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VENECIA EN LLAMAS
por Carlos Gardini
-La magia es la excepción, no la regla -declaró el gondolero-. El universo es
rigurosamente lógico.
No es un sueño, pensó Clara, recostada en el asiento de la góndola. Si fuera
un sueño, yo misma tendría que inventar esas palabras, y ni siquiera las entiendo.
-Necesita la excepción para confirmarlo -continuó el gondolero-. Pero detesta
la locura. La locura es un abuso de la lógica. La magia es su confirmación.
Clara se dejó acunar por esas palabras que no entendía.
Atardecía.
La góndola surcaba el canal, los remos chapaleaban rítmicamente, una gloria
de rojos y dorados se derramaba sobre cúpulas y palacios. ¡Un atardecer en Venecia!
¿No era perfecto? Era lo que Clara siempre había deseado. Ese momento y ese
lugar, ese olor y ese resplandor. Un instante de eternidad. Y sin embargo no
era perfecto. ¿Por qué? ¿La luz carecía de intensidad? ¿Ella no armonizaba con
la escena?
Clara tomó un espejo para mirarse.
-No te mires -dijo el gondolero, acomodándose la máscara-. Estás bellísima.
No es necesario que te mires en el espejo. Los reflejos atentan contra la magia.
Aún no estás preparada.
Clara no se miró.
Confiaba en el gondolero. ¿Por qué iba a mentirle? Ella siempre había querido
conocer Venecia. Era natural que estuviera bellísima. Tendida en la góndola,
acarició las aguas cristalinas del canal.
¿Cristalinas? Recogió unas gotas con la palma y sintió alarma, como si algo
estuviera por derrumbarse. ¿Esas aguas no debían ser sucias, fétidas, aceitosas?
-Creí que en tu Venecia querías aguas cristalinas -dijo el gondolero.
-Quiero una Venecia creíble.
-Ninguna Venecia es creíble, ni siquiera la verdadera. Pero comprendo -dijo
el gondolero. Hundió el remo en las aguas cristalinas. Cuando lo sacó, las aguas
eran turbias, fangosas. El atardecer les daba el lustre del bronce.
-Y los colores -dijo Clara-. Hay algo en los colores.
-Comprendo -repitió el gondolero.
Extendió los brazos hacia el cielo crepuscular. Un coro de fuegos artificiales
chisporroteó en el atardecer.
-¿Qué es Venecia sin una fiesta? -dijo el gondolero.
-Una fiesta veneciana -suspiró Clara, y se miró en el espejo, olvidando la advertencia
del gondolero.
No vio el rostro bellísimo que él había mencionado. Vio una cara hinchada, ojos
hundidos sobre mejillas grasientas, una blusa raída. Y no la rodeaban aguas
broncíneas ni edificios que parpadeaban bajo fuegos artificiales, sino el cuartucho
de la clínica, con sus muebles de fórmica y sus paredes descascaradas.
Se acercó a la ventana y miró el jardín a través de los vidrios salpicados de
cagadas de mosca. En la calle no circulaban góndolas, sino colectivos y camiones.
Golpearon a la puerta. Arístides, el enfermero, entró con una bandeja.
-Creo que estuve en Venecia -dijo Clara.
-Yo creo que estás muy loca -dijo Arístides.
-Siempre decís lo mismo.
-Lo digo porque es la verdad. No soy el único que lo piensa. Por algo tu parentela
te encerró aquí. Te traje la comida.
Clara tendió las manos hacia la bandeja.
-Pero antes un paseíto, ¿eh? -dijo Arístides.
Así lo llamaba él, un "paseíto". El paseíto a cambio de la comida. Sin paseíto
nada. Una vez Clara había intentado resistirse. Había querido hablar con el
director. Nadie la había escuchado, decían que deliraba. Le habían inyectado
calmantes. La habían matado de hambre una semana. Las demás locas le aconsejaron
que se dejara hacer. Eran las reglas del juego. A partir de entonces, Clara
se dejó hacer. Estaba muy loca, pero no tanto como para morirse de hambre.
Arístides le levantó la falda, la tumbó en la cama. Era casi una violación.
