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DESATENDIDAS IMPERFECCIONES DEL VIAJE TEMPORAL
Recorrer las regiones del tiempo plantea dificultades notorias. La primera (esencial,
obvia) es su impracticabilidad. Eso muda la cuestión desde improbables ingenieros
especialistas hacia los narradores de ciencia ficción.
Existe un abundante conjunto de relatos urdidos alrededor de viajes al pasado
o al mañana. Acorazados con alguna explicación pseudocientífica, los crononautas
se lanzan en sus artefactos, cuya precursora fue la máquina de H. G. Wells a
cazar dinosaurios, a integrar el coro de la crucifixión, a navegar con Erik
el Rojo, a aventurarse en imprevisibles futuros. Con tales andanzas se gestan
paradojas evidentes. El ayer quedó cristalizado, congelado como una mueca en
la fotografía, apresado en los libros de historia. Mal podría, entonces, una
misión especial del siglo XXIX aliviar la suerte de los indígenas americanos,
impedir el asesinato de Ghandi o evitar Hiroshima y Nagasaki. La más simple
expresión de este dilema -lo ya acaecido es inmutable, en cuanto originó este
presente- es la del viajero que trasladándose algunas décadas atrás mata a su
propio abuelo (ignoro por qué no se incluyen abuelas o bisabuelos). Se genera
un insoluble contrasentido: logrado el objetivo, el criminal nunca debió nacer;
esto implica la imposibilidad del homicidio, por lo que la frustrada víctima
podría tener descendencia, entre ella el propio matador que se deslizaría en
el tiempo, y así ad infinitum. Variante de este absurdo es el retorno
para encontrarse con el mismo protagonista más joven. Esta idea, reiterada en
la narrativa de ficción, suele omitir que el paseante conoce antes de partir
si tuvo éxito o no, porque recordará su insólita visita (o la ausencia de ella).
La contrafigura es la determinación fija del futuro. Si ya está ahí,
aguardándonos paciente, desaparece la ilusión de libertad; estamos condicionados
para actuar en una exclusiva forma: la que haga llegar a este porvenir. Representamos
-con cada sonrisa, con cada pensamiento- una comedia minuciosamente escrita;
nos está vedado apartarnos del secreto guión.
Espectacular, la teoría cuántica ha venido a redimirnos de tan pobre actuación.
Derrumbó, para los microniveles, el principio de causalidad; su extensión a
nuestras dimensiones también rompe la cadena causal: sea cual fuere el presente
y nuestra conducta, el mañana no tiene por qué ser de alguna manera determinada.
En la ficción, tratando de eludir los dislates con frecuencia se emplea el esquema
de las múltiples "líneas temporales". Paralelas, ramificadas o centrífugas,
admiten modificar el tejido histórico, cambiar con un ajuste aquí y otro retoque
allá los acontecimientos. Pueden ensayarse ilimitadas combinaciones para los
hechos ocurridos en esta línea (donde escribo este artículo), suponiendo su
alteración en otras direcciones. Aparecen entonces los universos alternos, uno
para cada coyuntura sustituida. La compleja trama de continuos divergentes facilita
todas las composiciones argumentales, y es tan conveniente para los autores
como el conjetural hiperespacio que los habilita para salvar las abrumadoras
distancias intergalácticas con un salto instantáneo.
Hay un grupo de cuestiones que por lo general no son visualizadas, mucho menos
justificadas, por los escritores. Con naturalidad se aceptan incoherencias que
podrían paliarse con mejor imaginación.
Una de ellas fue denunciada por Jorge Luis Borges -en "La flor de Coleridge"-:
la falaz duplicación de la materia. Como todo ente físico, el turista temporal
está compuesto por una desmesurada y cambiante cifra de partículas, que ocupan
un volumen determinado (su cuerpo) por lo que no pueden estar, simultáneamente,
en otro lado. Con el tiempo, esos elementos se disociarán y, agrupándose con
otros, formarán nuevas estructuras (¡quién sabe dónde está cada uno de los átomos
que alguna vez fueran Mozart!). Se ocasiona el despropósito -al ir al pasado-
de agregar sustancia al cosmos, de incorporar electrones, protones, neutrones
duplicados que en esa época constituían otros entes. Borges, con economía, menciona
"la contradictoria flor (futura) cuyos átomos ahora ocupan otros lugares y no
se combinaron aún". Los corpúsculos que compondrán, en el código natural, la
cosa que descifraremos mañana como "una flor" no se han asociado aún.
Esta paradoja es más visible imaginando el regreso a unos pocos minutos atrás.
Se encuentran entonces el individuo y su doble, en una inconcebible multiplicación.
¿De dónde salieron las moléculas que forman a uno de ellos?
Ignotos avatares van uniendo y desgranando los elementos en su formación constante
de objetos (este aire puro, aquél pétalo, esa libélula). Los juntan y separan
los remolinos del tiempo, construyendo dinosaurios o jilgueros. Los átomos que
me integran estaban repartidos en 1900 en vegetales, en el agua, en el aire,
en animales, tal vez en otros seres humanos o en cadáveres. Si viajara yo a
1900 ¿se producirían minúsculos huecos en esos cuerpos? Este desatino es tanto
o más irresoluble que el del asesinato del antepasado, y sin embargo no ha merecido
más atención que la borgeana.
