercó hasta la habitación de Voltar. Entraron juntos. El loco se volteó para verlos, estaba por decir algo cuando súbitamente se interrumpió y sus ojos se abrieron, tan grandes que el rostro no parecía bastarle para contenerlos. La visión de Furnier lo había descolocado.
- Usted... usted es... –balbuceó.
El viejo sonrió casi con ternura:
- Hola Voltar.
- Yo... yo lo he visto antes. Pero entonces... entonces –al loco se le amontonaban las palabras en la boca- si yo puedo verlo a usted quiere decir que estoy...
El pobre hombre se desesperaba, un incipiente sudor le hacía brillar la frente. Por un instante, Cecilia temió que intentara algo contra Furnier, pero el viejo la detuvo, con un leve movimiento de su mano. Se volvió hacia ella, y con serena autoridad le dijo:
- Déjenos solos un momento, por favor.
Confundida, no pudo menos que obedecer. Esperó afuera. Aún no se recuperaba de su asombro cuando, a los pocos minutos, la puerta volvió abrirse, y Furnier salió lentamente, con el rostro gris y los ojos húmedos. Incapaz de reprimir su curiosidad corrió a su encuentro y miró dentro del cuarto, donde aún le esperaba una sorpresa más.
Voltar había desaparecido. La habitación estaba vacía.
Inquieta y extrañada, dirigió una mirada sedienta al rostro de Furnier. El viejo no necesitó de preguntas para saber lo que tenía que decir:
- Hace muchos años –contó pausadamente- tuve un sueño. Yo estaba sentado frente a mi máquina de escribir, cuando de pronto mi cabeza estalló. Sin embargo, por esa extraña condición que tienen los sueños, yo podía verme a mí mismo sin cabeza, y ver también cómo la máquina comenzaba a escribir por su cuenta, a una velocidad altísima. Esa mañana, cuando desperté, encontré mi casa en un total desorden, y descubrí qué había ocurrido: mis creaciones se habían corporizado. Todos los personajes que alguna vez había creado para mis historietas y mis cuentos se habían escapado de mi cabeza y aterrizado en el mundo real. Pude, en ese momento, capturar algunos, los más terribles e indefinidos, que estaban destrozando mi casa, y los eliminé con el solo deseo de hacerlo (de una forma u otra, esas criaturas eran extensiones de mi mente). Pero varias escaparon, y durante mucho tiempo me aboqué a localizarlas y destruirlas, dado que no fueron hechas para habitar el mundo real (en verdad, creo que ningún personaje de ficción lo está). Voltar era una de ellas, al igual que Zardus, su archienemigo, a quien eliminé hace algunos años. De todas mis creaciones solo conservo a una, quizás por ser la más útil e inocente de todas.
“La mujer perfecta” pensó Cecilia.
Furnier volvió su rostro a la descuidada habitación.
- Voltar era un héroe, un personaje creado únicamente para hacer el bien –dijo para sí, más que para que ella lo oyera-. No podía vivir en este mundo. Terminó sus días en un manicomio. Qué ironía.
Dio media vuelta y se marchó, sin saludar, arrastrando los pies. Enmudecida, Cecilia no atinó a hacer un solo movimiento. Por más increíble que pareciera, estaba convencida de la historia del viejo; quizás por convenir con la personalidad de Voltar, quizás por la convicción con que Furnier la contó, quizás por ser la única explicación posible. Sin quererlo, tuvo ganas de llorar. Jamás se habría imaginado el dolor de haber perdido a su amor imposible, aunque ese romance hubiese durado los fugaces instantes en que ella se imaginaba volando en los brazos de su héroe, o besándolo sobre el fondo de un castillo en llamas.
Lentamente, intentó retomar su rutina de trabajo, tratando de ocultar ese sentimiento tan profundo y, a la vista de los otros, tan ridículo. Ya se le ocurriría una excusa para explicar la desaparición de su paciente.
Al final, la historia se transformó en un hermoso recuerdo, que regresaba, vívido, cada vez que Cecilia hojeaba esas viejas historietas, y la llevaban hacia aquel mundo irreal, a vivir aventuras junto a su héroe de carne y tinta china, perfecto e imposible. Pero, durante mucho tiempo, una única imagen golpeó con fuerza en su mente, tan nítida como si ella misma la hubiese visto: el rostro atormentado de Voltar, aquellos perturbadores segundos antes de morir en los que su amado se encontró con Dios.

(c) Javier H. Hildebrandt 2005
 

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