¿Casi? Clara ya no estaba segura. Si ella consentía, ¿era violación? ¿Cómo podía
saberlo, si estaba tan loca? Sólo sabía que la penetración le dolía, porque
estaba totalmente seca. También quería que le doliera, porque debía de haber
hecho algo terrible para estar tan loca, y se sentía culpable. Quería que la
maltrataran. Siempre rezaba para sentir dolor, pero cuando llegaba el momento
de sentir dolor rezaba para que terminara de una vez. Después rezaba para pedir
perdón por su debilidad.
El paseíto duró sólo unos minutos. Una eternidad de unos minutos.
-¿Alguna vez estuviste en Venecia? -preguntó Clara mientras Arístides se subía
los pantalones.
-¿Venecia? ¿Qué iba a hacer yo en Venecia?
Arístides miró el cuadro de Venecia que estaba colgado en la pared. Siempre
miraba el cuadro. Clara decía que era un recuerdo de familia. Era una pintura
chillona donde se veía un canal, un palazzo, un puente y una góndola. Tenía
un marco de madera dorada y estaba tapado con vidrio. El tamaño del gondolero
no armonizaba con la perspectiva. Las aguas pretendían ser claras y cristalinas.
El gondolero usaba una máscara y una capa negra y ondulante.
-Siempre quise ir a Venecia -suspiró Clara.
-Todos quieren ir a alguna parte -dijo Arístides-. Yo estoy cómodo donde estoy.
Tomó un trozo de manzana de la compota que había en la bandeja, se lo metió
en la boca y salió del cuarto.
***
El domingo la visitó su cuñada Adela. Le costó reconocerla. Sus parientes pensaban
que no reconocía porque estaba loca, pero se equivocaban. No reconocía porque
se empeñaba en olvidar. A veces los trataba mal para darles un pretexto para
no visitarla. Los parientes no servían de mucho, después de todo. Ya no esperaba
que le dieran afecto, pero ni siquiera le daban protección.
-¿Por qué me pusieron aquí? -preguntó Clara.
-Siempre preguntás lo mismo. Pensamos que aquí estarías mejor. ¿No estás mejor?
-Mejor que con ustedes, claro.
-¿Y eso qué significa?
-No significa nada. Sólo repito lo que has dicho.
Adela cabeceó, cambió de tema.
-¿La comida bien?
La comida, perfecto, pensó Clara. A veces tengo que dejarme usar para que me
la den. Una belleza. Mi familia gasta mi plata para meterme en un sitio donde
tengo que prostituirme por un plato de sopa. Si no estoy loca, preferiría estarlo.
Pero no dijo nada sobre eso. Ya sabía lo que diría Adela: no empieces con esas
fantasías, ya he hablado con el director.
-La comida bien -dijo. Y abruptamente preguntó-: ¿Qué hacía yo?
-¿Qué?
-¿Qué hacía? ¿Cómo me portaba? ¿Qué tenía de raro?
-Bueno. cosas. Vos sabés.
-No, no sé. Estoy loca. Necesito que me expliquen.
-Qué sé yo. Gritabas.
-¿Gritaba? ¿Eso es todo?
-Gritabas de noche. Aullidos.
-¿Eso era todo?
-También te ponías violenta.
Clara reflexionó.
-Sí -dijo-. Era el dolor.
-¿El dolor?
-El dolor. La gente normal soluciona eso con cariño y comprensión -dijo Clara.
Le gustaba esa frase. La había estudiado toda la semana. Parecía salida de un
libro, o de un programa de televisión. Tal vez la había sacado de un programa
de televisión. En la clínica miraban mucha televisión. Era como una ventana
hacia el mundo normal, la única ventana.
Adela cambió nuevamente de tema.
-¿Ahora dormís mejor?
-Como un bebé.
-Los doctores dicen que no gritás. Que dormís tranquila.
-Me dan calmantes. Pero el dolor sigue allí. ¿Qué hora es?
Adela miró su reloj.
-Es temprano. El horario de visitas todavía no terminó.
-Para mí sí. Si no te vas me pongo a gritar.
-¿Por qué sos tan mala? ¿Por qué siempre hacés esto? ¿Te gusta hacerme sentir
mal?