Obstaculizando estas travesías, también acecha la cuestión espacial. La Tierra
demora un año en su puntual elipse alrededor del Sol, pero no vuelve al lugar
desde donde partiera, ni estará allí jamás. El sistema solar entero se desplaza
a sesenta kilómetros por segundo hacia la constelación de Lira. La galaxia completa
danza el ballet cósmico. Como lo intuyera Heráclito, el movimiento es la característica
del universo; todo fluye, no hay estrellas fijas ni un cielo quieto.
Los cuentos de ficción especulativa dan por cierto que el recinto donde reposa
el artilugio con sus luces titilantes, cables, perillas permanece en el mismo
sitio durante la excursión, presumiendo (¡siglos después de Copérnico y Galileo!)
una superficie inmóvil, que difiere del estático topos uranos platónico sólo
por carecer del atributo de eternidad. La cuestión merece un análisis más profundo.
En la concepción newtoniana se suponía único y absoluto al tiempo, válido para
todo el cosmos. Combinando ese enfoque con los mencionados desplazamientos celestes,
resultaría que el sujeto que se sube al dispositivo se arriesga a caer en pleno
vacío interplanetario. Si seis meses "universales" antes de iniciar un recorrido
por las cronoregiones el planeta estaba en el punto opuesto de su órbita, quien
salte en el "presente" hacia ese momento sentirá que le "quitaron el piso",
se encontrará en el lugar del universo desde donde partió, pero en medio de
la desolación espacial y con la Tierra a trescientos millones de kilómetros.
Con la teoría de la relatividad parece haber mejorado la situación de estos
aventureros. Einstein eliminó la noción del tiempo absoluto; hay sólo relativos
para cada sistema. A las tres dimensiones espaciales se le agrega una cuarta,
temporal. Carece de sentido hablar de un tiempo universal ajeno a la concreta
relación entre observador y objeto; existe uno propio por cada conjunto de referencia
y así hay un "tiempo terrestre". Puede figurarse, entonces, que el regreso por
una línea implica el retorno por el sistema completo, de modo que está desprovista
de significado la hipótesis de la caída en el vacío: volver en el tiempo es
en realidad hacerlo en el espaciotiempo.
Elegantemente, todo se restituye a su origen, como un filme proyectado a la
inversa y a toda velocidad.
Estas especulaciones no pueden exceder el ámbito de la fantasía, pero convendría
asegurar el procedimiento einsteniano justo para un traslado sin errores, a
fin de evitar a los pasajeros la pavorosa aniquilación que entrañaría emprender
una incursión a una estación del ayer...y errar al globo terráqueo por algunos
centenares de millones de kilómetros.
Si la teoría relativista es un eficaz auxilio para la precisión en el sitio
de llegada, ocasiona a su vez un problema que ingresa en la casa de la filosofía.
Al ser el "ahora" individual y distinto para cada sujeto, no hay un presente
universal; tampoco hay, entonces, pasado y futuro comunes. El tiempo, el tiempo
newtoniano, el tiempo del sentido común, se diluye hasta lo ilusorio, se torna
fantasmagórico (Borges dedicó un artículo a su refutación; Kant lo arrinconó
dentro del individuo, lo limitó a una estructura apriorística a la que se acomodan
los objetos percibidos). No hay un tiempo fluyente. Un poema de Austin Dobson,
citado por Martin Gardner ("Izquierda y derecha en el cosmos") describe con
belleza:
"¿Que el tiempo pasa, me dices? ¡Ay, no!
"Pasamos nosotros, el tiempo no".
Entonces ¿hacia qué pasado se va (en la fantasía)? La respuesta es seca: sólo
hacia el del excursionista, que no lo comparte con nadie en su totalidad; quizás,
por accidente, con sus ocasionales compañeros de ruta.
Acaso debamos lamentar, para la apreciación de un buen relato, para creer en
él, el ocaso de la física de Newton y su reemplazo por la einsteniana, tan apartada
del (aparente) sentido común.
Por último, no supone una paradoja sino un error frecuente el discurrir que
el viaje consumirá en el "presente" un período igual al que insume el periplo.
El personaje sube al vehículo para vivir una semana en otra época; sus amigos
lo despiden ansiosos...y se sientan a aguardar siete días hasta que regrese.
Esto viola la lógica interna del tempotour. Es claro que si la gira es
posible, también lo será sincronizar el retorno de modo de arribar en el mismo
momento de la partida o -para no complicar con nuevas disyuntivas- unos segundos
más tarde. La objeción de que para la persona debe transcurrir esa semana, que
debe vivirla -de lo contrario se burlaría el envejecimiento entrándose en otro
terreno fantástico- carece de fundamento; resulta obvio que para él ha corrido
su reloj individual, su corazón bombeó todo el trayecto, sus células envejecieron
unos días. Quienes esperaron, por el contrario, sólo vivieron esos segundos.
Aquí también cabe el símil relativista de la "paradoja de los mellizos"; cada
persona arrastra su propio tiempo intransferible.
Las enmiendas que para todos estos supuestos pueda introducir el ingenio, están
circunscriptas al área de lo maravilloso, no tienen validez más que como juegos
de lógica o deslumbrantes creaciones para entretener al lector. En el mundo
real (en el mundo que creemos real) no podemos alterar el ritmo de marcha, avanzamos,
-a veces sin advertirlo-, un minuto por minuto, un día por día, en ininterrumpida
procesión al porvenir (relatividad a un lado). Todos somos aunque sea en forma
subjetiva pasajeros del tiempo; estamos prisioneros de él y no es deplorable
que así sea: una estática eternidad atemporal nos privaría del goce, de la ambición,
del asombro, de la lectura, del apetito, del pensamiento, del azar, de la música,
de la esperanza.
(c)José De Ambrosio, 1989.
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