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SUSY Y DIOS
por Carlos Sariñana
El Padre Murena limpiaba con la sotana el cañón de su .22. Una lágrima le recorría
la mejilla. Estaba de pie en donde lo había estado muchas veces antes, ahora
por última ocasión. No esperaba conocer a Dios, ni quería llegar al Paraíso;
hacia tiempo que había dejado de creer. Su pérdida de fe, su desilusión ante
la vida y su alcoholismo, lo llevaron a tomar la fatal decisión. Su misa había
terminado, y la iglesia estaba vacía. Sus cúpulas pintadas, los santos y vírgenes,
el Cristo que colgaba de la cruz atrás del altar: todos serían testigos de su
suicidio.
Mientras el sacerdote preparaba su arma, el Moogal observaba expectante desde
su escondite. Agazapada entre las bancas, la criatura se relamía los labios,
esperando con ansia. Sabía que no era acertado salir ahora; muchas veces en
el pasado, por su inexperiencia, se mostró antes de tiempo y provocó que los
suicidas asustados fallaran el tiro. Ahora el Moogal esperaría con paciencia
hasta escuchar el disparo.
Y éste no tardó en llegar. Sin dudar, y sin oración alguna, Murena jaló el gatillo.
Si alguna persona hubiera estado en la iglesia en ese momento, después del estallido
hubiera presenciado dos milagros: las estatuillas que cerraron los ojos, y al
extraordinario ser que apareció en medio del templo. Flotaba sobre los asientos
de madera, con sus seis brazos agitándose y su cola balanceándose de lado a
lado mientras su piel anaranjada cambiaba de tono al recibir los rayos de luz
que se filtraban por los vitrales. Miraba hacia el altar donde estaba recargado
el cuerpo del padre Murena: sangre con sangre mientras la del sacerdote se mezclaba
con el vino tinto, carne con carne mientras su mano descansaba sobre las hostias;
la pistola humeaba como incensario. Olfateando con gula el aire, el Moogal se
acercó y miró con deleite la sangre que salpicaba la parte posterior del altar.
Goteaba espesamente por las columnas y seguía en su descenso las formas rococó
de la decoración, arrastrando a su paso hoja de oro. Algunos trozos del cerebro
de Murena -sus últimos pensamientos e ideas-, colgaban como cera a medio derretir
de las repisas, como si fueran el vómito de los ángeles que en ellas descansaban.
Pero la mirada hambrienta de la criatura ya no se fijaba en estas delicias,
sino en la figura de Jesucristo, a dónde había ido a parar la mayor parte de
la sangre del sacerdote. Pedazos de materia gris se sujetaban a la barba del
Mesías, o se columpiaban viscosamente de las espinas de su corona. Su rostro,
pecho y piernas estaban casi cubiertos de líquido encefálico y sangre.
Nunca había probado los sesos de un sacerdote. Durante la vida que llevaba cazando
suicidas, el Moogal se había comido el cerebro de varios deportistas, actrices,
grandes empresarios y uno que otro criminal. De todas, su favorita era, sin
duda, la mente atormentada de las estrellas de rock, con sus cabezas infladas
de fama. Ahora se le presentaba la oportunidad de comer el cerebro de un religioso.
Temblaba con anticipación e imaginaba cada uno de los pecados que degustaría,
y el sabor de las creencias que aquella mente contendría.
Sus ojos amarillentos brillaron cuando se detuvo a los pies del Crucificado.
Con uno de sus rojizos y delgados dedos trazó una línea a lo largo de la pierna
del ídolo y recogió en su yema una mezcla de fluidos que luego se llevó a la
boca. Entonces ya no se pudo contener. Con cuatro brazos se sujetó a la cruz,
mientras con otros dos se agarró a la túnica del Señor. Engolosinada, la criatura
comenzó a lamer la estatua, limpiando con la lengua sangre y sesos; saboreaba
y tragaba los manjares.
