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EL TUNEL
Por Andrés Moreno Galindo
Supe que no había sido una buena idea entrar en aquel
antro en cuanto puse los pies en el umbral y me encontré delante de las oscuras
y pesadas cortinas que ocultaban la entrada, arrastrado por mis amigos en una
de tantas noches de risas y vino. La Caverna , se llamaba, no sé si por el enésimo
homenaje del enésimo fan de los Beatles o, simplemente, para dar una coartada
a un mugriento sótano en el que no se había invertido mucho en decoración. El
caso es que, abotargado por el abundante trasiego de alcohol de aquella noche
y confiado por la presencia de mis amigos, creí que mi miedo yacería anestesiado
en algún recoveco de mi atormentada mente, o que la decoración de "La Caverna"
sería tan burda que, mas que al miedo, movería a la risa. Así que, intentando
olvidar mis terrores pasados, trastabillando y farfullando alguna que otra incoherencia,
me autoproclamé abanderado de aquella alegre pandilla de borrachines, aparté
con teatral decisión las cortinas y, por inercia, di tres o cuatro pasos por
un largo, negro y rocoso túnel, antes de caer de rodillas en el suelo, gritando
aterrorizado y tapándome la cara con las manos, con la pesadilla latiendo como
un negro corazón enloquecido dentro de mi cabeza. Lejos de darme valor, el alcohol
me dejó todavía más inerme y desprotegido, amplificando mi pánico hasta el punto
de quedar paralizado en el suelo. Grité todavía más fuerte cuando sentí que
unas manos me agarraban por los brazos y me arrastraban por el suelo, hasta
que sentí el roce de la cortina de la entrada en mi cara y comprendí que alguien
me estaba sacando a rastras del local, sentándome en un banco de la calle e
intentando calmarme al mismo tiempo. Podía oir dentro del local las beodas risotadas
de mis amigos, riendo ignorantes mi presunta broma. Cuando por fin pude calmarme,
quité las manos de delante de mi cara y me encontré frente a frente a Rafa,
mi viejo, fiable, juicioso y responsable amigo., a quien mi ataque de pánico
acababa de arrancar de golpe de la grata compañía de Baco, haciéndole compartir
conmigo un brusco y desagradable viaje hacia la sobriedad. Me miraba fijamente
a los ojos, en su cara la vieja máscara mezcla de perplejidad y preocupación
que yo tan bien conocía, quizás por ser la persona que más la provocaba.
-¿Estás mejor, socio?. Quizás deberías dejar de intentar secar La Rioja tú solo.
¿Quieres que llame a un taxi?.
Conseguí dominar paulatinamente mis estremecimientos y temblores y miré fijamente
a Rafa. Nuestra amistad se remontaba a la época en la que nuestros traseros
compartían pupitre en el colegio, y había permanecido intacta a lo largo de
más de veinte años consiguiendo unir regularmente a dos tipos que habían seguido
caminos radicalmente distintos en la vida. Muchas veces me había parado a pensar
en los motivos que mantenían nuestra amistad. Éramos como un racimo del cual
se desprendían más y más amigos, de esos que luego te encontrabas por la calle
e intentaban evitarte, o como mucho musitaban un inaudible y vergonzoso saludo,
azorados ante un encuentro tan fortuito como poco deseado. Pero Rafa y yo seguíamos
viéndonos. Supongo que yo, inconscientemente, anhelaba un poco de la estabilidad
que presidía la vida de mi amigo, un tipo tan feliz, tan centrado y con las
ideas tan claras que, con franqueza, a veces me daban ganas de abofetearlo sin
piedad y sacarle el secreto de su asquerosa felicidad a golpes. Pienso que Rafa,
por su parte, veía en mí la inconsciencia y la total inmadurez de sus dieciséis
años conservada incólume en su amigo de treinta y cuatro, y de vez en cuando
se pegaba el gustazo de correrse una juerga como la de hacía años, acompañando
al viejo Toni en la habitual ruta de antros infames y lupanares varios que eran
el centro de mi existencia. Creo sinceramente que esas noches de presunta diversión
le servían para comprobar lo penoso de mi existencia de perdedor voluntario
e (in)consciente. Así podía dejarme en mi casa por las mañanas en un estado
semicomatoso, balbuceando incoherencias frente a las viejas fotos de alguna
buena chica que había tenido la momentánea desgracia de cruzarse en mi camino
y a la cual yo había fallado estrepitosamente, y largarse a buscar los brazos
de su mujer, con una dosis de juerga que le duraría para un par de meses. El
caso es que ahora lo tenía delante de mí, y en ese momento supe que tenía que
contárselo. Me daba igual que pensara que mi mente había largado amarras definitivamente
hacia el mundo de la locura. Me importaba un bledo que no me creyera, que no
me tomara en serio, que me recordara por enésima vez que llevaba demasiado tiempo
jugando con mi estabilidad mental. La idea se me fijó en la cabeza mientras
oía nuevamente a mi preocupado amigo.
