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BAJO TIERRA
Por José María Climent Martínez
12 de Agosto de 1985
A Isabel desde El Viso del Alcor (Sevilla)
Saludos desde el pueblo, mi querida Isabel. Seguro que me echas de menos, pero
tranquila, pues mi estancia aquí no durará demasiado. De momento me he alojado
en casa mi tío en espera del casamiento de mi primo Antonio. Está viviendo estos
días con mucha ilusión, y cada vez que hablo con él no puedo evitar envidiarle.
No sabes cuántas ganas tengo de pedirte la mano, pero como ya te dije creo que
es mejor esperar hasta Navidades.
Hoy he decidido dar una vuelta por el campo y olvidarme así de las preocupaciones
mundanas que a veces azotan mi mente. Salí por la mañana muy temprano, llevándome
algo para desayunar y mi cámara de fotos, la excelente Nikon que me regalaste
por mi cumpleaños. Por supuesto esperaba encontrar unos parajes rebosantes de
belleza, pero créeme si te digo que El Viso superó con creces mis expectativas.
Ante mí, majestuosos árboles se alzaban al cielo con un denso follaje que apenas
dejaba pasar la luz, y el canto de los pájaros resultó ser una melodía de lo
más bucólica.
Las rocas que encontré por el camino estaban envueltas en gruesas raíces, algo
bastante insólito, por lo que gaste parte del carrete en capturar este capricho
de la naturaleza. Al final del sendero, en un descampado, me topé con un pequeño
arroyo, y bebí un poco de agua con mis manos. Su trago me llenó de frescura
y pude así combatir el sofocante calor del verano. Pero fue al sentarme bajo
la sombra de un árbol cuando descubrí algo realmente extraño. Apenas lo atisbaba
bien, pero detrás de unos matorrales, al pie de un monte, parecía haber una
pequeña abertura.
Aquella colina estaba completamente ocultada por una espesa maleza, y al acercarme
no pude menos que asombrarme por la anormal profundidad de esa entrada. Tenía
un metro de diámetro aproximadamente, pero al encender mi mechero de gasolina
comprobé que comunicaba con una estancia mucho mayor. Como ya sabrás, siempre
he sido algo impetuoso, por lo que no pude resistirme a la tentación de entrar.
Una vez dentro, exploré el habitáculo esperando encontrar la madriguera de algún
animal, pero nunca imaginé lo que vi a continuación. A la luz débil de mi encendedor,
se mostraba una pared construida por el hombre, cuyos ladrillos enmohecidos
habían adoptado un color negro azabache a causa del tiempo.
¿Qué hacía eso allí?, te estarás preguntando. Pues la verdad que aún no lo sé,
pero como soy tan obstinado, seguro que acabo encontrando la respuesta. De momento
eso es todo. Espero verte muy pronto para poder contarte en persona mi experiencia.
Besos.
13 de Agosto de 1985
A Isabel desde El Viso del Alcor (Sevilla)
Espero no haberte preocupado por recibir otra carta mía tan pronto, pero soy
incapaz de dormir esta noche y necesito escribir lo que me ha sucedido hoy.
No es que me haya pasado algo malo, pero aquel asunto de la colina está cobrando
un matiz cada vez más escabroso.
Al día siguiente de la visita al campo, le conté a mi primo Andrés lo que encontré
en la colina. Puso mucho interés en mi narración, y no hizo falta pedirle que
me acompañara, pues en cuanto acabé de hablar me rogó que le enseñara el lugar.
En vista de que esta segunda visita iba a ser más larga y exhaustiva, preparamos
nuestras mochilas con todo lo que nos hiciera falta; linternas, palas, picos
y demás utensilios de espeología. También llevamos un poco de comida, por si
nos demorábamos un poco. En breves minutos ya estábamos listos para la aventura,
y nada hacía presagiar algún tipo de percance. Ni que decir tiene que los vecinos
del pueblo ignoraban por completo la existencia de restos arqueológicos por
la zona.
Tras una breve e impaciente marcha, conseguimos llegar al lugar de la gruta.