Fue en ese momento cuando entró a la iglesia Susana Lugo, la enfermera. Ella
atendía enfermos terminales en la Clínica de San Gibrán, y era costumbre suya
el venir a rezar por ellos. Pero hoy no hallaría sólo al Cristo de resina. Ahora
encontraría a Dios.
Susana no vio el cadáver del padre Murena, ni el altar ensangrentado. Solamente
vio a Dios, que limpiaba con cariño el cuerpo de su hijo.
Por años Susana había venido a esta iglesia: un borrego más atraído por las
campanas del pastor que promete salvación y esperanza. No para ella, sino para
los enfermos que veía sufrir todos los días. Sentía su dolor al verlos tirados
en cama, al verlos jalar convulsionados los tubos y cables que los mantenían
con vida. Una vez se atrevió a desconectar un respirador, para luego correr
a confesarse con el padre Murena -quien, aunque Susana no lo sabía, estaba entonces
demasiado ebrio para poner atención-, y a continuar sus rezos, que eran contestados
con las miradas vacías del Salvador de pasta, y que caían sin respuesta al suelo
para ser absorbidos por la roca. Mientras los pacientes de Susana seguían muriendo.
En más de una ocasión, cuando se deshacía en lágrimas en algún funeral, había
estado a punto de perder la fe, pero cada nuevo paciente que llegaba a la clínica
con su crucifijo al cuello, cada persona que le pedía rezar por un ser querido,
era una razón para la esperanza, para seguir las plegarias.
Ahora por fin sus oraciones habían sido escuchadas. El hermoso ser que se presentaba
frente a sus ojos era prueba de ello. El color rojo de su cuerpo emanaba bondad
y cariño, iluminaba el templo con cada movimiento. Aquí estaba el Creador, dador
de vida y perdonador de pecados.
Susana cayó de rodillas. "Dios mío."
Al oír la voz humana, el Moogal giró en el aire, sobresaltado. Se detuvo y quedó
mirando a la mujer que arrodillada se persignaba del otro lado de la iglesia.
Ella no debía estar aquí.
La piel de la criatura tomaba un tono rojo verdoso.
No debió haberlo visto.
El verde daba lugar al rosa y luego al morado.
Enojo, miedo, sorpresa: una mezcla de emociones que se manifestaba como arco
iris sobre su cuerpo. La paleta de un artista en la cual se unen sentimientos
para crear nuevas pinturas; la piel del Moogal era un inmenso y cambiante tatuaje.
"Señor," Susana miraba fascinada los nuevos colores que aparecían frente a sus
ojos. Vivos matices de azul que se volvían violetas y magentas, amarillos y
negros que copulaban para dar nacimiento a colores que el ojo humano no conoce,
tintes sacados de la imaginación de algún loco, posibles solo en el Edén. "Dios
mío..."
La dermis del Moogal recuperó su natural color anaranjado, y de inmediato se
tornó escarlata cuando comenzó a reír. Anteriormente lo llamaban monstruo o
demonio; inventaron mil nombres para identificarlo: espíritu, visitante; algunos
hasta lo llamaron ángel. Ahora esta mujer le decía Dios.
Dios, que creó al hombre a su imagen y semejanza.
Sus carcajadas aumentaron con esta idea. El Moogal nunca hubiera creado seres
tan repulsivos y viles, aunque fuera un dios. Y ciertamente no se parecía a
ninguno de los humanos que había topado en su larga vida: su pálida y lechosa
piel, sus dos débiles y cortos brazos, sus asquerosos olores y secreciones;
sus cuerpos mortales y almas corruptas. Si él hubiera dado vida a la humanidad
hubiera sido solo para llevarlos al suicidio, solo para comer el interior de
sus cráneos.
Al mismo tiempo que sus risas cesaban, el cuerpo del Moogal perdía colorido.
Se iría ahora y dejaría a la pequeña rata con sus rezos y rimas.
Estaba a punto de hacer justo eso cuando Susana se puso de pie, y bloqueó el
paso hacia la puerta.