-¡Reacciona, joder, que me estás asustando!.
Lancé un hondo suspiro, moví las manos para tranquilizarlo y me sorprendí a
mi mismo abriendo la boca y articulando un discurso pausado, tranquilo y suave,
en el que se mezclaban el anhelo de que Rafa me creyera y la tranquilidad que
me producía sacar a pasear durante unos instantes al engendro que me martirizaba.
Sólo cuando miraba la entrada de "La Caverna" un estremecimiento me volvía a
recorrer la espalda. Vomité mi historia ante la única persona de las que me
conocían que podría creerme, cientos de nubecillas de vaho saliendo de mi boca
en aquella noche surcada por un frío cortante y estremecedor...
"Rafa, te voy a contar algo que me está corroyendo el alma desde hace unos meses,
y esta vez no tiene nada que ver con las mujeres ni con la bebida -con esta
última afirmación capté definitivamente el interés de Rafa, al que suponía pacientemente
predispuesto a otra sesión de confesiones sentimentales a cargo de su desequilibrado
amigo-.Estos últimos meses he estado más ilocalizable que de costumbre. Cuando
rompí con Paula me quedé bastante hecho polvo, no quise saber nada de nadie
que me recordara esa historia, ni siquiera de ti -mi amigo se encogió de hombros,
haciéndose cargo de la situación, como siempre- Encontré trabajo en una librería
del centro de la ciudad, algo sin complicaciones, simplemente para pagar el
alquiler y las dosis de euforia pasajera a cargo de esa simpática agrupación
de duques, condes y marqueses con denominación de origen que tan gratos me son.
Como puedes suponer, por mi brillantísimo currículo académico y mis numerosos
doctorados -Rafa sonrió ante mi ironía- fui a parar de cabeza al almacén de
la tienda como principal y único responsable del Departamento de Movimiento
Masivo de Enormes Cajas de Libros, que tenía a su cargo varios departamentos
más, todos relacionados con tareas eminentemente físicas, y que también me tenían
a mí como único responsable. El almacén estaba situado dos pisos por debajo
del nivel de la calle y era enorme, una gran nave de la cual partían dos anchos
pasillos que daban acceso a los vestuarios y la sala de máquinas, por un lado,
y a los despachos y oficinas por el otro. Yo trabajaba en la nave grande, rodeado
por cientos y cientos de libros, que si bien al principio habían llamado poderosamente
mi atención -ya sabes lo mucho que me gusta leer- había acabado por ignorar,
o intentar ignorar, ya que rara era la semana que no compraba dos o tres, y
mi exiguo sueldo se resentía considerablemente. Mi horario comenzaba a las dos
de la tarde y finalizaba a las diez de la noche, cuando se cerraba la tienda,
un horario que me permitía entregarme a mis pequeñas dosis de autodestrucción
nocturna y recuperarme razonablemente por las mañanas para llegar de nuevo al
trabajo en un estado más o menos presentable. El personal de oficinas se iba
a las siete de la tarde, y durante esas tres horas yo era la única persona que
trabajaba en aquella inmensa nave, trajinando con cajas y libros, y sintiendo
siempre el continuo zumbido del aire acondicionado en mis oídos. Sólo de tarde
en tarde bajaba algún empleado de la tienda a buscar algún libro, o simplemente
a charlar un rato conmigo, más por escapar de la pesadez de los clientes que
por la enjundia de mi conversación, pero la mayor parte del tiempo trabajaba
solo, un trabajo monótono que normalmente me permitía aislarme de lo que sucedía
tras la puerta de acero del almacén, trabajando de una forma mecánica y monocorde,
fumando y, en ocasiones, bebiendo el cava barato que se servía en las presentaciones
de los libros y que algún inconsciente había dejado bajo mi responsabilidad,
aunque el sabor de aquel brebaje tampoco me predisponía a grandes alegrías etílicas.
