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por Carlos Gardini
-William S. Burroughs
-Oscar
-se presenta. Camisa celeste, corbata azul, pantalón negro. Planchado y almidonado,
orgulloso de su oficio de asistente correccional, como los llaman en el programa
de rehabilitación. No carcelero, sino asistente correccional. Su especialidad
no es aporrear a los presos sino rehabilitarlos. Ni siquiera lleva una porra
colgada del cinturón.
Le
doy la mano. Oscar tiene palmas callosas. Con el canto de la mano podría astillarme
un hueso del cráneo, hundírmelo en el cerebro. Oscar no necesita porra.
Vacilo,
no sé con qué nombre presentarme. Oscar cabecea comprensivamente.
-Vamos
a llamarlo Alfonso, si no le molesta -me sugiere.
Vamos a llamarlo.
Oscar habla con el respaldo de una institución. No sólo él va a llamarme Alfonso,
sino todo el sistema judicial. Si no me molesta.
No
me molesta.
Me
molestan otras cosas. Aún estoy débil después del tratamiento. Oigo continuamente
esos susurros en un agujero de mi cabeza. Estoy preso y no sé por qué. No
sé por qué porque no sé quién soy. ¿Qué más da que me llame Alfonso, Juan
o Pedro?
-Ya
le han explicado la situación -dice Oscar-. Yo soy el encargado de cuidarlo
y vigilarlo. Si me hace caso, nos vamos a llevar bien. ¿Nos entendemos?
Nos
entendemos. Oscar es mi ángel de la guarda. Me habla pausadamente, como un
padre. Nos sentamos. Me tranquiliza diciéndome que estoy en buenas manos.
Tiene experiencia en rehabilitación. Ha sacado gente decente de la peor basura
que pueda imaginarme. Ha tratado con madres adictas que ahogaron a sus bebés
adictos, con mocosos alcohólicos que acuchillaron a un padre alcohólico por
una botella. La peor basura. Pero en todos ha encontrado algo bueno. En todos
había un ser desamparado y desesperado, un hermano.
-Confío
en usted -miento.
-Eso
espero.
Oscar
sonríe, se acaricia la camisa celeste. Yo sonrío, me acaricio la camisa gris.
-No
recuerdo nada -murmuro.
Y
es verdad. No recuerdo nada, y eso me perturba. Supuestamente he cometido
un crimen espantoso, supuestamente he elegido el tratamiento de amnesia selectiva
en vez de la cadena perpetua, supuestamente me han revuelto los sesos con
drogas y sondeos electrónicos. Soy yo pero no soy yo. El resultado es que
me siento injustamente encerrado, porque no sé de qué me culpan.
Oscar
se alegra de que no recuerde nada y me explica la situación. Él y yo seremos
los dos únicos ocupantes de un ala entera de un piso de la cárcel. Las demás
celdas están desocupadas, porque yo no debo ver a nadie. Cualquiera podría
recordarme quién fui y provocar una regresión. Además, es importante que en
la primera etapa del tratamiento el sujeto trate con una sola persona. Dice
«sujeto», no «reo» ni «convicto».
-Estaremos
los dos solos -dice Oscar.
-Como
una luna de miel -digo sonriendo.
Oscar
no sonríe. Se pone muy serio. Recita lo que ha venido a decir con voz de memorándum.
Alfonso
es el nombre que me ha puesto el programa de rehabilitación. El tratamiento
de amnesia selectiva todavía está en una etapa experimental. Aunque se ha
usado aquí y en otras partes, algunos resultados son equívocos. En un par
de casos hubo regresión. El reo -no, el sujeto- recobró su personalidad y
tuvieron que dejarlo encerrado. Yo estaré a prueba un par de meses. Si todo
resulta, quedaré en libertad, otra persona. Si vuelvo a ser quien era, me
pasaré la vida en una jaula.
Pregunto
en qué puedo colaborar.
Oscar
abre las manos. No sabe qué decirme. Con el mismo tono paternal, me pide que
confíe en él, y sigue recitando.
Me
recuerda que el juez me dio la opción, que estoy aquí voluntariamente. Yo
soy el mismo pero soy otro. Conservo mi modo de ser, mis conocimientos, mi
educación, mis pequeñas manías, pero no recuerdo mi nombre ni las causas por
las que me han encarcelado. Oscar explica estas cosas como un médico antes
de una operación. La voz es serena, casi culta, excepto por algún cultismo
que lo delata. El boy scout no es un académico.