Estaba tal como la recordaba, con sus matorrales ocultando la entrada. Sin embargo,
recuerdo una inquietante sensación de angustia antes de entrar, provocada quizás
por la ausencia de viento en la zona y el consiguiente silencio.
Yo fui el primero en avanzar, alumbrando la estancia con una linterna eléctrica.
Había mucha humedad, pero no la suficiente como para pensar que las pilas pudiesen
averiarse. Detrás venía mi primo, algo torpe por la manera en la que tenía de
arrastrarse, pero con la valentía suficiente para no abandonar la expedición.
Una vez dentro pudimos vislumbrar, mejor que con la luz del encendedor, la pared
que encontré el otro día. Como bien deduje, aquello era una construcción humana
por la forma dispuesta de los sillares de piedra, demasiado pequeños y regulares
para ser obra de la naturaleza. Sin embargo la cuestión seguía sin resolverse.
Estuvimos varios minutos explorando la superficie de los ladrillos, y sin mucho
pensar abrimos un hueco en la pared con ayuda de un pico. El ruido de las piedras
cayendo produjo un eco muy lejano, como si al otro lado hubiese todo un mundo
subterráneo. Introduje la mitad de mi cuerpo en el orificio iluminando el interior
con la linterna, pero no pude creer lo que vi a continuación. Era un cuarto
abandonado, con una cama y varios inmuebles, pero de varios siglos de antigüedad,
incluso puede que mil años.
Al abrirme paso por aquel cubículo mi mirada se detuvo en un crucifijo, haciéndome
preguntar si estaría en terreno santo. El panorama, desde luego, era aterrador;
un aire insano que te hacía devolver, un suelo fangoso que emitía sonidos desagradables
al pisarlo y largas raíces colgando del techo. Mi primo reprimió un grito inconsciente
de pánico, pero en sus ojos pude ver el miedo reflejado.
Una vez recuperado de la impresión, me acerqué a una estantería con libros y
los ojeé un poco. La mayoría de ellos eran religiosos, destacando los de Platón
y Aristóteles, pero tuve el cuidado de no mojarme los dedos al pasar las páginas.
Las hojas estaban ennegrecidas como todo lo que me rodeaba, pero fui capaz de
distinguir algunas palabras de aquella compleja caligrafía, distinguiendo vocablos
latinos y de castellano antiguo. Antes de proseguir decidí guardar unos cuantos
libros en mi mochila, sabiendo perfectamente lo valiosos que eran.
¿Pero en qué lugar me encontraba? ¿Qué hacía escondido en el interior de una
colina? Eran preguntas que me hacía constantemente a las que necesitaba darles
respuesta. Querida Isabel, sería imposible describir con palabras en dantesco
panorama en el que me hallaba, ya que pocas veces un hombre ha sido capaz de
contemplar algo semejante. Tras salir del cuarto, Andrés me dijo que mirase
hacia arriba y pude ver, sin dar crédito a ello, una bóveda de cañón con frescos
románicos. Esto sólo podía significar una cosa; que me encontraba en el interior
de un monasterio.
En aquel maldito lugar estuvimos varias horas, aunque nuestra percepción del
tiempo estaba claramente distorsionada, y cuanto más andábamos, más seguro estábamos
de que se trataba de una construcción románica. No obstante, no encontramos
rastro del porqué de aquella absurda situación. Es obvio que nada tenía sentido,
sobre todo el imaginar a un monasterio enterrado bajo una colina, pero cuando
ya pensábamos marcharnos nos topamos con algo realmente interesante y a la vez
aterrador.
La mayoría de las estancias y cuartos estaban medio enterrados por el lodo,
pero pudimos entrar en uno bastante extraño. Desperdigados por el suelo habían
numerosos utensilios de construcción y una entrada a medio acabar. Parecía una
obra sin terminar que comunicaba hacia abajo, quizá para una futura bodega a
decir por las botellas que allí habían. Pero justo encima de aquella entrada,
un texto hizo que me estremeciese de horror. Estaba escrito en letras rojas
y con una brocha, y aunque el paso del tiempo hacía ilegible la mayoría del
fragmento, su mensaje de advertencia quedaba claro. Este decía: Al que lea
el xxx Más le vale huir de aquí, porque xxx las puertas del infierno.