El caso es que en aquella tienda había encontrado cierto orden frágil e inestable
dentro de la caótica vorágine en que se había convertido mi existencia.
Como ya te he dicho, de tanto en tanto bajaba al almacén algún empleado de la
tienda, por motivos no siempre relacionados con el trabajo. De entre todos,
a quien más solía ver por mis dominios subterráneos era a J., cuyas amplísimas
y no muy bien delimitadas funciones en la tienda le permitían moverse por la
misma a sus anchas sin tener que dar demasiadas explicaciones de sus movimientos..
Entre los dos había nacido casi instantáneamente una fuerte corriente de simpatía,
y era una de las pocas personas que lograba arrancarme una sonrisa incluso en
mis peores días. Aquel tipo había nacido prácticamente en la tienda, y conocía
al dedillo todos sus recovecos. Supe de la existencia del túnel un día que,
entre los dos, movimos unas enormes pilas de cajas amontonadas en un cuartito
situado en una esquina del almacén, justamente en la parte opuesta a las oficinas
y a la salida hacia la tienda. El caso es que, al mover las cajas, donde yo
esperaba ver la pared del cuartito apareció un tramo de escaleras que descendía
un par de metros hacia un pequeño rellano, a la derecha del cual se abría la
entrada a un túnel excavado en la tierra cuyo final yo no acertaba a distinguir.
De la entrada del túnel surgía un desagradable olor a fango corrompido, a aire
viciado, a lobreguez. J. me miró, sin duda divertido ante mi sorpresa y perplejidad,
soltándome a bocajarro un detallado y farragoso muestrario de todas las explicaciones
humorísticas que había imaginado para justificar la construcción de aquel extraño
túnel, antes de concluir que no tenía ni idea de las causas que habían motivado
su excavación. Sólo acertó a explicarme que el túnel corría paralelo a la pared
del fondo del almacén, bajo la calle, acabando en otras escaleras similares
a las que habíamos dejado al descubierto y que finalizaban en una pequeña puerta
también cegada por cajas de libros y paquetes de bolsas de plástico. Según él,
a unos diez metros se abría hacia la izquierda otro pequeño túnel, perpendicular
al primero y de unos dos metros de longitud, sin salida, como si su excavación
se hubiese interrumpido abruptamente. Siempre había sentido cierta aprensión
hacia las cuevas, por pequeñas que fuesen, naturales o artificiales, pero en
aquella ocasión pudo más mi curiosidad, y di un par de pasos dentro de la oquedad,
cubierta por una espesa capa de telarañas.El olor a limo pútrido era allí más
intenso. El pasadizo era estrecho, un túnel artificial sin ningún tipo de instalación
eléctrica, ni cable, ni respiradero, nada que justificase las molestias de perforarlo.
Sólo una larga, húmeda, sucia y estrecha cueva artificial que contrastaba poderosamente
con el enorme y aséptico almacén del cual sólo la separaba una pared. Me sobrecogió
la sensación de extrema soledad y desamparo que experimenté en el umbral de
aquel túnel, y recuerdo que pensé que podría enloquecer si alguien me encerrara
allí dentro, aunque sólo fuese durante unos minutos. Giré la cabeza y observé
a J., mi compañero, que observaba la entrada con la misma expresión de indefinible
temor que estaba seguro se reflejaba en mi rostro. Antes de girarnos los dos
hacia los escalones y volver en silencio hacia el almacén, me fijé en un detalle
que, en aquel momento, sólo catalogué como un dato curioso, un detalle que ahora
me llena de pavor y horror. Las paredes de la cueva, por lo menos hasta donde
yo alcanzaba a verlas, estaban ennegrecidas, como si alguien hubiera encendido
un gran fuego dentro del túnel, cosa que en aquel momento me pareció tan sin
sentido como la construcción del mismo.