"Señor, " había súplica en su voz, demanda en su mirada. Estaba obligada a lo
primero, sentía tener derecho a lo segundo, "sabía que vendrías. Por favor (exigencia)...
por favor ayuda a mis enfermos. Están muriéndose..."
"¿Y? Deja que mueran." El Moogal flotó por encima de Susana, hacia la salida
de la iglesia. Y de inmediato se detuvo. Deja que mueran. ¡Por supuesto!
Cubierta de un rosado vivo, la criatura se dio vuelta y quedó mirando la espalda
de la enfermera. Ella tenía su vista en el suelo como si buscara entre el polvo
el motivo de aquel desaire.
La perdería. Debía hacer algo rápido, o perdería a la mujer.
"Necesitan morir; es su hora, " hablaba con un falso tono de simpatía. "Vamos.
Hay que ocuparnos de que lo hagan sin sufrir. Eso, hija mía, es lo único que
debe ocupar tu mente ahora."
Susana giró la cabeza en dirección a Dios. Su rostro estaba humedecido por las
lágrimas, pero dibujaba una enorme sonrisa.
El Moogal encontró la mueca asquerosa; la idea de trabajar con su portadora,
repugnante. Pero aun así se remojó los labios.
Entonces se marcharon: una mujer y su dios, un animal y su cabrero.
Más tarde, cuando las campanas del templo fallaron en su llamado, el cuerpo
del padre Murena fue encontrado. La iglesia nunca volvería a tener tanta asistencia
como aquella tarde. Decenas de personas llegaron, guiadas por su verdadera fe:
el morbo.
El inexplicablemente limpio cuerpo de Cristo marcaría al lugar como uno de los
pocos testigos de un prodigio divino.
La Clínica de San Gibrán se había instalado hacía siete años en un viejo edificio
adaptado especialmente con ese propósito. Para llegar a ella era necesario atravesar
el Puente de Gobas, que cruzaba el río del mismo nombre. Fue justo a la mitad
de este puente donde Susana adquirió su primer arma, y donde acordó recoger
las siguientes.
El día anterior Susana no hubiera pensado que compraría una pistola, un instrumento
del Diablo. Recibió de sus padres una estricta educación cristiana; atendía
a una escuela de monjas y participaba en el coro de su parroquia. Cuando ella
tenía sólo nueve años su padre enfermó de gravedad. Todas las noches, antes
de dormir, Susana rezaba por su salud arrodillada junto a su cama y dirigiéndose
al pequeño ángel de porcelana que colgaba sobre la cabecera. Con todo su corazón
recitaba oraciones de memoria, para luego soñar que jugaba de nuevo con papá.
Pero una noche el sueño la venció antes de que pidiera a Dios por la mejoría
de su padre. Al día siguiente, él falleció.
La pequeña niña concluyó que había sido su culpa por aquella plegaria omitida,
y nadie la convenció de lo contrario: su madre estaba muy ocupada con los arreglos
del funeral y no puso atención. El párroco sólo la abrazó y Dios, por supuesto,
no dijo nada.
Aprendió que a la religión debía temérsele; no se atrevería a olvidar otra oración,
ni a faltar un sólo día a misa.
Eran casi las ocho de la noche. Hacía un par de horas que Susana Lugo había
llegado a la Clínica de San Gibrán, seguida de un camaleón que pasó desapercibido
para todos, camuflageándose con los asépticos tonos blancos y azules de las
paredes.
En el cuarto 102, el viejo Tatá estaba en compañía sólo de sus recuerdos. Cerró
los ojos para darles la bienvenida, preparándose para una pronta despedida.
Había sido un artista hace mucho tiempo, sus manos capaces de crear las más
bellas pinturas. Solía sentarse frente al lienzo vacío a esperar con paciencia
la inspiración. Las Musas llegaban a susurrarle al oído pedazos de Pasado y
Presente, mismos que eran trazados con facilidad sobre la tela. Antiguas ciudades,
mujeres indígenas que regateaban en un mercado prehispánico, el paisaje de alguna
llanura donde ahora se levantaba una esplendorosa metrópoli: todas estas imágenes
salían de los labios de las Inspiradoras y eran convertidas en pintura para
ser plasmadas en hermosos cuadros.