Entonces sentí ser observado por alguien y miré a mi primo con los ojos completamente
abiertos. El pareció entender la situación, y sin mediar palabra nos precipitamos
hacía la salida.
Desconcertante, ¿no crees? Espero no regresar a aquel lugar nunca más, aunque
ahora no sé si seré capaz de contenerme. Aún tengo muchas preguntas y pienso
que podría resolver el enigma. Ya recibirás noticias mías.
15 de Agosto de 1985
(sin remite)
La vida ha perdido todo sentido para mí. Lamento tener que escribirte en esta
nefasta situación, pero será la última vez que recibas noticias mías. Puede
que algún día me recupere de todo lo visto por mis ojos, aunque dudo que esto
suceda. Mi mente no para de revelarse contra mí mostrándome una y mil veces
lo que descubrí enterrado en la colina. Desearía tener el valor suficiente para
darme muerte, pero aunque quisiese no podría. Estoy condenado.
Ayer, mi primo y yo volvimos a aquel maldito lugar en busca de respuestas. Ese
enclave subterráneo se había convertido en una obsesión, un enigma que pedía
a gritos ser resuelto tras siglos de eterno silencio. Pero esta vez apenas nos
detuvimos en las estancias del monasterio, las cuales habían perdido para nosotros
parte de su primigenio misterio, y nos dirigimos directamente a la bodega.
Allí nos preparamos para entrar y examinar el interior, no sin antes blandir
un largo machete, creyendo puerilmente que serviría de algo. Unas toscas escaleras
conducían a una planta inferior, donde el aire se había enrarecido en exceso
como por efecto de una densa niebla que envolvía la habitación. Al final nos
encontramos con una pared de tierra cortando el camino, pero a la izquierda,
a ras de suelo, había un pequeño agujero por el que cabría fácilmente una persona.
Sin pensarlo demasiado, algo natural en mí, conseguí introducirme por aquel
canal, llegando hasta otra sala de unas características muy diferentes al resto
del monasterio. Mi primo no dejaba de hacerme preguntas desde el otro lado,
pero yo estaba absorto ante la naturaleza de aquellos bajorrelieves. La luz
concentrada de la linterna hacía resaltar unas extrañas espirales que cubrían
todas las paredes. No hacía falta ser muy observador para comprender que estaba
en una estancia miles de años más antigua que el edificio románico.
Andrés no tardó en entrar, y no hizo falta que le explicase lo que estaba viendo,
aunque éramos incapaces de entender aquello. Continuamos nuestra odisea al infierno
como llamados por algo escondido en las profundidades, bajando esta vez por
otras escaleras más discontinuas y arcaicas que las anteriores. No recuerdo
cuanto tiempo estuvimos descendiendo, pero fueron más de quince interminables
minutos. Como mínimo habría cien de metros de tierra ancestral sobre nuestras
cabezas.
Tras mucho andar por fin llegamos al final del camino, dándonos la bienvenida
una inmenso abismo, tan grande que las linternas eran incapaces de iluminar
la techumbre o el fondo. Sólo se atisbaban unas confusas sombras en la lejanía
y una escalera metálica a nuestra derecha.
A decir por el eco, debíamos estar en todo un mundo bajo tierra, a pesar de
que éramos incapaces de ver algo. Por desgracia, en la pared había una
extraña palanca que no tardé en encontrar. Me preguntaba para qué serviría,
pero antes de responderme la activé.
La adrenalina empezó a recorrer mis venas al oír un leve zumbido que fue haciéndose
cada vez más agudo. Y entonces, ante nuestros atónitos ojos, la cúpula oscura
del cielo empezó a iluminarse débilmente, ofreciendo una visión difícil de describir.
¡Iä! ¡Shub-Niggurath! ...(caligrafía ininteligible. El texto prosigue
con una trazado enfermizo).
Allí abajo había un emplazamiento de dimensiones titánicas, inmortal al devenir
de los siglos. Era como un enorme recinto industrial, con máquinas de formas
casi orgánicas y piezas similares a estructuras óseas. Los cables parecían venas,
y el sonido de sus motores era igual que la respiración de un gigante.