-Sos incapaz de sentir remordimiento, así que por lo menos quiero darte algún
disgusto. No es mucho pedir, ¿verdad?
***
-La magia es la regla, no la excepción -declaró el gondolero-. El universo es
rigurosamente mágico.
Los fuegos artificiales se multiplicaban por el cielo, astillas de luz en la
noche profunda. Ardían faroles a orillas de los canales.
-Necesita la excepción para confirmarlo -continuó el gondolero-. Por eso ama
la locura. La locura es un desborde de magia. La lógica, en su sequedad, es
su confirmación.
Clara escuchaba como de costumbre, sin entender. Las palabras del gondolero
cascabeleaban como el agua, siguiendo el chapaleo rítmico del remo. El resplandor
de los fuegos artificiales se despedazaba contra las cúpulas y tejados. Se oía
música de mandolinas.
-Los colores no están bien -dijo Clara.
-¿Los colores? -preguntó el gondolero.
-Y hay algo más. Ese grito.
-No oigo ningún grito.
-Allá. Un grito, como un aullido. ¿Por qué alguien grita en medio de una fiesta?
-¿Para qué averiguarlo? ¿Para qué arruinar tu fiesta?
Oía el grito con creciente claridad, por encima de la música de mandolinas,
de las alegres explosiones y del chapaleo del agua.
-Quiero averiguarlo. No quiero oír gritos en mi Venecia.
Se irguió en el asiento, intimidada. Quizá su Venecia no fuera tan suya como
creía.
***
Arístides entró con la comida.
-Hoy te traje algo especial -dijo-. Doble postre.
Previsiblemente, eso significaba otro paseíto.
Después del paseíto, Clara atinó a preguntarle:
-¿Al menos te gusto un poco?
-¿Gustarme? No, qué me vas a gustar. Pero no se puede ser muy selectivo en este
loquero.
Mientras se cerraba la bragueta, Arístides acomodó el cuadro.
-Estaba torcido -dijo. Y se quedó mirándolo.
-¿Qué pasa? -preguntó Clara.
-Nada. Me pareció que el otro día el color del agua era distinto.
-Un efecto de la luz.
-Puede ser. Yo de pintura no entiendo nada. Pero hubiera jurado que el color
era distinto.
Intentó tomar una porción de postre. Clara lo amenazó con la cuchara, empuñándola
como un cuchillo. La cuchara era inofensiva, pero Arístides se sobresaltó.
-¿Qué te pasa? ¿Estás loca?
-Qué pregunta.
Arístides dejó el postre donde estaba y caminó hacia la puerta. Miró el cuadro,
la miró a Clara, sacudió la cabeza.
-Aquí hay algo que no es normal -rezongó.
-Aquí nada es normal -dijo Clara.
***
-No hay excepciones ni reglas -declaró el gondolero-. El universo es lógicamente
mágico y mágicamente lógico. La locura es una versión extrema de la cordura.
Clara siguió con los ojos las chispas que se apagaban confundiéndose con las
estrellas. Pensó que las estrellas eran chispas que también se apagarían. Había
visto en televisión que se apagarían al cabo de miles de millones de años, que
el universo sería un desierto negro y congelado. La idea la había entristecido.
En mi Venecia nunca se apagarán las estrellas, pensó.
El grito se oía ahora con mayor claridad.
Era su propia voz, en alguna parte. Venecia parecía de vidrio, y el grito hacía
vibrar los edificios. Era su voz, lejana y sin cuerpo.
-Es mi voz -murmuró.
-En Venecia estás libre del dolor -explicó el gondolero-. Eso es lo que festejamos.
-No -dijo Clara-. No quiero estar libre. Quiero mi dolor.
-¿Para qué? El dolor no es necesario en tu Venecia.
Clara miró fijamente al gondolero. Miró los colores de la ciudad, y comprendió.
Comprendió qué estaba mal, y comprendió su poder, comprendió las palabras que
antes no comprendía.
-El mundo es lógicamente mágico -le dijo al gondolero.
El gondolero cabeceó.
-El mundo es mágicamente lógico -dijo Clara, levantándose.
El gondolero retrocedió, intimidado. Señaló los fuegos artificiales.