Yo hubiera vuelto a cegar la entrada a la cueva inmediatamente con decenas,
cientos de cajas y bolsas, y estoy completamente seguro de que J. hubiera secundado
con entusiasmo mi idea, pero nuestro jefe quería inventariar las bolsas y tuvimos
que dejar libre acceso al pútrido túnel. Sería cosa de un par de días, y me
resigné, añadiendo el malestar y la desazón que aquella situación me producía
a tantas otras sensaciones negativas que por aquel entonces campaban a sus anchas
por mi mente.
Todo ocurrió el día siguiente. Yo siempre había pensado que ese tipo de cosas
necesitan su tiempo, generar una serie de indicios, provocar una situación de
desazón paulatina en la víctima, hacerle dudar de sus sentidos hasta conducirlo
hacia una traca final de horror y espanto. Pero estaba equivocado. Eso sucedió
de repente, sin previo aviso. Y yo no era ninguna víctima. Simplemente, estaba
una vez más en el lugar y momento equivocados.
Ese día amaneció lluvioso, no con la lluvia fuerte, espesa y fresca que limpia
y deja olor a tierra mojada incluso en el negro y sucio corazón de una gran
ciudad. Unas negruzcas nubes destilaban una fina y caliente llovizna que dejaba
una película oleaginosa y resbaladiza en las aceras de la ciudad y una pátina
de mal humor en las almas de los viandantes. Entré en el almacén a las dos de
la tarde, chafado por el terrible bochorno de un mes de julio y con la ropa
pegada al cuerpo como una caliente funda de tela. El aire acondicionado no funcionaba,
y la ausencia de su zumbido contribuía a hacer del almacén un sitio ominoso
y tétrico, como una gigantesca tumba cuyo silencio absoluto sólo era roto por
el ruido del agua al circular por las cañerías del techo. Veía en la esquina
del almacén la puerta del cuartito, y un escalofrío recorría mi espalda al imaginar
los cuatro peldaños que descendían hacia la boca del túnel, con sus paredes
renegridas y calcinadas. Comencé a trabajar compulsivamente, pensando que el
trajín me distraería de mis temores, pero no podía dejar de pensar en la negra
herida que corría tras la pared del almacén, solamente a un par de metros de
donde yo tenía mi mesa. La mitad del personal de la tienda estaba de vacaciones,
y los que quedaban estaban demasiado atareados o demasiado agotados como para
bajar a charlar conmigo. Incluso J. tenía fiesta aquel día, por lo cual tenía
el almacén para mí solo, precisamente el día que menos deseaba la soledad.A
eso de las nueve de la noche subí las dos plantas de la tienda para tirar unos
cartones en el contenedor de la calle. La pegajosa llovizna de la tarde había
derivado en una furiosa tormenta. Un cielo negro y encapotado vomitaba furiosamente
espesas cortinas de agua, y a cortos intervalos de tiempo trallazos de electricidad
preludiaban el estampido colérico de unos truenos potentes como no recordaba
hace tiempo. Recuerdo que pensé que aquella tormenta era lo más parecido a un
bombardeo nocturno sobre la ciudad, y estuve haciendo cábalas durante unos instantes
sobre el sitio donde me escondería si de repente comenzaran a caer bombas cerca.
Ahora, aquellos pensamientos me parecen extrañamente premonitorios.
Bajé al almacén a eso de las nueve y cuarto de la noche, cruzando una tienda
semivacía, sólo ocupada por dos o tres empleados contratados para suplir al
personal de vacaciones. Desde mi puesto de trabajo me llegaba el sonido de los
estampidos de los truenos, amortiguados por los dos pisos que había por encima
del almacén. Más o menos a las nueve y media, cuando sólo me quedaba media hora
para largarme, comenzó el apagón. Una oscuridad total se adueñó del almacén.