-Mis
pequeñas manías -comento-. ¿Y cuáles eran mis grandes manías?
Oscar
tuerce la cara. ¿Repugnancia? Pero se las arregla para sonreír púdicamente,
como una mujer fácil que simula recato. Desecha el comentario con un ademán.
-¿Tendré
acceso a la biblioteca? -pregunto.
-Dentro
de ciertos límites.
Sonríe
de nuevo y sigue recitando. No podré consultar ningún material que se relacione
con mi propio caso, donde se mencione mi verdadero nombre. No, verdadero no
es la palabra. Mi nombre original, mi nombre de antes. Ahora mi verdadero
nombre es Alfonso. Las asociaciones podrían causar una regresión. Podré consultar
libros bajo censura estricta. La radio y la TV están prohibidas, pero puedo
ver y escuchar material pregrabado. En otras palabras, tengo prohibido todo
contacto conmigo mismo.
-Fui
un caso famoso, ¿verdad? -sugiero.
Oscar
me mira con desconfianza. La sonrisa se le ha borrado.
-Supongo
-dice con cautela.
-¿Y
usted no lo conocía?
A
Oscar no le gusta la pregunta. Su cara de benefactor de la humanidad se llena
de arrugas.
Sonríe,
se señala el uniforme. La gama de expresiones faciales de Oscar es limitada.
Sonrisa/blanco/sonrisa/blanco, como una luz intermitente.
-Nunca
leo las crónicas policiales -responde al fin.
Sonrío
a mi vez. Conque Oscar tiene sentido del humor. Esta es realmente una cárcel
de lujo.
Oscar
me muestra unos papeles. Las autoridades se comprometen a no poner cámaras
ni micrófonos en mi celda. Las entidades médicas y legales que auspician el
programa de rehabilitación supervisan el cumplimiento de ese compromiso.
-Su
intimidad está garantizada -dice Oscar-. Tal como se le prometió en el juicio.
Yo soy su único nexo con el mundo -añade con orgullo, pronunciando «nec-so».
Hojeo
los papeles. Parágrafos, apartados, incisos.
-Todos
desean que usted se sienta cómodo. Que el tratamiento dé resultado -dice Oscar,
combatiendo mi desconfianza.
Me
levanto, camino hacia la ventana.
-Último
piso -comento-. Han sido muy considerados.
-Todo
es parte del proyecto especial -dice Oscar.
Miro
afuera. Es una humosa tarde de invierno, pero yo veo los detalles con una
precisión perturbadora, como si el tratamiento me hubiera aguzado los sentidos.
En la neblina se ve la estación de ferrocarril, el parque, la villa miseria.
Chicos sucios juegan a orillas de una laguna aceitosa, un par de villeros
se frotan las manos frente a una fogata. Mi cárcel de lujo no está en un barrio
modelo.
Tiene
su gracia. Como he cometido crímenes espantosos, tengo este penthouse con
rejas, y la amnesia selectiva me permite el lujo de no sufrir el menor remordimiento.
Afuera, los inocentes tiemblan de frío.
En
todo este material busco algún rastro de mí, de la persona a la cual renuncié
para ser Alfonso. En cierto modo he muerto. Viajo por la muerte y sólo conservo
un puñado de susurros. Pongo Lo que el viento se llevó, intrigado.
Aunque mi vida es una serie de pantallazos, una película fragmentada, recuerdo
perfectamente Lo que el viento se llevó. ¿Por qué el autor de un crimen
espantoso se interesaría en esa vieja historia romántica? Me fascina el tendal
de heridos en el hospital de campaña de la estación ferroviaria. Me duermo
mientras Rhett y Scarlett se besan con el trasfondo de Atlanta en llamas.
-¿Qué
más da? Un nombre es igual que otro.
-What's in a name? -recito.
La
cita ha aflorado imprevistamente en mi memoria. Oscar no entiende pero no
se anima a confesarlo. Shakespeare no es su fuerte. Mi asistente correccional
me mira con desconfianza. Busca en mí al ser desesperado y desamparado, al
hermano, pero no lo encuentra.
-No
tengo cara de Alfonso -digo al fin, con tono conciliatorio.