-Así es -convino, con cautela o alarma.
Clara se le acercaba.
-Son palabras baratas -dijo Clara, y le arrebató el remo. Lo hundió en el agua
y el agua cambió de color-. Y son trucos baratos.
Movió el remo en el aire. Los fuegos artificiales se transformaron en una lluvia
sulfurosa. Llamas crepitantes llovieron sobre cúpulas, fachadas y puentes.
-Trucos de circo -dijo-. Cualquiera puede hacerlos.
Movió nuevamente el remo. El fuego mordía la piedra, rodaba en feroces remolinos.
Venecia era una sombra aureolada de rojo. Los colores cobraban relieve y profundidad,
culebreando en las aguas sucias.
-Este era el color que buscaba -dijo Clara, empuñando el remo, aunque sin la
gracia del gondolero. La góndola siguió su plácida trayectoria, negra contra
el fuego líquido de las aguas del canal.
Los incendios ardían sin humo, radiantes como iglesias de hielo.
-No hay excepciones ni reglas -dijo Clara-. Sólo máscaras.
Le arrancó la máscara al gondolero. La máscara ocultaba una máscara que ocultaba
una máscara que ocultaba una máscara. Cada máscara se desprendía con un crujido
gomoso, como carne desgajándose del hueso.
El gondolero cayó de rodillas, humillado.
-Basta -suplicó, y por un instante la súplica se confundió con el grito, el
grito inmenso que vibraba con la voz de Clara en el cielo de esa Venecia en
llamas.
Clara absorbió el grito, el aullido de su propia voz. Lo absorbió dejando que
el dolor le quemara cada nervio y cada fibra del cuerpo y la mente, y luego
lo exhaló.
Gritó a todo pulmón.
El gondolero se astilló, desmoronándose en una lluvia de polvo cristalino. Venecia
crujió como un vidrio roto.
***
Arístides atravesó el pasillo chapaleando. Salía agua de la habitación de Clara.
Tal vez había una pérdida en el baño y esa imbécil ni siquiera llamaba para
avisar. Arístides golpeó la puerta. No atendieron. El agua que salía bajo la
puerta le mojaba los zapatos. Movió el picaporte, abrió. La habitación estaba
inundada.
El agua venía del cuadro.
El vidrio estaba rajado, y una catarata lodosa y pestilente se desplomaba sobre
la mesita. Una espuma grasienta cubría el piso. Otros enfermeros se acercaron
rezongando. Se quedaron mudos al ver el torrente de agua.
Todos regresaron despacio hacia el pasillo. La corriente, cada vez más caudalosa,
empezaba a empujarlos. El agua se acumulaba en el pasillo y luego avanzaba en
línea recta sin entrar en las demás habitaciones.
Un canal, pensó Arístides con espanto, mirándose los pies empapados. Se preguntó
dónde estaba Clara, y acababa de preguntárselo cuando la vio.
Una góndola salía de la habitación, doblaba por la puerta como si fuera de seda,
navegaba por el canal que las aguas formaban en el pasillo. Clara empuñaba el
remo. Era una mujer bellísima vestida con una capa negra. La capa ondulaba en
un viento que no existía.
Los enfermeros retrocedieron gritando mientras los internos abrían las puertas
y se detenían a orillas del agua sucia. Aplaudían, señalaban los fuegos artificiales
que estallaban en el cielo raso, que de pronto era un cielo cuajado de estrellas.
¡Una fiesta en Venecia!
El canal se abrió paso hasta el vestíbulo, se internó en el jardín, llegó hasta
la calle. Los ordenanzas, médicos y enfermeros miraban con ojos vidriosos, como
si hubieran sufrido una sobredosis de asombro. Arístides se mordió el pulgar
hasta hacerlo sangrar. Rezó sin saber que rezaba.
La góndola surcaba el canal como un sueño de luz. Clara agitaba el remo con
la gracia de un gondolero, y las fétidas aguas reflejaban los resplandores de
una fiesta, los fogonazos, destellos y chisporroteos de una Venecia en llamas.
Las llamas de Venecia cauterizaban las heridas del universo.
(c) Carlos Gardini, 1998
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