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VOLVER AL MAR
por Marcelo Choren
-¿Y esto? -dijo el Corto, extrañado al ver la criatura que se retorcía en el
extremo de su línea. Bajo el sol, con una bota sobre el cabrestante de proa,
sonreía desconcertado.
-¿Una anguila? -respondió Lucas perplejo, en tanto aseguraba los tornillos de
una bita-. No. No lo parece.
Una ola sorpresiva los golpeó desde babor, y el Anacapri dio un bandazo.
Copetes de espuma cayeron sobre la cubierta. El pescado osciló entre los dos,
un péndulo deformado, goteante. Sólo poseía una rudimentaria aleta caudal. Rojizo,
moteado de blanco y del grosor de un brazo, medía alrededor de un metro. Hedía
a sulfuro, a calamares pudriéndose al sol.
Posadas en la barandilla, las gaviotas aguardaban expectantes y en silencio.
A Lucas se le ocurrió que tampoco ellas habían visto jamás una aberración semejante.
-Es... Vaya a saber qué mierda es esto -el Corto contuvo una arcada, atrajo
aquella repugnancia hacia su mano. Y lo invitó a tocarla.
-Sin guantes, ni loco -dijo Lucas, y se los calzó.
La cosa se palpaba densa, blanda y consistente al mismo tiempo. Como si no tuviera
esqueleto, aunque fibrosa. Sobresaliendo de la boca plana, varias hileras de
dientes cristalinos, aserrados, roían el anzuelo en un chirrido de vidrio contra
metal. El Corto, a mano desnuda, usaba su Victorinox para desclavárselo; los
ojos negros, muy juntos, lo miraban con furia.
-No pienso comerlo -dijo Lucas asqueado, quitándose los guantes-. Mejor devolvelo
al mar -y se dispuso a darle marcha al motor.
Habían pescado todo el día lejos de la costa, siguiendo un cardumen de corvinas.
Las heladeras rebosaban de pescado fresco. Era hora de regresar.
La tarde se deshacía en naranjas y púrpuras. Un sol ovalado siseaba al contacto
con la superficie levantando brumas esmeriladas sobre el océano, que se rizaba
aquí y allá. Ráfagas de yodo y algas refrescaban los cuerpos transpirados. Lucas
se despegó la camisa del pecho. Dentro de las botas de pesca dobladas sobre
los muslos, sintió que los pies se le licuaban por el calor.
-Vamos a llevarlo a puerto -el Corto señaló las conservadoras y se frotó la
palma de la mano con que había tocado aquello-. Podemos venderlo como si fuera
una rareza. ¿Quién sabe? A lo mejor puede alcanzarnos para la última cuota de
la hipoteca y todo.
-¡Ni se te ocurra guardarlo ahí! -advirtió Lucas, como si le leyera el pensamiento.
Quebrando el aire con una bocanada de humo blanquecino, el diesel tosió-. ¿Limpiaste
los inyectores?
-Iba a hacerlo ayer, pero no tuve tiempo -contestó el Corto. Buscó el rectángulo
de lona engomada que usaban a manera de toldo y enrolló el pescado. El animal
lanzó un bufido, se sacudió en espasmos, los ojos le supuraban un humor acuoso-.
¡Hijo de puta! Es un peligro este guacho. ¿Te parece que llamemos? ¿Cómo te
fue con la radio?
-La reparación va a tardar dos días más.
-O sea que estamos mudos.
-Mudos, sí, y sordos también.
El motor tuvo una convulsión, luego otra y otra más. La tos se convirtió en
carraspera, la carraspera en rugido. El humo del escape se hizo transparente.
Lucas aceleró, despejando los cilindros. El hedor de la combustión le picó en
la nariz, le lagrimearon los ojos y estornudó. Otra ola, absurda en el mar calmo,
volvió a sacudirlos.
La hélice de bronce cortó espirales de agua y el barco empezó a desplazarse.
Trepado en la minúscula timonera, Lucas observó al Corto: inclinado en la cubierta
de proa manipulaba un cabo de nylon; sujetó con una vuelta mordida el cilindro
de tela que todavía se agitaba, y lo ató a una de las cornamusas de amarre.
Su cuerpo flaco era un mástil partido, el reflejo del agua le azulaba el pelo
rubio; una ráfaga de viento le pegó hilos de espuma ocre en la mejilla sin afeitar.
Guiñando a estribor, Lucas enfiló al Anacapri hacia la costa invisible.
Amaba a su barco tanto como el Corto. Conocían cada recoveco de sus quince metros
de eslora. Cada dos años lo instalaban en dique seco; rasqueteaban el cobre
que protegía el ancho casco, liberándolo de lapas y otros inquilinos indeseables.
