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YO A MI RESCATE
por Marcos G. Buljubasic
(Este relato forma parte de una serie escrita por el autor, llamada 'Acción REM Intensa. Relatos soñados: Sueños relatados'. REM se refiere a Rapid Eye Movement (Movimiento Ocular Rápido) y es la denominación de la fase del dormir asociada a la actividad mental onírica. Ésta serie comprende nueve relatos compuestos a partir de sueños del autor y por eso están escritos en primera persona..)
No sé si llamar parquecito o placita a ese sitio
junto al río Chico y al puente Tucumán (en San Salvador de Jujuy),
frente a los predios donde funcionan los laboratorios de la Facultad de Ingeniería.
Se trata de un pequeño espacio verde en forma de triángulo, con
seis enormes canteros cubiertos de césped (en realidad es solo pasto)
donde crecen algunos pinos. Los canteros están bordeados por senderos
de laja que siguen un esquema perimido, de cuando sobraba tiempo para caminar
dando rodeos.
Vivo cerca desde hace unos años y paso por ahí a menudo; la mayoría
de las veces sin reparar en el lugar, salvo los días nublados y fríos.
Entonces el parquecito me produce una extraña melancolía, como
si añorara encuentros jamás ocurridos con cierta chica, en realidad
incierta porque no existe. He meditado sobre el asunto, mas sólo pude
advertir que en días así el gris de las nubes se asemeja al de
los senderos, y que la combinación con el verde opaco de los pinos me
trae vagas reminiscencias europeas ¿Será porque estuve en Europa
a los tres años? Ignoro cuál es la conexión.
El caso es que hace poco soñé con ese lugar, pero en circunstancias
muy distintas a las del deja vu. Fue, no obstante, un sueño extraordinario.
Así empieza:
Leo un diario, sentado en uno de los bancos del dichoso
parquecito. Es de tarde y estoy de espaldas al Oeste, para que el sol ilumine
las páginas; así pues enfrento a un extremo del puente, como a
veinte metros de distancia.
El sol se pone, la luz disminuye y, en minutos, resulta imposible seguir leyendo.
Resignado, comienzo a doblar el diario para irme.
Dos muchachos que estaban por cruzar el puente se han detenido y me observan
fijamente. Luego se consultan con la mirada. Uno de ellos asiente y ambos caminan
hacia mí. Es obvio que han decidido asaltarme, pero estoy tranquilo.
- “Son dos alfeñiques escuálidos” -pienso.
Parodiándose a sí mismos, los jóvenes trepan a la balaustrada
que remata la muralla de contención del río y, cuales niños,
juegan a los equilibristas. No me impresiona “la proeza”, yo también
supe practicarla de chico.
Permanezco sereno, aguardando. Confío en saber defenderme. Entonces noto
que los sujetos son tres, cuatro, ¡cinco! ¡Se multiplican a medida
que se acercan! Comienzo a ponerme nervioso ¿Por qué no escapé
antes?
Cuando los tipos llegan a la altura de mi banco, sumo ocho. Intento correr,
pero es demasiado tarde; apenas me hube incorporado, ellos saltan desde la balaustrada,
surcando el aire como espectros, y aterrizan rodeándome en círculo.
Son tantos que perdí la cuenta, para colmo ya no están escuálidos;
aunque, cosa rara, visten de elegante sport ¡Vaya consuelo!
Sé cuando he perdido, de manera que meto la mano en el bolsillo derecho
del pantalón, saco los treinta y pico de pesos que llevo encima y se
los ofrezco diciendo:
- Está bien, muchachos, llévenselo.
- ¿Vos pensás que vas a zafar dándonos esa miseria? No,
gringuito, vamos a divertirnos un rato con vos –dice el líder en
un firme tono de voz que contrasta de manera sumamente chocante con su cara
de nene.
Doy una mirada al abanico de semblantes. Uno de los sujetos tiene una piedra
brillante en la frente, otro sonríe con los labios y la nariz llenos
de incrustaciones metálicas; todos exudan crueldad.
Una oleada fría recorre mis tripas. El terror es punzante.
De pronto, recuerdo al héroe de mi fallida novela y, tal vez impulsado
por la desesperación, digo trémulamente:
- Salváme, Aura Azul.