Solamente en una ocasión una de las Musas se había acercado a su oído para platicarle
un secreto del Futuro; le habló a Tatá de su muerte.
Desde ese día él dejó de pintar, temeroso de que al ver su obra terminada se
vería a sí mismo, mostrándose desde el lienzo la forma en que dejaría de existir.
Las Musas se habían aparecido esporádicamente desde entonces para intentar,
sin éxito alguno, seducirlo de nuevo al arte.
Ahora la mano que alguna vez dibujó maravillas se deslizaba por encima de la
cama del hospital y sacaba algo de entre las sábanas. Era la pistola que una
bondadosa enfermera le proporcionó, hablándole de un lugar donde podría pintar
sin preocuparse por la muerte. ¡Las Musas ahí tendrían escenarios divinos que
describirle!
Con esto en mente, colocó el cañón debajo de su barbilla y disparó. El único
sonido que se escuchó, gracias al silenciador del arma, fue un suspiro. El alma
del anciano dejó su cuerpo y flotó hacia el techo de la habitación.
Justo antes de que el espíritu atravesara los plafones alcanzó a mirar hacia
abajo. Vio entonces al Moogal, que cubría por completo su antiguo cadáver. Todos
sus cuadros habían venido para devorarlo en su lecho de muerte.
En la mañana el cuerpo del anciano fue encontrado. La enfermera del turno matutino
fue despedida cuando comenzó a hablar de las condiciones en que halló la cama
del difunto: las sábanas y cobijas extrañamente limpias, como si el cráneo de
Tatá no hubiera tenido sangre para mancharlas. La prensa nunca se enteró de
este peculiar detalle, y el incidente no dañó la fama y reputación de la Clínica
de San Gibrán.
Serían acontecimientos posteriores los que la llevarían a la clausura.
Claro que Susana no tenía modo de saberlo. Y aun si hubiera sabido que sus actos
perjudicaban a la clínica, no se hubiera detenido. Semana tras semana un par
de internos eran encontrados muertos por su propia mano. El origen de las armas
que amanecían junto a sus helados cuerpos era un misterio. Casi la mitad del
personal de la clínica había sido reemplazado con el afán de encontrar al culpable,
pero entre el nuevo grupo de doctores y enfermeros aún trabajaba Susana Lugo,
sin sufrir siquiera una mirada acusadora. Y con ella permanecía el Moogal, y
con él, las muertes.
La devota enfermera seguía con fervor las indicaciones de su dios. El Moogal
siempre sabía las promesas indicadas para cada paciente. Sus palabras, al ser
habladas por Susana, tenían el poder de convencer a cualquiera para dejar la
vida. Más allá esperaba la felicidad, riqueza, placeres inimaginables, y seres
queridos con quien compartir todo aquello. El Paraíso, decía el Moogal (y repetía
Susana), era un lugar donde toda la humanidad debía ir, y ahora se estaban regalando
pasajes.
Las balas eran el boleto que, por supuesto, no tenía vuelta.
El Moogal estaba ahora frente a uno de los afortunados viajeros. Sin embargo,
la mujer que yacía sobre la cama todavía no comenzaba su travesía. Aunque la
bala le había atravesado desde el paladar superior hasta la sien izquierda,
ella aún respiraba. Todavía podía ver a través de las nubes que espesaban frente
a sus ojos al anaranjado ser que la sobrevolaba.
El Moogal la miraba de regreso, esperando con hambre el momento en que la necia
humana cerrara los ojos.
La moribunda respiró hondamente, como si un poco más de aire hiciera alguna
diferencia. Dejó escapar un quejido y cerró los ojos. Su cuerpo se sacudió un
par de veces y quedó quieto.