Calafateando las juntas de las cuadernas, sus cuerpos se impregnaban de olor
a brea. Cambiaban los retenes que sellaban el árbol de la hélice, gritando palabrotas
toda vez que un dedo se machucaba. En una parrilla improvisada con alambre,
asaban mariscos. Comían codo a codo, vigilando el avance de la obra con ojos
expertos. Eran días de fiesta, claro que sí. Días de Piazzola y Goyeneche embalsamando
la jornada con el bandoneón y la voz áspera. Días de rabiosa pintura amarilla,
y ríos de Heineken helada. Lo botaban con unción, como si fuera la primera vez;
y lo aseguraban a los bolardos del muelle usando cabos nuevos. La ceremonia
finalizaba en La Crujía, con tallarines y vino grueso. Pero las reparaciones
significaban dinero, dinero que solo conseguían hipotecando al Anacapri.
Lucas verificó el rumbo, y lo sobresaltaron las gaviotas.
Entre chillidos levantaron vuelo y se dirigieron a tierra.
Le pareció que esos aleteos eran inusuales, furiosos. Peor aún, se le antojaron
desesperados. Notó que, desde cubierta, el Corto también las contemplaba. Un
momento después giró hacia él, y sus miradas se encontraron. Comprobó el barómetro,
se mantenía firme en buen tiempo. Salió al puente, aspirando con profundidad.
Nada, ni un indicio de tormenta. Unos cirros deshilachados se movían hacia altamar,
reflejos de oro antiguo hundiéndose en el violeta de la noche. Muy alto, un
cúmulo incendiado los dejó atrás.
El diesel mantenía su jadeo constante.
-Se está picando -dijo el Corto, y señaló las crestas espumosas. La quilla las
cortaba con facilidad marinera, pero el Anacapri empezaba a cabecear.
El viento llegaba en rachas inconstantes y calientes. Lucas vigilaba el barómetro,
que no se había movido. Adelantó el acelerador, y el diesel emitió un carraspeo.
Escupió, girando más rápido. La estela que dejaban se amarronó, se hizo más
gruesa.
A proa, el cilindro de lona no se aquietaba.
-¿Cómo puede ser que ese demonio siga vivo? -masculló Lucas, y bajó a cubierta
para observarlo. Al acercarse, un mugido ahogado lo erizó.
Vigilando, retrocedió hasta la timonera.
En el horizonte empezó a dibujarse una línea negra, irregular. Demasiado pronto
para tratarse de la costa, pensó.
-Bajá a la sentina -dijo- y revisá la bomba. Al ver el esforzado descenso del
Corto, se percató de que el brazo izquierdo de su amigo no se movía como siempre.
-¿Qué te pasa? -le gritó.
-¿Qué cosa?
-¡El brazo!
-¡No sé! -contestó El Corto en el mismo tono-. La mano me hormiguea, y si doblo
el brazo, me dan calambres y se me empieza a inflamar.
Cuando el Corto le mostró la palma, Lucas advirtió que se le había amoratado.
Al rato, el Corto avisó que la bomba estaba conectada.
-Ya la probé -dijo-. ¡El motorcito funciona al pelo! -su cara pareció ensombrecerse-.
¡La puta, qué mareo! -avanzó como un ciego, tanteando en el aire, y se inclinó
sobre la borda.
En la penumbra creciente, Lucas lo vio doblarse contra la barandilla y vomitar.
El brazo, perdida su forma, parecía a punto de reventar las costuras de la camisa
azul.
El paquete de lona seguía agitándose en espasmos y estertores. Pensó en cribarlo
con el arpón. Ensartarlo una y otra vez, hasta que esa inmundicia dejara de
moverse.
Se volvió hacia el barómetro extrañamente inmóvil y lo golpeó con los nudillos.
La aguja comenzó a bajar con rapidez, con demasiada rapidez.
-La puta madre -murmuró con los dientes apretados. Mientras sus ojos seguían
la marcha descendente, se acarició la medallita de Stella Maris. Salió al puente
y aspiró de nuevo: tierra húmeda, agua, ozono, algas podridas. Las señales le
llegaron con nitidez, ¿por qué no las había olido antes?
Pensó en encender el reflector, cuando El Corto apareció a su lado.
-Lucas -dijo-, vas a tener que arreglártelas solo -apoyó la espalda en el tabique
de madera y cayó sentado-. Siento la boca seca, y ampollas en las encías y el
paladar -tosió-. Me cuesta respirar, como si tuviera paralizado el pecho -se
llevó la mano sana a la frente-. Lo peor es que no puedo olvidarme de sus ojos.
Esos ojos negros, rabiosos, clavados en los míos. Y algo más, que no sé explicarte.
-Aguantá, macho -dijo Lucas- en un par de horas entramos a puerto.
-Veo el fondo del mar -el Corto cerró los ojos y continuó hablando. Frases sueltas,
febriles-. Valles oscuros. Unas cosas, como langostas con tentáculos, se arrastran
en el barro. Se esconden de mí, tienen miedo...
Lucas, agachado junto a él, lo abofeteó.
-¡Corto! -le gritó al oído- ¿Dejaste la bomba conectada?
-Si. No. No me acuerdo.
Lucas le saltó por encima rumbo a la sentina.