-Yo
no tengo cara de Oscar.
Oscar
sonríe. El sentido del humor de mi ángel de la guarda.
-Me
conformaría con que usted me llamara por el nombre que yo eligiera.
Oscar
deja de sonreír. Me mira como si le hubiera propuesto una obscenidad.
-Usted
cree que esto es injusto, ¿verdad?
-Es
injusto. Ahora soy un hombre inocente.
Oscar
sacude la cabeza. Trata de sonreír de nuevo. No puede. En cambio le tiembla
la boca. Siento una pequeña satisfacción. He enriquecido su gama de expresiones.
-Si
al menos pudiera saber quién soy, lo soportaría mejor -agrego.
-No
diga «quién soy». Diga «quién era». Y no creo que le convenga saberlo.
-Tal
vez estaría orgulloso de lo que hice.
Oscar
se levanta como si lo hubieran pinchado. Se alisa la camisa celeste, que está
perfectamente planchada.
-Rezaré
por usted -dice, y se va de la celda dando un portazo.
Me
levanto y miro por la ventana. Invierno. Locomotoras haciendo maniobras en
la playa de la estación. Chicos de la villa chapoteando en el agua sucia.
Ya no me convence estar en este penthouse con rejas.
Entra
Oscar, silbando un tango. Me trae el lápiz y el papel que le he pedido. Oscar
se sienta en su silla y yo dibujo. Cruces, cruces, cruces.
Le
muestro los dibujos a Oscar.
Oscar
pierde los estribos. Me arrebata los papeles, hace un bollo. Aprieta el puño
para pegarme, pero se contiene.
-¿Quién
era yo? -pregunto.
Oscar
abre la mano con esfuerzo, separando los dedos uno por uno. Intenta sonreír
pero no puede. Labios trémulos, su nueva adquisición. Ahora sus expresiones
son temblor/blanco/temblor/blanco.
-Tal
vez fui un santo -digo-. Tal vez me han condenado por ser un gran hombre.
Más
temblores. Oscar no dice nada.
-¿Por
qué se cree mejor que yo? -insisto-. Tal vez no seamos iguales.
-Rezaré
por usted -dice, con un tono casi amenazador. Al irse, cierra la puerta suavemente.
Y entonces comprendo cuál es el camino.
-Usted
está tan preso como yo -murmuro.
Oscar
simula que no me oyó y sigue hablando. Todos los días presenta informes sobre
mí. Los fines de semana su familia viene a visitarlo. Oscar tiene esposa,
hijos. Sus hijos tienen excelentes notas en la escuela. Un ciudadano modelo
que cría ciudadanos modelo.
-Jesús
-digo de pronto.
Oscar
deja de hablar, me mira intrigado.
-Imagínese
a Jesús -continúo-. Despertando en el sepulcro, resucitando sin saber quién
es, sin saber siquiera que había anunciado su regreso. Cuando sale, no reconoce
a sus discípulos.
Oscar
se frota la sien, tratando de comprender. No comprende.
-¿De
qué me habla, Alfonso?
-Imagínese.
Ha venido a salvar el mundo, y ni siquiera lo recuerda.
Alfonso
ya no intenta sonreír. Me mira con verdadero odio. Hace tiempo que no veo
tanto odio en una cara.
-No
entiende, ¿verdad? Él estaría en mi situación -explico, asestando el golpe
de gracia-. Sería como yo. Yo podría ser Jesús y ni siquiera me enteraría.
Oscar
-el boy scout, el ciudadano modelo, el creyente- empieza a entender. Ya no
habla de su trabajo ni de su familia. He dado en el clavo.
-Si
el tratamiento resulta -dice-, usted se irá de aquí dentro de unas semanas.
Ahora
es él quien me desconcierta.
-Sí
-digo, esperando que continúe.
No
continúa. Al fin entiendo que no piensa decirme nada. Simplemente le disgusta
la idea de que yo salga de aquí. En un gesto involuntario, se moja el dedo
con saliva. Con la saliva se traza una cruz sobre la mejilla. El ademán es
perturbador. Los susurros se intensifican en mi cabeza.
Oscar
se levanta. Esta vez no promete que rezará por mí.
Me
despierto. Trato de olvidar el sueño. Pienso en Lo que el viento se llevó.