Solamente brillaba muy débilmente una luz de emergencia situada sobre la entrada
al cuartito de la cueva, con una fosforescencia lechosa que la dotaba de una
atmósfera lóbrega e irreal, que sólo permitía distinguir muy vagamente los contornos
de las cajas que estaban a su alrededor.
Por aquellas fechas, estaba intentando dejar de fumar, por el científico método
de esconder mechero y cigarrillos en lugares extraños, con la intención de no
encontrarlos cuando las ganas de fumar se hicieran muy intensas. Normalmente
siempre los encontraba, era para lo único que tenía algo de memoria, por lo
que seguía fumando como siempre. Pero en aquella ocasión no hubo manera. Busqué
en mis cubetas como un loco, intentando localizar mi mechero para acceder a
la puerta del almacén sin tropezar ni golpearme con nada, los nervios a flor
de piel, intentando no mirar hacia la espectral entrada del cuarto, preso de
un progresivo pánico que se enseñoreaba de los territorios de mi mente donde
se suponía tenía que reinar la lógica y la serenidad. Fue mientras buscaba frenéticamente
el mechero cuando aquel horrible olor inundó el almacén, dejándome clavado en
el sitio. Olía a quemado, pero en ningún momento pensé en un cortocircuito o
en un incendio. Ojalá hubiera sido eso. El olor que me hacía temblar y respirar
rápida y entrecortadamente era olor a carne quemada. Sólo podía pensar en gente
ardiendo, incendios en discotecas, los cuerpos calcinados y horriblemente retorcidos
de los cadáveres de aquel camping arrasado por una gigantesca nube de gas abrasador,
herejes en la hoguera gritando enloquecidos de dolor, madres con sus hijos saltando
envueltos en llamas desde pisos ardiendo. Un humo espeso, ocre, químico, invadió
el almacén, y de pronto una extraña y vívida luz comenzó a salir del cuartito
del túnel. Era una luz cambiante, como proyectada por una inmensa hoguera que
alguien hubiera encendido dentro del túnel, una luz que se deslizaba entre el
humo creando una niebla fosforescente y espectral, que difuminaba los objetos,
permitiendo apenas entrever sus formas. Fue entonces cuando las cosas comenzaron
a salir del cuarto, apenas entrevistas entre la espesa humareda, pequeñas, negras,
horribles parodias de diminuto cuerpo humano de miembros retorcidos y humeantes.
Ni siquiera noté el caliente flujo de orina deslizarse por mis piernas. No podía
apartar la vista de aquellas horribles cosas que avanzaban hacia mí, apartando
penosamente las cajas con aquellos sarmentosos dedos calcinados. En lo que era,
o había sido la cabeza brillaban dos ascuas incandescentes inyectadas en sangre,
y una horrible abertura sanguinolenta dejaba escapar gemidos semejantes a los
de un agonizante presa de espantosos dolores. Conseguí retroceder un par de
metros antes de volver a quedar paralizado de terror. Aquellas cosas estaban
frente a mí. Noté docenas de puntos rojos fijados en mí, los enloquecedores
gemidos de aquellas criaturas llenaban el almacén de una sinfonía de dolor y
locura. Pensé que iban a atacarme, a despedazarme, a arrastrarme con ellos a
la cueva, a algún pozo que comunicaba directamente con el infierno, pero entonces
comenzaron a cogerse de la mano, entrelazando penosamente aquellos dedos deformados
y retorcidos, alineándose, formando en pocos segundos tres o cuatro organizadas
filas, como una horripilante remedo de una compañía militar preparada para pasar
revista o para desfilar, o como...¡¡Dios, de pronto lo comprendí!!. Grité y
grité frente a aquellas desdichadas criaturas, enloquecido por la verdad que
se abría paso en mi mente, y los gritos me dieron la fuerza suficiente para
salir corriendo de aquel maldito lugar, golpeándome contra cajas, columnas,
qué se yo. Abrí como pude la puerta del almacén y avancé entre el viscoso humo
que llenaba la tienda. Avanzaba por la tienda desierta y los libros y las estanterías
comenzaban a arder a mi paso, pero sabía que no ni aquel humo me asfixiaría
ni aquellas llamas me quemarían. Sería algo más sutil lo que me ahogaría y quemaría
hasta el fin de mis días. Por fin, la mano enguantada de un bombero me sujetó
por el hombro y me arrastró hacia la calle, donde mis asustados compañeros observaban
el súbito, inexplicable y voraz incendio que estaba arrasando la tienda hasta
los cimientos. En esas circunstancias, mi estado de nervios pasó completamente
desapercibido. Creo que fui el único que vio, mientras me arrastraban hacia
la ambulancia, a aquel grupo de cosas negras intentar avanzar entre las llamas
hacia la salida, desorientados en un sitio que ya no les era familiar".