Se encontró con el agua a las pantorrillas, y encendió la bomba. En la cala,
unos puños ensordecedores aporreaban el casco.
El viento ganaba intensidad, arrastraba avalanchas de nubes compactas, gibosas,
de resplandores violáceos.
Las olas reventaban en cubierta, barriéndola con sesgos de guadaña. El Anacapri
rolaba y cabeceaba. Lucas se arrastró hacia la timonera, y en la escalerilla
un golpe de mar casi lo traga. Se abrazó a los peldaños metálicos. Otro golpe
hizo crujir el espejo de popa.
Logró subir. En un rincón, con la cabeza bamboleante, el brazo convertido en
una monstruosidad sin nombre, el Corto seguía delirando.
-Nado cerca de la superficie. Nado y el agua es verde. ¡Las corvinas! Cerca,
muy cerca. Hambre, corvinas. El brillo de la carnada me llama. Un buen bocado.
Hambre, brillo. Lo muerdo -gritó retorciéndose-. ¡Ahhh! ¡Duele! ¡Duele el paladar
como la gran puta! ¡Me enloquece el dolor! -con la mandíbula encajada, contraía
los labios en una mueca.
Iluminando el escenario, un relámpago de hierro zigzagueó. Lucas empujó el acelerador
a fondo. Lo asaltaron moles de agua salada. Oyó los gemidos del casco, torturadas
sus cuadernas, hasta que llegó el trueno como un millar de tambores. El Anacapri
caía en las simas y trepaba cumbres movedizas. Cuando se equilibraba en la altura,
la hélice quedaba expuesta y el barco se echaba atrás. El diesel rugía, se atragantaba.
La lluvia se descargó compacta, balas fosforescentes que estallaban contra los
cristales. Luchando por mantener el rumbo, la mano, como una tenaza en su hombro,
le produjo un escalofrío.
-¡Es él! -gritó el Corto obligándolo a volverse, la cara febril, la locura en
los ojos. Una baba espesa, sanguinolenta, le manchaba el pecho-. ¡Es él, que
quiere volver al mar! ¡Tengo que liberarlo!
-¡Estás enfermo! -Lucas lo sacudió por los hombros-. ¡Reaccioná, Cortito! -no
pudo soltarse de esos dedos implacables-. ¡Esa mierda de animal! ¡Tenés veneno
en el cuerpo!
El Corto se abalanzó por la puerta. Las olas parecieron renovar su poder. Lucas
no se atrevió a dejar el barco sin gobierno. Apuntó el reflector a proa, y un
momento más tarde alumbró a su compañero. El Anacapri se precipitaba
por una pendiente abrupta, cayendo en un abismo oleoso, sin fondo. Bajo la luz
amarillenta, cortada por relámpagos mercuriales, vio al Corto: desataba los
nudos que impedían la fuga de aquella serpiente marina. Le pareció que el brazo,
ya desgarrada la camisa, presentaba un aspecto enrojecido y con extrañas manchas
blancas. Borroso bajo el diluvio, lo observó alzar la lona y sacudirla frente
al mar. El Anacapri cada vez más rápido, más abajo, seguía en su carrera
de vértigo.
-¡Libre! -sosteniendo un extremo de la tela restallante, que flameaba; el Corto
gritó a la noche, a la tormenta, al océano- ¡Libre al fin!
La criatura voló. Voló hacia arriba, contorsionándose, soltando dentelladas.
Lucas vio cómo, muy lejos del barco, se zambullía en la negrura líquida.
La ola gigante cayó sobre ellos, los golpeó desde barlovento y destrozó los
cristales de la timonera. El Anacapri se bandeó, rindiéndose a esa fuerza
primordial, innominada. Desprendida de la bitácora, la pesada brújula atravesó
el techo como una bala de cañón. El casco se estremeció ante el abrazo del agua.
Girando en el vacío, el motor inició un ulular desenfrenado, agónico.
Lucas cayó al piso, rodó por el tabique ya casi horizontal, destrozando el barómetro
con la frente. En ese instante, creyó ver al pez. Creyó ver al Corto pugnando
por seguirlo, hundiéndose en una profundidad desconocida.
El Anacapri recuperó la vertical.
El reflector ya no alumbraba, con seguridad arrancado por la misma potencia
aterradora que se había llevado el mástil cortando los estays como hebras de
lana. Un relámpago mostró la cubierta desnuda. La lluvia se convirtió en un
repiqueteo, el viento perdió fuerza. Las olas continuaron altas, pero ya no
azotaban con furia.
A medias conciente de que la tormenta amainaba, Lucas advirtió las luces del
puerto, rojas y verdes.
Querido Corto, pensó. Y en su corazón de pescador, su amigo no lo había abandonado.
Se encontraría bajo el sol, con una bota sobre el cabrestante de proa, sonriéndole.
Sonriéndole con dientes cristalinos y aserrados.
(c)Marcelo Choren, Buenos Aires, enero de 2003
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