El Moogal se dejó caer entonces sobre el inmóvil cadáver de la mujer.
Debido a la trayectoria que había seguido la bala, casi todo el contenido craneal
permanecía en su lugar. El Moogal vio esto con decepción. Perra estúpida.
Arrastrándose hasta la cabecera, utilizó un brazo para apoyarse en los tubos
y levantó el rostro. Comenzó a lamer el sitio donde un chorro de sangre había
manchado el muro. Mientras lo hacía, notó el crucifijo que colgaba a unos centímetros
de su cabeza. A su mente llegaron dulces recuerdos y sonrió. Su piel tenía ya
un oscuro color marrón de expectación.
Dirigió su atención a la cabeza de la mujer. El proyectil a su salida había
dejado un agujero de regular tamaño justo arriba de la oreja izquierda. El Moogal
inclinó a la derecha la cara de la difunta. Saboreó con anticipación, y acercó
sus labios a la herida. Suspiró al percibir de cerca el olor de sangre y sesos.
Abrió la boca y comenzó a aspirar por el hueco.
Era como si besara con pasión a su enamorada. Su inquieta lengua jugueteaba
con las meninges, enroscándose con placer alrededor del encéfalo. Oleadas de
sangre comenzaron a fluir hacia la boca del Moogal, y llevaron consigo trozos
que se desprendían del cerebro de la suicida. La fuerza del aire jaló hacia
adentro los ojos de la mujer, así como su lengua, que comenzaba a zafarse del
paladar. Varios dientes salieron con todo y raíz de las encías y rasgaron en
su camino la garganta de la muerta. El poco suero que quedaba almacenado en
el estómago subió hasta la boca y escurrió por la nariz.
El Moogal separó los labios del agujero y se limpió la barbilla con la palma
de su mano. Paseó el buche de líquido encefálico de un lado al otro de su boca,
y después de hacer gárgaras, tragó. Degustó unos instantes y regresó a su banquete.
Pero al succionar de nuevo, algo se atoró y bloqueó el paso del alimento hacia
afuera. Impaciente, la criatura chupó con más fuerza. El objeto atascado comenzó
a ceder. Un jalón más y el estorbo salió con presión del cráneo.
El Moogal se echó para atrás al recibir la masa en la boca. Su piel cambió al
instante para tomar un color sepia verdoso. Empezó a toser, escupiendo gotas
de saliva rojiza y pedazos de seso sin masticar. Un desagradable sabor agrio
le llenó la boca y se deslizó por su garganta. Le quemó con ardor en su descenso
y eferveció en su panza.
Furiosa, la criatura empujó a un lado el cadáver, botándolo de la cama. Lo revuelto
de su estómago le producía náuseas. Sacudió la cabeza, dio media vuelta y se
dirigió de prisa a la puerta. Mientras volaba su piel palidecía. A lo largo
de su espalda aparecían eflorescencias moradas que se inflaban y hacía erupción
al mismo tiempo que lo hacían las pupas que se formaban alrededor de sus labios.
El amarillento Moogal no se detuvo al llegar a la puerta. Esta se quebró en
varias partes y su marco quedó hecho astillas. Afuera, la criatura se frenó,
flotando por encima de la puerta derribada.
Una doctora gritó al aparecer el monstruo frente a ella. Algunos médicos corrieron
horrorizados al ver sus pesadillas encarnadas, mientras otros ingenuamente cerraron
los ojos para bloquear la aparición. Los pocos pacientes que se encontraban
en el pasillo sólo se quedaron mirando al Moogal. Ellos ya estaban más que acostumbrados
a la clase de delirios y alucinaciones a la que debía pertenecer la blancuzca
visión.
El Moogal recorrió con la mirada los asustados rostros y las caras de sorpresa
que lo contemplaban, sin preocuparse por buscar un escondite. Echó un vistazo
hacia ambos lados del corredor y voló hacia la derecha. Atrás de él se escucharon
varios suspiros de alivio y uno que otro lamento de decepción.