Hojeo una revista. «En protesta por la invasión saudí-kuwaití a Bahrein, un
grupo izquierdista japonés vuela la embajada británica en Ecuador». Encuentro
la sección Sabía Vd. «¿Sabía
Vd. que Alan Turing, creador del primer programa informático de ajedrez, fue
juzgado en 1952 por homosexualidad y condenado a sufrir un intenso tratamiento
hormonal?» Sí, lo sabía, respondo entre dientes. Y ese mismo año
Turing se suicidó. Impulsivamente tomo un lápiz y escribo en la misma
revista: «Los blandos que condenan la pena de muerte no comprenden que la
muerte, para alguien como yo, sería infinitamente más dulce que pasarme la
vida encerrado entre cuatro paredes, oyendo continuamente el susurro de los
muertos».
Miro
la frase. La reconozco. No acabo de inventarla, sino que la he reproducido
de memoria. Es una frase de mi diario, escrita poco antes de mi captura. El
sueño de anoche no era un sueño sino un recuerdo.
Acabo
de recobrar mi personalidad, aunque todavía no recuerdo mi nombre. El tratamiento
ha fracasado. Es como la sección Sabía
Vd. «¿Sabía Vd. que Alfonso, antes de ser Alfonso, asesinó y mutiló
a su esposa y tres hijos, marcándolos a cuchillo con una cruz en la mejilla?»
Sí, lo sabía, respondo. «¿Sabía Vd. por qué?» Porque me condenaban
a una vida de encierro, con su pretensión de que los mantuviera y alimentara.
Recuerdo vívidamente los detalles, mi diario, mi planificación y mis dudas.
Yo me desharía de mi mujer y los tres hijos que ella había corrompido e iniciaría
una vida nueva sin ataduras y con una cuenta bancaria a mi disposición. Las
cruces sugerirían el acto de un psicópata. Recuerdo las muertes, recuerdo
que algo falló y me atraparon, recuerdo el arresto y el juicio. Recuerdo todo
menos mi nombre. «¿Sabía Vd. que Alfonso fue sometido a un tratamiento de
amnesia selectiva pero recobró la memoria, condenándose automáticamente a
pasar su vida en la cárcel, entre cuatro paredes, oyendo susurros?»
Me
miro en el espejo. Estoy sonriendo, pero la sonrisa es una mueca. Siento repugnancia
y remordimiento. Es como un ruido de estática en mi cabeza. Estoy recobrando
al que era antes de ser Alfonso, pero estoy mal sintonizado. Debería sentir
euforia, y sólo siento pavor y dolor.
Me
golpeo la cabeza como si fuera una radio vieja, para ver si la hago funcionar.
Por un instante veo en el espejo mis obras de arte hechas de dolor, sangre
y excrementos.
De
pronto me derrumbo. Me acerco al inodoro y vomito.
Los
susurros crecen. Ahora es un bordoneo inmenso, una manga de langostas en un
campo sin horizontes, pero el campo está en mi cabeza.
Para
silenciarlo, me golpeo la frente contra la pared. La pared se mancha de sangre,
la sangre salpica el catre. Los susurros persisten. Bocas con forma de cruz.
«¿Sabía Vd. que para Alfonso el encierro es peor que la muerte?»
Sonríe,
no con su sonrisa de boy scout, de benefactor. Hay algo distinto.
-¿Ha
recordado, verdad? -me pregunta.
-¿Cómo
lo sabe?
Me
ayuda a levantarme, me lleva hasta el espejo, señala. Con la uña, me he abierto
un tajo con forma de cruz en la mejilla.
-Su
marca registrada -dice.
No
me llama por ningún nombre. Es evidente que ya no soy Alfonso. No ser Alfonso es aterrador.
-Quiero
volver a ser Alfonso -imploro-. Los susurros me aturden.
Los
susurros. El ardor en la mejilla no me importa.
-Imposible.
El tratamiento no se puede practicar dos veces. En eso son taxativos -dice
Oscar, pronunciando «tac-sativos». Y añade con buen humor-: Imagínese, podría
trastornarle la cabeza.
Se
ríe, dos carcajadas secas.
Abren
la puerta de la celda y entran dos sacerdotes de blanco. No, un médico y un
enfermero. Oscar me palmea el hombro.
-Rezaré
por usted -susurra.
(c) Carlos Gardini
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