Apenas había podido musitar las últimas palabras, sobrecogido por sollozos entrecortados.
Rafa me miró, callado, observando los regueros de lágrimas que se deslizaban
por mi cara, hasta que conseguí calmarme.
- Eso es todo. Como te he dicho antes, finge que me crees, aunque pienses que
estoy loco. Ayúdame a soportar este espanto.
- Te creo, amigo - si era una actuación, era bastante buena-, por lo menos creo
la mayor parte de lo que me dices. Pero hay una cosa....
- Sí, ya sé a qué te refieres. Pensé que no me lo preguntarías, de hecho me
hubiera gustado que no lo hicieras, pero veo que tu curiosidad es más grande
que tu horror. A mí me pasó lo mismo. Aunque ya sospechaba el porqué del extraño
comportamiento de aquellas criaturas, quise saber más. He estado investigando
un poco por mi cuenta, buscando la confirmación a mis sospechas. Ojalá no lo
hubiera hecho. Ese edificio no ha sido siempre una librería, ni siquiera una
tienda. Hace unos cincuenta años también había libros, sí, pero eran los que
estudiaban los niños de la escuela Mossén Jacint Verdaguer -el rostro de mi
amigo palideció intensamente, intuyendo la terrible verdad-. He visto la foto
en viejos periódicos de la época, durante la Guerra Civil española, y he hablado
con un par de maestros que, para su desgracia, han sobrevivido a aquel espantoso
acontecimiento. Fue un hecho acallado, como tantos otros, por las fuerzas de
ocupación nacionales. La mayor parte de los niños que asistían al colegio Jacint
Verdaguer eran hijos de dirigentes republicanos. Cuando las tropas nacionales
entraron en Barcelona, unos cuarenta niños permanecían en el colegio; sus padres,
que no habían podido huir a tiempo, temían represalias por parte de los vencedores,
y querían mantener a sus hijos alejados de ellos durante un tiempo. Fue un inmenso
error. Un cuerpo de requetés borrachos de aguardiente y victoria entró en el
colegio y lo arrasaron a sangre y fuego. Machacaron a golpes a los profesores
y los obligaron a bajar al sótano, justo donde se encontraba el almacén de la
tienda. Uno de ellos llevaba un lanzallamas -en los ojos de mi amigo se reflejaba
un espanto sin límites-. . Los profesores les suplicaron que dejaran marchar
a los niños, arracimados muertos de miedo en un refugio antiaéreo excavado a
toda prisa durante el último mes, pero ellos iban demasiado borrachos, eran
demasiado fanáticos, y se burlaron de ellos, escupiendo proclamas fascistas
y gritando que iban a acabar con toda la prole roja sobre la faz de la tierra.
El soldado del lanzallamas estuvo media hora vomitando fuego dentro de aquel
túnel. El maestro que me lo explicó lloraba al contármelo. Me dijo que los gritos
de aquellos niños no le habían permitido una noche de paz en cincuenta años,
y el pobre hombre no sabía que estaba describiendo también mi futuro. Supongo
que ya sabrás qué eran esas cosas calcinadas que salieron de su refugio y se
alinearon frente a mí en el almacén, en filas, como hacían siempre, creyendo
que por fin un profesor había venido a sacarlos del túnel.
(Para Toni y Esther, buenos amigos que invitan a buen vino y a mejor queso)
(c) Andrés Moreno Galindo,
Cornellá de Llobregat, 24 de Julio de 2000
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