La criatura flotó a lo largo del pasillo, volteando al interior de cada cuarto
que pasaba. Desesperado, dobló en un angosto pasillo a la izquierda, y por fin
halló lo que buscaba.
Susana salía de un cuarto con una charola de comida cuando se topó con su dios.
Su diminuta boca se extendió para formar una descomunal sonrisa.
"¡Ahí estás, maldita perra!"
El rostro de la enfermera se ensombreció confusa cuando escuchó las palabras
del Moogal. La enojada deidad aceleró su vuelo.
"¿Qué... qué pasa?" Susana comenzó a temblar al ver la proximidad del Moogal,
quien azotó de un manazo la bandeja que sostenía, regando el piso con gelatina
y agua de limón. Con dos blanquecinas manos agarró el delantal de la mujer y
la levantó a un metro de las manchas de comida.
"¿Qué diablos tenía esa mujer?"
Susana no entendía. Su mirada vacía molestó aún más al Moogal, que giró y azotó
con fuerza a la enfermera contra la pared. La cabeza de la mujer rebotó en el
muro y dejó en éste una mancha roja.
"¡¿Qué tenía en la cabeza esa mujer?!"
El golpe parecía haber despejado el pensamiento de Susana. "¿Quieres decir la
señorita Junca?"
"¡No sé cómo se llama! ¡Ni me interesa!" El Moogal habló lentamente ahora. "Dime
qué tenía ella en la cabeza."
"Cáncer," ella lo recordaba.
"¿Cáncer?"
"Un tumor. Uno grande, justo en medio del cerebro..."
"¡¿Cáncer?!" el Moogal soltó a Susana, quien cayó de sentón al suelo.
"Mi Señor...¿hay...hay algo malo?" Miraba con súplica y preocupación a Dios.
Se veía enfermo.
Después de un momento de silencio, el Moogal lanzó una fría mirada a la enfermera.
"¿Tú me hiciste comer cáncer?" había algo de incredulidad en su voz. "¿Me tragué
un maldito tumor?"
"Ella...es decir, la señorita Junco, quería estar contigo..."
El enojo de la criatura aumentó con las tonterías de Susana. "¡Pues no lo está!
¡No sé dónde esté, pero ciertamente no conmigo!"
"Señor..."
"¡Deja de llamarme así!"
"Pero..."
"¡No eres más que una mujer estúpida! ¡Eso es lo que eres! ¡Estúpida y fea!"
el Moogal apuntó uno de sus dedos hacia Susana, y fue entonces cuando notó que
su piel recuperaba su color. Empezó a reír con escándalo.
Susana sonrió con temor. Tal vez había sido perdonada.
Dios volteó a verla y paró de reír. "Estúpida."
Entonces se fue y dejó a Susana tirada, sujetándose a la cruz de plata que colgaba
de su cuello. Nunca más se volverían a ver.
La Clínica de San Gibrán cerró dos semanas después.
El día de la clausura Susana fue a dar un paseo por el Puente de Gobas. Había
esperado quince días a que volviera Dios a su lado, pero él no se apareció.
No se molestaba en contestar ya sus plegarias
Se detuvo justo a la mitad del puente y miró con añoranza hacia el frente. A
lo lejos se distinguía la torre de la iglesia donde tuvo principio su milagro.
Tomó aire y miró atrás: ahí, el sitio donde el prodigio había finalizado. Las
puertas de la clínica estaban atrancadas con candado.
Susana avanzó hacia la orilla. Limpiaba algunas lágrimas de su rostro. Llegó
al borde y trepó al barandal, parándose sobre una de las barras que lo formaban.
Cerró los ojos y se aventó.
Su cuerpo rebotó en las piedras del río y fue arrastrado por la corriente. Mientras
era tumbada por los rápidos, alcanzó a murmurar una última oración.
Pero nadie escuchó. Su alma fue despreciada y su cerebro sólo sirvió para dar
de comer a una escuela de peces que pasaba por ahí.
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