Al instante soy envuelto por un destello cyan, y al
instante siguiente me encuentro junto a la balaustrada de la rivera opuesta.
Diviso las figuras de los patoteros mirando hacia todos lados, buscándome
en vano, desconcertados y frenéticos. Los escucho, amortiguadamente por
la distancia, insultarse entre sí a gritos, culpándose unos a
otros por mi escape. Es una reacción en cadena de histeria; se enloquecen
como perros en jauría cuando uno de ellos se violenta. Y como perros,
empiezan a agredirse descontroladamente.
Tras el asombro inicial, experimento un deleite formidable. Aplaudo eufórico
y giro sobre mí mismo, haciendo gestos obscenos y aullando imprecaciones
entre risotadas.
Entonces, advierto su presencia.
Un hombre está de pie, muy erguido, a mi lado. Lleva puesta una armadura
color azul opaco, constituida por piezas de metal alternadas con otras que parecen
talladas en piedra. El conjunto se ve... ¿desgastado?; no, erosionado,
como si hubiera estado expuesto a las peores inclemencias durante milenios.
Lo complementa un yelmo metálico de similar textura, con una abertura
que sigue el contorno del rostro. A éste lo cubre un entramado de finos
listones metálicos muy pulidos y amoldados a los rasgos. Los listones
destacan por lucir cuales nuevos; forman una especie de máscara que esboza
las facciones del “guerrero”.
Pasmado, descubro en ellas una espantosa versión de las mías.
Miro detenidamente al hombre; tiene la misma estatura que yo e igual complexión
física ¿Será posible que se trate de mi alter ego? ¡Claro,
lo invoqué y vino a socorrerme!
Sintiéndome dueño de la situación, le digo:
- ¡Bien hecho! –e imperativamente, agrego-: ¡Vamos por ellos!
¡Démosles la lección que merecen! ¡Quiero patearles
el trasero!
Mi alter ego entorna los ojos, observándome fijo; parece estar molesto.
Definitivamente no es la mirada de un subordinado. Con voz cavernosa, terrible,
responde:
- No estoy al servicio de la violencia, tampoco podría; mis poderes surgen
de los buenos principios. Te he salvado a tiempo para que resultes ileso, así
pues, ni siquiera te cabe el menor resentimiento. Guárdate de la agresividad
o, como ellos –y señala los patoteros que siguen envueltos en una
feroz pelea-, quedarás desamparado a su merced.
Mientras hablaba, los listones de su máscara se movían acentuando
la expresión de reproche. Tan contundente ha sido su tono que no me atrevo
a contestarle; estoy impactado.
Dejándome sin palabras, el personaje se esfuma en una niebla azul y el
sueño concluye.
Despierto enervado por la frustración de no haber
podido vapulear a los patoteros, pero también consciente de que mi alter
ego actuó con justicia. Quedo pensativo un buen rato, tratando de analizar
mis emociones. Resultan contradictorias.
En ese momento, recuerdo haber leído que nuestra corteza cerebral, donde
está el control impuesto por la civilidad, se desconecta cuando dormimos;
entonces, nuestra mente queda en manos del cerebro medio y el básico.
Allí, agazapados, subsisten nuestros instintos primitivos; la ascendencia
salvaje que negamos. Y hacemos cosas indecibles en sueños porque la bestia
queda suelta. Dicen algunos especialistas que así aliviamos las frustraciones
causadas por la educación que nos impone reprimir conductas impulsivas
a diario. Pero he aquí que mi agresividad fue censurada estando yo dormido.
Las cuestiones son: ¿Cómo hizo mi faceta civilizada para infiltrarse
en el sueño? ¿Y porqué adoptó, precisamente, la
apariencia de un guerrero para desempeñar su papel racional?
Aún no puedo entenderlo. Tampoco pienso gastar dinero en un psiquiatra
para que me lo explique. Prefiero asumir que el Caballero Azul fue la manifestación
de los principios que me inculcaron, imponiéndose a mi lado oscuro.
Como sea, me alegro que el Lado Bueno haya intervenido ¿Qué hubiera
sido de mí si no lo hubiera hecho? ¡Ni soñando quisiera
tener que enfrentarme a una patota!
(c) Marcos G. Buljubasic, 2007
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