¡Dios santo! ¿Qué crees que le puede pasar por la mente de un hombre al ver
tal infierno primigenio? ¿Eso era obra del hombre? ¿Qué pensarían los monjes
al encontrar este espectáculo? Ahora entendía lo ocurrido hace siglos. Debieron
creer que era el infierno y no vieron otra salida que enterrar su monasterio
y no hablar de ello jamás. Es una obra colosal, no cabe duda, pero no debieron
hacer muy bien su trabajo cuando yo estaba allí.
Pero a pesar de mis pensamientos innombrables, seguía sintiendo esa llamada,
por lo que bajé las escaleras metálicas para ver más de cerca aquello. Entonces
pude comprobar que no se parecía a nada hecho antes por el ser humano. Algunas
construcciones eran similares a vértebras negras encadenadas, acompañadas de
un olor nauseabundo. Las máquinas parecían cobrar vida con la luz de nuestras
linternas, pero aún no sé por qué, seguíamos avanzando.
Y entonces encontramos lo que sin duda era la cosa más demencial que pudiese
imaginar. Era una vitrina rectangular que contenía algún líquido dentro, irradiando
una potente luz desde el interior, pero una capa de polvo impedía ver claramente
lo que contenía. Con la mano limpié su superficie, pero fui incapaz de aceptar
lo que encontré. Tras aquel cristal pude ver un rostro humano, un hombre
de esbelta figura con rasgos afeminados y larga melena rubia. Era imberbe, con
una altura cercana a los dos metros, y respiraba por medio de una mascarilla.
A mi primo se le había desencajado la boca del asombro, y yo me encorvé en un
acto reflejo gritando de horror. Él me preguntó quién era, pero en mi estado
emocional sólo pude divagar acerca de su origen. ¿Qué hacía una persona aquí,
en mitad de una Babilonia infernal a la que sólo habíamos escarbado su superficie?
Y mientras hablábamos, entre las muchas miradas que le hice al ser, observé
que de repente había abierto los ojos, y su mirada fría parecía traspasar mi
espíritu.
Pero lo peor iba a llegar a ahora. Un sonido nos hizo girar a nuestras espaldas,
pero antes de que pudiéramos ver de qué se trataba se apagó la luz por completo.
Llegando a un clímax máximo de terror, salí corriendo de vuelta, tropezando
con numerosos artilugios. Por detrás de mí escuchaba los gritos de Andrés, pero
me faltó el valor suficiente para salir a su encuentro. Lo único que pude hacer
fue correr, correr y correr.
Ya en la escalera metálica, me detuve un tiempo para iluminar por última vez
la sala, y gracias a Dios, pude ver a mi primo acercarse rápidamente. Continuamos
huyendo del deleznable lugar y no paramos hasta salir a la luz del ocaso. Al
final, completamente agotados, caímos al suelo y gimoteamos varios minutos,
llegando incluso a vomitar. Creí que ya había acabado todo, pero... no fue así.
Tapamos con varias rocas la entrada para que nadie más pudiese volver a entrar,
aunque notaba por la expresión de mi primo que algo extraño le debió haber ocurrido
allí dentro. Tras irse la luz junto a aquel hombre, él se había retrasado
un poco, y puede que la cosa que nos perseguía en la oscuridad consiguiese
atraparle y luego huir. No pude evitar preguntarle qué le pasaba, a lo que me
respondió, de forma solemne, "Ezequiel 1,4-8"
Desde entonces, hasta el día de hoy, no ha vuelto a pronunciar palabra. Lo que
viera allí dentro, es algo que se llevará a la tumba, aunque como ya te dije,
yo también estoy maldito porque al igual que él conozco la verdad de
lo oculto bajo tierra. Ojalá, si algún día caes en la tentación de leer el fragmento
de Biblia, no comprendas jamás el significado de esas palabras.
(Nota: Este relato es ficticio. Sus referencia geográficas e históricas no
concuerdan con la realidad.)
(c)José María Climent Martínez, 2000.
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